Adictos a lo prohibido Capítulo 42 Lejos por siempre
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Capítulo 42 Lejos por siempre

Cassie Queen

Me abraza en silencio y solo me aferro a su ropa sin permitirme aún llorar, no aquí frente a muchos extraños que pensarán que soy patética. ¡Porque lo soy!

—¿Qué perdiste, Cass?

Niego con mi rostro en su cuello.

—Quiero desaparecer, ya no quiero existir, he arruinado mi vida, la vida de todos.

Mi voz sale en un susurro, ronco y roto.

Siento sus brazos apretándome con fuerza.

—Ven, vamos a un lugar más privado porque necesito que me cuentes y dejes salir eso que no te deja hablar, Cass.

Se aparta y pasa sus brazos por mis hombros pegándome a él, mientras me obliga a caminar.

Veo que nos dirigimos a la rueda de la fortuna que hay en el muelle.

En realidad, no es una rueda de la fortuna como tal, es solo que me recuerda a mamá, ella amaba este tipo de cosas, ella siempre nos contaba cómo conoció a papá en una y eso solo me hace ver este tipo de atracciones como algo especial y único.

—Quiero toda la atracción vacía y que cuando nuestra cápsula llegue arriba, lo detenga hasta que yo le avise.

Mi hermano saca un cheque que firma y le entrega al joven que maneja la atracción.

Solo mira el papel y los ceros de la cifra que Joe puso. No debería gastar su dinero así.

—Entendido, señor.

Joe me lleva hasta una de esas cápsulas que subirá por la supuesta rueda de la fortuna.

—Joe…

No me presta atención y nos metemos en el lugar donde hay un asiento frente al vidrio que da al exterior.

Yo me siento y Joe se para viendo afuera, mientras nos comenzamos a mover.

—¿Sabes a qué me recordó cuando me llamaste? Y más aún, cuando te vi y te aferraste a mi ropa como si fueras a caerte, como si tuvieras miedo.

Paso saliva y lo observo.

Mis ojos pican, la nariz igual.

—No sé, ¿a qué te recuerda?

Se voltea y me mira.

—Tenías tres años y quizás ni lo recuerdas, eran como las cuatro de la tarde, mamá estaba en el taller y papá trabajaba.

Tú siempre fuiste una niña creativa, mientras que Jane y Liz jugaban a las muñecas.

Tú eras de hacer aventuras, que luego reemplazaste por libros.

A ti te gustaba saber todo, había un jarrón en la sala, era un jarrón traslúcido que por dentro del vidrio tenía flores y a ti siempre te daba curiosidad.

¿Cómo habían metido las flores dentro del vidrio?

Aprieto mis labios porque papá me contó eso una vez. Solo que nunca escuché la versión de Joe.

—El ruido fue estruendoso y después de eso, tú llegaste a mí, diciendo mi nombre con una expresión de haber hecho algo malo y solo te abracé.

Me tomaste fuerte de la ropa y lloraste, tanto que pensé que tenías algo grave físicamente, te sentías culpable porque era el jarrón favorito de mamá.

De esa forma te ves ahora, Cass, no has cambiado tanto si lo pensamos bien.

Miro mis manos y vuelvo la vista a él.

—¿Se supone que ahora debo llorar para que me consueles?

Mis ojos se empañan. Se acerca y se sienta a mi lado.

—Si es lo que necesitas, así es, estoy para ti, Cassie, tú siempre serás mi pequeña hermanita a la que abrazaré el tiempo que sea necesario.

No lo soporto y me tiro sobre él para abrazarlo y comenzar a llorar.

No puedo contenerme, las lágrimas y los sollozos salen sin control y odio cómo me escucho, aun así, no encuentro forma de frenar lo que sale de mí sin control.

—Llora lo que necesites, desahógate, Cass.

Pellizco su ropa y siento pura agonía en cada grito de dolor.

—No tengo nada, Joe, no tengo nada, quiero morir.

Mis palabras salen desde el fondo de mi corazón, es lo que deseo.

Morir y no existir más.

—No puedes morir, puedes llorar todo lo que quieras, pero estarás bien.

Eso es mentira, no voy a estar bien. Después de esto, es imposible que yo esté bien de nuevo, no existe nada que pueda enmendar esto, que pueda hacer que recupere mi alma, todo está perdido, para siempre.

Me dejo envolver por el dolor y lloro en los brazos de mi hermano, como si tuviera tres años, aunque no me siento mejor, al menos siento un poco de vacío al largar toda esa presión que el llanto me generaba. Todo se fue a la mismísima mierda.

Cuando me canso de llorar y la congoja merma un poco, decido soltar a Joe, saca de su bolsillo un pañuelo y seca mis lágrimas con cariño.

—Puedes llorar más si así lo quieres.

Niego y hasta acomoda mi cabello.

—Estás bonita, hermanita.

Aprieto los labios y las lágrimas caen más.

—¿Cómo se supone que te diré lo que hice?

Sus ojos gentiles me miran con confusión.

