Adictos a lo prohibido Capítulo 24 Una noche para recordar
41%

Capítulo 24 Una noche para recordar

Gregor Bruno Duarte

Sus brazos entrelazados en mi cuello, sus tetas pegadas a mi pecho y sus gemidos invadiendo la habitación son una combinación increíble.

Con una de mis manos sostengo una de sus piernas y con la otra voy a su rostro para quitar su cabello de él que se ha pegado por el sudor.

Me gusta ver sus ojos cuando se corre, nunca me había sucedido eso, es que el azulado de sus ojos es fabuloso. Esta cama ya es un desastre, las sábanas son un caos y ni eso me detiene, sigo moviéndome y empapándome de ella.

—¿Estás cansada, Reinita?

Niega y me besa con fuerza.

Aprieto su cuerpo, acaricio su piel suave y que huele delicioso. Me gusta la forma en que ella se amolda a mí, como si de dos piezas de un rompecabezas se tratara.

—¡Oh, por Dios!

Siento cómo empapa toda mi verga con sus fluidos.

—Te vas a deshidratar, Reinita.

Se ríe, en medio del orgasmo se ríe y la condenada tiene una sonrisa increíble, de esas que te dan ganas de sonreír.

—Tú te vas a quedar seco. —Nos voltea en la cama obligándome a sentarme—. Qué rico se siente dejarte seco, Novato. —Sentada sobre mí comienza a montarme como la reina que es.

—Oh… así me gusta, Reinita.

Aprieto su trasero que, mientras sube y baja, rebota contra mis piernas.

Me abraza con fuerza por el cuello besándome y su cabello cae sobre mi rostro, mientras mi Reinita codiciosa se vuelve a correr, pero esta vez obligándome a acompañarla.

Esta mujer es mágica, tengo resistencia, tres polvos en una noche puedo llegar a rendir y me cuesta mucho acabar luego de la primera y peor de la segunda. Ella no sé qué tiene, qué me hace, fueron muchas veces y me ha hecho correrme demasiado.

Creo que mi pene morirá.

Abrazo su cuerpo, mientras descargo todo de mí dentro de ella, otra vez.

¡Maldita sea! Me encanta, así, sin pensar, sin medirme, sin restringirme en nada. Lo digo sin pena, nunca había disfrutado tanto a una mujer como a ella.

Nadie, ninguna, me puso jamás tan loco como para olvidarme de un condón, jamás.

Con ella no puedo pensar que sea de otra manera y me calienta mucho que quiera lo mismo.

No dice ni una palabra, solo apoya su rostro en mi hombro y tampoco me quejo. Necesito descansar y comer, ya no tengo energía.

Dudo que ella la tenga, porque parece que su cuerpo se ha derretido. Me tiro hacia atrás en la cama y no dejo de abrazar su cintura. Respira rápido y con fuerza.

—Tú ganas, necesito agua y…

—Comer.

Asiente con un sonido.

—Creo que terminamos por hoy.

Me carcajeo porque dice eso sin siquiera levantarse, sigue con mi verga dentro de ella y pegada a mi pecho.

—¿Así me echarás? Qué mala, no me invitas a comer contigo. —Paseo mis manos por su espalda—. Recuerda que yo gané, las reglas…

—Yo no como con quien follo.

Con mi nariz en su cuello aspiro su aroma.

Huele a sexo, a que me la follé tanto, que mañana seguro despierta aún con mi jodido olor. Me encanta.

—Yo tampoco, pero tampoco follo sin condón con nadie y mira cómo la tienes metida aún, no veo condón, señorita Queen.

Se ríe con diversión.

Eso es raro, escucharla reír.

—Tampoco lo hago sin condón, no creas que soy tan promiscua y arriesgada.

Aprieto su trasero y apoya sus manos sobre la cama para incorporarse un poco y verme a la cara.

—¿Y por qué conmigo sí? Ya sé, mi verga, lo sé, tiene su encanto, da ganas de metérsela sin condón.

Arquea una ceja.

— ¡Qué idiota eres!

Quiere apartarse y no la dejo.

—Vamos, Reinita, sentido del humor, réplica, anda.

Sus fríos ojos azules se clavan en los míos.

—Tú también, ¿te enamoraste de mi vagina o qué?

