Adoración (El Amor No es lo que Parece nº 2) CAPÍTULO CUATRO
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CAPÍTULO CUATRO

Liberty

Cuando dieron las cinco, ya me mordía el labio, intentando no explotar contra Alexander Caldwell.

El tipo era un bloque de hielo, una máquina que me mandaba.

No estaba acostumbrada a recibir instrucciones de una figura de autoridad como él.

Crecí en el negocio de mi mamá y sabía qué hacer sin que me lo dijeran.

Cuando me mudé a Londres, conseguí un trabajo en la editorial de Callen y sabía más del negocio que él.

Así que yo era quien daba las órdenes. Estar en el lado receptor y de un hombre con tan malos modales hizo que sintiera que quería matar a alguien.

Lo había evitado activamente todo el día, pero no podía ignorarlo cuando me llamaba a su oficina.

Señorita Smith, tome notas. Señorita Smith, escriba esto. Señorita Smith, envíe este correo.

Si lo escuchaba decir señorita Smith una vez más, gritaría.

Salí corriendo por la puerta incluso antes de avisarle.

Puede que fuera atractivo, pero era un bruto.

Maxim se había marchado poco después de comer con una sonrisa divertida y sospechaba que podía notar que su hermano no me agradaba.

Esos dos eran polos opuestos. Maxim soltaba uno o dos chistes y bromeaba en tono juguetón, y cuando necesitaba algo, lo pedía de manera digna, no me ladraba la orden.

Corrí a casa para cambiarme y ponerme algo más cómodo, mis jeans de costumbre y una blusa rosa con mis Chucks a juego.

Iba a encontrarme con Lena, Larry y Brandon, que ya tenía cuatro años, aunque no lo crean, para cenar en nuestro restaurante tailandés favorito para celebrar que ella había conseguido un cliente importante.

Me planteé si contarle a Lena lo que había pasado, mas decidí no hacerlo.

No tenía caso preocuparla porque yo lo había arreglado. En su mayoría.

Eran poco más de las siete cuando entré a Patara Thai. Los vi enseguida y, con una enorme sonrisa, empecé a cruzar el restaurante para encontrarme con ellos. Brandon lanzó un pequeño grito alegre y se levantó de la silla, yendo directo hacia mí.

—¡Liberty! —gritó, completamente ajeno a su entorno mientras se lanzaba a mis brazos.

—Hola, amiguito. —Me agaché y lo abracé—. Te extrañé.

—Yo más. —Sonrió alegremente—. ¿Puedo ir a casa contigo después de cenar?

Me reí. Le encantaba venir a mi casa y hacer pijamadas.

—Me encantaría —repliqué, despeinándole su cabello rubio—. Pero mañana tengo que trabajar. Dejémoslo para este fin de semana.

Asintió rápidamente, y su adorable sonrisa casi me distrajo de la presencia a mi lado.

—Señorita Smith. —Levanté la cabeza de golpe para encontrarme con el dueño de esa voz áspera. Alexander.

—Hola, Liberty —me saludó Maxim al lado de su hermano, con un caballero mayor detrás. Mis ojos pasaron de un radiante Maxim a su hermano, que me atravesaba con su fría mirada, a otro par de ojos cálidos con arrugas alrededor. Se notaba claramente que estaban relacionados.

—Hola —respondí, y al instante sentí a Brandon jalando mi mano.

—Livy, ¿quién es ese?

Me levanté y tomé su manita entre las mías. Antes de que pudiera responder, el anciano contestó.

—Soy Charles Caldwell —anunció—. El abuelo de Alexander y Maxim.

Charles extendió su mano para estrechar la mía, luego se detuvo como esperando que mis buenos modales hicieran acto de presencia.

—Hola —manifesté finalmente, entrelazando mi mano con la suya—. Liberty Smith, y este es mi ahijado y sobrino, Brandon. Encantada de conocerlo.

De todos los restaurantes de este pueblo, estos ricos multimillonarios tuvieron que acabar en nuestro favorito.

—¿Por qué son viejos y tienen abuelo, Livy? —se preguntó Brandon en voz alta.

Me estremecí, pero Maxim solo se rio y dijo:

—¿Estás segura de que no es tu hijo?

Puse los ojos en blanco. No era horario laboral y no tenía que hacer el papel de profesional con los Caldwell fuera del trabajo.

—¿Este también es su lugar favorito? —inquirió Brandon inocentemente, sin darse cuenta de la batalla que se libraba dentro de mí.

Quería alejarme de ellos. Ya había tenido suficiente de las miradas fulminantes de Alexander para toda una vida. Fueron suficientes para provocarme escalofríos, aunque no estaba segura de si era por su actitud fría y distante… o el deseo que no quería sentir.

—Liberty, ¿te encanta la comida tailandesa? —indagó Maxim en tono burlón—. Pensaba que eras más del tipo de gastronomía típica estadounidense.

—Sí, este es mi restaurante favorito —comentó el abuelo de Maxim antes de que tuviera la oportunidad de hacerlo—. Cuando vengo a la ciudad, mis nietos siempre me traen aquí.

—Livy dice que este es el único lugar en toda Inglaterra que no es pomposo —susurró Brandon, lo suficientemente fuerte para que todos lo escucháramos. Este niño.

—Bien, ya es suficiente —dije, interrumpiéndolo y tratando de alejarlo—. Encantada de conocerlo, señor Caldwell.

—Igualmente, querida. Espero que nos volvamos a ver pronto.

No lo creo.

