Capítulo 20 Una invitación de diamante
Cassie Queen
Salgo de la mansión y voy directo al jardín, busco unas tijeras de jardinería para cortar flores, todas las que pueda.
Para que mamá y papá se sientan un poquito más cerca de mí. Los domingos son sus días. Me gusta ir, hablar con ellos y dejarles flores, es una estupidez, una que me permito hacer.
Me lleva tiempo seleccionar qué flores llevar, no quiero que sean repetidas y tampoco cortar alguna planta que aún no esté desbordada de flores porque le cortaría el crecimiento. Soy selectiva tomándome mi tiempo en esta tarea que es muy personal.
Armo dos pequeños ramos de flores que coloco dentro de mi bolso.
No debí planear la reunión hoy; si lo hago, es para cerrar esto de una vez, negocios, por un lado, placer por otro.
Siempre que estoy en el jardín recuerdo cosas que me dijo papá antes de morir, como que amar es lindo, y lo intento, de verdad, es solo que no llega, ese amor del que él hablaba no llega y no sé si llegará. Por lo pronto me dejaré guiar por mi instinto, sin rumbo y dejando que todo me sorprenda.
¿Qué es lo peor que puede pasar?
Lo he pensado mucho y no quiero ser deshonesta conmigo misma.
Gregor, con su nombre horrible y esa arrogancia que tiene, me hace pasar un buen momento cuando de sexo se trata.
Libera una parte de mí que me hace disfrutar al máximo y está bien.
Eso no significa nada más que una excesiva y fuerte atracción sexual.
No tengo explicaciones que darle a nadie, ya está decidido. Sucederá con mis reglas o las suyas, pero sucederá.
Sonrío y algo se me cruza por la cabeza. Ya sé cómo lo invitaré a nuestra partida.
Dejo en el auto mi bolso junto a las flores y entro a mi casa. Subo a mi cuarto donde, en un cajón apartado, al abrirlo, tengo un mazo de cartas de póker, busco la reina de diamantes y cierro el cajón.
Voy por un bolígrafo y decido escribir mi mensaje. Si vamos a jugar, que sea bien, que sea con estilo.
Guardo la carta en el bolsillo de mi falda y ahora sí salgo a la reunión.
◆◆◆
Paso por mi café y recién ahí me dirijo a la empresa. Me sorprendo al ver a Genna llegar. Pero si ella los domingos no trabaja.
—Oh, pero qué sorpresa, te encanta trabajar, Genna.
Se voltea y hoy está muy arreglada.
—Soy una asistente muy dedicada, ya sabes.
Arqueo una ceja.
Mentirosa, ella está así porque viene el ingeniero ese.
—Le dije a Duarte que venga solo —comento casual mientras subimos al ascensor.
—No es cierto. ¡Tía! Me puse bonita para que Tyler me vea.
Me carcajeo cuando ya estamos viajando.
—No es cierto, mira qué dedicada mi asistente.
Se ríe de sí misma.
—Bueno, digamos que… es una excusa. Tyler me invitó al cine y acepté, por supuesto.
Al cine, eso pensé ya no se usaba.
—¿No te vas a aburrir de andar como quinceañera, tú?
Se encoge de hombros.
—No, para nada, incluso te digo, que cuando termine su trabajo, ese hombre no se va de Seattle.
Arqueo una ceja.
—Genna, eso es demasiado.
Niega con un sonido.
—Hay que saber identificar a un diamante cuando aún es una piedra y no soltarlo, tú me enseñaste a tener determinación.
Suspiro y no retruco. Eso es cierto, yo le enseñé la determinación.
—Estaré en mi oficina, cuando lleguen a la reunión me avisas.
Observo la hora y Marchetti aún no llega. Odia cuando hago reuniones los domingos, son mejores sin el bullicio de un día laboral.
Aprovecho para revisar algunas cosas y concentrarme en el trabajo.
—Con permiso, señorita Queen, los señores Duarte y Andrade están aquí —anuncia Genna y recién ahí noto que estuve bastante perdida en los documentos.
—Hazlos pasar.
Genna abre la puerta y ambos aparecen frente a mí.
Intento solo mirarlos al pasar. Con el ingeniero no es problema, pero con él, no es tan sencillo.
Su porte, su impecable aspecto, sus lentes, los cuales se quita acomodándolos en su outfit, todo él, es completamente mi tipo, un maldito arrogante, sin nada de sentimientos, justo como yo.
Lo escaneo completamente, sintiéndome muy atraída por toda su aura.
No lo demuestro, por supuesto, no le daré el gusto.
Aunque no es su caso, la forma en que él me mira no es con disimulo, me escanea.
Cuando me levanto de mi asiento para acercarme a ellos, su mirada traspasa a través de mi ropa y me hace volar a su imaginación, donde sé, me imagina empotrada contra la puerta que está detrás de él, como la otra noche.
Me esfuerzo en no tragar en seco porque me quema la forma en que me observa.
Cuando llega a mi rostro, solo esboza una leve sonrisa fugaz y ladina.
—Buenos días, señor Andrade. —Estrecho mi mano con el pretendiente de mi sobrina, el cual con mucha pena lo hace—. Señor Duarte.
Estrecho mi mano con él, quien lo hace con fuerza y seguridad.
Esas manos son las que han dejado los dedos marcados en las piernas.
No, si este idiota de cuarta me tiene mal.
Sus ojos se clavan en los míos con esa sonrisa arrogante que se refleja en su mirada.
—Buenos días, señorita Queen.
Suelto su mano.
—Nos vamos a mover a la sala de juntas, antes de que llegue mi abogado.
Salgo de la oficina y ellos detrás de mí.
