Capítulo 59 La reina de Hielo
Cassie Queen
—No me gusta la idea, Reinita, no vas a entrar a ese lugar sola, no quiero.
Abro mis ojos con regaño.
—Gregor, no te pregunté, es lo que haré.
Niega con terquedad.
—La última vez que entraste a ese lugar, terminamos alejados, no, Cassie, si te sucede algo, si él tiene una trampa o…
Suspiro y ruedo los ojos.
—Iré con uno de ellos.
Señalo a uno de los hombres de seguridad que contraté que esperan afuera del auto.
—Reinita, yo…
Lo beso.
—Confía en mí, amor, después de esto, se acabó, seremos libres y felices. Yo tendré todo, a ti, a mi empresa y a nuestra hija. Solo espérame aquí que Su Majestad tiene asuntos que arreglar.
Tomo el folder con los dos documentos que me preparó Marchetti.
—Eres terrible, mi amor, por favor ten cuidado.
Dejo un casto beso en sus labios a modo de despedida. Tengo que hacer esto sola.
Bajo del auto y le hago seña a uno de los hombres que ahora son parte de mi seguridad, el mismo me sigue.
No tengo miedo, sé que Randall debe estar desesperado.
Su casino un día más sin red e iría directo a la quiebra, y prestigios como el suyo deben cuidarse. Además, por lo que vi, en las noticias no salió nada de lo que le pasó. Eso significa que no quiere que se sepa porque planea solucionarlo y la única manera es haciendo lo que deseo.
Llego a la puerta trasera de este lugar al que tantas veces he asistido para apostar y jugar.
El guardia me mira.
—Señora Queen, el señor Jones la espera.
Entro y quieren detener a mi hombre.
—Él entra conmigo o me marcho —advierto.
—Déjala pasar.
Escucho la voz del maldito. Entro y todo está vacío, está parado en una esquina fumando un puro, frunzo el ceño.
—Lo siento, pero si no lo apagas también me iré.
Se apresura a apagarlo sobre un cenicero.
—Lo siento, no me acostumbro a tu embarazo, Queen.
Camino muy tranquila.
—Aquí estoy, Randall, ¿por qué tanta urgencia?
Se sienta y me señala una silla frente a él en una mesa vacía.
—Siéntate, por favor. —Resoplo—. Puedes dejar al hombre verte de lejos, no haré nada, pueden revisarme, estoy desarmado, Queen.
Ruedo los ojos y le hago una seña a mi hombre para que se quede a un lado.
—A ver. —Me siento—. Me gustaría que fueras breve, me has despertado, no tengo ganas de perder el tiempo contigo y seguro la tontería que irás a decir, yo…
—Me rindo, se acabó, Su Majestad.
Arqueo una ceja. Esto es más de lo que esperaba.
—Ya no juego más, Queen, ganaste, tú ganas. —Eso suena bien—. Lo entendí, tú eres la reina, lo tengo claro, ahora entiendo toda la mierda que me viene pasando, eras tú.
Sonrío de lado.
—Vaya…
—Sí, vaya que eres una mujer despiadada.
Levanto mis cejas.
—No lo he sido aún.
Frunce el ceño.
—Quisiste matarme en varias oportunidades, quebraste tu propia empresa y quieres quebrar la mía, si eso no es ser despiadada.
Sonrío.
—Solo soy yo misma, Randall, me da gusto que veas que a la reina nada puede sustituirla y que si tú me llevaste la ventaja fue porque te dejé, si no te he hecho desaparecer a ti, a tu casino y a cada uno de tus hombres, es porque decidí ser piadosa.
Me mira serio.
—Yo no quiero más esto, se acabó, arregla mi casino e Industrias Queen es tuya. No quiero saber nada de ti, lamento haberte subestimado, ya comprendo por qué el nombre, sí eres la Reina de Hielo.
Saco el folder.
—Soy la Reina de Hielo, porque podría mandar a ejecutar a alguien y mi helado corazón no sentiría culpa, me da mucho gusto que hayas decidido devolverme lo que tomaste con trampas que, por cierto, ventilaré que eres un tramposo si llegas a fastidiarme una sola vez.
—Apoyo los documentos sobre la mesa uno al lado del otro—.
Imagina, el dueño de un casino, tramposo, la credibilidad bajaría, qué terrible.
Frunce el ceño.
—No puedes amenazarme así…
—Sí puedo, Randall, lo estoy haciendo, seré muy sincera contigo, sí, te fastidié la vida y te quiero arruinado, pero como tú dijiste las palabras mágicas «me rindo», como una jugadora respetable acato tu tregua, siempre y cuando devuelvas lo robado y no se te ocurra fastidiarme ni un poquito.
Volteo los documentos para que los vea.
—Yo no quiero fastidiarme, tú eres…
—No, tú quisiste dañar a mi familia, la próxima lamentablemente tendré que enviar a que te corten en pedazos, pero como ambos somos adultos y personas de negocios, firmarás la cesión de mis acciones y luego firmarás el acuerdo de paz, tú por tu lado, yo por el mío.
—Toma los documentos—. Tú sigues llenándote de dinero con tu casino y tus apuestas, yo sigo mi vida.
Te veo de nuevo y de verdad, Randall, no te gustará.
Me apoyo en el respaldo del asiento.
—Un acuerdo de paz, tú por tu lado, yo por el mío.
—Y todos felices.
Duda y lee todo. Saco un bolígrafo.
—De esta forma la paz reinará, para ambos y no olvidaré lo que pasó, solo respetaré lo que vamos a firmar —suspira.
—Supongo que no hay opciones, supiste mover tus fichas de la forma adecuada, Reina de Hielo.
Sonrío con suficiencia.
—Gracias.
Le extiendo el bolígrafo. Resopla y firma ambos documentos, yo luego firmo el acuerdo de paz.
—Ahora se supone que tú cumplirás y…
—No nos volveremos a ver nunca más en nuestra maldita vida, Randall Jones.
Me levanto de mi asiento guardando los documentos en el folder.
—Entonces, hasta nunca, Reina de Hielo.
Ruedo los ojos. No lo despido, solo camino a la salida, con un sentimiento de triunfo en mi pecho.
Gané y esta vez se siente jodidamente bien.
Salgo del lugar y camino a mi auto sin poder disimular la sonrisa en mi rostro, veo a mi arrogante parado fuera de mi auto y no dudo en estampar mis labios en los suyos con intensidad.
—Cass…
—Mi reina, mi amor. Soy tu reina y ahora necesito festejar contigo que se acabó, ya nada de nada puede perturbar nuestra paz.
Abre sus ojos asombrado.
—No sé cómo lo haces, o sí, ya lo sé, si eres la reina, mi amor. —Me besa castamente—. Tú ordenas, Su Majestad, ¿cómo quiere festejar?
Muerdo mi labio inferior.
—En la casa, en mi cama, esclavo.
Su mirada descarada me encanta.
—Como ordene, mi reina.
Me abre la puerta del auto. Amo ser la reina, amo esta adicción a ser el centro de atención y amo ser adicta a él para dejar de ser una adicta a lo prohibido.