Capítulo 62 Agatha Queen Bruno Duarte
Cassie Queen
Mantengo mis ojos inexpresivos, no muevo ni un músculo. Sus ojos viajan a sus cartas, luego a mí. Se ve preocupado. Tiene miedo de perder, puedo oler su miedo.
Adoro cuando no tengo nada en mis manos y los demás temen perder por el simple hecho de conocer mi fama.
El poder.
Me encanta este poder que solo con mirarlo y mostrarle que no estoy asustada quiere rendirse.
Estás acabado.
—¿Miedo, Marchetti? —suelto con parsimonia.
Muevo mis dedos sintiendo el laminado de las cartas que a Agatha la vuelve loca. Se mueve como si sintiera la emoción correr por mi cuerpo.
Como si sintiera la dopamina correr directo por mi cerebro, alimentando esta adicción que aún no logro decidir si deseo transmitirle a mi hija.
Quizás es tarde.
—¿Miedo yo? ¿Con quién crees que hablas?
Sonrío de lado con confianza.
—Con el mismo que teme jugar porque le partiré el trasero una y otra vez. Ya es una tradición, ¿no? Desde que tengo diecinueve te vengo dejando humillado.
Su risa sarcástica resuena.
—Esa confianza, Reinita de hielo. Siento que hoy será el día de tu derrota y sabes muy bien que me burlaré de ti por el resto de tu vida.
De mis cuñados es al que más disfruto molestar. Marchetti, me agradas, aunque jamás voy a decírtelo.
—Si yo te gano… no puedes molestar más a Ashley con que no puede tener novio ni esas cosas.
Arquea una ceja.
—Eso es un reto muy grande, niña Queen.
Sonrío más. Se rendirá, lo sé, nunca soporta la presión.
—Estoy aburrida.
—Tu esposo trabaja y me torturas a mí. Fantástico.
—Eres mi cuñado, soy la hermana menor de tu esposa. Eres mi abogado. Es tu obligación.
Lanza una carcajada y lo secundo.
—Me haces reír, no me rendiré, juego a todo, si pierdo no molestaré más a Ashley diciendo que no puede tener novio.
Me gusta esa determinación. Qué valiente, se arriesga aunque puede perder este juego de póker.
Tira sus cartas sobre la mesa y una punzada en mi vientre me hace quedarme sin aire.
—Sí gané. Mira tu cara.
Dejo mis cartas sobre la mesa y toco mi abultado vientre de treinta y nueve semanas.
—Gané, no me la creo. —No me siento bien—. Cassie, no irás a ponerte mal por perder. Es solo un juego.
Intento respirar con calma. ¡Ay, mierda!
—¡Cállate, Marchetti!
Arrugo el entrecejo.
—Cassie, ¿qué te sucede? Niña Queen, me asustas.
Respiro y siento el líquido escurrirse por mis piernas.
—Agatha, ¿ahora en serio?
Marchetti se levanta y ve el líquido escurrir por el suelo.
—No me jodas, Queen. ¡Maldición! Nacerá la niña. ¡Ay, carajos!
Lo miro con regaño.
—No entres en pánico, idiota. Ve a mi habitación, hay un bolso color crema, tráelo.
Está en shock. El idiota de mi cuñado está en shock.
—¡Marchetti!
Asiente.
—Sí, el bolso. Llamar a tu esposo, llevarte al hospital. ¡Mierda, mierda! No te preocupes, Cassie, aunque siempre sea un tonto y no deje de molestarte, eres mi hermanita y voy a llevarte al hospital muy rápido.
Tan tierno. No necesito sentimentalismos en este momento. Cuando un fuerte dolor me hace quejarme aprieto su brazo.
—¡Auch! Cassie, eso duele.
Abro mis ojos.
—Trae mi jodido teléfono y ve por el bolso, Marchetti. ¡Ahora! —bramo endiablada.
Esto me duele, maldita sea.
—Sí. El bolso y el teléfono.
Con su mirada llena de terror se aleja acatando mi orden al fin. Esto no es posible, mi plan no era este. Yo quería que naciera a término.