Me carcajeo.

—Encantadora, no lo negaré, se ve tan…

Jadea, porque ya estoy poniéndome duro de solo pensar en su vagina.

—Pensé que estabas agotado.

Yo también. ¡La puta madre! Ella de verdad va a dejarme seco.

—También…

Me quedo quieto y se me muere. Me mira frunciendo el ceño, confundida.

—Está en modo descanso, Reinita. —Nos volteo en la cama y salgo de su interior—. Si comemos y descansamos, seguro puedo más.

Suspira así, desnuda, acostada sobre la cama.

—No hay reglas y el exterior no existe, ¿verdad?

Asiento seguro. Me gusta eso, solo ser, sin pensar que afuera trabajaremos juntos o cualquier limitación que la vida nos haga tener.

—Ni una regla existe aquí.

Estira la sábana de la cama y se envuelve en ella.

Apoyo mi mano detrás de mi nuca para observarla. No sé cómo hace para verse a todo momento así de bien.

Va hasta el baño y vuelve con una bata blanca puesta, trae una en su mano que pone sobre la cama para mí.

—Pediré algo de comer, ¿alergias?

Niego.

—Ninguna, ¿la Reinita tiene alergias? —indago y niega.

Camina hasta donde hay un teléfono y lo toma para pedir comida.

Me levanto de la cama y ella me observa de pies a cabeza, sin disimulo. La intensidad de su mirada es muy placentera. Me coloco la bata.

—Saldré a fumar mientras esperamos.

Camina hasta su bolso, lo escarba, saca una caja de cigarrillos y sale al balcón.

Me levanto para seguirla, la veo tomar un cigarrillo con su mano temblorosa, saca unos cerillos y el primero se le apaga.

¿Qué le pasa?

—¿Necesitas ayuda?

Niega y el segundo cerillo también se le apaga.

Me acerco hasta su lado, sus manos están temblorosas y no parece que sea por el frío. Algo pasa con ella.

Le quito los cerillos sin aviso.

—Pero…

Enciendo uno y lo acerco a su cigarrillo.

Da una calada, inhala y exhala el humo.

—¿Todo bien, Reinita?

No me mira y se apoya en el balcón.

—Todo está perfecto, Duarte.

Claro que no.

—Qué bien mientes. —No me mira, sigue en su tarea de fumar—. Si algo sucede, necesito saberlo, Queen, si vamos a hacer esto, una de mis reglas…

—Esas reglas serán momentáneas. —Sentencia mirándome a los ojos—. No puedes solo mandar tú. Una semana. —Frunzo el ceño confundido—. Jugaremos cada semana para saber quién mandará durante ese periodo, ¿de acuerdo?

No tener el control la tiene nerviosa.

Qué problema eres, Reinita.

—Esta semana me toca y mi regla más importante es que necesito honestidad, Cassie, no podemos hacer esto si no somos claros.

Sus ojos van a los míos, se queda fija ahí.

Su mirada se ablanda un poco.

—Voy a confiar en ti, Gregor, confío en que podemos hacer esto sin que la cagues, que tu «sin reglas», funcione, solo… tengo una condición muy importante.

La observo serio, metido en lo que ella está diciéndome.

—¿Cuál es la condición? Y no, no voy a cagarla, descuida, sé lo que hago.

Le da una calada a su cigarrillo.

Mira hacia el balcón.

—Si lo que quieres es ir por Seattle follando con todo mundo, mejor será que termine esto hoy. —Se voltea para mirarme a los ojos—. No follo con quienes se follan a otras personas y menos si esto será como fue hoy, inconsciente, incorrecto y…

—Tan bueno, ¿no?

Pasa saliva.

—También eso.

Me apoyo en el barandal mirando hacia la habitación.

—No tengo problema con eso, Cassie, siempre y cuando, sea una regla general, no quiero compartirte, ni pensar que por donde estaré bebiendo otro beberá.

Tira la colilla del cigarrillo en un cesto de basura.

—Todo está claro, entonces.

Camina dentro de la habitación.

Clarísimo, si ella no va a compartir, yo menos lo haré.

Cuando entro a la habitación, la comida llegó. La veo analizar el lugar, seguro buscando dónde comerá, una maníaca del control.

