Adictos a lo prohibido Capítulo 23 El primero sin ropa pierde
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Capítulo 23 El primero sin ropa pierde

Cassie Queen

Abro el mazo de cartas y lo deslizo completo del empaque. Su mirada atenta a todos mis movimientos, me gusta.

Ser su centro de atención me gusta más de lo que esperaba.

—¿Puedo? —extiende su mano pidiéndome el mazo. Lo mezclo un poco, rápido y con agilidad. Años de práctica.

—¿Quieres mezclar? ¿Crees que no sé hacerlo?

Niega.

—Para nada, lo justo es mezclar ambos, para evitar trampas.

Barajo el mazo y se lo extiendo.

—Toma, a ver qué puedes hacer.

Sonríe de lado y, sin despegar sus ojos de mí, mezcla las cartas con mucha destreza.

Esos dedos son ágiles, lo hace como si fuera algo simple, cotidiano y natural, como respirar.

Es sexy un hombre que baraja bien las cartas, a mi gusto al menos.

Deja el mazo sobre la mesa y solo le doy un golpe con mi dedo índice en señal de que reparta seguido.

Cinco cartas para cada uno y empieza la primera partida.

Cada que gane; él se quitará una prenda, interesante.

—El primero en quedarse sin prendas que quitarse es el perdedor, por lo que el otro pondrá las reglas en esto, Reinita.

Miro mis cartas.

—Me deja en desventaja, solo traigo cuatro prendas y tú… como siete.

Su risa ronca como cada vez me genera ese cosquilleo en todo el cuerpo.

—Te tocará ganar más, Reinita. ¿No puedes ganar más que yo?

Ese tonito divertido que usa es…

—Parece que olvidas con quién estás tratando, Novato.

Se ríe con diversión.

—Lamento informarle, Su Majestad, que usted eligió la desventaja. —Me quedo viéndolo—. El precio de verte jodidamente increíble y hacer que desee arrancarte el vestido.

Respiro y vuelvo mi vista a las cartas.

—Juguemos de una vez entonces.

No lo miro en ningún momento.

—Empiezo la apuesta, si gano, quiero que te quites la máscara primero.

No habla en serio, ¿o sí?

—Eso es muy bobo, si me quito el vestido quedo casi desnuda y quieres que me quite la máscara.

Lanzo una carcajada.

—Tienes una linda cara, me gusta verla, ¿está mal?

Me río y vuelvo a mis cartas.

—Apuesto a que pierdes, Novato.

Chasquea la lengua.

—Más pierda, más duro será al final, porque me desquitaré con unas ganas, Reinita.

Por favor, sí.

—Eso solo si yo decido, si gano, yo mandaré.

—¿Qué es más probable, ganar cuatro o ganar siete?

Pongo las cartas sobre la mesa.

—Ganar y punto.

Mira mis cartas y suspira.

—No lo puedo creer. —Trato de adivinar si gané o no, sí, tengo que haber ganado—. Te gané, Reinita. —Maldito desgraciado—. Adiós máscara.

Las reglas son las reglas. Levanto mi mano para desanudarla y él niega.

—Yo quiero hacerlo.

Se levanta caminando hacia mí. Se para detrás de mí, se inclina dejando su rostro a la altura de mi oreja y desanuda la máscara para quitármela.

—No sirve de nada que cubras tu rostro, menos uno con tales dotes. Además, Reinita, tus ojos se ven mejor sin ella y se puede apreciar esa mirada de perra que tienes. —Muerde el lóbulo de mi oreja—. Una perra muy codiciosa.

Jadeo con suavidad.

Maldito, me dice perra, me muerde y mi cuerpo, lo único que hace es mojar mi ropa interior.

—Siguiente partida.

Disimulo lo que su acercamiento me genera y mezclo las cartas para volver a repartir.

No puedo dejar que gane.

Reparto las cinco cartas para cada uno, no lo miro, no necesito verlo sonreír con satisfacción ante lo que mi cuerpo hace en contacto con él, menos ahora que puede ver mi cara a la perfección.

Miro mi partida, es buena, muy buena, no puede ganar esta vez. Por favor.