—¿Qué te sucede, Agatha? Aún no es tiempo de nacer. Estábamos jugando tranquilas, ¿no te gusta perder, hija?
Escucho los pasos apresurados de Marchetti.
—El teléfono y el bolso.
Me extiende el teléfono y lo tomo temblorosa.
El dolor vuelve, es muy rápido. Así no debería ser. Las contracciones deberían ser más lentas.
—¡AY! —me quejo mientras aprieto el teléfono en mi mano.
—Te duele demasiado, ¿eso es normal?
No respondo, me duele mucho. Vuelve a darme una contracción. Son muy juntas, esto no está bien.
—Cassie, eso no está bien, son muy rápidas. Soy cavernícola, pero sé cuándo las contracciones de un parto van muy rápido.
Lo sé, algo no anda bien. Mi hija quiere nacer y al parecer no esperará, no creo que llegue al hospital.
No llegaré.
—Llama a una ambulancia, Marchetti.
En medio de las contracciones le marco a Gregor. Por amor de Dios, atiéndeme porque podría matarte, Gregor Bruno Duarte.
No puede perderse el nacimiento de nuestra hija.
—Hola, Rei…
—¡Ven aquí ahora mismo! —ordeno completamente descontrolada.
El dolor no me deja pensar.
—Reinita, ¿qué te pasa?
—¡AY, MIERDA! Gregor, nacerá la niña, nacerá ahora. Maldición, quiere nacer.
Aprieto el tapizado del sillón en el que estoy sentada y me muerdo las mejillas.
—No, ¿cómo? ¿Ahora? Pero…
—Ven a la casa, acabo de llamar una ambulancia, no sé cuánto aguantaré. No hagas que Marchetti me asista porque eso sería traumático para todos.
Cuelga la llamada.
Está en camino. Lo conozco y ese hombre es capaz de cruzar todos los semáforos de la cuidad en rojo, para llegar.
Me retuerzo del dolor. Esto es… esto es doloroso.
Sabía que dolería, lo sabía.
Ahora te aguantas.
Respiro, intento controlar mi respiración. Inhalo y exhalo. Inhalo y exhalo.
—La ambulancia está en camino.
Estiro mi mano y Marchetti la toma.
—Te juro que, si le cuentas a alguien que tomé tu mano, te mato, Marchetti.
Aprieta mi mano y yo más, mientras me dan las contracciones.
—No le diré a nadie lo juro. Esto no sucedió. Respira, tranquila y respira. Conocerás a tu hija, Cassie.
Asiento emocionada.
—La conoceré. —Mis ojos se empañan—. Prométeme que te vas a quedar conmigo si mi esposo no llega, promételo. Tengo miedo, Marchetti.
Asiente apretando mi mano.
—Claro que aquí me quedo, no te preocupes. Todo estará bien, tendrás una mini tú que le hará la vida imposible a todo el mundo. Tengo miedo, pero aquí estoy siendo cómplice del posible apocalipsis Queen.
Me hace reír y poco dura cuando otra contracción me hace sentir desquiciada del dolor.
Esto es lo que nadie te dice. Esto duele, pero no como cuando te lastimas, duele como si no pudieras pensar, como si la contracción te desconectara y estresara.
Me pierdo en cada contracción y aprieto su mano tan fuerte que cuando la suelto jadea de alivio.
—Me dejarás sin mano, es mi castigo por ganarle a la Reina de Hielo. —Escucho la ambulancia—. Voy a soltarte, le abriré a los médicos.
Asiento intentando respirar con calma. Inútil, muy inútil intentarlo.
Marchetti se aleja y no logro seguir sus movimientos. Contracción tras contracción me deja agotada e imposibilitada a usar mi concentración.
—¿Cada cuánto tiene las contracciones?
Un médico se acerca.
—¡AY, MUY SEGUIDAS!
—¿Cantidad de semanas?
—Treinta y nueve, rompí fuente. Algo pasa, ella quiere nacer y… ¡AAH, POR DIOS!
Varios médicos se acercan.
—Vamos a revisarla, necesitamos que se pase a la silla de ruedas y en la ambulancia la revisaremos.
Otro médico trae la silla y me levanto como puedo.
