Capítulo 60 Mi vida con la reina
Gregor Bruno Duarte
La alarma suena y me muevo, sintiendo la calidez de su cuerpo desnudo.
Esta es una de las mejores cosas de mi vida. Se despereza y, como el maldito pervertido y adicto a meterle mano, toco sus tetas mientras voy a su cuello para aspirar el olor de su colonia de noche.
Ella tiene unas rutinas estrictas de belleza y cuidado de su higiene, como para que no se vea así de bellísima.
—Hay que empezar el día, Greg, tendremos sexo al ducharnos, tenemos dos horas para alistarnos, quiero estar en la empresa a las seis y media de la mañana.
No sé cómo planea sobrevivir a lo que resta del embarazo apenas durmiendo cuatro horas diarias.
—Reinita, te estás exigiendo mucho, necesitas dormir más.
Me besa y se levanta suspirando. Está cansada.
—Necesito que la empresa vuelva a funcionar a la perfección, cuando eso suceda dormiré más.
Camina buscando una bata de seda que tiene para salir de la cama. Hace una semana está así, desde que recuperó la empresa todo ha sido un caos para ella y no se deja ayudar.
Es que sabe bien lo que debe hacer, solo me preocupa que termine descompensada, Agui le demanda mucha energía y ella no se detiene un segundo.
Yo estoy ahí para mi reina, cerciorándome de que se alimente, que se hidrate y que tome sus vitaminas.
Cuando esto se normalice, comenzaré a ver qué es lo que haré aquí en Seattle. Necesito trabajar, eso está clarísimo. La vida de esclavo de la reina es genial, pero necesito estar detrás de un escritorio y papeles.
Es lo que me gusta.
Me levanto de la cama y Cass lo primero que hace es mirarme.
—Hacer ejercicio —repite y sonrío divertido.
—Creo que precisamente él quiere hacer actividad.
Toco mi erección matutina y ella niega.
—Aléjate de mí, Greg, tengo que…
Suspira mientras me acerco a ella tocándome. Por favor, no puede negar que hacerle el amor es el mejor ejercicio para ambos.
—Yo solo quiero… —Llego a ella y estiro el lazo de su bata para que se abra y me muestre ese cuerpo divino—. Quiero darte energía para todo el día.
Me pego a ella dejando que mi pene descanse sobre su cuerpo.
—Greg… no seas así.
La abrazo metiendo mis manos dentro de la bata.
—¿Así cómo? Yo creo que tú quieres.
Me muevo provocándola. Suspira cerrando los ojos.
—La agenda…
—Tiene que empezar a ser olvidada, cuando estamos desnudos no existe agenda.
La obligo a moverse hacia la cama.
—Tú siempre estás desnudo, eso no…
Me siento en la cama y la ayudo a subirse a horcajadas sobre mí.
—Eso te encanta.
Me acomodo para meterla de a poco.
—Sí… —Pellizca mi nuca con una mano—. Me encanta, maldito…
Gime en mi boca y la beso. Ella es ardiente, como un fósforo, un simple roce y se enciende.
Aprieto su trasero y se mueve a gusto, disfrutando su mañana o, mejor dicho, madrugada.
—Y ahora, mi amor, después de que te haga el amor, dormirás una hora más, porque tú necesitas descansar.
Solo gime sin pensar en lo que digo. Me encanta lo suave y empapada que se pone. Su boca toma la mía, me muerde y succiona mis labios con lujuria.
—Qué tramposo, que… qué bueno estás, eso no se vale.
Siento cómo aprieta mi miembro cuando se corre. Me pellizca con fuerza el cabello, obligándome a acompañarla.
—La única tramposa eres tú, mi Reinita.
La abrazo y nos quedamos así, pegaditos, juntos. Me besa con suavidad los labios, las mejillas, el cuello.
—Te amo, esto fue una trampa, ahora quiero dormir.
Salgo de su interior y la recuesto en la cama.
—Duerme, que me encargo de todo, además, no olvides que en la noche vienen mis padres y tu hermano.
Asiente.
—Es cierto. —Cierra los ojos y sonríe—. Eres un maldito y te amo.
La beso castamente.
—Yo te amo mucho más, Reinita de mi vida.
