Capítulo 54 Un arreglo conveniente
Cassie Queen
El sonido de la puerta me despierta, gimoteo porque quería seguir durmiendo.
¿Quién perturba mi tranquilidad?
Me quito las cobijas a mala gana y me pongo unas pantuflas para bajar a ver a quién debo gritarle en esta hermosa mañana.
—Te juro, hija, si es el idiota de tu padre, le voy a tirar con un florero por no pensar que las…
De camino a las escaleras veo el reloj de pared.
Bueno, parece que estaba cansada, son las nueve de la mañana, es muy tarde, entre tanto vuelo y todo de ayer, siento que mi cuerpo dijo adiós y solo se desconectó para que durmiera muchísimo.
Llego a la puerta y ni siquiera veo por la mirilla, seguro es el molesto de Gregor. Abro la puerta ya regañándolo.
—Gregor, no te han enseñado a…
Genna abre sus ojos y yo igual. Mierda, no era el arrogante.
—Y yo que venía preocupada de que él se te apareciera, pero veo que hasta te tiene de buen humor otra vez.
Arqueo una ceja.
—Deja de decir estupideces, Genna.
Dejo la puerta abierta para que entre.
—Me preocupé, no sé cómo se enteró de la bebé y te juro, no le dije nada.
Sonrío.
—Descuida, el maldito es inteligente, supo sacar cuentas y vino a Seattle, ayer en la noche.
Me observa de pies a cabezas.
—Sexo no hubo, sino estaría aquí, pero a la vez esperabas que fuera él, por lo que tan mal no fue el reencuentro.
Ruedo los ojos.
—Nada de reencuentro, todo sigue exactamente igual.
Su mirada curiosa no me gusta.
—Sí, seguro, no te has visto los ojos, tía.
Frunzo el ceño.
—Estás inventando y fantaseando.
Camino a la nevera para buscar fruta y prepararme un licuado verde.
Me gusta mucho tomar licuado de banana, kiwi, manzana verde, uvas y jugo de naranja. Es muy rico, no se ve rico, pero sí lo es y hace que en el día no me baje el azúcar, eso me pasa mucho, como si mi cuerpo pidiera azúcar.
Genna me sigue mientras saco la fruta y busco mi licuadora. Meto todo.
—No invento, anda, dame crédito por conocerte, no está mal que vuelvas con él, es el papá de tu hija y es obvio que sí lo quieres, si no, no tendrías a su bebé.
Suspiro fastidiada.
No es justo que ella me conozca así de bien.
—Yo no volveré con él, Genna, él solo...
Activo la licuadora. Él solo es un terco que quiere una oportunidad y yo que no mato sus esperanzas porque una parte de mí desea que él sea de confianza.
Apago la licuadora y me sirvo en un vaso el contenido verde que se formó.
—¿Él solo qué? No seas mala, yo guardé tu secreto.
Suspiro bebiendo mi batido.
—Él dice que quiere otra oportunidad, nada más que yo ya no confío en él y entonces.
—¿No se la darás?
Me encojo de hombros.
—No es eso, Genna, es complicado, parece sencillo y no lo es, yo necesito pensarlo, confirmar muchas cosas, cómo si él… —Suspiro—. Es complicado, Gen.
Rueda los ojos.
—Tú lo haces complicado, el amor no es complicado o amas o no amas, así de simple es. —Resoplo y bebo mi batido—. ¿Cómo puedes tomar eso, tía?
Me encojo de hombros y sigo bebiendo.
—Es rico y no tiene azúcar, muy saludable para la alimentación de mi bebé.
Se ríe.
La puerta suena de nuevo y algo me dice que es Gregor. Mi teléfono suena y lo saco de mi bolsillo, es un mensaje de Harris, dice que vendrá hoy a pulir los detalles de nuestro trato.
Idiota y todo, pero Harris me ha ayudado mucho.
—Ahora sí, creo que vino Romeo por su Julieta.
Abro mis ojos con regaño ante el comentario de Genna.
—Ya basta, Gen.