—Mi… mi esposo, él tiene que llegar.
—Señora Queen, si su bebé quiere nacer no esperará. Necesitamos revisarla y atenderla así sea en la ambulancia.
Me siento en la silla de ruedas y siento la presión entre mis piernas. Las abro y toco mi vientre.
—Ay, no puede ser.
Jadeo en busca de aire.
—Déjeme verla, señora Queen.
Levanto mis piernas quitándome las bragas y el médico mira a su compañero mientras me observan.
—¿Qué sucede?
—Llevémosla a la camilla de la ambulancia.
Todo es demasiado rápido. Mis dolores no cesan.
—La vamos a pasar a la camilla.
Me levanto mientras los médicos me sostienen y me suben a la camilla de la ambulancia.
Cierran las puertas.
—¡Oigan no puede ir sola al hospital! —Marchetti reclama desde abajo.
—No vas a verme la vagina, Marchetti. Dile a Gregor que se apresure nada más —lanzó jadeando entre contracción.
—No llegará al hospital, señora Queen. Su bebé tiene que nacer aquí.
Comienzan a desinfectar sus manos y a colocarse guantes de látex.
¡Mierda! Así no debía ser. No, no.
—Esperen, así no debería ser —reclamo asustada.
—Señora Queen, su bebé quiere nacer no podemos dejarla dentro si ella está por nacer. Su bebé podría tener complicaciones.
Pasó saliva y a pesar del miedo, asiento.
—De acuerdo, es que… mi esposo…
—Señora Queen, su bebé ya quiere nacer, ahora, y no esperará.
Suspiro y vuelvo a asentir.
—Hagan lo que tengan que hacer.
Proceden a colocarme un cobertor sobre las piernas mientras me acomodo apoyando mis pies sobre la camilla. Mi cuerpo tiembla, estoy aterrada. Nunca estuve tan aterrada.
—Señora Queen, necesitamos que puje. —Asiento con un sonido y hago fuerza—. Una vez más.
Vuelvo a hacerlo.
—¡REINITA!
Escucho la voz de Gregor.
—Es…
—Una vez más.
Niego.
—Es mi esposo.
—Ábrele —ordena el doctor que está atendiéndome a su compañero y obedece, abre la puerta de la ambulancia.
—Puje una vez más, ya casi.
Pujo y cuando abren la puerta escucho el llanto de Agatha.
—Reinita, Reinita. ¡La puta madre!
Suspiro aliviada. Agatha llora tan fuerte y eso es bueno.
—Señor Queen, tuvimos que atenderla, ella…
—No importa, no importa. Mi amor…
Greg se acerca a mí.
—Lo siento, ella quería nacer.
Me besa acariciando mi rostro.
—Tranquila, mi Reinita, tranquila.
—Señor, ¿quiere cortar el cordón?
Greg me mira y asiente.
—Por supuesto, claro.
Los médicos lo guían y la verdad estoy demasiado cansada para prestarles atención. Solo oigo a mi hija gritar con sus saludables pulmones.
—Felicidades, tienen una niña muy saludable. Tenemos que llevarlos al hospital, para que los médicos las revisen.
Greg se acerca con Agatha envuelta en unos cobertores que le dan los médicos y está llena de sangre.
—¿Ustedes no son médicos? —indago mientras mi Novato acerca a nuestra pequeña a mi pecho.
—No, señora Queen, solo somos enfermeros. Estamos listos para esta situación, teníamos que ayudar a nacer a su hija.
Mis lágrimas se escurren cuando veo a mi pequeña niña llorando sobre mí.
—No importa nada, Reinita, mírala, es perfecta. Tú eres perfecta.
Miro sus ojos y derrama lágrimas igual que yo.
—Sí llegaste, creí que no podría sin ti, yo… te amo.
Me besa y Agatha sigue llorando.
—Y yo a ti, las amo.
—Rompí fuente jugando al póker.
Sonríe y vuelve a besarme.
—Ella también es una Reinita de hielo, mi amor.
Asiento y nos quedamos así juntos disfrutando de nuestra llorona y hermosa bebé.
Mi hermosa familia.