Adictos a lo prohibido Capítulo 33 Maldito infiel
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Capítulo 33 Maldito infiel

Cassie Queen

—No tenía idea de que Greg trabajaba con una mujer.

Arqueo una ceja sin entender su estúpido planteo.

Ella y su tonito; autosuficiente, altanero, me da asco.

—No soy una mujer, soy Cassie Queen.

Me volteo.

—No te ilusiones. —Frunzo el ceño y vuelvo a mirarla—.

Lo digo por tu bien, no te ilusiones con él, úsalo todo lo que quieras, pero no creas que será en serio, Greg no es soltero, el gran caudal de población femenina que lo frecuenta lo hace porque yo lo permito.

Al final, él es solo para mí. No te ilusiones, tenemos una relación abierta, pero relación al fin.

Odio y frustración, esos son los sentimientos que me invaden.

Me mantengo fría e inexpresiva, no le daré el gusto, no estoy ilusionada y…

¡Maldito! No me dijo nada, tampoco venía al caso porque no somos una mierda.

Observo su seguridad. Una persona que miente no está tan segura de lo que dice, no tiene necesidad de mentir, él literal la invitó a su departamento. La trata con mucha confianza.

Soy una idiota, tengo que salir de aquí.

◆◆◆

Conduzco molesta recordando la patética escena. ¡Patética!

Lo odio y quiero golpearlo.

Mi teléfono suena en un mensaje, no me interesa, nada me interesa, tengo muchas cosas que hacer en mi importantísima y ocupada vida.

Llego a la empresa muy rápido, entro sin saludar a nadie directo a mi oficina, estoy en el perfecto día para que alguien cometa un error y termine echándolo.

Azoto la puerta de mi oficina y tomo mi teléfono para ver quién me escribió.

Duarte: Reinita, no te has despedido, ¿estás molesta? Sé que no contestas, pero no quiero ir a Industrias Queen a comprobar si lo estás o no.

Releo el mensaje, ¿en serio me escribe eso? Idiota.

Yo: No.

Contesto y dejo el teléfono a un lado para trabajar.

No me interesas, Duarte.

—Con permiso.

Genna golpea y entra como si nada. La observo y ella se ve de muy buen humor.

—Pensaba que vendrías más tarde, tenía entendido que estarías en Duabella hasta dentro de dos horas más. Por el ruido de la puerta, supongo que estás de mal humor, en ese caso, traigo todos estos proyectos que necesitan la revisión de usted, señorita Queen.

Deja las carpetas sobre mi escritorio.

Solo la miro porque ella me conoce demasiado bien, me alegra que mi mal genio no le afecte, porque la sonrisa que tiene dibujada en sus labios no se borra con nada.

—No tengo mal humor, ya soy así —remarco en un intento de que no sea más humillante para mí, que todos ahora sabrán que tengo un mal día.

Aunque ellos no sepan que es por Duarte, yo lo sé y es ridículo para mí.

—De acuerdo, te dejaré trabajar, tía, si hay que pedirle al tío Esteban que revoque algún contrato con dicha empresa cosmética, solo me lo dices.

Ruedo los ojos.

—No, que estoy bien.

Sale de la oficina ignorándome.

Estoy muy bien, ¿qué le pasa?

Terminé con todas las carpetas y además estuve revisando la renovación de contratos, el rendimiento de los empleados. Normal, decente.

Mi teléfono comienza a sonar y veo que es el idiota. ¿Para qué me llama? ¿Quiere que lo mande a la mismísima mierda? Oh, sí, eso quiere.

Estúpido.

—Hola, habla con Cassie Queen. ¿En qué puedo ayudarlo?

Se ríe.

No estoy para sus risitas ahora.

—¿No me tienes agendado, Reinita?

Se cree que soy estúpida.

—Sí, lo tengo agendado, Duarte, ¿qué necesita?

Soy seca, tajante, como con cualquier desconocido.

Eso es ahora para mí.

—Cassie, ¿qué te sucede?

Encima pregunta.

Necesita una jodida brújula.

—Nada, estoy trabajando, no puedo perder tiempo ahora y tú tienes mucho que hacer, tienes visitas, Duarte. Que pases buena noche y no me hables, no me llames. Deja de ser una maldita molestia. ¡Idiota!

El enojo me posee y termino cortando la llamada con mi pulso acelerado.

Tengo que calmarme, no puedo estar así de molesta porque ella… esa mujer está con él. Qué más da, qué me importa, no lloraré porque vaya a romper nuestra exclusividad, lo dejaré y se acabó. Al final ella lo conoce más, es su…

No puedo siquiera decirlo porque me da náuseas.

¡Maldita sea!

Me levanto tomando mis cosas para irme, necesito irme a mi casa, poner música a todo volumen y olvidarme del mundo.

Voy directo al estacionamiento, tomo mi auto y me voy directo a mi preciada casa. No me importan las multas, Marchetti luego se encarga de eso, solo quiero llegar a mi paz y nada más.

Bajo de mi auto y camino directo a la mansión, por un segundo detengo mi andar al pasar por el jardín.

¡No! No necesito apoyo de nadie, estoy bien.