Acaricio su cabello y la dejo descansar. Bajo para ir a su sala de ejercicio y entrenar un poco, luego me voy a preparar el desayuno y su almuerzo que se lo llevo siempre, pero hoy, como tenemos la cena, debo ver eso también.
No he ido aún a Argentina a buscar todas mis cosas y a solucionar lo de mi departamento. La verdad, me cuesta despegarme de ella, pero lo arreglaré antes de que nazca Agatha.
Las horas pasan y escucho sus pasos por la escalera, baja ya duchada y vestida toda bella, esos vestidos en cualquier momento ya no le entrarán. Su barriga se moldea a la perfección y es lindísimo, al igual que su culo, se ve redondo y yo estoy seguro de que está más grande.
—¿Ves algo que te gusta? —indaga provocativa.
—Todo, aunque si me das una vueltita… —Se gira y camina hacia mí—. Mira cómo me pones, Reinita.
Toco el bulto en mis pantalones de joggers.
—Compórtate, que ahora sí me tengo que ir.
Se acerca a tomar comida. Ella es toda una hambrienta, come y come, esa bebé está pidiendo comida a gritos.
Toma sus vitaminas con jugo de naranja y se acerca con la boca llena a besarme.
—Te veo luego, te amo, y sí, comeré el almuerzo que seguro me enviarás.
La tomo de la nuca y la beso con ganas.
—Te cuidas, Reinita.
Asiente y toma un sándwich mientras se aleja hacia la salida.
Estar solo en esta enorme casa es todo un aburrimiento, no puedo creer que ella se la pasara sola aquí.
Por suerte, hoy tengo cosas que hacer, debo ir a comprar a una joyería. Había visto una en Los Ángeles Wavery. No hice tiempo a visitarla. Me toca ir por una aquí en Seattle.
Lo sé, parece apresurado, pero no lo es. Quiero que cuando Agatha nazca, ella sea mi esposa. Sé que en su familia se acostumbra así, me ha contado de sus hermanas y todas se han casado antes de tener a sus hijos.
Eso se ve importante y quiero todo para nuestra vida, quiero ponerle un título enorme con un anillo a la altura de mi reina, quiero hacer con ella todo lo que nunca pensé que haría.
Quiero nuestro final feliz, con la casa, el perro, los niños y mi reina, siendo la jefa del lugar. Quiero atarme a esta mujer, por siempre y para siempre.
◆◆◆
Miro la cajita y la escondo dentro del refrigerador.
Observo la hora, ella ya debe estar por llegar, solo respiro. Si ella me descubriera, arruinaría la sorpresa.
La puerta suena y camino a recibirla.
—Reinita.
Sonríe y camina directo a mí.
—Tengo muchísima hambre y me duelen los pies, no comprendo por qué, yo siempre supe andar en tacones.
La abrazo besándola.
—Es por la pequeña, ella te da peso.
Rueda los ojos.
—Me estás diciendo gorda, pero lo dejaré pasar, en media hora vendrán y no hemos hecho nada.
Sonrío triunfante.
—Ya todo está listo, preparé la mesa del salón grande que nunca usas, me pareció una buena idea, ya que seremos muchos.
—Sí, tú haces mi vida demasiado simple, entonces solo debo cambiarme y darme un baño, huelo a oficina.
Mi Reinita obsesiva de la limpieza.
—Ve tranquila, yo así me quedaré.
Me mira, traigo un pantalón negro de vestir junto a una camiseta color vino tinto.
—Greg, tienes que vestirte decente.
Niego.
—Así quiero estar, así soy yo.
Aprieta los labios.
—Tienes razón, yo sí me cambiaré, me siento vagabunda.
Sube las escaleras y la contemplo.
Termino de arreglar todo, estoy algo nervioso, Cass no es la mejor socializando.
Aunque solo vendrán mamá, papá, Amanda y Nolan. Mis hermanos no vienen. Neru no quiso hacerlo, yo la llamé, pero ella… me dijo que necesitaba que nos alejemos un tiempo. Yo la respeto, y duele, pero es lo mejor. Pensé que eso había quedado atrás, parece que no.
De parte de Cassie, solo vendrán sus hermanos con sus parejas. Algo muy íntimo.
Luego de un rato, la puerta suena y suspiro porque seguro ya llegó alguien.
Voy a abrir y veo a Joe Queen, junto a Catalina, la tía de Neru.
