Adictos a lo prohibido Capítulo 40 La caída de la reina
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Capítulo 40 La caída de la reina

Cassie Queen

—Señorita Queen, qué gusto verla. —Sonríe y la recepcionista se marcha—. ¿O debo decirle Reina de Hielo?

Esto no puede estar pasando.

Mantener la calma.

Eso estoy haciendo.

—¿Disculpe?

Finjo desentendimiento. Una risa llena de burla sale de sus labios.

—Admiración pura, eso es lo que siento por usted, Queen, admiro lo cínica que puede ser, aunque no es que sea muy buena ocultando su identidad, quién lo diría, el prodigio del póker es nada más y nada menos que Cassie Queen, la dueña de Industrias Queen, la empresa de seguridad más rica de Seattle y América.

Mis ojos se clavan con frialdad en los suyos.

—Está claro que fingir en estos momentos es absurdo. ¿Qué quieres aquí?

No escatimo en amabilidad.

—Un poco de amabilidad, he sido muy gentil, aún no mato a nadie, aún, y fue porque tuve mala suerte, no me volverá a pasar.

Mi sangre se hiela.

Este hijo de puta es el causante de todo. No puedo creer que me haya descubierto, aún no entiendo cómo, estoy segura de que nadie me siguió nunca.

—¿Qué mierda quieres? ¡Deja a mi familia fuera de esto! Está claro que tienes un problema conmigo, no con ellos.

Se carcajea acercándose a mi escritorio donde estoy sentada.

—Para derribar a la reina, primero se empieza con los peones, tienes muchos, Queen, demasiados, podría meterme con cualquiera de ellos y créeme, por más seguridad, en algún momento se descuidarán y será tarde.

Frunzo el ceño. Eso no me gusta nada. Este pedazo de mierda, lo subestimé.

—¿Qué quieres? Lo repito, ya dilo de una vez, está claro que viniste aquí buscando algo en concreto.

Toma la silla que está frente a mí en el escritorio y se sienta en ella.

—No quiero nada muy difícil de conseguir.

Arqueo una ceja.

—¿Quieres que deje de jugar? Perfecto, cobarde, mal perdedor, métete tu casino en el culo —escupo molesta.

Este malnacido lastimó a Genna, a Liz y a Ash. No puedo creerlo. ¡Es mi culpa!

Una estruendosa carcajada resuena.

—No, tranquila, al contrario, que juegues hoy me sirve. Quiero tus acciones, señorita Queen.

Me río porque eso parece un chiste.

—Ni lo sueñes, Randall, vete a la mierda.

Abre sus ojos con asombro.

—No puedo creerlo, de verdad tienes un corazón de hielo, ni siquiera te importa tu familia, prefieres una empresa.

Me cree estúpida.

—No vas a lastimar a mi familia, antes de eso…

—No podrás evitarlo, quiero las acciones, Queen, te juro que la sangre que corra estará en tus manos, no te va a gustar.

Frunzo el ceño.

—¿Piensas que te las daré así como así? Me estás advirtiendo, ya no existe sorpresa en tu ataque.

Se encoge de hombros.

—¿Es vida vivir cuidándose la espalda? No lo creo y como soy muy justo, he venido aquí a proponerte un trato, Reina de Hielo.

Lo observo curiosa.

—¿Crees que haré un trato contigo?

Se ríe. Maldito, maldito.

—Somos personas de juegos, Queen, ambos, sabes que las reglas son muy claras y deben respetarse siempre.

Lo observo atenta.

—¿Y eso qué?

Suspira y se recuesta en el asiento.

—Tengo algo que pienso que puede hacer nuestra paz, un juego con la Reina de Hielo.

—Eso me desencaja—. Un juego de póker. El que gana cumple lo que el otro quiere, yo te dejaré en paz, para siempre, pero si gano, me darás todas tus acciones de Industrias Queen.

Descuida, tengo un buen abogado que redactó un contrato para que firmes si pierdes.

Un juego.

