Capítulo 28 Su preocupación, mi perdición
Cassie Queen
—Te veo en el trabajo, Duarte, compórtate.
Lo observo mientras las puertas del ascensor se cierran.
No puedo evitar sonreír.
—Compórtate le dices, si es obvio que te encanta lo loco que tienes a ese hombre.
Miro a Genna arqueando mis cejas.
—No digas tonterías.
Miro al frente.
Trato de pensar que lo que ella dice no es cierto, no puedo. La forma en que él estaba tan preocupado por mí, cómo no dudó en ayudarme, en cuidarme, pude notar su angustia y desesperación. Sus palabras resuenan en mi cabeza.
«Por un segundo sentí que mi corazón se había parado, supongo que eso es estar loco y volvería a hacerlo, porque eres mi Reinita».
Su Reinita, eso no debería gustarme y me encanta.
Es tan estúpido, patético incluso, que el hecho de sentirme tan importante para alguien haga que mi estómago se alborote.
—Tú no te ves la cara, ese es el problema —agrega Genna.
—¿Qué tiene de malo mi cara? —reclamo.
—Nada, esa es la cuestión, acabas de sufrir un ataque, sigo preocupada por ti, pero tú estás que no dejas de sonreír por el beso que te dio Duarte.
Ruedo los ojos.
—Olvida lo del ataque, un idiota que quiso asaltarme, nada más.
El médico me dijo que estaba bien, solo debo esperar a que cicatricen las cortadas para ir a la oficina.
—Me preocupa igual, tía, mira si te sucede algo peor, si Duarte no llegaba por ti. Tú crees que no importa, pero no te das cuenta de que eres muy importante para mí.
La veo así asustada y la abrazo.
—Genna, no te pongas así, estoy bien, no volverá a pasarme, tendré más cuidado, lo prometo, solo cálmate y por favor…
—Lo sé, no quieres que mi mamá sepa y menos papá, te conozco.
Me separo de ella y asiento.
—Mírame, esto solo fue algo que me tomó desprevenida, no volverá a pasarme, me conoces, ¿o no? —Asiente y suspira—. Deberías estar molesta porque arruiné tu cita.
Frunce el ceño.
—No digas tonterías, tú me importas más que una cita, tía Cass.
Sonrío.
Las puertas del ascensor se abren y salimos.
Genna me lleva hasta la casa y no dejo de pensar que debo volver al casino, por mi auto y por una jodida explicación de por qué sucedió esto y nadie en el lugar hizo nada.
Si Randall quiere tocarme el trasero, que tenga el jodido valor de hacerlo él mismo, cobarde de mierda.
Llegamos a la mansión y, aunque Genna quiere quedarse conmigo, no la dejo, no insiste demasiado, ya que me conoce.
Estoy bien, no me duele la cabeza ni nada, soy resistente, gracias al cielo.
Me doy un baño, busco ropa cómoda, una gorra, unas gafas y una máscara nueva.
Es muy tarde, la verdad es que a esta hora conseguir un taxi será difícil, no me importa, salgo de la mansión y de las tierras Queen buscando acercarme a la civilización.
Tomo el primer taxi que encuentro y me bajo cerca del casino. Las calles de Seattle por la noche no son tan desiertas, a su vez pueden ser peligrosas. Ya peor de lo que me fue no me puede ir.
Cuando entro al callejón por donde se entra a la parte trasera del casino, respiro profundo, me coloco mi máscara y primero me cercioro de que no haya nadie. Respiro aliviada cuando noto que está vacío.
Mi pecho se aprieta con… miedo, un poco de miedo, no pienso dejar que eso me afecte.
Camino a la entrada y claramente mi máscara no combina con mis joggers y mi sudadera.
Me importa todo una mierda, la verdad.
En la puerta el guardia me mira extraño.
—Su Majestad… qué sorpresa verla otra vez, ya no es horario de entrada.
Lanzo una risa irónica.
—Vengo por mi botín y quiero hablar con Randall, ahora. —Soy tajante y me mira sin saber qué responder—. ¡Ahora! ¿No me oyó?
No estoy de humor.
—Veré… qué puedo hacer, este es mi trabajo, tengo que consultar.
Idiota, solo tiene que dejarme pasar y ya.
—Déjeme pasar y fin del problema, soy clienta frecuente, solo deje que yo me haga responsable si lo quieren reprender.
Estoy que quiero golpear a quien sea se me cruce.
—De acuerdo, usted entró a la fuerza.
Agrega y entro sin ser demasiado cortés.
