Adoración (El Amor No es lo que Parece nº 2) CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE

Liberty

Alexander tenía una limusina esperándonos cuando salimos; su chófer parecía un poco sorprendido al ver a su jefe salir del club con cuatro mujeres. Cuando entramos en la limusina, Alexander se deslizó a mi lado, su calor envolviéndome.

—Nunca nos hemos ido a casa con un desconocido antes —soltó Lena.

—Yo sí. Pero no es un desconocido —razonó Layla borracha—. Livy se está acostando con él.

—¡No es cierto! —objeté—. Diles. —Miré a Alexander en busca de refuerzos, pero lo único que hizo fue fruncir el ceño. Mi mirada borracha se fijó en su rostro apuesto.

—Entonces, ¿por qué no puedo tenerlo? —Layla se quejó, intentando agarrar el brazo de Alexander, pero fallando por completo.

Para asegurarme de que no intentara agarrarle la mano otra vez, la agarré y la llevé a mi regazo.

—No, Layla —le hablé mientras Alexander nos miraba fijamente.

—Layla —intentó razonar Lena con las dos. Suponía que estaba menos borracha—. Tienes que dejar de obsesionarte con los hombres millonarios. Livy no se está acostando con él. Está intentando superar a Callen.

—Ya lo superé. —Puse los ojos en blanco.

—Entonces, ¿por qué no has salido con nadie desde él? —preguntó Layla, y yo le saqué la lengua.

—Ustedes tres están locas —reviró la cita de Alexander enfadada.

—Gracias —respondimos al unísono, y así, empezamos a reír de nuevo, con la mano de Alexander aún entrelazada con la mía.

—Aunque son bastante viejos —dije con naturalidad a Alexander y a su cita—. ¿Son de la misma edad?

—¡¿Cómo te atreves?! —chilló su cita.

—Ugh —mascullé por lo bajo—. Me estás dando dolor de cabeza. Baja la voz.

Layla y Lena estallaron a carcajadas.

La limusina se detuvo y Alexander nos lanzó una mirada firme.

—Quédense aquí y no se muevan —ordenó.

—Sí, señor —respondí, riendo—. No querría una nalgada.

Sacudió la cabeza y miró hacia el techo del coche, como si estuviera orando.

—Adiós —me despedí tontamente con la mano de la mujer mientras nos lanzaba dagas con la mirada. Antes de que se cerrara la puerta del coche, anuncié—: No creo que le caigamos bien.

—¿A quién le importa? —soltó Layla—. Es una zorra.

Lena, siempre la amable, comentó con un leve tono arrastrado:

—Probablemente arruinamos su cita.

—Bailemos. —Layla empujó la puerta y salió del coche.

Lena y yo nos miramos, nos encogimos de hombros y decidimos divertirnos.

Para cuando Lena y yo salimos rápidamente del coche borrachas, Layla ya había tentado al chofer de Alexander para que saliera del vehículo, le había robado las llaves y puesto las bocinas al máximo.

El silencio en el complejo de apartamentos del vecindario lujoso se rompió con nuestros gritos y risas.

El pobre chofer, sin saber cómo lidiar con una mujer tan salvaje, fue tras Layla, pero ella siguió corriendo y acabó tirando las llaves dentro del estanque.

Parecía enfurecido, lanzándonos miradas fulminantes.

Lena y yo nos miramos mientras Layla se acercaba a nosotras con paso firme, riendo y bailando.

—Tenemos música —anunció innecesariamente.

—Ojalá no lo hubieras hecho —murmuró Lena, aunque ambas teníamos una sonrisa un poco tonta en el rostro.

—Siempre nos metes en líos —acusé.

—¡Vamos, esto es divertido! —gritó.

Lena negó con la cabeza, siempre la sensata, incluso cuando estaba un poco intoxicada. En cambio, yo no tenía sentido común mientras me quitaba mis Jimmy Choos y los lanzaba tan lejos como pude.

Empezó a sonar Cold de Maroon 5, y alguien tuvo la brillante idea de subirse sobre el coche.

—¡No, no! —nos gritaba Lena—. Nos van a llevar a la cárcel. Larry está cuidando a Brandon, ni de chiste vendrá a salvarnos.

La ignoramos, demasiado borrachas y decididas a no comprometernos. Por suerte, me resultó más fácil subir porque ya no tenía los tacones puestos, mientras Layla estaba tumbada boca abajo sobre el cofre.

Cerrando los ojos, bloqueé todo y a todos excepto el aire fresco y refrescante en mi piel y el ritmo de la música.