—Si gano ya no me molestarás, si te mando a la mierda ahora…

—Sería la guerra contra cada uno de tus seres queridos.

Tengo para elegir: seis sobrinos, tres hermanos, dos cuñados y una cuñada.

Mucha familia, Reina de Hielo. —Paso saliva—.

Si juegas y ganas, se acabó, quiero nuestro juego.

Me he dado cuenta de que nunca jugué contra ti y la verdad es que quiero saber cuán letal es la Reina de Hielo en una mesa de póker.

Trato de pensar la mejor opción.

Soy muy buena jugando, no dudo de mi capacidad, jamás lo haría, sé que soy buena, ¿tanto como para apostar algo como mis acciones?

No tengo muchas opciones y si en algo confío ciegamente es en mi capacidad.

—¿Qué dices?

Hablamos de la seguridad de mi familia. Confío en mí. El que no arriesga no gana.

—Un juego, Randall.

Sus ojos se abren con sorpresa. No esperaba que aceptara, eso es un buen indicio.

—Le diré a mi gente que prepare una mesa en el casino, iremos ahora, para qué esperar, ¿no?

Siento la presión en mi pecho.

—De acuerdo, las reglas son las reglas, Randall.

Asiente muy tranquilo.

—Las reglas del juego se respetan, siempre.

Se levanta con su teléfono y lo veo hablar por él.

Debo avisarle a alguien que iré a ese lugar, por si algo sale mal, no soy tan tonta, soy consciente de que todo puede salir terriblemente mal. Tomo mi teléfono y le envío un mensaje, él sabrá qué hacer, ya conoce el lugar.

Yo: Gregor, toda esta mierda es obra de Randall, sabe quién soy y no permitiré que siga molestando, haremos un trato y si le gano una partida me dejará en paz. Estaré en el casino, lo sé, es peligroso, por eso te aviso. Te amo.

Lo envío y suspiro.

—La escolto a mi auto, señorita Queen.

Me levanto.

—Si intentas algo, Randall…

—No intentaré nada, solo quiero jugar contigo, nada más.

Lo observo con cautela.

Salimos de la empresa y subimos a su auto. Me siento desprotegida; sin embargo, me muestro entera y sin miedo.

El viaje es rápido, vamos en completo silencio, sentados uno frente al otro.

Al llegar bajamos, y antes de entrar a la parte trasera del casino…

—No celulares, debes apagarlo, Queen, yo no tendré el mío tampoco.

Saca su teléfono, el cual le entrega a su chófer. Saco mi teléfono y lo apago.

—Perfecto, entremos de una vez —exijo.

Abren la puerta y entramos al bendito lugar que por el horario está completamente vacío.

Una mesa de póker está preparada, un barajador listo, un hombre con traje que deduzco es su abogado y dos tipos más que parecen vigilantes.

No me dejo intimidar, camino dentro del lugar y tomo mi asiento en la mesa.

Randall hace lo mismo y solo me observa, no se ve confiado, tampoco nervioso.

Hace una seña al guardia de la puerta y este sale. A la vez, el que está de traje, se acerca y deja sobre la mesa un documento junto a un bolígrafo.

—Si pierdo, lo romperé y le doy la palabra, señorita Queen, no volveré a meterme en su vida. Si usted pierde, firmará esto.

Asiento sin dudarlo.

—Ya comencemos, el mejor de tres —expreso y duda, pero asiente.

—El mejor de tres.

Veo al barajador a todo momento y solo mezcla el mazo.

Reparte a cada quien, pone cartas en la mesa, boca abajo y comienza.

Miro mis cartas en todo momento, como siempre, no cambio mi táctica. El primer juego no debe importarme si lo pierdo, el segundo debo ganarlo y el tercero igual.

Intentaré ganar todos y como la suerte está de mi lado, tengo buenas cartas.

Las cartas se van dando vuelta y mi jugada es muy buena, ¡perfecto!

Termina de voltear todas y solo ahí miro a Randall.

—Primero las damas. —Enarco mi ceja—. De acuerdo, primero yo.