—¡Dije que ya nadie puede entrar! —La voz del infeliz de Randall llega a mis oídos y lo veo aparecer—. Oh, qué sorpresa, ¿qué le pasó a la Reina de Hielo? Si no fuera por la máscara, no pensaría que eres tú. Hay reglas de etiqueta, por si no las recuerda, Su Majestad.
Voy al mostrador y lo ignoro. Ya me encargaré de él.
—Hola, Su Majestad, ¿en qué…?
—Vengo por mi botín, el que he ganado hoy.
La chica de la recepción sabe de lo que hablo y no duda en ir a buscarlo.
—¿Qué sucede que tiene tanta prisa y llega en ese estado?
La molesta voz del desgraciado se escucha a mis espaldas.
—Sucede que, al parecer, hay muchas fallas en este lugar.
Arquea sus cejas desentendido.
—¿Fallas?
Río con sarcasmo.
—Sí, putas fallas, Randall.
Abre sus ojos sorprendido.
—Está algo alterada, Reina de Hielo, creo que…
—Me violentaron e intentaron secuestrarme, sacándome de este lugar con total impunidad y si salí ilesa no fue gracias a nadie de aquí.
Jadea con asombro. Uno muy fingido, estúpida no soy.
—¡No puedo creerlo! ¿Te hicieron daño?
Quiere tocarme y me alejo a la defensiva.
—Deja de hacerte el idiota, sé que fuiste tú, si piensas que así dejaré de jugar, te equivocas y mucho, no me vas a asustar tan fácil.
Mis palabras salen llenas de rabia.
—¡No! ¿Cómo me crees capaz de hacer algo así? Jamás haría algo así, es una acusación muy grave. —Me carcajeo.
—¿Me ves la cara de estúpida?
Sonríe divertido.
—Si hay algo que no puedo verte es la cara, Reina de Hielo. —Hijo de puta—. Yo creo que estás en un lugar peligroso, no parece un ámbito adecuado para una dama, quizás es eso, a las mujeres les pasan muchas cosas en estos lugares y deberías saberlo, a veces es mejor no arriesgarse.
Lo detesto.
Es un maldito.
—Descuida, Randall, que yo sé cuidarme y un sustito no me hará dejar algo en lo que soy tan buena. —Tomo el dinero del mostrador—. Tengo que irme a contar mi dinero.
Que ni crea que me va a amedrentar.
Salgo del sitio y voy a mi auto.
Golpeo el volante, molesta y frustrada.
Conduzco a la casa e intento calmarme, es solo que me enoja demasiado esto.
No me queda de otra más que tomarme un analgésico y descansar, ahora sí me duele la cabeza.
◆◆◆
Despierto con mi alarma muy temprano y la apago.
No puedo ir a la empresa, no viéndome así, me toco la ceja y me duele un poco. La comisura de mi labio molesta.
¡Maldita sea!
Tomo mi teléfono y veo… unos cuantos mensajes de Duarte.
¿Tan temprano?
Duarte: Buenos días, Reinita, ¿cómo te encuentras? No irás a trabajar así, ¿no? No tienes que venir a la construcción, yo me encargaré de todo, descansa.
Duarte: Quiero verte, estoy volviéndome loco por hacerlo.
Duarte: Tienes que descansar, así que, cuando estés bien, te veré. No me extrañes, Reinita, no me olvido de tu collar, cuando estés bien, te compensaré.
Duarte: Sí, me he despertado temprano con el estúpido impulso de ir a verte, buscar la casa de Cassie Queen por todo Seattle, no es buena idea, debo trabajar. Descansa.
Sonrío, es un idiota, ¿cómo me envía tantos mensajes? Es tan bobo y eso me gusta.
Sentir todo su interés, que de verdad me necesite, me busque, se preocupe, ser lo primero que piensa cuando se despierta, eso me hace sentir importante y me gusta demasiado sentirme así.
Releo los mensajes sin saber qué responder y termino sin decir nada.
Prefiero ser de acciones, más que de mensajes.
Así que está loco por verme, vamos a darle una recompensa al Novato por haberme ayudado ayer.
Tomo el teléfono y le envío un mensaje al contratista indicándole que no vayan a Duabella el día de hoy.
Necesito un descanso y me lo tomaré a mi manera.
Me doy un baño, de esos largos y relajantes, me doy cariño: cremas, colonias, depilación, me tomo mi tiempo.
Al terminar, miro la hora y son las nueve de la mañana, mi teléfono tiene muchos mensajes de Genna preguntando por qué no fueron a Duabella los empleados.
Seguro Gregor se lo preguntó.