—Bájate, Livy —suplicó Lena—. Despertamos a todo el vecindario. —Se estaba enfadando, eso lo sabía. Le lanzó una mirada maternal a Layla—. Layla, ve por sus zapatos. ¡Ahora!

—¿Qué carajo están haciendo? —La voz de Alexander nos hizo girar, con los ojos muy abiertos.

—Q-queremos que siga la fieeeesta —balbuceé—. ¿Tú también quieres unirte a la fiesta?

—Lo siento mucho —se disculpó Lena profundamente—. Layla, ve por los zapatos de Livy.

—No los quiero —protesté, comportándome como una caprichosa—. ¡No quiero nada de él!

—Me los quedo —anunció Layla mientras se agachaba para recogerlos, balanceándolos en el aire con ambas manos—. Usamos la misma talla.

Alexander estaba junto al vehículo y su voz sonaba tensa mientras alzaba la mano para agarrarme la pierna, haciendo que mi piel ardiera en el proceso.

—Bájate o te pondré sobre mis rodillas.

—Apuesto a que te gustaría. El frío y refinado Alexander Caldwell dándole nalgadas a una chica inocente —alegué, intentando apartar mi pierna hacia atrás.

—No eres una chica. —Su voz era engañosamente calmada y su mano en mi pierna parecía relajada—. Y desde luego no eres inocente.

—Te digo que probablemente esté enfadado porque le impedimos tener sexo esta noche —participó Layla en voz alta—. Livy dormirá contigo.

—¡Deja de presionarme! —reviré molesta—. Él no es mi tipo.

—Pero quieres —bromeó Layla.

—Basta, ustedes dos —regañó Lena.

Justo cuando pensaba que estaba a salvo de Alexander, me jaló hacia abajo, atrapándome fácilmente. En sus brazos, rodeé su cuello con mis manos para sujetarme, acercando mi cuerpo al suyo. Era un bastardo, pero su cuerpo estaba cálido.

Su chofer se acercó y Alexander lo miró, con los pantalones mojados hasta las rodillas.

—¿Qué demonios has estado haciendo? —bramó.

—Esa rubia tiró las llaves al estanque —le gruñó a Layla.

—Deberías aprender a atrapar mejor —respondió con indiferencia y luego volteó hacia mí—.

Livy, deberías dejar de debatir contigo misma sobre acostarte con hombres.

Siempre le das demasiadas vueltas a todo.

Así fue como perdiste a Callen. Tienes tanto miedo de que la gente te deje que los mantienes alejados.

Me quedé paralizada en los brazos de Alexander, girando lentamente la mirada para encontrarme con sus desafiantes ojos azules. Eso fue una mierda… incluso cruel. Y me dolió escucharlo. Y, sin embargo, había un pensamiento persistente que me decía que tenía razón.

Layla podía ser una perra a veces. Intenté no tomármelo como algo personal, pero su comentario fue difícil de aceptar.

—Eso no es justo. —Lena se puso de mi lado de inmediato—. Ella no te echa en cara que te acuestas con cualquier hombre mientras sea rico.

Layla palideció. Supongo que ambas teníamos problemas, mas los manejábamos de formas diferentes. Ella tenía sus propias razones para actuar así, lo sabía. La familia de su padre las odiaba a ella y a su madre. Y su madre… Bueno, veía demasiado de su padre en ella.

—Vámonos ya. —Lena sonaba cansada. Se giró hacia Alexander, que aún me sostenía en sus brazos—. Sentimos mucho haberte arruinado la noche —se disculpó suavemente—. De verdad. Las cosas se descontrolaron.

—Agarra a tu amiga y vámonos antes de que llegue la policía —le ordenó, y yo me moví para bajarme de sus brazos—. Oh, no lo harás. No causarás más problemas —murmuró con firmeza.

—Como sea. —De repente me sentí muy decaída. Layla tenía razón. Mi padre no debió de quererme. Le fallé a mi madre, y ya no estaba. Pensé que había empezado a superarlo con Callen y su actitud despreocupada y sin preocupaciones. Luego, él también me dejó.

Todos nos subimos al auto, con nuestros estados joviales de repente sombríos. Miré por la ventana, con mis pensamientos dispersos.

¿Por qué todos me dejaban? ¿Cómo sanaban las personas de este sentimiento de abandono?

Mi padre. Callen. Incluso mi madre.

Los recuerdos de encontrar su cuerpo en un charco de su propia sangre. Sus ojos sin vida mirando a la oscuridad de la nada. Había sido una gran madre, siempre ahí para nosotras cuando la necesitábamos. Pero me dejó… Le fallé.