—Yo te dije, ya se instalaron —comenta esta última muy casual.
—Hola… pasen. Cassie está arreglándose.
Joe me mira.
—Hola, Gregor, viste que el tiempo sí funciona.
Sonrío y asiento.
—Es cierto, gracias por eso.
Palmea mi hombro.
—No fue nada, menos mal se juntaron ahora y no cuando vieran a una niña igual a ti con mi hermana.
Me carcajeo.
—Eso sí… Hubiera sido muy loco.
Ambos entran y Cass baja apresurada.
—¡Joe!
Cass es otra con su familia, tiene un amor para ellos único.
—Cass. —Ella lo abraza—. ¿Cómo va mi sobrina?
Ellos hablan y, antes de que cierre la puerta, llegan Lizzie y Jane junto a sus esposos.
—Mira nada más, lo degradaron a portero —comenta Lizzie.
Ella es a la que más he visto y, sí es malvada, no la juzgo. Mi Reinita es diabólica con su cuñado.
—Es mi papel de hoy.
Me saluda.
—Qué gusto, cuñado.
Sonrío y también saludo a su esposo.
—Sí, eres el mismo del hospital —dice su otra hermana.
—Es el que trajo al novio de Genna.
Su esposo parece que me reclama.
—Ya, Kal, supéralo. Un gusto, soy Jane.
Sonrío y la saludo.
—Un gusto, Jane. Kaleb debes ser tú, Tyler, te tiene tanto miedo.
Estrecho mi mano con él.
—Hace bien.
Me carcajeo.
—Es un buen muchacho.
Entran y la hermana de Cassie va hacia ella al instante.
—Lo sé, él cuida bien de mi Gen. —Se aleja.
Miro mi teléfono, raro que papá no llegue. Cierro la puerta y al instante vuelve a sonar.
Al abrir, están ahí mis padres y sus respectivas parejas.
—Viejo…
Me acerco y lo abrazo.
—Greg, qué gusto verte, comienzo a pensar que si no vengo no vas a volver.
Me carcajeo y saludo a Ami.
—A ti sí que te gusta hacer todo de una vez, Greg, novia, futura hija, hasta obsequios trajimos.
Sonrío.
—Gracias, Ami, no hacía falta, pero gracias.
Miro a mamá.
—Me harás, abuela, Gregor.
Saludo a mamá.
—Así parece. Nolan, gracias por acompañar a mamá.
Niega y palmea mi hombro.
—Te conozco desde los cuatro años, mírate, ya serás padre.
—Novato… —Cassie me ve y al instante parece incómoda —. Greg… Llegaron. —Se acerca a mí y la tomo de la mano—. Lo siento, qué maleducada, pasen. ¿Por qué no los hiciste pasar? —me regaña.
—Recién llegamos, señorita Queen.
Todos entran.
—¿Novato? —murmura Amanda.
—Eso fue…
Cass quiere explicarse.
—Eso que no la escucharon decirme esclavo.
Me regaña con la mirada.
—Oh, ya veo, mira nada más, por eso no querías volver —dice mi papá.
—Gregor, me harás quedar como una maldita.
Me carcajeo.
—Descuida… ¿Es Cassie o Cassandra Queen? —pregunta mamá y no me aguanto la carcajada.
—Es Cassie, así como es Gregor y no Gregory que, por cierto, dos letras nada más.
Mi mamá se ríe.
—El nombre se lo puso Bruno, es su culpa.
Ella mira a mis padres.
—Entonces, tú eres su madre, él es tu esposo, pero tú. —Señala a papá—. Eres el padre de Greg y ella es tu esposa.
Señala a Amanda.
—Exactamente así, es lo que hubiera sucedido si tú seguías de negadora, Reinita.
Se ríe.
—Yo no iba a dejar que estuvieras con otra, claro que no iba a pasar —afirma muy segura.
—Ella me agrada, Abel, es una mujer con carácter —comenta Amanda.
—No, que no oíste, Ami, ella es una reina —expreso.
—Gregor, compórtate.
Me carcajeo porque es raro ver a Cassie queriendo comportarse.
—No tengas pena, Cassie, será bueno contarles a mis amigas que mi nuera es una reina, todas querrán saber dónde conseguir un Gregor.
