Capítulo 18 Descontrol
Gregor Bruno Duarte
—Tengo asuntos.
Huye. Sale de la sala de empaquetado huyendo despavorida. Otra vez, aún peor que antes, no comprendo su temor, su cobardía. Ella me empuja a esto y solo escapa porque claramente le gustó, fue incorrecto y delicioso en extremo.
¡Puta madre!
Ella siempre decide y eso no está bien, esto tiene que ser igualitario.
Salgo terminando de abrochar mi cinturón.
Me la cogí sobre la mesa de empaquetado. Qué buena está esta maldita Reinita rubia. La veo perderse en el ascensor, no llegará muy lejos con esa camisa destrozada. Algo me sucede con ella, que me convierto en un animal inconsciente.
¡Mierda! No me puse un jodido condón, no tenía y ella solo tuvo que insistir para que me dejara envolver en la sensación más placentera que he sentido alguna vez. Con razón insisten e insisten, se siente tan bien y está tan mal, lo que lo hace más rico.
Observo el ascensor subir al último piso. Fue a su oficina.
Esto lo arreglamos ahora, Reinita, al final ¿en qué quedamos? Ella no dice nada y yo necesito saber si vamos a seguir con esto o qué.
Lo necesito. Ambas cosas, saber si seguiremos y seguir con esto.
¡Maldita perra embrujada!
Me tiene estúpidamente entretenido y deseoso de más juegos, de más de eso que ella tiene.
Subo por las escaleras apresurado y llego a su oficina.
No hay nadie, al menos en los pisos está todo tan desierto. El personal de seguridad debe estar viendo por las cámaras. Cómo persigo a la Reinita.
Camino directo a su oficina y abro la puerta sin pedir permiso. La encuentro caminando de un lado al otro sin camisa, solo con su falda. Frota su rostro, se ve muy alterada.
—¿Dejarás de huir o qué? —expreso tranquilo.
Voltea a verme, frunce el ceño, me escanea, su mirada se ve perdida, en el buen sentido, ella me ve como si fuera su maldita presa y la sorpresa me alcanza cuando da pasos certeros y rápidos hasta mí, estampando sus labios con los míos.
—¡Cállate la boca! —susurra en mis labios—. Obedece, maldita sea, cierra esa boca y fóllame, Duarte.
La irracionalidad a la que me expongo con ella es sobrenatural.
La pego a mí y la volteo presionándola contra la puerta, la beso con ganas, con mi lengua recorro su boca mientras succiono de sus labios en un beso lleno de jodidas ganas, deseo puro.
Paseo mis manos por su cintura subiendo por sus costados obligándola a levantar sus brazos, bajo mis besos a su cuello y con mi nariz aspiro lo bien que huele esta malnacida.
—No me desesperes, solo hazlo.
Su voz jadeante y llena de necesidad es ilógica.
Tan ilógica, al igual que mis ganas de volver a estar dentro de ella, como si hace minutos no lo hubiera hecho.
Voy a su falda.
—Lo siento, tendrás que volver desnuda.
Gime cuando rasgo su falda, dejando caer el pedazo de tela al suelo.
Bajo más, poniéndome en cuclillas a la altura de su sexo, la veo pegada al cristal de la puerta respirando descontrolada. Adiós bragas, Reinita.
El encaje se rompe muy fácil, me encanta.
Me incorporo y la tomo del trasero para levantarla enredando sus piernas a mi cadera, golpeando su cuerpo contra la puerta.
Decidida y ansiosa, sus manos no van a mi cuello, van directo a mis pantalones para acelerar el asunto.
—¿Por qué huías si querías más?
La sostengo con más fuerza cuando baja mis pantalones y se enreda ahora en mi cadera desnuda.
—Porque esa mierda de sala es un asco, yo quiero un lugar digno de mí.
La beso con hambre, devoro su boca mientras me froto por su centro que está lleno de nuestros fluidos.
—Y que te coja contra la puerta de tu oficina es muy digno. —Con una de sus manos comienza a acomodar mi miembro en su entrada—. ¡Cómo te gustó sentirla toda contra tu piel!
Se arquea y con su mano libre estira el cabello de mi nuca con fuerza.
—Si es fuerte me va a gustar más.
Le doy una estocada que hace que el vidrio de la puerta haga ruido.
Carajos, lo voy a romper.
Su cabeza golpea hacia atrás cuando con intensidad comienzo a cogérmela, sin importarme el ruido constante y estridente que hace la jodida puerta.
Sin contar ella gritando, mientras la embisto como si quisiera llegar al cristal detrás de ella.
Ni yo sé qué carajos me pasa, no quiero ni puedo parar, me apodero de su boca para que sus gemidos se mezclen con mis besos.
Pellizco sus piernas al igual que su cadera sin dejar de golpearla contra el cristal, cuando se corre no paro, su cuerpo temblando y sus gemidos llenos de placer solo hacen que vaya más rápido, más fuerte y más delicioso.