Se carcajea.
—Les queda, porque tú actúas como si fuera tu enemigo, Montescos y Capuletos.
Me río por la tontería que dice.
La puerta vuelve a sonar.
—Reinita, no finjas que no estás aquí.
Genna se ríe.
—Mejor me voy porque esto no será apto para menores de veinte.
Se carcajea caminando a la puerta.
—¡GENNA!
Me ignora abriendo la puerta.
—Hola, Duarte, qué gusto verte y felicidades, por la futura Queen.
Niego.
Genna no es nada prudente.
Me acerco a la puerta y suspiro cuando ella se marcha, Gregor se queda parado fuera sin entrar. Ahora se hace el decente, como si no lo conociera a este descarado.
—Reinita… emm, lo siento, Su Majestad, estoy aquí para servirle.
Ruedo los ojos queriendo sonreír con ironía.
—Yo no he aceptado, Gregor. —Me escanea sin una gota de vergüenza, sus ojos parecen desnudarme—. Oye, compórtate.
Se sonríe agachando la cabeza, con una sonrisa descarada y santurrona.
—No puedes enojarte, ¿qué pretendes que haga? Tengo a la mujer que me vuelve loco frente a mí con una barriguita hermosa donde carga a mi hija. No es fácil disimular, tampoco pretendo hacerlo.
Así quiere ser un esclavo, él tiene menos pintas de esclavo que yo de mujer clásica.
—Si serás esclavo, debes comportarte.
Arquea una ceja y me mira a los ojos.
—¿Entonces aceptas?
Ruedo los ojos.
—Estás a prueba, en todo.
Sonríe.
—Lo haré bien, Su Majestad.
Es un hablador.
—Ya veremos, hay ropa que lavar, mi habitación está muy desordenada, pero primero hazme el desayuno. Cuando termine mi batido, quiero desayunar.
Entra a mi casa y cierra la puerta.
—Lo que pidas, Reinita.
Niego y me siento en el sillón. Me acomodo para que la barriga esté cómoda, parece que no, pero esta niña tiene preferencia de posición.
Miro hacia la cocina que es a donde se fue y espío lo que hace. Espero no me haga nada con café porque no bebo café, tampoco consumo azúcares, para cuidar a mi pequeña. Ya suficiente que he bebido todo un mes justo es su desarrollo.
Sigo lamentándome por eso.
No sé qué hace, solo lo veo de espalda lavar sus manos y cortar ingredientes. Frunzo el ceño, ¿qué hace? Me inclino un poco más en el sillón para ver mejor, un poco más…
—¡Mierda!
Se me cae el batido que tenía en la mano sobre el sillón, mi pijama y el suelo.
—¿¡Estás bien!?
Llega casi que corriendo a mí.
—Sí, sí, estoy bien. ¡Carajos!
Me levanto y mi camisa está sucia.
—Te ayudaré a limpiarte.
Se acerca con un paño y comienza a limpiarme el pecho, lo hace apresurado hasta que se percata de lo que está haciendo y comienza a hacerlo despacio.
Mi respiración se pone pesada y le quito el paño de la mano.
—Déjame a mí, no te pases.
Me limpio intentando controlar mi respiración. Su mano fregándose sobre mis pechos tan sensibles.
¡Maldición!
Eso se sintió bien.
Compostura.
La tengo, la tengo.
—Ellas me tientan, Reinita, lo siento. —Camino hacia las escaleras—. ¿Te ayudo a vestirte? —Lo miro con regaño—. Yo solo sigo las reglas de la realeza, a las reinas, sus sirvientes, las bañan, las visten, las atienden, ¿o no?
Me sonrío.
—No te pases de listo, Greg.
Sonríe sin pena.
—Tenía que intentarlo.
Niego subiendo a cambiarme y ducharme.
Sé que no debería dejarlo dentro de mi casa, que podría ser peligroso y todo, es que se ve inofensivo, quiero pensar que lo conozco al menos un poco.
Me doy un baño y me visto bien, ya que Harris vendrá.