—En ningún lado, porque es propiedad de la reina y hay pena de muerte para las zorras.
No me aguanto la risa y la abrazo apoyando mis manos en su vientre.
—Reinita, ya te veo haciendo horcas en el patio.
Todos se ríen.
—Qué gusto conocerte, Cassie, eres una mujer con mucho prestigio y una fama que no sentía encajaría con Gregor, me equivoqué mucho —acota papá.
—Tampoco era mi tipo, descuida, un caprichoso rebelde, no gracias, pero… cosas que pasan, que no se pueden evitar y no me arrepiento, nuestra niña es producto de lo que tenemos.
Beso la mejilla de mi Reinita.
—Es lo más tierno que has dicho, Reinita.
Rueda los ojos.
—Yo necesito saber si me dejas tocar tu barriga, por favor.
Mamá no se aguanta.
—Sí, hágalo, al final es su abuela.
Mamá se acerca toda emocionada y toca la barriga de Cass.
—¿Yo también puedo?
Ami no quiere quedarse fuera y Cass a ambas las deja. Me acerco a papá.
—¿Y? —pregunto.
—Nada, Gregor, no tengo nada que decir, solo basta mirarte. Mírate cómo sonreís, estás totalmente perdido en ella, no dejas de mirarla, estás feliz, se te nota.
Asiento y suspiro.
—Estoy muy feliz, papá, ella es todo, ella y Agatha son todo, no necesito nada más.
Me abraza.
—Qué lindo oír eso, pero sí necesitas algo más y hoy te lo traje.
Saca de adentro de su saco un sobre y lo miro dudoso.
—¿Qué es esto?
Se encoge de hombros.
—Está claro que no vas a volver y por eso, dentro encontrarás los papeles de la sede de Duabella que está aquí, la que quedó a mitad de camino, es tuya, confío en ti y quiero que tengas algo que ofrecerle a tu hija.
Jadeo.
—Papá…
—Te lo mereces, eres mi hijo mayor, tendrás una familia y me enorgullece que nunca te rendiste con ella, aquí estás, feliz, sin haber perdido el tiempo. Sé feliz, hijo.
Lo abrazo.
—Gracias, papá. —Miro a Cassie que está hablando con mi mamá y cuando nota que la observo sonríe.
Es verdad, no puedo dejar de mirarla y sonreír.
Todos se marchan, la noche fue increíble, ambas familias se ensamblaron bien, mi Reinita estuvo muy feliz, no la había visto sonreír así nunca.
—Necesito que me saques este vestido, me aprieta.
Está molesta.
—No, déjatelo, está hermoso.
Arquea una ceja.
—Si me agacho se me va a romper en el culo.
Me comienzo a reír.
—Ven, quiero mostrarte algo. —Frunce el ceño y la tomo de la mano—. Anda, Reinita, ven aquí.
Se levanta a mala gana y la llevo hasta la cocina.
—¿Y ahora qué? —sonrío.
—¿Sabes qué pienso? Vivir bajo grado cero no es tan malo, es solo que también me replanteo, si eres mi reina, te falta algo. —Se ve confusa—. Ya sabes, las reinas tienen coronas y… ya entiendes, yo te amo, Cassie, más que eso, deseo profundamente pasar el resto de mi vida contigo.
Sonríe.
—Eso me complace.
Me acerco al refrigerador y tomo la cajita escondiéndola en mi puño. Está helada.
—Yo quiero más que complacerte; quiero hacerte mía, mucho más allá de lo carnal, quiero que seamos solo dos enamorados, no, en realidad quiero que seas mi reina, mi preciada Reina de Hielo.
Abro mi mano y una cajita color blanco impoluto espera.
—Greg…
—No me importa si es pronto, yo solo sé que quiero estar aquí contigo por siempre y para siempre.
Abro la cajita y espera un cintillo con diamantes en forma de copo de nieve.
—Gregor, esto…
—¿Qué dices? ¿Te casas conmigo, Reina de Hielo?
Aprieta sus labios y luego sonríe.
—Dios, claro que sí, cómo decirle no a mi esclavo favorito. —Me acerco y la beso mientras tomo el anillo para colocárselo en su dedo anular—. Está helado. —Se ríe—. Estás loco y te amo.
—Yo te amo a ti, mi amor.