—¿Lista, Reinita?

Lo miro.

—Yo nací lista, Novato.

Esparzo las cartas para que las vea.

—Sin dudas, no por nada eres la reina, Queen.

Muestra sus cartas y perdió.

No puedo disimularlo, sonrío de lado.

—¿Me haces el honor?

Señala su máscara.

Me levanto caminando hacia él y sin acercarme demasiado, le quito la máscara volviendo a mi lugar.

—Qué mala, Reinita.

Sonrío de lado y lo veo barajar para repartir de nuevo.

Somos rápidos, miramos las cartas y las mostramos.

Se quita los zapatos y en ningún momento deja de sonreír lleno de diversión.

Maldito arrogante.

Me toca repartir y vuelvo a ganar, no podemos negar que soy buena en esto.

—¿Esa sonrisita? Reinita, no te sientas triunfante, tres veces más que te gano y a ver si te ríes.

Sigo sonriendo porque esto de verdad es divertido.

Tomo mi copa y bebo todo el contenido para servirme más.

—¿Quieres?

Se carcajea.

—Eres una maldita, mira la cara que tienes.

Me encojo de hombros y le sirvo champaña a su copa.

Reparte y miro el juego que me tocó. No es muy bueno, si no estuviera aquí divirtiéndome, sería una mano para retirarse.

—¿Qué tienes para mí?

Pongo las cartas boca abajo sobre la mesa.

—Muéstrame primero, Novato.

Me las muestra y me levanto para sostenerme de la mesa, así quitarme los zapatos.

No tarda en escanearme siguiendo todos mis movimientos.

Dejo mis zapatos a un lado y vuelvo a sentarme, mezclo, reparto y miro mis cartas. Otra vez.

A cada momento la densidad del aire se vuelve más pesada, la forma en que, aunque no estoy viéndolo, siento sus ojos sobre mí, como dos láseres que queman.

Pierde y se quita los pantalones.

Chasqueo la lengua.

—¿Algún problema con mi elección de prenda, Cassie?

Ruedo los ojos.

—No te costaba nada quitarte la camisa, Gregor.

Arquea sus cejas y sonríe presumido.

—Quién diría que a la Reinita le gusta mirar.

—A ti te gusta, así que…

Toma las cartas y comienza a mezclar.

—Quieres verme sin camisa, vuelve a ganar, Reinita, estamos tres a dos.

Eso es cierto.

Calcetines, camisa y bóxer.

Mientras que yo, vestido y bragas.

Tengo un buen juego, sí, ganaré, lo pongo sobre la mesa y abre sus ojos con sorpresa.

—Tienes razón, me gusta mirar.

Pone sus cartas frente a mí. ¡Maldición! Me volvió a ganar.

—A ver, Reinita.

Levanta ambas cejas y debo quitarme el vestido.

Me levanto y deslizo las mangas, quedando completamente en desventaja cuando el pedazo de tela cae al suelo. Se tira hacia atrás en su asiento para observarme mejor, mientras bebe de su copa.

Quita la copa de sus labios y se relame mirando mis tetas, las cuales reaccionan al instante endureciendo mis pezones.

Vuelvo a sentarme.

Soy atrevida, no me siento insegura con mi cuerpo, pero tal exposición me hace tener un poco de timidez, es que como su mirada se oscurece al verme, quiero apretar las piernas.

Cuando reparte de nuevo las cartas, vuelvo a tener una buena jugada.

No puedo perder, por amor de Dios. Tengo que ganar solo tres seguidas y ya.

Muestra sus cartas y sí gané.

Los calcetines. Se quita los calcetines. ¡Carajos!

—Ya empiezo a imaginar todo lo que haré si gano.

Respiro con pesadez.

—Qué confianza, Novato.

Le reparto las cinco cartas.

Las mira y las deja boca abajo.

Si él gana ahora, tendré que ceder, yo…

—A ver, tengo esto, Reinita.

Pone sus cartas sobre la mesa y miro sus ojos.

Maldito arrogante.

Ganó, las reglas las pone él, estoy a su jodida merced, yo y una parte de mí se siente jodidamente ansiosa por eso, por todo.