—Comamos en la cama, Reinita.

Niega muy seria.

—Se llenará de migas, no me gusta, además… —La ignoro y tomo la bandeja llevándola a la cama—. ¿Qué haces?

—Ya deja las manías y ven a comer, Reinita, te quiero con energía y así seguir en lo que estábamos.

Rueda los ojos y se sienta a mala gana.

Observa todo con su ceño fruncido. Solo me sirvo y comienzo a comer, es solo esa comida que uno puede comer con la mano, como un tentempié para engañar al estómago.

—Usa cubiertos, por favor. —Tomo con mi mano un poco de jamón y se lo meto a la boca sin preguntar—. Mmm.

Ella no quiere comerlo. Qué caprichosa es.

—Vamos, cómelo.

Termina de abrir la boca y saco mi dedo acariciando sus labios.

Me gusta cómo sus ojos se tornan azul noche ante cualquier acción de mi parte.

Tomo unos cubiertos y se los extiendo mientras la veo masticar despacio, sin despegarme la vista.

—Aquí tiene, Su Majestad.

Toma los cubiertos y se sirve comida, comiendo muy ordenado.

Por un lado, el jamón, por el otro el queso, y así separa todo por clase de comida, comiendo poco a poco.

Qué rara es y me doy cuenta ahora de que no sé nada de ella.

No debería importarme, solo me da ganas de saber más de ella. Entender esa estoica forma de ser que de momentos desaparece en la intimidad.

Ella es intrigante, perfecta para embrujar a un alma curiosa como la mía.

—¿Nunca has visto a una persona comer, Trevor?

Me río sin abrir la boca, por lo que mi risa sale ronca y sus hombros se aprietan como si le diera escalofríos.

—No a alguien tan organizado.

Sigo comiendo, ahora sin mirarla.

—La comida te cae mejor si la comes como se te da la regalada gana.

Aprieto los labios queriendo reír.

—Ya veo, por eso tú me caes tan bien, Reinita.

Chasquea la lengua.

—Qué gracioso.

La miro de reojo y esboza una sonrisa super fugaz, una sonrisa al fin.

Sí, soy gracioso, señorita Queen.

Terminamos de comer en silencio, cada quien con su comida, un silencio calmado y que me resulta placentero. Soy muy partidario de tener mi espacio de silencio.

—¿Seguimos con la bañera, Reinita?

Me mira, luego voltea como si me ignorara.

—Sí, iré a prepararla.

Se levanta.

—Acomodaré la cama.

Solo se marcha y ordeno la habitación.

Entro al baño y el vapor me golpea junto a un olor dulce en el aire. Veo la enorme bañera llena de espuma.

Desliza la bata por sus hombros, develando esa perfecta desnudez, y se mete en el agua.

Sí, ya como que tengo ganas de cogérmela otra vez, la puta madre. Ella me pone remal y rebién a la vez.

¿Cómo es eso posible?

—¿Vienes o eres un gato con miedo al agua?

Me carcajeo y me quito la bata para meterme al agua con ella.

El agua está tibia, se siente bien, noto cómo suspira mientras deja el agua cubrirla hasta el cuello.

Me arrastro solo un poco hasta su lado y no abre los ojos, los cierra fingiendo que no sabe que estoy a su lado.

Con mis dedos juego en su hombro enjabonado, bajo por su brazo, subo y voy a su cuello.

—¿Sabes qué pienso te hace falta? —Asiente—.

Un collar. —Acerco mi boca a su mejilla—.

Para mi perra, no olvido cómo me mordiste y ahora me resulta tan ardiente.

Muy curioso, ¿no? —Su respiración se hace pesada y voy al lóbulo de su oreja—.

Un collar para agarrarte de él mientras te cojo, mientras me corro dentro de ti, eso solo, si tú quieres ser mi perra en la cama, Reinita.

Muerdo el lóbulo de su oreja y gime.

—Estás loco si crees que yo dejaré que tú…

Con mi mano rodeo su cuello, solo apretando suavemente sus costados y vuelve a gemir.

—¿No quieres, Reinita, ser mi maldita perra, un rato? —Me acerco a su boca que se abre—. Como afuera en la mesa de póker.

Muerdo su labio inferior y gime más.