La aprieto sabiendo que en su piel blanca quedarán marcas, suelto su boca solo para verla pegada al cristal y haciendo presión a contrapunto para tenerla más adentro.
Mi perra codiciosa.
Veo cómo mi verga entra en su coño rosado, empapado, lleno de fluidos que escapan de ella, parecidos a mi semen.
Cuando veo eso, solo quiero ver cómo se verá al sacar mi verga chorreando mis jugos.
Vuelve a quedarse sin voz y contrae con tanta fuerza su coño que tengo que reaccionar rápido para sacarla y chorrear toda mi excitación en su entrada y subiendo a su monte de venus.
Se ve de puta madre, contrayéndose y escurriendo.
Esto es genial y está muy mal.
Me sostengo de la puerta con una mano y ella apoya sus manos en mis hombros para bajar sus piernas al suelo. La suelto poco a poco. No me mira a los ojos, noto cómo respira recuperando el aliento.
—Estuvo bien, Novato, lo mejor es que… te vayas.
Frunzo el ceño y, cuando quiere escapar de mí, apoyo mi otra mano en la puerta aprisionándola.
—Te estás equivocando, Queen, esto no funciona así.
Me mira, ahora sí, clava sus fríos ojos en mí.
—Sí, así funciona, esto que hicimos no puede volver a pasar. Ya cumpliste, ahora vete y esto…
—No, no mandas solo tú, esto no es unilateral, es mi cuerpo, carajo, Reinita, no creas que solo tú decides qué hacer con tu cuerpo, yo también.
Completamente inexpresiva; así se mantiene. Pasa saliva cuando nota que hablo en serio.
—¿Si no mando yo, mandas tú? Eso sí que no.
Ruedo los ojos.
—Tampoco, me extraña. ¿Te quité la lucidez de tan fuerte que te follé? —Frunce el ceño, molesta—. Tú quieres mandar, yo quiero mandar. Lo justo para decidir esto es un juego, el que gane manda.
Arquea una ceja.
—Mejor di que yo mando y listo.
Quiere apartarme y niego.
—No seas cobarde, pensé que te gustaba jugar, un juego de póker, con reglas claras y solo el ganador decidirá.
Me encanta cómo no se muestra ni dudosa, ni nerviosa, ni nada.
—¿Eso es todo?
Me encojo de hombros y la dejo libre. Subo mis pantalones, soy un desastre, estoy completamente sucio y necesito un baño, de ella ni hablemos.
—Exacto.
Termino con mi cinturón, la veo solo con brasier y tacones, parada como si no estuviera sin bragas. Es hermosa la condenada.
—Suena demasiado fácil, supongo que hasta allí llega tu inteligencia, también habrás quedado tarado al correrte.
Me carcajeo. Saco mi teléfono de mis pantalones y se lo extiendo, arquea una ceja.
—¿Me regalas tu teléfono? Ya veo, quedaste muy…
—Escribe tu número personal, Reinita, organizaré nuestra partida y te llamaré.
Niega.
—Yo lo haré y te enviaré un mensaje. —Guardo mi teléfono—. Ahora, si me dejas privacidad…
Me carcajeo.
—¿Privacidad? Te vi correrte con mi verga hasta el fondo y pides privacidad, qué extraña eres, Reinita.
Se aparta de la puerta y salgo. La cierra al instante y me quedo viendo la puerta dando un suspiro.
Cómo quema el hielo, la puta madre.
Veintiocho años controlando impulsos, siendo cuidadoso, llega esta mujer y me la cogí dos veces en el mismo jodido momento sin condón, eso es… Y me arrepiento de venirme fuera.
Yo estoy mal de la cabeza.
Me alejo negando en dirección al ascensor.
No sé qué mierda tiene ella. Resoplo sonriendo divertido. Es una loca de mierda que me vuelve loco y me calienta como nadie.
Ahora a esperar su jodido mensaje. No puede estar sin mandar.
Nota mental: condones en la billetera si no quiero cagarla.
Al menos no olvidar reponerlos cuando los gasto.
Una parte de mí quiere preocuparse por sus cuidados, luego recuerdo que ella es una enferma del control y estoy seguro que no deja nada al azar.
◆◆◆
Llego al departamento y afuera veo a Ty despidiendo a alguien que se va en taxi.
Cierto, la cita que tenía hoy.
Bajo y lo observo.
—No me digas que no la llevaste en auto, Ty.
—No puedo conducir.
Sacudo la mano porque ya veo que bebieron.
—Es temprano para beber, sí que te alocaste, Ty.
Se ríe.
—Ella es superlinda, Greg, parece una muñeca, como una chica de revista y es graciosa, divertida, también, tiene una boca que, cuando me besa, me siento un pervertido por pensar cosas sucias de ella.
Palmeo su espalda.
—Tranquilo, Ty, te dejó bien alterado. ¿Te la cogiste?
Niega como si hubiera dicho algo horrible.
—Eso nooo, Gregor, respétala, carajo, ella… le gusto, eso dijo, también que tiene dieciocho.
