Capítulo 53 Ver para creer
Cassie Queen
—Déjame demostrarte que puedes confiar, Cassie, por favor, si aún me amas como yo, déjame demostrártelo.
Miro sus ojos.
No, Cassie, no importa cuánto quieras creerle a esos ojos, no es suficiente.
Déjame en paz, yo ya sé lo que debo hacer.
Quiero hablar, pero las palabras no me salen, una sólida explicación, eso fue. Aun así, ahora no soy solo yo, también es mi hija y confiar en él sería exponer el bienestar de mi bebé.
¿Cómo sé que todo no fue simplemente él seduciéndome para quitarme información? ¿Cómo sé que ahora no es lo mismo, que Randall no le dijo que yo estoy siendo un grano en el culo?
No puedo seguir todo lo que siento sin pensar en las consecuencias, lo hice una vez y nada salió bien.
—¿Sabes qué he estado haciendo todo este tiempo?
Se acerca a mí, apoyando una de sus manos en la puerta.
Podría golpearlo para que se aleje, podría, lo que significaría privarme de esto que siento ante su cercanía, de lo bien que nos sentimos, ambas.
Maldito arrogante idiota.
—No es de mi incumbencia, Gregor. —Su mano libre se acerca a mi vientre y lo detengo—. No puedes tocarme sin mi permiso.
Sus ojos melancólicos me hacen pasar saliva.
—No he hecho nada, llevo tres meses sin hacer nada y no es en sentido figurado, no hago nada, mi vida se ha detenido contigo, no avanzo, si me baño, como y me levanto, es por esa pizca de esperanza que me daba pensar que algún día tú me escucharías.
—Me mantengo seria y lo más estoica que puedo—.
No vivo, Cass, no hay vida sin ti, no para mí, no encuentro el sentido a respirar si no es para mi reina y saber que…
—Vuelve a mirar mi vientre, suelto su mano con cuidado y él la acerca a mi barriga—…
que hay algo nuestro. Algo que es la muestra de que yo te amé, con cada fibra de mi ser.
—Su mano se apoya en mi vientre y contengo el jadeo que el contacto con su piel me genera—.
La prueba de que yo te di todo, Cass, sin medirme, sin pensar y no me arrepiento.
—Sonríe mirando su mano en mi vientre—. No me arrepiento ni un poco, es hermosa.
Paso saliva y apoyo mi mano en su muñeca.
—Suficiente, Gregor.
Asiente y aparta su mano sonriendo.
—Reinita, si lo que necesitas es que te demuestre que puedes confiar en mí, haré lo que sea.
Tomo una respiración y me aparto de él.
No va a bajarme la guardia tan fácil, no importa que la piel de mi vientre pique por más caricias.
—No hay forma de corroborar que no estás trabajando para Randall de nuevo, y siendo honesta, no voy a arriesgarme a que sea así.
Soy franca, esa es la verdad. Hay muchas inseguridades que tengo en estos momentos.
—No lo hago, Cass, lo que pasó entre nosotros.
Lo miro a la cara.
—¿Nunca, en ningún momento, fue porque trabajabas para Randall?
Su mirada baja al suelo.
—No es lo que tú piensas, te conozco y ahora crees que solo te seduje, no fue así, tú no eres una mujer ingenua.
Me encojo de hombros.
—Sí, lo soy, sí lo fui. ¿Cómo esperas ganarte mi confianza si las pruebas me dicen que no puedo confiar en ti?
Frunce el ceño.
—Eso no es cierto, cuando empezamos con nuestro juego ya no estaba con Randall, Cassie…
Está frustrado, lo noto en su tono de voz.
—Hagamos esto bien, nos vemos en cinco meses cuando nazca nuestra hija, haremos los respectivos arreglos, régimen de visita, no necesito dinero de ti ni de nadie, así que…
—No, no vamos a hacer eso, no lo acepto, Reinita.
Paso saliva.
¿No extrañas que te diga así?
Sí, lo extraño, lo amo y siento miles de cosas por él, pero amo más a mi hija como para protegerla de lo que podría pasar si él miente.
No me olvido, casi me secuestran, me drogaron, me golpearon, casi lastiman a Liz y Ash, Genna estuvo quince días internada.
Si solo me hicieran una de esas cosas ahora, arrepentirse no sería suficiente, no ahora.