Tantas preguntas me persiguieron después de ese día. ¿Cómo es que no vi ninguna de las señales? ¿Cómo pude no verlas todas? ¿La llevé al límite? No escuché cuando me dijo que dejara de preguntar por mi padre, quién era, por qué no estaba en nuestras vidas.

Mirando atrás en ese momento, recordaba la tristeza en sus ojos cada vez. ¿Por qué no pude verlo entonces?

La última vez que la vi, estaba alterada, con los ojos llenos de lágrimas contenidas.

Mamá nunca lloraba.

El coche se detuvo y Layla se estiró hacia la puerta.

—Perdón, Livy —murmuró mientras el chofer abría la puerta y la dejaba salir—. Eso fue una mierda de mi parte. ¿Puedo llamarte mañana? —Me miró de reojo y yo solo asentí. Sabía que no fue su intención que esas palabras me golpearan tan fuerte como lo hicieron.

La limusina continuó hacia la casa de Lena después de que ella le diera su dirección al chofer. Me pesaba la cabeza y me seguía apoyando en Alexander. Estaba agotada, y su calor resultaba extrañamente reconfortante.

Cuando la limusina volvió a detenerse, Lena me miró.

—¿Estás bien? —preguntó, con preocupación evidente en su voz.

—Sí —aseguré, asintiendo con la cabeza, provocándome un leve mareo—. El alcohol fue una mala idea esta noche.

Se rio suavemente mientras vino a darme un abrazo.

—Simplemente ya no tenemos la misma tolerancia.

Le devolví el abrazo. Siempre nos abrazábamos para despedirnos, pasara lo que pasara.

Fue algo que mamá nos inculcó. Nos dijo que nunca sabíamos cuándo sería nuestra última vez.

Sentí una pequeña punzada en el corazón al abrazar a Lena con más fuerza.

La última vez que vi a mi madre con vida, salí corriendo enojada y nunca tuve oportunidad de hacer las paces con ella.

Como si Lena supiera lo que pensaba, me besó la mejilla.

—Te quiero, Livy.

—Yo también te quiero.

—Y gracias, señor Caldwell, por llevarnos a casa sanas y salvas.

Alexander asintió mientras ella salía del coche, y esperamos a que desapareciera dentro de su casa.

Podía ver dos siluetas a través de la ventana.

Sonreí al ver que Larry se había quedado despierto esperándola.

Él era lo mejor que le había pasado en su vida, y se merecía cada pizca de esa felicidad.

Me apoyé en los cojines del asiento y luego miré a Alexander Caldwell. Qué noche.

Mientras nos íbamos, los dos solos en el vehículo, me sentí extrañamente nerviosa. Su cercanía me hizo desear cosas que no debería. Ojalá le hubiera pedido a Lena que se quedara a dormir conmigo.

—Gracias por llevarnos a casa —murmuré en voz baja—. ¿Tu chofer necesita mi dirección?

—No, ya la tiene. —No podía saber qué pensaba ese hombre de ojos fríos y cautelosos. Probablemente que me veía ridícula vestida de esta manera y sin zapatos puestos.

Ojalá no nos hubiéramos topado con él, deseaba no habernos emborrachado, y deseaba no sentir esa atracción fluyendo por mi cuerpo. Odiaba que él hubiera escuchado las palabras de Layla; me hizo sentir vulnerable.

Aparté la mirada y vi las calles pasar en un borrón. Quince minutos a solas en el coche con él parecieron quince horas. Estaba demasiado cerca, no lo suficiente. Exhalé profundamente cuando giramos hacia mi calle.

Miré hacia él para darle las gracias cuando vi que él también había salido del vehículo, con la intención de seguirme hasta la puerta.

—No hace falta que me acompañes —le dije rápidamente—. El efecto del alcohol ya ha desaparecido. Puedo arreglármelas sola.

—Quiero asegurarme de que entres en tu casa y cierres con llave —respondió.

Preguntándome por qué le importaba, decidí que era mejor quedarme callada. Sería menos probable que hiciera o dijera algo estúpido. Dios sabía que ya había hecho mucho de eso.

—Buenas noches.

Me observó en silencio, sin apartar la mirada.

—Buenas noches, Livy. —Se despidió finalmente, llamándome por mi apodo por primera vez—. Cierra la puerta con llave.

Asentí y cerré la puerta, dejándolo afuera mientras el aire que había estado conteniendo salía de mis labios.