¡Al diablo!

Tiro las cartas y me inclino sobre la mesa, tomándolo por sorpresa cuando estiro su camisa, estampando mis labios con los suyos.

No duda, me estira mientras se levanta de su asiento pasándome para su lado como si no pesara nada, me sienta en la mesa de póker abriendo mis piernas y parándose entre ellas sin soltar mi boca.

—Ahora seguirás mis reglas.

Baja a mi cuello y me muerde, haciéndome jadear de gusto.

—¿Y cuáles son tus reglas?

Baja más y me inclino hacia atrás, apoyando mis manos sobre la mesa.

—Que no hay putas reglas. —Muerde mis tetas mientras pasa su lengua por mis pezones—. ¡Me encantan!

Lo hace rápido y mi centro se aprieta con gusto.

Los mordisquea suavemente y juega con su lengua moviéndola rápido solo poniéndolos más duros.

—Ooh…

Sus manos aprietan mis caderas y siento que voy a correrme.

Niego retorciéndome, no puedo más, él… baja su boca por mi vientre, mordiéndome por doquier de camino a mi tanga.

—Nada de jodidas reglas, Reinita. —Pasa su lengua por el borde de mis bragas volviéndome loca—. Dime que la rompa.

No voy a hacerlo. Niego y muerde mis muslos.

—Aahhh…

Se acerca y no hace nada.

Mi centro palpita desesperado. Lo quiero ahí, lo necesito ahí.

Necesito su calor tocándome.

—Pídelo, Cassie Queen, dime que te arranque la ropa y te coja muy fuerte.

Pasa su pulgar sobre mi tanga y estallo.

—Destrózala y fóllame muy duro.

El sonido del encaje rompiéndose llega a mis oídos y su rostro se entierra entre mis piernas.

Apoya mis pies sobre la mesa y me abre con fuerza mientras su lengua comienza a atenderme.

Delicioso, la forma que su boca me saborea es increíble.

Sus ganas, su ansiedad, la siento mientras me da placer de una forma tan ardiente.

No sé de dónde sostenerme, quiero pellizcar algo y al no tenerlo opto por gritar, lanzo gemidos sin poder detenerme. Cuando el orgasmo llega, lo tomo del cabello, pero se aparta.

No hago nada, me quedo ahí retorciéndome mientras mis piernas tiemblan.

—Mira cómo te escurres, Dios mío, ¡te llenaría de mí!

Eso suena jodidamente bien.

—Hazlo.

Bajo mi mano a mi centro y comienzo a tocarme.

—¿Qué haces, Reinita?

Muevo mis dedos en círculos y gimo por lo sensible que su lengua dejó mi clítoris.

—Tócate, quiero ver cómo te pone verme así, atravesada por el orgasmo que tu boca me provocó.

Con una mano se saca la camisa tirándola en el suelo y a continuación libera su erección.

Lo miro y me toco más rápido.

—¡Maldición! Reinita, te encanta mi verga.

Asiento y me toco más.

Veo cómo su mano se mueve sobre el largo, rodeando lo gruesa que es. Me muero por tenerla adentro, así, pasándome todo su calor.

—La puta madre, mira cómo te mojas de mirarme nada más, Reinita.

Asiento y sigo tocándome cada vez más rápido al igual que él.

—Córrete sobre mí y luego fóllame, Gregor.

Veo la punta de su miembro brillar por una gota de semen.

—Eso no está bien, no está…

Muerdo mi labio inferior con fuerza cuando me corro y no duda en acercarse a mí y mover con fuerza su mano para correrse sobre mi vagina.

Así, sin aviso, la mete con fuerza haciéndome gritar.

—¡Maldita, qué maldita eres, Cassie Queen!

Me obliga a incorporarme y me besa.

—Dijiste que no hay reglas.

Se hunde más profundo y gimo sobre su boca.

—No hay jodidas reglas, Reinita, tienes toda… —Una estocada—. La… —Otra más—. Razón, mi perra deliciosa.

Comienza a embestirme con fuerza.

Va a romper la mesa y eso solo me hace disfrutar más. Me abrazo de su cuello mientras aprieta mi cuerpo con una fuerza que mañana me dolerá. No dejo de gritar.