—Es lo que ahora deseo hacer.
Como sé que es un terco de mierda, no va a hacerme caso y lo tengo garantizado.
—Voy a mostrarte que puedes confiar en mí, lo haré, ya verás, vendré todos los días hasta que me des una oportunidad.
Levanto mis cejas y comienzo a reírme.
—¿Cómo se supone que eso me hará confiar en ti?
Se encoge de hombros.
—No lo sé, Cassie, no lo sé, solo sé que no renunciaré, no cuando yo siento lo que tú cuando estamos cerca.
Ruedo los ojos.
—Memoria sensorial, nada más.
Enarca una ceja y camina hacia mí.
Retrocedo preocupada de que haga algo que me haga flaquear.
¿Como besarte?
Eso.
Él avanza y yo no dejo de retroceder y como una idiota me tropiezo, no llego a caer ni mucho menos tambalearme, el idiota es rápido y me envuelve en sus brazos.
—Reinita, ten cuidado, yo no voy a hacerte daño y te mostraré que mi único motivo para estar aquí eres tú y mi hija. —Suena estúpidamente bien, ese «mi hija»—. Como no tengo otra razón, estaré aquí haciendo todo lo que necesites.
Frunzo el ceño.
El contacto estrecho con su cuerpo no ayuda, no cuando llevo tres meses sin que me toquen, sin él, sin ser complacida. Masturbarse no es lo mismo.
—Yo no necesito nada.
Sonríe.
—Toda reina necesita un esclavo, un asistente, un bufón, lo que quieras seré, sostendré tu taza, te haré masajes, te cocinaré, limpiaré, lo que sea.
Miro sus brazos.
—¿Me sueltas, por favor?
Sonríe con picardía.
—Ya disfruté demasiado de tenerte en mis brazos.
Me suelta y bajo la camiseta que traigo puesta que deja ver un poco mi barriga.
—Entonces quieres ser un esclavo de la reina para probar tu confianza.
Asiente y quiero sonreír.
Él siempre es tan ingenioso. Maldito arrogante, está muy seguro.
—No lo sé, tengo que pensarlo, tengo que meditarlo con mi hija, no sé si ella quiere a su estúpido padre.
Se ríe.
—Eres malvada, Reinita, y me encanta, hasta malvada eres encantadora.
Maldito chamuyero. Suspiro y miro mi barriga.
—De verdad, Gregor, yo…
—Necesitas pensar, Reinita, lo sé, yo… apenas he procesado esto y vine aquí. Mentí en el aeropuerto, usé el avión de mi papá, yo… hice muchas locuras y que me digas que vas a pensarlo. —Se ríe—. Viniendo de ti, es algo.
Al menos me conoce. Eso es algo.
—Ah, y te advierto que si yo solo me entero de que mientes en algo, Gregor, tendrás que ir a un tribunal y poner a los mejores abogados del mundo para solo verle un cabello a mi hija.
Asiente muy tranquilo.
—No tengo nada de qué temer, no miento, mi Reinita. —Se acerca a la puerta—. Y te respeto, tienes pruebas, pude besarte en dos oportunidades y no lo hice, porque me importas de verdad. —Abre la puerta—. Mañana vendré a buscar mi respuesta, Su Majestad.
Aprieto los labios para no sonreír. No puedo creer que él todavía me pueda después de todo lo que pasó.
—No sé si mañana tendré la respuesta.
Sonríe con esa autosuficiencia que me pone muy mal.
—Yo sé que sí, si no, pregúntale a la princesa que llevas contigo, seguro ella sabe que papá será buen esclavo.
Casi que no aguanto la risa.
—Ya vete, Gregor.
—Te amo, Reinita, más que a nada en este mundo.
Sale de mi casa y lanzo todo el aire de mis pulmones.
Voy al sillón y me siento porque parece que me hubiera bajado el azúcar, mis piernas tiemblan y todo mi cuerpo igual.
Me sobresalto cuando siento como burbujas en mi vientre, trato de prestar atención y sonrío.
Maldita niña malcriada.
Tenía que esperar a moverse con él.
—Eres una malvada, hija. —Apoyo mi mano sobre mi barriga—. Ya sé que te gusta, a quién no, si el arrogante es encantador.
Vamos a ver qué puedes ofrecer para que confíe en ti, Gregor.