Capítulo 22 Una cita en la suite
Gregor Bruno Duarte
Miro la carta en mis manos, sin creer nada de lo que ella hizo, dijo y mucho menos que le hice una escena de celos, yo, a una mujer.
¿Qué me está pasando?
Hay una dirección y dice suite.
Firmado como: la Reina de Hielo.
A las diez de la noche, el día lunes.
Lanzo una estúpida risa llena de emoción, ansiedad, diversión. No sé cómo definirlo.
Toco el dorso de la carta, donde dejó marcado sus labios y el lápiz labial que traía. Miro mi pulgar manchado y no logro borrar la sonrisa de mi rostro.
Ella me citó. Vamos a jugar y no importa a qué costo, quiero ganar, solo tener el control una vez. No quiero hacer nada malo, mi único deseo es gozar junto a ella, libres y sin todas esas limitaciones que ella impone, restringiendo lo bien que podemos pasarla.
Mi único motivo para ganar es ese.
¡Puta madre! Tengo que esperar hasta mañana.
Miro la hora y debería llamar al viejo y contarle que firmamos el contrato.
Así que su cuñado, como que le anda muy cerca ese cuñado, a mi Reinita.
¡Llamar al viejo! Sí que estoy distraído, la puta madre.
Tomo el teléfono y lo llamo, da tono solo dos veces, como es su número personal, es rápido en atender.
—Gregor, ¿buenas noticias?
Ruedo los ojos.
—Hola, hijo, ¿cómo te va en Seattle? Muy bien, viejo, agotado, intentando cerrar el trato, ¡Oh, qué bien!
—Silencio absoluto—. Al menos no sé, fingir que me extrañas, viejo, algo.
Olvídalo, a veces pierdo la memoria y no recuerdo que no tienes sentido del humor, que solo soy el que tiene que demostrar que es capaz.
No voy a olvidar que él llamó a la Reinita. Ella no me lo dijo con exactas palabras, pero dio a entender que sí.
—Hola, Gregor, ¿estás bien?
Chasqueo la lengua.
—Firmé el trato. Queen en persona será la supervisora de la instalación, el miércoles empezamos.
—¿Es en serio?
Me carcajeo.
—Por supuesto, te dije que lo conseguiría, no importa cuán difícil, siempre logro todo lo que me propongo.
Un asentimiento ronco y con un toque de diversión llega a mis oídos.
—Qué bueno que así sea, este proyecto es importante, es un mes, a lo mucho dos, vuelves entonces.
Así parece.
—Sí, así es, en teoría, me quedaré lo que sea necesario, viejo.
Miro la carta que dejé sobre la cama.
—Me alegra saberlo, de verdad te felicito, hijo, tú lo lograste. Lamento haberte subestimado, este mundo es así y hasta demostrar capacidad, no puedes pretender que te sea otorgada.
Ruedo los ojos.
Soy su hijo, debería saber la capacidad que logré heredar de él.
—Sí, seguro, en fin, eso es todo. ¿Cómo está todo por allá?
Indago para saber de mis hermanas.
—Todo muy bien, ya sabes; las chicas, estudiando, salen de fiesta con Nerea, como siempre.
Ellas no deberían salir con Nerea.
—Papá, ¿en serio? Nerea las va a descarrilar, tú no conoces a esa loca.
Me carcajeo.
—No puedes hablar así de ella.
—¿Por qué? ¿Qué he dicho de malo?
Me jode un montón que sea tan rompe huevos. ¡Loco!
—Le dijiste loca a Nerea, así uno no habla de…
—Cuidado con lo que vas a decir. Mira, viejo, mejor voy a cortar, solo cuida a las chicas que mi AMIGA Nerea es bastante loca cuando sale, le gusta divertirse mucho. Saluda a todos y, por si se te olvida, no tengo mujer, ¿okay?
Corto la llamada.
¿Qué mierda le pasa?
Me tiro a la cama.
Son todas ideas de él, que me quiere elegir pareja, ¿qué se piensa?
No voy a permitir que me manden, que decidan con quién voy a estar, qué estupidez.
Me muevo en la cama y siento la carta debajo de mí, la tomo. Yo decido a quién me cojo, a quién frecuento y con quién carajos hago lo que se me dé la gana, solo yo y… bueno, mi Reinita puede mandarme un poco si quiere.