Solo contesto: Descuida, yo lo arreglo.
Busco en mi armario algo que ponerme, algo digno de mí y para la ocasión, también busco ropa para poner en mi auto, nunca está de más tener un repuesto.
Tengo un perro que le gusta romper la ropa, por ahí dando vueltas.
Me río sola como una tonta mientras termino de alistarme.
Ignoremos todo, solo porque me siento bien con lo que me pasa.
Salgo de la mansión, dejo las cosas en mi auto, la ropa y mi bolso.
Solo me subo y conduzco hacia mi destino, no tardo demasiado y cuando veo el lugar sonrío. Bajo y primero paso por la cafetería donde pido dos cafés junto a algo de comer.
Llevo gafas negras para que no se note lo de mi ceja y el maquillaje me ayuda a disimular lo de mi labio.
Camino al edificio que está vacío y puedo escucharlo quejarse desde la oficina.
—¡No! ¿Cómo que ella se encarga? Debe descansar. ¡La puta madre! Lo sé, okay, adiós.
Abro la puerta de su oficina como puedo con los dos cafés en mis manos.
—Lo he estado pensando y no me gusta trabajar con locos.
Abre sus ojos al verme.
—Reinita, ¿qué haces aquí? Deberías estar descansando, haciendo reposo.
Apoyo todo en su escritorio y me siento frente a él.
—¡Por favor! No seas dramático, Novato, mira si dejaré que te vuelvas loco, prioridades. —Me quito las gafas y lo miro arqueando una ceja—. Además, no me parece que esa sea la forma correcta de recibirme.
Está sorprendido.
Eso me gusta, su rostro lleno de sorpresa, tanto, que se queda mudo.
—Reinita, trajiste café y comida. ¿Qué sucede? Me quedé dormido, sí, definitivamente es eso.
Ruedo los ojos.
—Solo tómalo como agradecimiento por… ayer.
Toma el café y sonríe.
—Me siento demasiado afortunado, esto es un verdadero honor, la Reina de Hielo me trajo café.
Es un tarado.
—No hagas que me arrepienta.
Tomo mi café y bebo con él, mientras comemos los sándwiches que traje.
—Sí te llegaron mis mensajes patéticos entonces.
Me carcajeo.
—Desgraciadamente sí, y evalué que te necesito cuerdo para trabajar.
Asiente y sigue bebiendo sin dejar de mirarme con una sonrisa que no sé exactamente lo que expresa.
—Y sí que sabes cómo darme cordura. —Me escanea con esa intensidad que me fascina de él—. ¿Cómo viniste? —Me encojo de hombros—. ¿La reina se tomó un taxi para verme?
Bebo más de mi café.
—Vine en mi auto.
Confieso y frunce el ceño.
—Cassie…
Su tono es con regaño y lo ignoro. No soy una niña para que me regañen.
—¿Fuiste al casino sola? —Me encojo de hombros otra vez—. Cassie, es peligroso, con lo que pasó, tienes que cuidarte.
—Necesitaba mi auto y dejar claro que a mí no me asustan.
Resopla.
—Eres tan terca, te portas mal, Reinita.
Chasqueo la lengua.
—No es cierto, tenía que ir y fui, estoy bien, ya está.
Deja su café y se levanta.
—No, tú te portas mal y mereces un castigo, por no llamarme para que te acompañe.
Arqueo una ceja.
—Como si tú fueras a hacer mucho, Gregor.
Niega y sonríe divertido.
—Eres un tremendo problema, mujer, eres terca, arriesgada y ahora no solo me tendrás loco por querer verte, sino preocupado de que no hagas locuras.
Llega hasta donde estoy sentada y me volteo junto a la silla para verlo.
—Qué problema, para ti, porque yo…
—Tú disfrutas de verme loco, admítelo.
No digo nada.
Me quita la taza de café y la deja en el escritorio.
—Yo solo… solo vine a darte las gracias con un café.
Niega.
—Tú viniste para que te castigue por portarte mal, a eso viniste, a que sea un loco contigo. —Miro sus ojos y eso es lo que quiero—. Eres una perra malvada que ahora necesita que la cuide, porque se rehúsa a descansar.
Relamo mis labios.
—No me siento tan cansada como para descansar.
Sonríe apoyando sus manos en el respaldo de mi asiento.
—¿Quieres que te deje cansada, Reinita?
Lo tomo de las solapas de su saco.
—Quiero que me dejes agotada, Gregor.
Lo pego a mí tomando su boca. Al diablo con el descanso, yo quiero gastar toda mi energía con él.