Incluso estoy tan bien que iré al casino a jugar el día de hoy, lista para que el imbécil de Randall se quiera hacer el idiota. Yo misma voy a romperle la cara a quien sea.

◆◆◆

Tomo mis fichas y me siento en una mesa alejada, miro a mi alrededor buscando a una sola persona que me mire por demás solo para explotar todo esto que siento dentro. Incluso debería follarme a alguien, no seré la estúpida que mantiene exclusividad cuando él de seguro la romperá.

La mesera me trae mi trago y, antes de que se marche, me lo tomo de un tirón.

—Quiero otro.

Devuelvo el vaso a la bandeja y asiente.

Suspiro mirando mi entorno y llega mi otro trago, el cual también bebo de una vez. Me quedo viendo el vaso y siento que mis manos comienzan a sudar.

Observo a la mesera, se ve nerviosa. Devuelvo el vaso.

¡Maldita sea!

—¿Otro más, Su Majestad?

Niego, y mi garganta comienza a sentirse seca, al igual que mis labios.

Soy una idiota, con mis ojos intento localizar al pedazo de mierda inútil de Randall. Parado en una esquina con un vaso de whisky en su mano, el cual levanta y sonríe.

No puede ser…

Tengo que irme de aquí, busco mi teléfono y lo desbloqueo, notando lo extraña que está mi percepción. Tengo media hora a lo mucho hasta que termine de hacerme efecto y quede completamente imposibilitada para usar la coherencia. ¡Mierda!

Necesito que alguien venga por mí. Si conduzco, puede pasarme algo. Si me quedo aquí, estoy segura de que esa mierda malnacida enviará a alguien que aproveche mi estado. Yo he consumido este tipo de sustancia y sé cómo me pondré.

No quiero alterarme, tendré que llamar a alguien de confianza, y odio, de verdad, odio que esa persona sea él. Le marco y mis pensamientos comienzan a entremezclarse, quiero que me atienda para insultarlo por mentiroso desleal.

No, eso no es lo importante ahora.

Su teléfono da tono y puedo sentir cómo mi cuerpo comienza a alborotarse. ¡Carajos! Atiende.

—Reinita, lo que sea que…

No lo dejo terminar, tengo prisa.

—Gregor, por favor, ven, te odio y estoy muy molesta contigo, pero ven a buscarme porque no confío en nadie más y… me dieron algo en el trago, me siento mal, tienes que venir. ¡Ahora!

No me voy con rodeos, esto es grave, lo necesito aquí. No puedo permitir que nadie más esté conmigo bajo los efectos de las drogas.

—Voy para allá, ¿estabas jugando?

—S.. sí, sí, date prisa, por favor.

—Llegaré rápido, Cassie, descuida.

Corta la llamada.

Él vendrá.

Miro a todos lados y siento que me miran, es como si cada persona que pasa por enfrente de mi mesa se me quedara viendo, sé que es mi ilusión.

Tengo calor, mucho calor, no traigo abrigo, no tiene sentido lo caliente que está mi cuerpo.

Tengo sed, quiero agua, no puedo beber nada de lo que me den aquí.

Me recuesto en el respaldo del sillón. ¿Por qué te tardas tanto, Gregor? Qué estúpida, debe estar ocupado y por eso tarda.

Tengo que ir al baño a mojarme con agua, tengo mucho calor.

Me levanto apoyándome en la mesa.

—Reinita, aquí estás.

Arqueo mis cejas.

—Al fin llegas, maldito infiel —escupo y niego—.

Eso no, no, eso no iba a decirlo, aunque lo pienso y te odio.

—Me escanea con preocupación—. Sácame de aquí, Gregor, rápido, antes de que siga diciendo que te juro que si te acostaste con ella las vas a pagar y te va a doler a ti cuando no te deje tocarme nunca más.

Inhalo porque me quedé sin aire.

Maldita sea.

Lanzo una risa nerviosa porque no tengo jodido control y comienzo a dejar de tener mi pensamiento lógico, a cada instante…

—Vamos, Reinita. ¡La puta madre! ¿Qué te dieron, Cass?

Me río.

—Por la puerta trasera, para que el hijo de puta que me hizo esto no nos vea, llévame a mi auto, mi auto y a mi casa.

Meto la mano dentro de mi cartera y como puedo saco las llaves del auto.

Greg me lleva del brazo hasta la puerta trasera donde me saca afuera. El aire y el ruido de la calle me ponen muy nerviosa, mi cerebro está lleno de estímulos.

Lo veo y lo primero que hago es abrazar su cuello para besarlo, pero con sus dedos en mis labios me detiene.

—No me aprovecharé de ti, mira cómo estás, te llevaré a…

—A mi casa, quiero ir a mi casa, Gregor, ¿puedes?

Asiente y cuando separa sus dedos de mis labios, no lo pienso y lo beso.

Sus labios son como nubes suaves, se deshacen en mi boca, me corresponde y jadeo.

—Ya basta, Cass… tú no estás muy cuerda y…

—Me lo debes, bastardo mentiroso.

Se ríe y no me parece gracioso.

—Así no es fácil, Reinita. —Me lleva a mi auto y me ayuda a subirme—. Dime la dirección…

—GPS, dice casa, ahí es. Si tú no me obedeces, te irá mal.

Se carcajea y enciende el auto.