Reina de diamantes, hasta en eso conservó el detalle.
Si ella no deja nada al azar, sí pensó en esto, me gusta saberlo no solo por una cuestión de ego, sino porque significa que lo quiere y no es solo por no dejar una partida sin jugar.
◆◆◆
Termino de hacer algo rápido de comer y la puerta de la entrada se abre, es Ty. Pensé que no volvía, si tenía cita con la secretaria de la reina.
—¿Qué hacés acá, vos? —Niega con cara de circunstancia—. ¡Ay! ¿Qué te pasó?
Sigue negando.
—Creo que me meteré en problemas, Greg, y tengo muchas ganas de hacerlo igual, aunque después un tipo de dos metros me quiera asesinar.
Frunzo el ceño.
—¿Qué hiciste? Me estás asustando, boludo.
Se mira las manos y comienza a reír.
—¿Es patético que te diga que creo que me voy a enamorar?
Frunzo el ceño espantado.
—¡Ay, Tyler! Es un montón, amigo.
Suspira y se acerca a sentarse en la butaca en frente de donde estoy cocinando.
—Es la pura verdad, ella despierta algo en mí que ninguna mujer había logrado, me pone mal, loco, inconsciente…
—¿Caliente?
Asiente moviendo la cabeza.
—No quería decirlo, pero sí, entre otras cosas, porque fuimos al cine juntos, vimos una película, esa nueva que salió de la farsa de no sé qué, no importa. La pasamos bien, nos reímos, sin necesidad de lo sexual, la pasamos bien. ¿Lo entiendes?
Asiento.
—Como si fueran amigos.
—Claro, eso, y luego, ahí viene lo malo. —Sonrío por cómo me cuenta las cosas—. Fuimos a su casa, ella vive prácticamente a doscientos metros de la mansión de Cassie Queen. —Eso me interesa—. Solo fuimos, con… ya sabes.
—Iban a follar, pero no follaste porque estás aquí. ¿Qué hiciste? ¿Huiste por miedo?
Niega frunciendo el ceño.
—Todo iba bien, yo… la toqué, la hice… —Carraspea—. No importa, la cuestión es que cuando estaba ahí, estábamos empezando muy bien, apareció el padre.
Abro los ojos.
—¿Qué hacía el padre ahí?
Se encoge de hombros.
—Muy incómodo, me fui, obvio. El tipo mide dos metros, no se ve viejo, me miró mal. ¡Puta madre! Estaba con su hija, de dieciocho años… me van a castrar y, aun así…
—Te la querés coger.
Mira sus manos.
—Sí, claro, quiero que ella me enseñe lo que le gusta y hacer todo, absolutamente lo que sea que ella quiera.
Sonrío y levanto mis cejas de forma sugerente.
—Las Queen son diabólicas, boludo.
Paso saliva cuando me doy cuenta de lo que dije.
—Genna tiene razón, te estás cogiendo a Queen.
Me hago el repelotudo.
¿Tan evidente que la chica esa sabe? No lo creo.
Me la cogí en la oficina.
O quizás ella le dijo. ¿Ella habla de mí? No me digas, Reinita, que hablas de nosotros, digo, de nuestros encuentros.
—Sí, no puedo creerlo, te lo guardaste para vos. ¿Qué onda? Si ella es supermaldita.
Me carcajeo.
Una maldita perra codiciosa, que está más buena que cualquier droga o adicción posible.
—Tengo mis encantos, Ty, no es nada del otro mundo, es casual, a veces pasa y ya, está totalmente fuera de lo que es el trabajo, simple atracción.
Carraspeo y tomo mi plato. Atracción, vicio, necesidad, calentura desmedida. No sé qué mierda es todo esto que ella me hace sentir. Sin contar la curiosidad de saber de ella, de Cassie Queen.
—¿A dónde vas?
Camino a la habitación.
—A comer y a dormir, vos… solo relájate, ella es mayor, el padre que se aguante, que deje coger a la hija en paz y, si no, la próxima me avisas y la traes acá, me voy por ahí.
—¿En serio?
Asiento.
—Obvio, boludo.
Sonríe.
Me meto en la habitación para disfrutar de mi tranquilidad.
