Capítulo 29 Donde siempre quiero estar
Gregor Bruno Duarte
Que sea ella quien me pega a su boca para besarme, alimenta mi maldito ego, me pierdo en su deliciosa boca que trato de besar con cuidado, no quiero lastimarla o que le duela…
Me muerde, mi perra me muerde. ¡Carajos! Así no puedo.
Es tal la intensidad que ella maneja, que cada vez estoy más inclinado, pegado a sus labios, como si dejar de besarla fuera a matarme.
Abre sus piernas para que me acomode entre ellas, mientras con sus manos me aprietan desde la nuca, estira mi cabello con toda la intención de mostrarme que me necesita, que me quiere robándole la energía y así verse obligada a descansar.
Voy a su camisa y, sin dejar de besarla, comienzo a desabotonarla, la silla es incómoda, así que, harto de tal incomodidad, la levanto tomándola de la camisa, hago la silla a un lado y la subo sobre el escritorio, tirando con mi mano todo al suelo.
Me vale todo un carajo, el café, los papeles. Todo.
Bajo mis besos a su cuello y comienzo a morderla a mi gusto. Sobre las marcas ya hechas sigo mordiéndola mientras oigo sus jadeos.
—¿Este es el uso que le das a tu oficina, Novato?
Bajo a sus pechos y los muerdo sobre el encaje de su brasier.
—Solo contigo, Reinita, y si vienes más seguido, hasta una cama puedo mandar a traer.
Se carcajea jocosa, mientras apoya el peso de su cuerpo en sus codos, levantando su pelvis en señal de que quiere atención.
—Un sillón sería más discreto.
Paso mis manos a su espalda y voy al cierre de su falda.
Cierra las piernas para que se la quite levantando el trasero.
Comienzo a esparcir besos húmedos por su vientre, bajando al borde de sus bragas donde ella me espera muy necesitada. No parece que hayan sido dos días sin tocarla, parece mucho más.
Llegando a su ropa interior, mordisqueo un poco la tela.
—Ya rómpela, como si te diera pena, maldito arrogante. —Una risa ronca sale de mis labios y jadea—. ¡Dios! Cuando te ríes así, me calientas tanto.
Vuelvo a su boca a besarla.
—Tú me calientas con solo respirar, Cassie, tu presencia, tu tono mandón, tu risa sarcástica, tu risa sincera que ¡carajo! La oí una sola vez y quedé encantado, todo de ti me pone muy caliente, Reinita.
Con mis dos manos tomo de un lado su ropa interior y la rompo, tal como nos gusta a los dos.
—Tu voz, maldita sea, tu voz me pone tan mal, idiota, arrogante y autosuficiente.
Abro sus piernas y suelto su boca para bajar y atender a mi reina.
—Sí, soy un arrogante, Reinita…
—Eres mi arrogante, Gregor.
Que sí, carajos.
Soy todo lo que ella quiera y de ella.
Aparto la tela inservible que quedó de su ropa interior y beso primero sus muslos, me voy acercando a su centro besándola con cuidado, con el solo afán de ver cómo se moja, lo perfecta que es y lo apetecible que se ve. Toda comestible, así está.
Paso mi lengua por sus pliegues y no puedo solo dejarlo ahí. Me entierro en ese cálido lugar para saciarme, mueve su pelvis acompañando los movimientos que hago con mi lengua.
—Si así de bien como usas tu boca te comportaras. —La tomo de los muslos y aprieto sus piernas—. No me re… regañes, tú no… Oh…
Muevo mi lengua más rápido cuando la siento correrse. Subo sus piernas a mis hombros y bebo toda su excitación que me sabe tan bien, el jodido sabor de una reina, de mi reina. Con su mano me toma del cabello obligándome a salir.
—Qué agresiva siempre, mi Reinita —murmuro agitado.
—Ven a besarme, por favor.
Enreda sus piernas a mi cadera y me besa con unas ganas increíbles.