Le sonreí forzosamente y miré a sus nietos, ladeando la cabeza en señal de despedida y apartando suavemente a Brandon mientras él se despedía con entusiasmo. Luego, al llegar a la mesa y sentarnos, nos olvidamos de los desconocidos y Brandon centró su atención en su libro para colorear.

—¿Quiénes son esos tipos? —preguntó Larry, asomándose a mi alrededor para verlos mejor.

Estaba a punto de decirle que no eran nadie importante, pero cambié de opinión.

—Los Caldwell —contesté.

—¿En serio? —inquirió Larry, mirándolos—. ¿Y comen aquí?

Me encogí de hombros mientras tomaba una de las crayolas de Brandon y le ayudaba con el sombreado de un Batman de aspecto sombrío.

—Debería ir a saludarlos —sugirió Lena, levantándose.

Levanté la cabeza de golpe e intenté detenerla.

—No. —Alzó una ceja y miró fijamente mi fuerte agarre en su antebrazo—. Por favor, no lo hagas —añadí.

Ella vio hacia la mesa donde estaban sentados los Caldwell y seguí su mirada, notando a Alexander Caldwell observándonos. Los ojos de Lena volvieron a mí y se sentó lentamente.

—¿Qué no me estás contando, Livy? —preguntó en voz baja.

Miré al hombre a su lado, esperando que me ayudara, pero en vez de eso, solo sonrió de forma alentadora, con su manera amable.

—Hoy no estuvo genial, ¿está bien? —solté.

—¿Algo salió mal con el contrato? —preguntó, con un tono cortante y maternal en su voz. Brandon debió notar su tono también porque miró a su mamá, asegurándose de que no era él quien estaba en problemas.

«No, amiguito. Esta vez soy yo quien está en problemas», me quejé por dentro.

—No. —Negué con la cabeza rápidamente—. Solo fue un pequeño malentendido con Alexander. Pero todo está bien ahora.

—¿Qué pasó? —insistió.

—Cuando estaba en el ascensor hablando contigo —empecé miserablemente—, él y su hermano estaban allí conmigo, pero no sabía quiénes eran en ese momento.

Hubo una pequeña pausa y luego empezó a reírse, de verdad se estaba riendo. Mis ojos iban de ella a Larry, donde él intentaba contener su propia sonrisa.

—¿Qué? —resoplé—. ¿Qué es tan gracioso?

Se reía tanto que las lágrimas le corrían por su cara. Volvió a mirar hacia la mesa de los Caldwell y yo hice lo mismo. Por suerte, estaban concentrados en sus menús.

—Lena, ¿qué es tan gracioso? —repetí, casi rompiendo la crayola que tenía en la mano.

Se limpió los ojos de nuevo y negó con la cabeza.

—Apuesto a que eso te dio una lección —señaló con una sonrisa.

—No tienes ni idea —mascullé. Quise echar otro vistazo por encima de mi hombro, pero me obligué a ignorar el impulso.

Nuestra cena y nuestras copas de vino vinieron después, y no un momento demasiado tarde. Hoy había sido todo un día.

—Muy bien, señoritas —anunció Larry, guiñándole un ojo a su hijo mientras sacaba dos cajas del bolsillo—. Sabemos lo duro que ambas han trabajado, así que tenemos un pequeño regalo para ustedes.

Brandon chilló de alegría y tomó una caja de manos de su padre. Mientras Larry le entregaba su caja a su esposa, Brandon me dio la mía. Lena y yo nos lanzamos una mirada rápida antes de desenvolver las cajas con entusiasmo.

Me quedé mirando fijamente el precioso bolígrafo Montblanc grabado con mis iniciales, seguidas de una P.

Me estiré hacia Brandon y lo envolví en mis brazos.

—Me encanta —le susurré suavemente, sus brillantes ojos azules resplandeciendo de satisfacción.

—¿De verdad lo dices en serio? —preguntó con entusiasmo—. Yo elegí el tuyo y papi eligió el de mami.

—Sí, de verdad —aseguré—. Será mi bolígrafo favorito por siempre.

Volví a abrazar su pequeño cuerpecito, mirando a Lena, que giraba su propio lapicero en la palma de su mano.

—¿Cómo hemos tenido tanta suerte? —bromeé—. Tú tienes al mejor esposo y yo al mejor ahijado.

Se rio, con lágrimas brillando en sus ojos.

—Somos afortunadas —confirmó, extendiendo una mano sobre la mesa y posándola sobre la mía—. Y mi suerte empezó el día que tú y tu madre me acogieron.

—El mejor día de mi vida —murmuré suavemente—. Porque por fin tuve una hermana.

—Y Brandon y yo tenemos suerte —intervino Larry en broma, intentando aligerar un poco el ambiente—, porque tenemos a las dos mujeres más bellas del mundo a nuestro lado.

Todos estallamos en carcajadas, felices de estar juntos. Miré de nuevo mi bolígrafo, pensando en qué significaba la P. Estaba a punto de preguntarle a Larry cuándo llegó nuestra comida, y como si fuera una señal, mi estómago emitió un gruñido vergonzoso.

Los únicos sonidos que salieron de nuestra mesa durante los siguientes veinte minutos fueron de satisfacción por el banquete.

—Bien —dije finalmente, dejando la servilleta sobre la mesa y apartando mi tazón ya vacío de curry verde—. Me rindo. No consigo entender qué significa la P en el bolígrafo. ¿Olvidé algo?

Larry se rio.

—Es por publishing. Liberty Smith Publishing.

Me quedé boquiabierta y miré a Lena y Larry.

Antes de que pudiera pensar en una respuesta, Lena añadió:

—Puedes hacerlo, Livy. Sé que puedes.