Al salir de mi habitación jadeo porque estaba al lado de la puerta.
—No espié, aunque sí quería, solo que, si lo hacía, no iba a poder evitar hacer muchas cosas dignas de enviarme a la horca. —Está con una bandeja y un sándwich que se ve muy bien—. Esto es muy proteico, te alimentará y a la bebé.
Sonríe el maldito.
Sonríe con ese encanto que tiene y que jodidamente difícil es no caer rendida ante esa sonrisa. No dejaré que esos encantos que él, como el engreído que es, sabe que tiene, me convenzan tan fácilmente.
—Me lo llevaré al estudio donde voy a trabajar hasta que venga alguien que espero, me llamas cuando llegue esa persona.
Bajo las escaleras y me encamino hacia el estudio. Me sigue y al entrar tomo la bandeja.
—Es todo, yo… necesito estar sola.
Asiente, pero no se marcha y no deja de mirarme a los ojos.
Su mirada va a mis labios y luego a mis ojos.
No me hagas esto, Gregor, por favor, intento ser lógica, hacer las cosas bien y así no me ayuda.
—Cass…
La puerta suena.
—Oh, ya llegó. —Tomo el sándwich y le extiendo la bandeja—. Con permiso.
Voy a la puerta, la cual abro y está Harris.
—Cassie, he venido un poco antes porque tenía un espacio vacío.
Se acerca saludándome en la mejilla.
—Descuida, antes hablemos, mejor será.
Entra a la mansión.
—Justo estás alimentándote.
Asiento dando un mordisco al sándwich.
Está buenísimo.
—Si no te molesta…
—No, como crees, tienes que alimentar a tu bebé. —Me encamino al estudio y hasta ese momento Harris no había visto a Gregor—. ¡Oh! Hola… —Me mira y a Gregor—. Lo siento, no sabía que estaba aquí, yo… no sabía, no tenía idea. —Me observa confuso—. Tú dijiste que te inseminaste.
Asiento mientras como.
—Te presento al donante, descuida Harris, él solo es el padre de mi hija que está… ayudándome con las cosas de la casa, algo así.
Gregor me clava la mirada y es esa mirada asesina que la verdad en vez de molestarme, me prende.
—El donante lo hace en un vaso de laboratorio, Reinita, yo lo hice directo, no me parece que sea inseminación.
Me encojo de hombros y entro al estudio con Harris detrás de mí, muy incómodo.
—Hola, señor Duarte, qué gusto verlo de nuevo.
Chasquea la lengua molesto y ni lo saluda.
Encima es caprichoso.
¡Ay, Dios mío!
—Tenemos asuntos, Harris, antes lo hablemos mejor.
Asiente y entramos juntos al estudio cerrando la puerta.
Yo sé que ahora se va a volver loco, es que este asunto de verdad nadie lo puede saber.
—Eso fue extraño, no sabía que tu bebé era de él, tampoco que habías vuelto.
Ruedo los ojos.
—No estamos para hablar asuntos personales, Harris.
Me siento mientras sigo comiendo mi sándwich que está haciendo muy feliz a mi hija.
—Es cierto, tengo todo listo, Cassie, tú me dices cuándo empezar y por dónde, tienes que tener en cuenta que una vez que le cortemos el sistema de comunicación, será todo un caos, toda la ciudad está ligada al sistema de industrias Queen, las cámaras de todo Seattle fallarían, dejarían de funcionar y…
—No te preocupes, tú solo dirás que no haces negocios con personas que no conoces y mucho menos no sabes nada de su procedencia.
Asiente.
—¿Y luego?
—Cuando esté volviéndose loco y sienta que tiene en sus manos una bola de problemas, va a querer huir a su lugar seguro. Cuando todo sea un desastre y piensen que industrias Queen es obsoleta, le cortarás la señal al casino Jones Joing y listo.
Suspira y se sonríe.
—Lo dices como si solo fuera bajar un interruptor y como si no harás revolucionar a toda la ciudad con esto.
Me sonrío.
