Adictos a lo prohibido Capítulo 65 La culpable de esta adicción
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Capítulo 65 La culpable de esta adicción

Cassie Queen

—Aquí está.

Observó a mi cuñada Catalina sacar un enorme álbum de fotos.

—Pareces abuelita, Cata.

Se carcajea.

—Son las fotos de nuestra boda con Joy, la oficial.

Es anticuado tenerlas en papel, no iba a hacerlo y luego dije «Sí, debo hacerlo».

—Coloca frente a nosotras en la mesa ese enorme álbum de fotos—.

La última vez que vinimos lo traje porque quería mostrarte algo y terminé olvidándolo aquí.

Así que supuse seguía en el mismo lugar.

Caminamos hacia la sala saliendo de la vieja oficina de mi padre.

—Creo que solo tengo dos fotos de mi boda con Gregor.

Me río por ese hecho.

—Diría que me extrañó que te casaras sin audiencia; no lo hizo, eres extraña. Hablando de Gregor, hay algo que quiero que veas. La otra vez mientras revisaba con Joy el álbum de fotos ambos dijimos tenemos que mostrarle esto a Cassie.

Arqueo una ceja llena de curiosidad por lo que vaya a mostrarme.

—¿Tienes algo que comprometa a mi esposo? ¿Tengo que prepararme para ir a cortarle los testículos?

Su carcajada resuena en la sala de mi casa.

—Cómo crees, dudo que algo pueda comprometer a tu esposo cuando en mi boda apenas tenía once años.

Cubro mi boca riendo al olvidar ese pequeñísimo detalle.

—Olvidé que él es mucho menor que yo. ¿Entonces, qué quieres mostrarme de tu boda?

Ya me has dicho varias veces que yo no lo recuerdo, pero que estuvimos juntos en la boda de ustedes.

Está claro que ni siquiera nos vimos ni hablamos porque familias diferentes cada quien se sentó por su lado. Había demasiadas personas ese día.

Nos sentamos en un sillón de la sala y Catalina comienza a ojear su álbum de fotos.

—Hay una foto grupal y ahí están ambos, espera, ya voy a encontrarla.

—¿Voy a ver a mi esposo en su etapa de niño?

Reímos.

Ya he visto fotos de Gregor pequeño, pero quiero ver exactamente cómo estaba ese día y si puedo recordar haberlo visto. Es paradójico pensar que quizás nos vimos muchas veces en reuniones familiares y nunca siquiera nos prestamos atención.

Es que eso es lo loco del destino. Las cosas van a suceder cuando tengan que suceder. Tenía que conocerlo a la edad que lo conocí y tenía que pasar lo que nos pasó para llegar hasta aquí.

—¡Aquí está! —La foto es grande y Catalina señala dónde está Gregor y dónde estoy yo—. Uno en cada punta, tú ya te veías como una mujer y él apenas tiene carita de niño preadolescente.

Observo la foto y miro a mi Novato.

Es verdad que tenía cara de niño, aunque en su cara es raro verme a mí en una misma foto con él y es cierto que yo ya no tenía cara de niña.

—Tengo que mostrársela, seguro va a reírse.

Sin pensárselo dos veces, Catalina saca la foto del álbum y me la extiende.

—Toma, te la presto y luego cuando nos veamos me la devuelves.

La observo sorprendida por su gesto.

—¿En serio?

—Sí, Cass. Tómala, van a reírse y, en cierto modo, me pone feliz que pueda tener recuerdos de ustedes así en el mismo lugar sin saber lo que les deparaba el destino.

Eso es algo muy loco.

—En ese caso, gracias. Voy a mostrársela cuando regrese del parque con las niñas. Me va a decir que soy una asaltadora de cunas.

Mi cuñada no intenta ocultar su risa ante mi comentario.

—Si lo analizamos bien, lo eres.

Encojo mis hombros.

—No puedo mantenerme bella y hermosa simplemente a base de una buena y saludable vida. El colágeno no abunda.

Seguimos riendo.

—Tú sigue con tu colágeno, yo debo irme porque con Joy iremos al cine con los niños. Queremos llevarlos a algunos lugares aquí en Seattle. Ya sabes, aprovechamos para pasear mucho cuando venimos. Nos vemos luego.

Me levanto junto con ella y la despido.

◆◆◆

—¡Papá!

Escucho a las niñas gritar mientras juegan con Greg.

Como yo las bañé, le dije que las peinara y eso no se oye a que la esté peinando, se oye a que están jugando a corretear por la habitación.

Las exclamaciones de las niñas son la prueba de que seguro voy a la habitación y las niñas están sin peinar, porque Gregor está haciéndose el loco fingiendo ser algún monstruo o un zombie.

