Capítulo 20 Una invitación de diamante #2
—¿Te dio miedo jugar? ¿O juegas con todos a la vez? Eso sería injusto, porque entonces yo también debería jugar con varias a la vez.
Arqueo una ceja.
—No sé de qué hablas, Duarte, no eres claro.
Se ríe, esa ronca risa que me hace pasar saliva. Hay que admitir que él tiene algo particular y especial.
—Que los tratos son tratos y acordamos un juego que nunca se ejecutó y ya estás jugando con alguien más, eso es trampa.
Arqueo una ceja.
—Siento que estás molesto, ¿es así?
Lo provoco, sonrío con sutileza, divertida por su actuar.
—No, molesto no, cansado de ser un jueguito tuyo y que siempre sea yo quien va tras de ti, cuando luego gozamos ambos, es injusto, Reinita, que por miedo a quemarte conmigo vayas con un viejo que no estará a la altura.
—Sonrío—. Encima, te ríes de mí, yo te juro que tú haces que yo me vuelva loco, que desee fervientemente arremeter contra tu cuerpo con tales ganas, morbosidad y salvajismo que…
Muerdo mi labio inferior porque ese tono grueso y molesto que usa es tan ardiente.
¡Ay, Gregor!
—Me río de ti porque pareces celoso de mi cuñado. —Frunce el ceño—. Sí, tenemos una partida pendiente. —Saco de mi bolsillo la carta que guardé en la casa—. No olvido mis tratos ni mucho menos dejo juegos sin terminar, Greg.
Levanto la carta y a todo esto su expresión es de total sorpresa, desconcierto, no estoy segura.
Nunca había visto esa expresión en él y me resulta muy llamativa.
Camino hasta donde está con la carta entre mis dedos, le dejo un beso en ella marcándola con mi lápiz labial y la coloco en el bolsillo delantero de su saco.
—Ya no hagas escenitas y siéntete afortunado de que tienes una invitación.
Redoblo la apuesta solo para seguir viendo en su rostro esa expresión que no se le quita.
Beso su mejilla y sus ojos me siguen cuando me alejo, está completamente confundido porque no reacciona ni para hacer una respuesta sagaz.
Así que esto desencaja al señorcito Duarte.
Salgo de la oficina y Genna habla con Andrade.
—Señorita Queen…
—Descuida, Müller, ya terminamos, por favor, enséñales la salida a ambos. Adiós, Andrade.
Salgo con una sonrisa en mis labios.
Quiero regañarme por mi actuar, pero me siento bien con él. Así me voy a quedar, sonriendo.
◆◆◆
Llego al cementerio y me adentro al silencioso lugar, camino por los pasillos desiertos hasta el ala más alejada que son las parcelas Queen. Frunzo el ceño cuando veo que todas las flores que están plantadas ahora están rotas, pisadas.
—¿Quién hizo algo tan horrible? —Me arrodillo en la tierra tratando de arreglar el desastre, pero no es posible—. ¡Maldita sea!
Suspiro levantándome, sacudo mis rodillas.
—Lo siento, algún imbécil no tiene respeto por las plantas.
Frunzo el ceño.
Sus tumbas parecen dos tumbas tristes y abandonadas, nada más alejado de la realidad. Yo jamás dejaría de venir a verlos y no es que sea de esas hijas que no los aprovechó en vida y los honra en la muerte, yo… los tuve tan poco, que me hacen falta, solo eso.
—Supongo que mis flores tendrán que arreglar este desastre, prometo que la próxima semana traeré algunas flores para plantar.
Saco las flores de mi bolso.
Kyle Queen y Genna Queen.
Ese es el nombre de mis padres. Sí, mi sobrina y sobrino se llaman como ellos.
Saco un pañuelo de mi bolso y limpio las placas de cerámica.
—Hoy estoy de buen humor, ¿saben? Yo… estoy permitiéndome salir del esquema, solo ser y creo que está bien, que me hace bien, me divierte y siempre aprendí que, si no daño a nadie, ¿por qué estaría mal hacerlo?
—Suspiro y sonrío—. Demente, ustedes no me escuchan, no están y si estuvieran, la verdad no sé qué dirían, me conformo con pensar que responderían lo que quiero escuchar: «Cass, haz lo que quieras».
Me pongo alerta cuando siento la sensación de que alguien me observa.
Miro hacia atrás y a los lados, pero este lugar está lleno de recovecos y la verdad es que cualquiera podría estar viéndome.
Levanto mi vista para buscar, porque de verdad siento que alguien me veía. Escucho un ruido detrás de mí y me sobresalto.
—Cass, no te asustes.
Suspiro cuando veo a Jane con Kaleb.
Mi hermana y cuñado.
—Hola, qué… qué sorpresa, me asustaron.
Kaleb me mira.
—¿Todo está bien, Cassie?
Asiento.
Kaleb era mi guardaespaldas antes, pero la verdad es que no quiero tenerlo esclavizado conmigo, no necesito seguridad, nada me va a pasar.
Yo… quizás estoy algo perseguida por la estúpida nota que me llegó ayer.
—Oh, mira las plantas, están todas rotas. —Jane se lamenta—. Están hermosas las que trajiste, Cass, hace mucho no veníamos juntas.
Sonrío y dejo que pase su brazo por mis hombros.
—Sí, es cierto, es que siempre estoy ocupada, solo vengo los domingos.
Acaricia mi hombro.
—¿Cómo estás, Cass? Gen siempre dice: «Bien, es la reina, mamá». Pero yo necesito saber de mi hermanita.
Ruedo los ojos.
—Solo soy dos años y medio menor que tú, Jane.
Se carcajea.
—Es cierto. ¿Cómo está Genna? Ella no me dice nada de su trabajo ni de nada.
Soy yo quien ríe.
—No seas una madre pesada, ella ya está mayorcita y si te digo lo que hace, a tu esposo le dará algo.
Nos reímos.
—Eso no es nada gracioso —se queja Kaleb.
Nos quedamos un rato ahí, riendo y hablando. No venimos al cementerio a llorar, solo venimos a ver a papá y mamá.
A la salida vamos todos juntos y sigo sintiendo esa sensación de vigilia.
Nada más es idea mía.