—No sé qué hiciste y no creo que nada pueda ser tan grave para mí.

Mis labios tiemblan.

—Joe, me equivoqué, confié en quienes no debía, yo… dejé que mi adicción tomara posesión de mí y… —Tomo una pausa para decirlo—. Aposté mis acciones en un juego de póker y las perdí.

Primero abre sus ojos, al instante cambia a su semblante tranquilo de nuevo.

—Ya veo… ¿Por eso estás así?

Frunzo el ceño.

—¿No crees que lo amerita? Perdí la empresa, Joe. Alguien que no conocemos tendrá la porción mayoritaria de las acciones, entre tú, Jane y Liz, solo es un 25 %. Esto será un desastre y no tengo fuerzas para combatir nada. Solo quiero desaparecer, acabo de arruinar todo, todo.

Cubro mi rostro y vuelvo a llorar.

—No sabía que jugabas al póker, ni que apostabas, debí saberlo, tú tienes una vida muy difícil, Cass, muy solitaria.

Lo miro quitando las manos de mi rostro.

—¿Solo eso dices? ¡PERDÍ LA EMPRESA!

Toma una de mis manos.

—Yo nunca quise la empresa, Cass, además, no la perdimos, seguimos teniendo un 25 %. Sea quien sea quien las ganó, sabe que es un imperio que le dará dinero, no lo va a destruir, porque idiota hay que ser para no ambicionar poder y dinero.

Frunzo el ceño.

—Joe…

— Ya está, la perdiste, de los errores se aprende. Te soy honesto, en este momento no me importa nada más que saber lo que realmente te hizo llorar, como acabas de llorar.

Aprieto los labios.

—Quien las ganó no es una buena persona, no va a molestarnos, ya consiguió lo que quería, pero aun así…

—Cassie, esa no es la razón, dime la razón por la que dices que quieres morir.

Niego.

—Perdí…

—¿A quién perdiste?

Mis labios vuelven a temblar y niego porque no quisiera admitirlo.

—Me enamoré, Joe. ¡Lo odio! Me traicionó, me mintió. Todo fue una mentira, sus «te amo», sus atenciones, hacerme sentir como una verdadera reina, era todo una mentira para clavarme el puñal por la espalda —escupo llena de dolor y cierro mis ojos para dejar mis lágrimas salir.

—Ahora entiendo más, te enamoraste…

—¡Sí! Me enamoré porque soy estúpida, yo…

creí en él, Joe. Lo conocí en el casino, apostando, siendo unos malditos adictos al poder, debí saberlo y…

era un juego, era divertido, era… era excitante.

Me dijo que me amaba, que era lo único para él, lo más valioso en su vida.

Me dijo que quería todo, íbamos a tenerlo todo, estaba lista para algo real, para permitirme sentir, lo hice, le di todo de mí, se lo entregué como si lo mereciera y…

—Suspiro acongojada—. Yo jugaba ocultando mi identidad, por mi seguridad y la de todos, él le dijo a quien me ganó quién era yo, todo lo que pasó solo estaba fingiendo para traicionarme, solo fue eso.

Me vuelve a abrazar.

—Oh, Cass…

Niego.

—Por su culpa perdí la empresa, por su culpa pasó lo que le pasó, todo es su maldita culpa y no puedo entender cómo no vi que mentía.

Sollozo llena de dolor y decepción.

—Entiendo… tú no eres una persona ingenua, Cass, yo no creo que alguien te pueda mentir sin más.

—Lo miro frunciendo el ceño—. Tampoco creo que te enamores de actos banales, si tú te enamoraste es porque de verdad hizo algo digno de ti, algo real y genuino y…

no sé qué lo llevó a traicionarte, aprendí que en esta vida uno debe siempre dudar de todo.

Niego.

—No, no intentes nada, no quieras hacerme entrar en razón, lo voy a odiar por el resto de mi vida —escupo molesta y llena de odio.

—Y lo vas a amar por el resto de ella también, ¿me equivoco?

Niego llenándome de frialdad.

—Lo voy a odiar, lo odiaré con cada fibra de mi ser, me quitó todo…

—No, perder todo es perder la vida, tú estás sana, estás íntegra, tienes salud.

Las acciones realmente no valen lo que vale tu vida o tu bienestar, pero me temo que, aunque recuperes esas acciones, no estarás bien, porque lo que realmente te tiene mal es haberlo perdido a él o peor aún, que tienes que elegir perderlo.

Aprieto los labios, mientras mis ojos se vuelven a empañar.

—Él eligió esto, cuando me traicionó, pude con miles de traidores, los olvidé a todos y él no será la excepción, Joe.

—Me paro mirando el exterior—. No sé qué voy a hacer, no puedo pensar, Joe, estoy perdida y solo quiero acostarme en mi cama y no hacer nada más, no puedo, no tengo fuerza, no tengo energía, no tengo voluntad para seguir y no importa lo que digas, eso será así y no sé qué haré.

Mi respiración aún tiene congoja.