—Tú te estás… te estás pasando, Trev…

La beso con fuerza y la estiro a mí para subirla a horcajadas.

—¿Qué decías?

Abre sus ojos mirándome desde arriba, mientras apoya sus rodillas en la bañera.

Con mi mano acomodo mi pene para metérselo y abre su boca mientras se lo meto.

—Anda, Reinita, di algo ahora. —La muevo enérgico—. Vamos, réplica, dime que no eres mi perra, Cassie Queen.

Me besa mordiendo mis labios.

Que sí lo es carajos, solo miren cómo la tengo.

Cómo me tiene.

—Muéstrame que eres digno de ser el dueño de esta perra, Novato.

Abrazo su cuerpo, entierro mi mano en su cabello y voy a su cuello a morderla, con fuerza, con toda la intención de marcarla.

Grita y sus uñas se clavan en mis hombros, no dejo de moverla, quiero que me lo diga, necesito escucharla.

—Ahora, dilo, confiesa que te encanta ser mi perra, Reinita.

Sus gemidos los oigo en mi oído.

—Me encanta ser tu jodida perra, tu reina, tu maldita perdición.

Mi adicción, en eso se está convirtiendo.

Una adicción a la que debería huirle, hay algo que no me lo permite, es la pasión quien manda en esta ecuación.

Logra hacerme venir y siento que mi cerebro quedó estúpido, creo que tanto sexo me descompuso las neuronas.

Así quietos nos quedamos ambos, nos pasamos un poco, qué genial.

No pensé que follar podía ser tan agotador, nunca tuve este ritmo, siempre una o dos veces eran más que suficientes, como si un chip de saciedad dijera «Listo». Con ella no parece existir un límite, un control.

Todo es más, más.

Mi mente y mi cuerpo me lo gritan, aunque mi energía no logre ir a la par de mis deseos.

—Deberíamos seguir en la cama, Reinita, yo iré en un momento.

Asiente y se aparta un poco.

No me contengo y la beso antes de que se levante saliendo de encima mío.

Me corresponde y eso me gusta, que a pesar de lo fría que yo he presenciado es, aquí y ahora ella no es así, se deja envolver por esto que nos pasa y ni yo sé bien qué es.

Me siento en sintonía con ella, siento que ambos estamos pensando lo mismo, pasando lo mismo y deseando lo mismo.

Es una corazonada.

Sale de la bañera, se pone la bata y camina a la salida.

—No te tardes…

—No me tardo nada.

Me levanto y le quito el tapón a la bañera para vaciar el agua.

Busco mi bata y me la pongo.

Desempaño el espejo y me miro en él, veo mis hombros marcados con sus uñas.

Sonrío de lado.

¿Qué es lo peor que puede pasar con esto que hacemos?

Salgo del baño y la veo en la cama acostada de lado, sus ojos están cerrados, respira pausado y constante.

No es posible, te dormiste, Reinita.

La verdad que también estoy agotado, debería irme, dejarla descansar, fue una noche increíble y muy intensa.

Se ve relajada, durmiendo y un instinto me impulsa a desear meterme a la cama con ella, aspirar el aroma de su cuello y dormir.

¡Idiota!

Ya pasé todos mis propios límites, rompimos todas las reglas y barreras de protección puestas por ambos. Eso sería demasiado, por lo que dejo a un lado ese tonto deseo.

Agarro las sábanas y la cubro, busco mi ropa que está afuera y me visto lo mejor que puedo.

Tomo su vestido y lo dejo doblado junto a sus zapatos en la mesita de luz.

Busco algo para dejarle una nota y no veo nada, solo hay un bolígrafo en la mesita de luz. Suspiro y algo se me ocurre.

Con el bolígrafo en mi mano tomo la suya, ella no se despierta, está completamente agotada.

En la palma de su mano, cuál número de teléfono en una discoteca, le escribo un pequeño mensaje.

Salgo echándole un vistazo y sonrío. Estuvo más que bien, Reinita de hielo.

Dejo pago todo en la recepción, aunque sé que le joderá, lo hago igual, así como también les aviso que la despierten para que pueda ir a la oficina.

No puedo dejar de pensar en todo lo que pasó, en lo bien que la pasé y lo mucho que me emociona saber que se va a repetir más de una vez.