Me mira abriendo sus ojos. Me lo dejó descontrolado esa chica. Entramos al departamento y veo que se tomó todas mis cervezas.
—No, Tyler, te tomaste todas mis cervezas.
Rueda los ojos.
—Te compro más, escúchame.
Se ve todo pensativo.
Perdimos a Tyler Andrade.
—No tuvimos sexo y estuvo bien, ella es muy dulce. ¡Ay, boludo! Es hermosa y no hablo de algo superficial, ella tiene chispa. Me escuchó, me entendió y vamos a tener más citas, iremos al cine, al parque.
Lo miro un poco espantado.
—Es genial, Ty.
Asiente emocionado. Dudo, porque esa chica no se ve del tipo de Ty, no quisiera a mi amigo lastimado. Parece estúpido que me preocupe una jovencita de dieciocho años, cuando mi amigo le lleva más de diez años arriba. Ty es muy sensible, por eso no le duran las chicas.
—Ella es la sobrina de la señora Queen.
Abro los ojos.
—No me digas.
Eso no me lo esperaba.
Por supuesto, rubias y embrujadas, viene de familia.
—Sí, me siento mal porque ella tiene dieciocho y medio, Greg, que no quiero hacer nada…
—¡Ya! No seas pelotudo, Tyler. dieciocho años, ella debe tener más calle que vos, no jodas, dijiste recién que ella era perfecta, disfrutá, la edad es un número. —Asiente—. Me iré a duchar, tengo que descansar.
Me despierto con el sonido de mi teléfono, miro la hora y son las cinco de la mañana, me queda tiempo para despertarme.
¿No me digas que de nuevo llama el viejo?
Tomo el teléfono y entre dormido veo que es Neru.
¿Qué?
—¡Nerea! ¿Te drogaste, amiga, o qué? Son las cinco de la mañana, maldita, alguien murió o algo que me llamas a estas horas.
Me quejo.
—No hubieras salido a coger y seguro no tendrías sueño.
Me siento en la cama y me despierto ante su especie de «burla- reclamo». No entiendo.
—¿Y eso? ¿Sos mi mamá o qué, Neru?
Chasquea la lengua.
—No, pero pensé que era tu amiga, al menos. No me llamas, no me mandas mensajes, parece que Seattle está muy entretenido.
Me froto los ojos.
—No me jodas, Neru, me llamas para hacerme un reclamo, ¿en serio? Necesito contexto.
No entiendo una mierda, me acabo de despertar.
—Que eres el peor amigo de todos, me tienes abandonada, parece que ya me borraste de tus contactos.
La quiero, pero qué pesada es Neru a veces.
—Neru, cálmate, nena. Obvio que Seattle me tiene entretenido, trabajo, conocer la ciudad, culturas, chicas, no seas pesada y deja de decirle a Tyler que me vigile.
La regaño.
—Si me mandaras al menos un mensaje de lo que haces, no tendría la necesidad de eso.
Suspiro.
—¿Qué te pasa? Neru, ya te dije que yo no le doy reporte ni al diablo. Si querés hablar, solo me escribís: «Chisme», listo, hablamos.
De verdad, no entiendo lo que pasa.
—Me jode que te olvides así de que tienes una amiga.
—Ya, te estás pasando, por favor. Si algo te pasa, cuéntame ya y listo. No voy a estar soportando tu enojo injustificado ni reclamos. Neru, ya hablamos de esto. No te enojes conmigo por todo cuando estás enojada por una sola cosa.
Me hace burla, lo sé porque la escucho.
—Solo es que… extraño que salgamos, embriagarnos, eso, y me enoja no poder hablar cuando quiera, además, creo que llegará mi periodo, sabes cómo me pongo, quiero que el mundo arda.
Me carcajeo.
—Chocolate y películas, haz eso, ya sabes la solución, no te ahogues en un vaso de agua, Neru. ¡Vamos! Cinco días y podés salir toda perra a cogerte a quien quieras, además, no, no estás gorda, los granos no se te notan, eres Nerea Maxwell, por supuesto que estás hecha de lo mejor.
Se carcajea.
—Idiota, tienes que hacerme reporte diario.
—Noo, no jodas, en serio, Neru, muy divertido el chiste, pero a las cinco de la mañana no me despiertes más.
Resopla.
—¿Cómo va todo?
—Bien, muy bien diría yo, comienza a encantarme Seattle, la verdad.
Me río pensando en la Reinita.
—¿En qué andas, perro maldito?
Sigo riendo con malicia.
—No puedo decirte, no es nada raro, una buena aventura que, cuando regrese, te contaré.
—Eso será en unos meses.
—Y será el superchisme cuando vuelva.
Sigo riendo.
—Humm, okay, el chisme se respeta, ya duerme, olvida mi lapsus de locura.
Me tiro en la cama.
—Chau, Neru, tú y tu maldito periodo, cuídate.
Corto y cierro los ojos para dormir.
Una aventura, una que apenas empieza e irracionalmente no quiero pensar en que terminará…