Muestra su jugada y evito una sonrisa. Gané esta. Muestro mi juego y chasquea la lengua.

—Okay, estamos jugando a lo justo.

Sé que está cabreado, lo puedo notar.

El segundo juego, el mismo sistema, pero con las cartas que quedan en el mazo, así funciona esto cuando juegas de a dos.

En esta tengo una mano regular, eso me jode mucho, Randall muestra sus cartas y el hijo de puta gana. Dejo mis cartas hacia abajo en señal de que perdí.

No se muestra emocionado.

—La última, Randall.

Escucho revuelo afuera y me volteo un segundo mirando a la puerta.

Gregor se me viene a la mente.

—¿Seguimos?

Asiento y pongo mi vista en la mesa.

—Terminemos esto de una vez.

Ganaré, lo sé, lo siento, sé que ganaré.

Reparten y lo sabía, me tocan todas las cartas del mismo color y mientras destapan las de la mesa, mi jugada es impecable, no encuentro fallas.

—Bueno, la hora de la verdad —dice este maldito. Cree que es tan fácil ganarme a mí—, aquí tienes —pone las cartas en la mesa y no puedo evitar que mi corazón se pare—. Ya muéstrame que ganaste de una vez.

No puede ser.

¡No puede ser, no puede ser!

Siento mis manos sudar.

Escala de color, con un As, ganó. Él ganó.

Bajo mis cartas a la mesa y jadea para luego lanzar una carcajada.

—¡No lo puedo creer! ¡Gané!

Me quedo estática.

No se las daré, no puedo, no me lo permito. Todo mi cuerpo le da escalofríos y siento mi sangre helarse. No pude haber perdido.

¡Mierda!

—Debes firmar, Queen.

Niego mirándolo a la cara.

—No.

Me volteo al oír el revuelo de nuevo afuera.

—¡Debes firmar! ¡FUE EL ACUERDO! —Niego y de la nada siento el metal frío tocando mi sien, lo cual me hace jadear—. Respeta las putas reglas del juego.

Quiero mantenerme entera. No es posible que vaya a perder mi legado así.

—Queen, firma, las reglas son las reglas.

Yo lo sé. Sé que debo firmar y odio esto. Lo odio. Me extienden el bolígrafo y a punta de pistola lo tomo.

—Aléjate, no quiero que firme con una pistola en la cabeza, ella debe respetar las reglas.

Se aleja y por mi propia voluntad, debo firmar.

Siento como si dejara una parte de mí, he fracasado, lo he perdido, lo único para lo que he sido buena, ya no está. Firmo y cuando termino, retiran los papeles.

—Muy bien, eres una mujer honesta, Queen.

Lo miro como si ya no tuviera alma. Vuelvo a oír a alguien gritar afuera.

—¡¿QUIÉN ES?! —grita Randall.

El guardia mete su cabeza.

—¡ES DUARTE!

Frunzo el ceño por la forma tan familiar en que lo dicen.

—¡AH, DEJA PASAR A MI SOCIO!

Mis ojos van a Randall y luego a la puerta. Como si no fuera suficiente, siento todo mi cuerpo erizarse, como si mi corazón saliera de mi cuerpo.

—¡Cass! No puedes…

Entra agitado y sus ojos conectan directo con los míos.

—¡Acá está mi socio! Ven a festejar, que sin ti esto no sería posible.

Cada palabra penetra mis tímpanos.

—¡Deja de decir estupideces! Cass, Reinita, ¿qué pasó?

Se acerca a mí.

—¿Por qué es tu socio, Randall?

No miro a Gregor y me levanto alejándome de él.

—Cassie, escúchame a mí.

Niego y no lo miro, mis ojos están fijos en Randall.

—¿No es obvio? Él fue quien me dijo tu identidad, Reina de Hielo.

Así de fácil. De esa manera, mi corazón no salió de mi cuerpo, sino que se destrozó. En miles de pedazos y ahí entendí que sí era de hielo, tan duro como frágil.