—Así, así, grita más, carajos, grita más. —Lo hago, complazco todos sus jodidos caprichos—. Ooh, Cassie, me voy a correr adentro, solo, dime, dime, sí o…

—Sí, sí, sí.

Me toma de la nuca pellizcando, estirando mi cabello y me besa con fuerza, mordiendo mis labios.

Con su otra mano me aprieta el trasero, mientras de una estocada muy adentro mío siento algo que jamás había sentido en mi vida.

Se corre dentro de mí y gimo por lo rico que eso se siente. ¡Dios mío!

—Aahhh, por Dios.

Me besa, no me deja hablar ni gemir, me besa con unas ganas que me tienen estúpidamente boba.

Con mis piernas enredadas a su cadera lo presiono a mí por mero vicio, sintiendo cómo sigue latiendo. No sabía que se sentía así de bien ser irracional.

—Ay, la puta madre, ¿por qué carajos se siente tan bien todo dentro de ti?

Susurra en mis labios.

—Quiero más —musito.

—Yo igual, quiero más, traje tantos condones y ahora quiero tirarlos para cogerte, llenarte y rellenarte cuando estés chorreando repleta de mí.

Muerde mi labio inferior estirándolo con fuerza.

—No hay reglas, Duarte.

Sonríe de lado y siento cómo crece en mi interior.

—Tienes razón.

Sale de mi interior y no me da tiempo a reaccionar, me arrastra bajándome de la mesa, me voltea y empuja para que mi cara choque con la mesa de póker.

—Aahh, eres…

—Un jodido animal, Reinita.

Me toma del cabello estirándolo hacia atrás, mientras acaricia mi centro con su pene.

—Me gusta…

Se inclina acercando su boca a mi oído.

—Lo sé, te encanta ser mi perra, confiésalo, eres mi perra.

—Lo siento deslizarse dentro de mí—. Una perra con dueño, eso eres.

—Se entierra tan profundo dentro de mí que me quedo sin aire—.

Anda… —Jadea en mi odio—. Estás tan buena que podría estar así hasta que supliques que pare y no tengas fuerza ni para respirar.

Comienza a moverse suavemente.

Gimo sin poder detenerme.

—¡Maldita Reina de Hielo, cómo quemas, carajos!

Comienza a moverse rápido, tanto que las patas de la mesa rechinan contra el suelo corriéndose.

—Oooh, mmm, justo así. ¡Ay!

Él me quiere partir a la mitad y qué rico se siente.

Siento sus dedos clavarse en mi cadera, mientras me presiona contra él, follándome como nadie nunca lo ha hecho, con vicio, con extrema necesidad.

Levanta una de mis piernas apoyando mi rodilla sobre la mesa y sigue rápido, con fuerza. Mete su mano entre los dos y con sus cuatro dedos comienza a moverse con rapidez sobre mi clítoris, a la vez que lo golpea suavemente. Un chapoteo por lo empapada que estoy se hace presente.

—¿Escuchas? Eso es ardiente, maldita sea, es… es rico oír lo empapada que estás y…. Quiero que te corras, sé que puedes.

Sigue moviéndose y tocándome con una coordinación fulminante.

—Ooh…. Maldito, arrogante, i… idi….

Me quedo sin voz cuando el orgasmo me posee y aumenta la velocidad dejándome en las nubes.

—¡Ay! Reinita, estás demasiado buena.

Pellizca mi piel volviéndose a correr.

No puedo creer que él soporte tanto.

Y, aun así, quiero más, más de él, de su cuerpo, de su intensidad.

—Ahora sí, la cama, mi Reinita.

Intento levantarme y lo siento.

Adiós dignidad, porque no puedo pararme, estoy entumecida.

—Ven aquí, no te preocupes, a las reinas hay que escoltarlas —me levanta en sus brazos tomándome por debajo de las rodillas y la espalda.

—¿Ahora eres esclavo o qué?

Se encoge de hombros llevándome dentro.

—Aquí y ahora, soy lo que tú quieras, Cassie.

Que solo sea mío y ya.

Con eso me conformo.