Fuera de la oficina, Genna se nos une, la observo y se da miraditas acompañadas de sonrisitas con el ingeniero.
¡Marchetti, te voy a matar!
—¡No me asesines, Reinita, por favor!
Hablando de Roma, baja del ascensor y camina apresurado a mí.
—¡Marchetti! —Sacude su mano, se acerca, mira a todos y me saluda con un beso en la mejilla—. Compórtate —lo regaño.
—No te enfades, Reinita. —Abro mis ojos con regaño por la forma en que me dice—. Lo siento, Cassie.
Ruedo los ojos. No tiene remedio y es tan bueno en su trabajo.
—La próxima que llegues tarde…
—Va el castigo, ya te conozco, descuida que no se repetirá, jefa.
Qué ganas de golpearlo me da a veces.
Llegamos a la sala de juntas y cada quien toma asiento.
Marchetti comienza a repartir los documentos y noto cómo Duarte le clava la mirada siguiendo sus movimientos.
¿Qué le pasa a este idiota?
Marchetti deja los papeles frente a mí y se inclina detrás de mí.
—¿En qué andas, niña Queen? Ese cliente tuyo me mira como si estuviera tocando algo que le pertenece, no será que piensa… ah, noo, ya veo, nuevo juguete.
—Cállate, Marchetti, no sé de qué hablas.
Se carcajea ante mi susurro y se aleja sentándose en su lugar.
Siento esa intensa mirada que emana densidad, esa es la perfecta definición.
—Pueden revisar los documentos todo lo que deseen, seré la supervisora de la instalación como acordamos y el resto está todo en esos documentos.
Lo observo y lee los documentos, levanta su vista y de reojo observa a Marchetti.
Nuevo descubrimiento: el Novato no es bueno ocultando sus expresiones.
Yo solo pongo mi firma en los documentos y espero a que ellos revisen todo.
Mi teléfono vibra y veo un mensaje de Genna, arqueo una ceja y la veo sonreír mirando su pantalla.
Genna: Tienes a Duarte celoso, pensando que el tío Esteban es algo tuyo.
Quiero reír, pero me contengo.
Eso es gracioso de verdad, Marchetti… ¡Ay, qué impresión! Es como mi hermano, la verdad.
Yo: Concéntrate, no digas tonterías de Duarte, él y yo, nada.
Envío para que este tema no se siga tocando.
Genna: Apuesto que, si hablas más con el tío Esteban, le revienta la yugular, no te hagas, si tú y él andan follando.
¡Genna, maldita sea!
Ella está metiendo ideas en mi cabeza, ideas divertidas y tentadoras.
—Marchetti, ¿crees que puedes traerme un poco de agua?
Miro a mi cuñado y me esfuerzo por sonreír.
Abre sus ojos extrañado y al instante asiente, levantándose como si hubiera entendido lo que le dije.
—Por supuesto, Cassie.
No tarda nada en voltear su vista hacia nosotros.
Complacida, así estoy ante su reacción.
Al menos no soy la única que tiene impulsos equívocos cuando se trata de la cercanía del sexo opuesto.
Marchetti va por el vaso con agua y lo coloca cerca de mí al volver a la mesa.
—¿Has desayunado? Hoy es domingo, puedo llevarte y bebemos algo de camino.
No por nada es el mejor abogado, mentiroso y embaucador.
Al instante recordó los domingos de cementerio a los cuales hemos ido con Liz algunas veces.
Duarte carraspea.
—No lo tomen a mal, me gustaría que nos concentráramos en esto, aquí no está claro lo que dice.
Arqueo una ceja cuando me observa molesto.
Mira nada más, Novato.
—A ver, pensé que lo había escrito tan claro que hasta alguien que no estudió leyes lo entendería.
Si hablamos de egos, Marchetti es buenísimo para imponer el suyo.
—Quizás el problema es que hay errores.
Remarca Duarte, pero mi cuñado no comete errores.
Se acerca y lee lo que, según el Novato, está mal y solo sonríe.
—Solo se ha citado lo mismo que arriba, por eso dice que es el mismo ítem en lenguaje coloquial.
Duarte solo sigue mirando el documento.
Noto cómo aprieta la mandíbula.
Terminan de revisar y lo firman ambos.
—Eso es todo, qué gusto que oficialmente estemos haciendo negocios —agrego tranquila—, empezamos el miércoles.
Me levanto y Marchetti junta todos los documentos.
Tanto Duarte como el ingeniero se levantan y estrechan su mano con Marchetti, luego conmigo.
Gregor no despega su vista de mí, intensa y seria.
Cómo me gusta sentir que lo desquicio, como si eso hiciera que luego sea todo más placentero. Una adicción a la locura.
—¿Te llevo en…?
—¿Podemos conversar de algunos asuntos que olvidé consultar, señorita Queen?
El Novato se adelanta.
—Ve tranquilo, Marchetti, atenderé al señor Duarte, nos vemos luego.
Este sale con una sonrisa.
Es un maldito, creo que este año en Navidad le daré un regalo de verdad.
—¿Qué nos olvidamos de preguntar?
El ingeniero no capta indirectas.
—Espérame afuera —ordena con un tono firme mientras no me despega la mirada.
—Ty, creo que la reunión ya terminó, ven conmigo.
Genna se lleva al ingeniero y me apoyo en la enorme mesa de juntas.
Acomodo mis manos en el borde de la mesa, cruzo mis piernas en los tobillos y con mucha suficiencia observo a este hombre culpable de mi reciente descontrol.
—¿En qué te ayudo, Duarte?
Pone las manos dentro de sus bolsillos y camina lentamente hacia mí.