◆◆◆
No dijo qué debía ponerme, tampoco si debía anunciarme o qué.
Te faltaron especificaciones, Reinita.
Me visto como cuando voy a la oficina, tardado de quitar, eso es lo malo de tantas capas de ropa.
Da igual.
Miro mi mesa de luz y abro el cajón para tomar condones y mi máscara.
Claro, idiota, si me cita la Reina de Hielo, es porque usaremos las máscaras. Qué aburrida, Reinita.
Ya voy a encontrar la manera de que se la quite, me gusta ver su cara cuando cogemos. Es… placentero ver sus ojos, cómo ella…
Bueno ya, no quiero ir todo duro desde ahora.
Estoy bien de tiempo, así que salgo muy tranquilo, Tyler está con el teléfono texteando a lo loco y sonrío.
Lo tiene muy enganchado la pequeña Queen.
—Me voy —anuncio.
—¿Vuelves?
Lo miro.
—Espero que no, ¿quieres que no vuelva?
Lo piensa.
—Te aviso, no sé.
Sacudo mi mano a modo de despedida.
Estoy ansioso, lo admito, quiero llegar, saber por qué en un hotel regular, en una suite, no sé siquiera qué ha planeado.
No tardo en llegar a la dirección y, con diez minutos de antelación, podría esperar. Seguro que ella ya está aquí, no la veo como alguien que llegue sobre la hora.
Sostengo la máscara en mi mano, voy a la recepción.
—Buenas noches, señor. ¿En qué podemos ayudarlo?
Lo más lógico es que anuncie el nombre de quien firma.
—Soy invitado de la Reina de Hielo en una suite.
Mira su computador.
—Sí, así es, tome. —Me da una tarjeta de acceso—. Está en la terraza, toque el último piso del ascensor.
No esperaba menos de una Queen.
Los pisos pasan y el ascensor llega a la terraza, donde solo hay una puerta roja y un escáner para mi tarjeta de acceso.
La coloco y la puerta se abre.
Interesante, el lugar es increíble. La mitad está bajo techo, uno de vidrio, después tiene una especie de terraza techada, pero que está con acceso al exterior, donde, mientras camino para salir a ver, observo una mesa de póker. Oh, ella sí apuntó a todo hoy.
Me coloco la máscara antes de salir y la veo apoyada en el balcón, con una copa de vino en su mano, un vestido rojo que se le amolda a su cuerpo a la perfección, es largo con una abertura en su pierna derecha.
Una jodida reina.
Su pelo rubio se mueve con la brisa y visualizo la máscara blanca que trae, es distinta a las anteriores, delicada.
Suspiro.
La puta madre, esta noche está diseñada para matarme y de verdad no me importa morir quemado con el hielo que ella tenga.
—Así que… así se siente ser invitado por la Reina de Hielo.
Soy el primero en cortar el silencio.
—Esto recién comienza, Novato, tú no sabes lo que es ser mi anfitrión en absoluto.
Se voltea y veo el escote de su vestido.
Ella es perfecta, la odio y me encanta a la vez.
Odio y me fascino con su jodida perfección.
—Oh, ¿así que me vas a agasajar, Reinita?
Camina hasta la mesa de póker y se sienta cruzando las piernas, mientras con su otra mano sostiene la copa con un líquido claro.
—¿Champaña, Novato?
Asiento y camino para sentarme frente a ella. ¿Cómo hago para que ella se saque la máscara? Me jode no verle la cara.
—¿Entonces jugaremos póker convencional?
Se me ocurre una idea.
—Sí, ¿a cuál más?
Me sirve una copa.
—No sé, pensé eras ingeniosa, valiente, atrevida, me dio la impresión.
Me ofrece la copa y la tomo rozando con mis dedos su piel. Me hormiguea la mano.
—¿Qué propones?
Al diablo. Yo se lo digo y si vamos a hacer esto excitante que lo sea más.
—Póker de prendas.
Clava sus ojos en mí y apuesto lo que sea que está enarcando una ceja debajo de esa máscara.
—¿Cómo?
—Partidas rápidas, por cada que pierdes, una prenda menos y la máscara también es prenda.
Bebo un poco y me siento cómodo tirándome hacia atrás en la silla.
—De acuerdo, me gusta, póker de prendas, Novato.