Me quita el saco y rompe algunos de los botones de mi camisa sin pena alguna mientras la desabotona. Eso me encanta, sentirla sin limitaciones. Que haga de mí lo que a ella le plazca.
No dejo de besarla y con mis manos acariciar cualquier lugar de su cuerpo que se me atraviese.
Con sus manos va a mis pantalones y los desabrocha con desespero. La ayudo porque ya estoy que me muero por estar dentro de ella.
Cuando libero mi miembro, lo primero que hace es guiarlo a su entrada y clava sus ojos en mí, su boca abriéndose llena de placer mientras respira agitada al sentirme completamente dentro de ella. Es una vista que deseo ver siempre.
¡La puta madre!
—¿Esto es lo que querías, mi Reinita?
Asiente abrazando mi cuello sin dejar de verme a los ojos.
—Justo esto, tú tienes la medicina para todo.
Doy una estocada profunda y gime.
—No digas esas cosas porque querré curarte todos los días.
Me besa mordiendo mi labio inferior.
—Hazlo, nada te lo impide, solo… solo no me falles.
Niego mientras me muevo lleno de ganas, de energía, de pasión.
—No pienso fallar, jamás, Su Majestad. Yo estoy donde quiero estar, Reinita, donde quiero estar siempre.
Con mi mano en su nuca la pego a mí en un beso intenso para sentir cómo se corre y acompañarla.
No dejo de besarla, lo hago más suave, con más calma, pero sigo ahí pegado a su boca y no me detiene. Disfruta de mi cercanía, de mi contacto con ella.
Esto está tan mal, me tiene desnudo junto a ella, en la oficina donde se supone debería estar trabajando, teniendo sexo con ella.
Y no me podría sentir mejor. ¡Carajos! Me siento demasiado bien con esto, pleno y complacido.
La sostengo de la espalda ayudándola a que se siente más derecha, pero sigo sin salir de su interior y sin alejarme demasiado de su boca.
—¿Ya descansarás, Reinita?
Sonríe sobre mis labios.
—En efecto debo hacerlo, me agarró un loco y me dejó agotada.
Abro mis ojos.
—¿Qué loco? ¿No me digas que tú estás viendo a alguien más? Eso sería trampa y merecerías un castigo.
Se carcajea con naturalidad, divertida, es una risa muy sincera.
Una risa que me hace sonreír como estúpido, me encanta cuando se ríe.
—Que no te identifiques con un loco es un poco negador de tu parte, Gregory.
La beso, un beso rápido y ruidoso.
—Es de locos ser negador.
Me abraza por el cuello.
—Tú me lo dijiste anoche y esta mañana, ¿es verdad?
El azul de sus ojos me escanea buscando una respuesta.
No se ve fría, ni molesta, mucho menos burlona, es una mirada que busca respuestas.
—¿Qué estoy como loco por ti? —Asiente suave con duda—. Nada fue tan cierto hasta este momento de mi vida, Cassie.
Rueda los ojos.
—Eres un… «chamoo-yérou», así se dice, ¿verdad?
Lanzo una carcajada y vuelvo a besarla. Ella intentando hablar en español es encantadora.
—Chamuyero, Reinita, no te estoy chamuyando, es la pura verdad, aquí y ahora, tú me tienes como loco.
Levanta ambas cejas y sonríe de lado.
—Tengo que dejarte trabajar y ver que no hayas estropeado todo con el café.
Salgo de su interior y jadea con suavidad.
Subo mis pantalones para estar menos expuesto.
Levanto mi camisa y se la extiendo haciendo ojitos.
—Tú no te rindes, te falta para que yo me ponga una camisa tuya, Gregor.
Ruedo los ojos y junto su falda para extendérsela.
—Tenía que intentarlo, olvido que eres malvada.
Se encoge de hombros bajando del escritorio para ponerse su falda.