—No me importa, yo solo quiero de nuevo lo mío y créeme, Harris, cuando la tenga de nuevo, tú y yo haremos grandes negocios. Todos sabrán que sin la señal satelital que posee corporaciones, Harris, no son nada.
Él sabe que es un ganar-ganar.
—De acuerdo, ahora necesito que revises esto, que lo revisemos porque esto es lo que determinará que luego la reconexión no sea imposible.
Asiento y tomo el pendrive que me extiende.
Conecto todo a mi laptop y se sienta a mi lado para trabajar en este plan tan kamikaze.
No tengo dudas que será muy efectivo.
Las horas pasan y ya me duele el trasero de estar sentada frente al computador y la espalda porque quiero acostarme, la verdad es que me gusta mucho estar acostada. Lo que no me vendría mal, es un masaje.
Trueno mi cuello y me quejo.
—Deberías descansar, Cassie, tú estás gastando energía por dos. —Asiento y él se levanta, apoya sus manos en mis hombros para apretarlos con gentileza—. Estás tensa y estresada.
—Reinita… —Gregor abre la puerta y su mirada va a las manos de Harris.
No está haciendo nada realmente malo, entre él y yo jamás pasaría nada, eso está muy claro.
Pero yo sé que Gregor es…
—¿Qué tengo que hacer? —escupe molesto y Harris no duda en alejarse de mí.
Con esos ojos que parecen echar fuego, dudo que alguien no se intimide, bueno, yo no me intimido. A mí me gustan esos ojos locos y dementes.
—Solo intentaba…
Harris es respetuoso y solo quiere explicarse.
—No debiste entrar sin tocar —agrego.
—A la mierda golpear, a la mierda todo, Reinita, tú, si ya terminaste, te vas.
Abro mis ojos y Harris se sale del estudio.
¿Qué carajos?
—¿Quién te crees?
Me levanto molesta.
—Nadie, no soy nadie.
Mira hacia atrás y supongo está corroborando que Harris se haya ido.
—¡Gregor!
Se acerca a mí como un animal salvaje, parece echara humo.
—¡No soy nadie, carajo! Eso me jode, me jode muchísimo, demasiado y…
—Se para frente a mí y cuando me mira a los ojos es como si toda esa furia loca desapareciera mientras niega—.
No sabes cuánto te extraño y entiendo todo, que necesitas tiempo, que debes confiar, lo entiendo, pero no voy a dejar que otro te toque, no.
—Me deja sin palabras—. Porque estoy seguro de que tampoco deseas otra mujer me toque.
Por supuesto que no, a menos que dicha mujer desee perder sus manos.
—Tú…
Se acerca más a mí, muy cerca, respirando en mi rostro mientras cierra sus ojos.
—Yo estoy muriendo, Cass, muriendo por tocarte, porque hace meses que no te toco y ¡Dios! Estoy muriendo por eso.
Paso saliva y mi respiración se vuelve irregular y pesada.
—No puedes estar tan cerca de mí.
Acerca sus manos a mis mejillas y las aprieta con fuerza haciendo que jadee.
—Lo sé… —Jadea en mis labios haciendo llegar sus bufidos a mi boca—. Te juro que lo sé, mi Reinita.
No me suelta y un gimoteo sale de mis labios cuando aprieta mi piel.
¡MIERDA!
Siento que me derrito en sus manos.
—Gregor… por favor… no me hagas esto.
Niega y apoya su frente en la mía sin soltar mis mejillas.
—Estoy intentando soltarte, estoy intentando.
Con sus pulgares va a mis labios.
Maldito, maldito, no puede hacerme esto.
—Tres meses Cass, tres meses que no siento el calor de tus labios y es que si hubiera sabido era el último beso lo hubiera hecho más memorable.
Respirar cuesta y mantenerme estoica es imposible.
—¿Y cómo sería eso?
Me cago en todo.
—Oh, mi amor, así.
Sus labios se pegan a los míos y se va todo a la mismísima mierda. Soy una maldita idiota enamorada.