—¡RAA!

Creo que es un dinosaurio.

Sigo aplicándome crema y me meto en la cama tomando un libro para leer un poco antes de dormir.

Después de un rato dejo de escuchar a las niñas gritar y es posible que hayan entendido que ya es tarde y mejor sería que durmieran.

Luego de haber leído unos cuantos capítulos, Greg entra a la habitación.

—Misión cumplida, Reinita. —Se acerca a la cama e, inclinándose, me quita el libro para besarme—. Ahora me toca hacerte dormir a ti.

Sonrío sobre sus labios.

—Tendrás que esforzarte mucho para hacerme dormir.

Su nariz se pasea por mis mejillas bajando hacia mi cuello.

—Me esforzaré lo que sea necesario por mi reina.

Sus inquietas manos están dentro de las colchas deslizándose por mi vientre mientras se mete en la cama conmigo.

—Espera, quiero mostrarte algo antes de que me dejes agotada y lista para dormir.

—Abre sus ojos con curiosidad y se aparta acomodándose en la cama—.

Hoy vino Catalina porque había olvidado en la oficina vieja de papá su álbum de fotos de la boda con mi hermano.

Adivina quiénes están en una foto grupal.

Jadea.

—No me digas, quiero verla. Muero por ver fotos tuyas de niña. No tienes ninguna.

Lanzo una carcajada.

—Yo no era una niña en la boda de mi hermano, tenía diecinueve años. El que era un niño eras tú, yo era una joven mujer.

Cae en cuenta de lo que estoy diciéndole y se comienza a reír.

—Es cierto, bueno quiero ver a mi Reinita de diecinueve años. No hay casi fotos tuyas de esa edad, diría que no hay casi fotos tuyas en general.

—No me gustan para nada las fotos. Espera que la guardé aquí en la mesita. —Abro el cajón y saco la foto extendiéndosela—. Aquí estás tú y…

—No puede ser, sí has cambiado mucho de los veinte hasta ahora.

Su mirada es de sorpresa y me mira los ojos.

—¿Esa es tu forma amable de decirme que estoy muy vieja o que ya me conociste muy vieja?

—No, es que…

Comienza a reír.

—¿Qué te sucede?

—¿Tú te acuerdas que yo te conté cómo nació mi adicción por el póker?

—Sí, por supuesto que me acuerdo. Tenías trece años, fuiste a Inglaterra con tu padre porque a veces cuando te tocaba estar con él te llevaba a sus viajes de negocios, y te quedabas en el hotel cuando él tenía fiestas.

Afirma con un movimiento de cabeza.

—Una noche, me mataba la curiosidad saber qué hacían y me escabullí para ir al casino porque sabía que mi padre estaba ahí. Era muy ágil y no me veía tan niño. Entre a hurtadillas al casino del hotel y lo que menos hice fue encontrar a mi padre.

—Te quedaste viendo una mujer que jugaba en una mesa blackjack.

Sigue riendo mientras mira la foto.

—Una rubia que me hizo desear jugar como jugaba ella y mejor. Por eso mi fascinación con las rubias.

Ruedo los ojos.

—Tú no tienes que tener fascinación por las rubias.

Ríe con picardía.

—A mí solo me importa una rubia. Pero escúchame por favor, yo nunca había visto una foto tuya cerca de los veinte. Ahora acabo de descubrir algo que cambia completamente todo, Reinita.

Arrugo el entrecejo porque no entiendo.

—No entiendo.

—Yo sé que esta eres tú. ¿No te preguntas por qué supe que eras tú cuando te ves completamente diferente a como eres ahora? Cuando te conocí habían pasado dieciséis años de esta foto y hay que admitir que te volviste muy hermosa con los años, así como también tu rostro cambió muchísimo.

—Ve al punto porque no estoy entendiendo y no sé si debo enojarme…

—Reinita, ¿por esas casualidades de la vida tú has estado en Inglaterra cerca de tus veintiún años?

Me pone a pensar.

—Sí, tuve un viaje cuando Kyle nació, cubrí a mi hermano y…

—Estoy completamente seguro de que es a ti a la que vi en ese casino, esta mujer de esta foto es la joven que yo vi jugando al póker con un montón de viejos a los cuales le partiste el trasero.

Me quedo completamente sorprendida.

—No hablas en serio… Sí hablas en serio…

Asiente.

—¿Te das cuenta de que era el destino? Siempre fuiste tú, la culpable de esta jodida adicción.

Me besa intensamente.

—Cómo te digo que estás equivocado si a cada instante solo puedo confirmar más que este era nuestro destino —susurro sobre sus labios.

—De principio a fin tú has sido y serás quien me ha hecho un adicto a la prohibido.