—No es maldad, son privilegios que debes ganarte, Novato, tú quieres privilegios grandes, haz cosas grandes.
Abotona su camisa.
—¿Flores y chocolates? No vayas a decir que sí, porque eso me parece algo muy banal y considero…
Se acerca y pone sus dedos en mis labios.
—Jamás pediría flores, menos de dudosa procedencia. Para flores tengo un jardín completo. Los chocolates no me gustan, mas sí me gustan los malvaviscos, derretidos con galletas y una buena taza de café.
Sonrío. Ella está diciéndome algo que le gusta y no pienso olvidar ese detalle.
—A mí me gustan los malvaviscos, pero con chocolate caliente.
Termina de acomodar su camisa y me ayuda a abotonar la mía; los botones que quedaron sanos.
—Buen dato, aunque aquí yo no soy la que tiene que esmerarse.
Jadeo y abro mi boca.
—¿Insinúas que tú como una reina tienes todo garantizado?
Asiente sin pena.
—¿Es así o no?
Qué le digo, si ella ya me tiene como idiota deseando esto.
—Sí, es así, me toca esforzarme, Reinita.
Voy a los papeles que tiré y comienzo a juntarlos, no se mancharon, por suerte.
—Tú tienes que trabajar y yo descansar.
No la dejo marcharse.
—Aguarda, Reinita, tú aún tienes que explicarme algo. —Arquea una ceja—. Lo del casino, Cassie, ¿por qué fuiste sola?
Rueda los ojos.
—Ya te lo dije.
Me regaña.
—No lo hagas de nuevo. —Frunce el ceño molesta—. Mírame, me preocupo por ti, invítame, déjame ir al menos como tu esclavo, no me importa, pero no vayas sola a ese maldito lugar.
Resopla y sé que no le gusta lo que le digo.
—Me divierte y como no hay nada más divertido.
—Yo te divertiré, Reinita, cuando quieras ir al casino, ven conmigo, haré que te olvides de jugar.
Se carcajea.
—¿Tú crees que puedes suplantar una adicción al póker?
Me acerco a ella y asiento.
—Sí puedo, porque he remplazado mi adicción al póker con una mucho mejor, más placentera y sabes que puedo mantenerte entretenida, sin que pienses en ir a ese peligroso lugar donde pueden hacerte daño.
Suspira con molestia.
—Suena vanidoso de tu parte todo lo que dices.
Acomodo su cabello.
—Vamos, Reinita, no vayas y búscame, yo puedo darte diversión y placer sin correr riesgos. —Me acerco a su boca—. ¿Qué dices? —susurro en sus labios.
—Que lo voy a pensar.
La beso rápido.
—Es mejor que un no.
Rueda los ojos y junta sus cosas. Mira su ropa interior en el suelo.
—Esa déjamela para mí.
Se carcajea.
—¿Te estás volviendo un depravado que colecciona bragas?
Me encojo de hombros.
—No, pero si la rompo es mía.
Se acerca a la puerta.
—Tengo que irme, pero…
—Me hablas o te hablo y me ignoras, lo que mejor quieras.
Se ríe con ironía.
—Qué idiota eres.
Antes de que salga me acerco.
—No te irás sin despedirte, Reinita, ¿o sí?
Arquea sus cejas.
—Adiós, Gregor.
Niego y me acerco tomándola del brazo.
—No seas así de malvada, hace unos minutos estabas muy cariñosa y ahora quieres ser un témpano.
La pego a mí y esa mirada fría suya se clava en mí.
—Así soy y si no te gusta…
—Me encanta. —La beso y se queda quieta, pero al segundo beso corresponde—. Nos vemos, Reinita, cuídate y ahora sí descansa.
Sonríe con suficiencia y sale del lugar. Ella me tiene mal. ¡La puta madre! Ya todo se fue a la mierda y así se va a quedar.
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Chamuyar: ser un hablador al momento de ligar, decir cosas para conformar al otro y conseguir el ligue.