—Descansar, darte tu tiempo, no siempre debes ser fuerte y la que se encarga de todo. La cagaste, todo se fue al carajo y no hay nada que hacer, no vamos a morir, tenemos mucho dinero y…

—Era de papá, era lo único que me quedaba y…

—No, papá no amaba la empresa, así como yo tampoco, y seguimos siendo propietarios de la infraestructura, además del 25 % de acciones que podemos dártelas si así lo quieres.

Niego.

—No las merezco, dejé que mi adicción pudiera más que mi razón, no merezco nada, merezco no tener nada, por ser tan confiada.

Escucho el suspiro de Joe.

—Creo que no deberías castigarte de esta manera.

—Me encojo de hombros—. Por años fuiste la cabeza de esta familia, porque siempre fuiste buena en eso y quizás fuimos todos unos ciegos al no ver el daño que te hacíamos dejando toda esa carga en ti, es muy pesado, la prensa, la responsabilidad, las obligaciones y todo el peso que en tus hombros ha recaído, quizás es momento de que solo seas Cassie y no pienses en nada más.

No puedo pensar en nada, no es que tenga la opción de elegir.

Guardo silencio y observo la increíble vista. Tienes razón, mamá, por más hermosa que sea la vista siempre habrá un mejor panorama pensando en alguien más. Y aquí, yo juro que no voy a amarlo más, no lo haré.

Nos quedamos dentro de ese lugar en silencio, el cual agradezco, hablar solo me da más ganas de llorar.

Cuando me encuentro más calmada, tomo mi teléfono para marcarle a Marchetti, necesito que esto se acabe de raíz, que ya no tenga que verlo más. Él me arruinó, no me importa si le va mal, los negocios conmigo acabaron cuando decidió traicionarme.

—¿Qué haces? —indaga Joe cuando me ve con el teléfono.

—Dejar todo antes de que llegue a la casa y me resulte imposible salir.

Le marco a mi cuñado.

—Hola, Cassie, ¿todo está bien? Me has dejado muy preocupado.

Suspiro.

—Marchetti, ya resolví lo de quién nos molestaba, no molestará más, solo…

—Me duele—. Necesito que rompas el contrato con los Bruno Duarte.

No trabajamos más con ellos y… lo sabrás después de todo.

Perdí las acciones de Industrias Queen en una apuesta, las cosas cambiarán y no sé si podré estar, Marchetti, yo…

has eso por mí, por favor, rompe ese contrato y encárgate de que tenga que irse de Seattle como sea —pido suplicante.

—Lo haré, descuida, ¿también con el novio de Genna? Estoy confundido, Cassie.

Resoplo.

—De él que se encargue Genna, tú encárgate de Gregor Bruno Duarte, lo quiero lejos.

—Como digas, Cassie… yo… lo siento, estoy procesando todo y, en lo que necesites ayuda, solo pídelo.

No existe forma de ayudar.

Esto solo puedo arreglarlo yo y ahora… no sé cómo.

—Gracias, Marchetti.

Corto la llamada.

—Cassie, ¿estás segura de hacer eso?

Niego.

—Quiero irme a casa, Joe, ¿puedes llevarme?

Asiente.

—Sí, no te preocupes.

Toca el botón del intercomunicador de la cápsula para avisar que bajaremos.

Lo hacemos todo en silencio, ir a su auto y viajar a la mansión.

No siento nada y eso es peor que sentir odio o dolor. Estoy vacía y la verdad me acostaré en la cama a mirar algún programa genérico en la televisión, algo que no requiera esfuerzo mental.

Cuando llegamos a la mansión, no me esperaba que estuviera en la puerta esperándome.

—¿Qué hace aquí?

No lo quiero en mi casa.

—Entiendo que es él, ya veo que los viajes a Seattle para los argentinos nunca resultan ilesos —comenta y no comprendo.

—No voy a escucharlo y encima lo voy a echar, se cree que puede venir después de lo que hizo.

Me bajo del auto caminando a la entrada ignorándolo.

—Cassie, hablemos, estoy aquí hace horas, solo déjame…

Me volteo cuando me toma del brazo y me zafo.

—Déjame, qué buena palabra, Gregor. ¡Déjame en paz! ¿No fui clara?

Sus ojos están rojos y las lágrimas caen por sus mejillas.

—Lo fuiste, es solo que no puedo resignarme, no puedo, Cass, te amo y…

—Yo no te amo, ni te amaré nunca jamás, yo te odio y ya te lo he dicho. Vete de aquí, de Seattle, vete y si tanto me amas, déjame en paz, déjame y no sigas lastimándome, como un maldito hijo de puta. Si te quedas es porque eres un egoísta de mierda que nunca me amó. ¡VETE!

Entro a la mansión.

Camino directo a mi habitación, me quito los zapatos y sin cambiarme de ropa me meto dentro de las sábanas, cubriéndome hasta la cabeza y solo me quedo aquí, donde planeo pasar mis días, en mi habitación.