Adictos a lo prohibido Capítulo 14 Planes #2
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Capítulo 14 Planes #2

Ella sí es una madre estricta y amorosa, yo quiero ser como ella, esa es la verdad.

No es que diga que es mejor, eso es algo complicado de decir. Solo pienso que ella no está mal.

Conversamos un rato más y ella solo se va porque tenía asuntos de trabajo que hacer.

Nada más nos reunimos una vez cada varios meses, hablamos de cosas juntas y ya. Es lo más cercano a una amistad que tengo.

Subo a mi oficina, Genna me ha estado escribiendo, poniéndome al tanto de todo.

Su último mensaje dice: «Duarte trabajando».

Ni siquiera se lo pregunté, no está de más saberlo después de todo.

Llego a mi oficina y no veo a Genna. Camino hacia mi oficina, aunque antes doy una vuelta por la de mi sobrina, raro que ella no me reciba.

—Esta parte de aquí me gustaría confirmar.

La escucho hablar.

¿Con quién está?

Solo me asomo reconociendo al desalineado ingeniero de Duarte.

¡Ay, Genna!

—Sí, aquí tenemos todos los permisos autorizados, nos faltaría validarlo nuevamente, quizás, la construcción ha comenzado hace unos meses, está por finalizarse.

Mi sobrina mira a ese hombre que me estresa de verlo.

Pone esa sonrisa coqueta que no debería poner.

—De acuerdo, qué buena memoria, señor Andrade.

Niego.

—Gracias… señorita Mü… Müller.

Ese tipo es realmente muy raro.

—¿Husmeando, Reinita?

Me volteo frunciendo el ceño.

¿Qué diablos hace aquí?

Me alejo, no quiero que Genna sepa que la espiaba.

—¿Holgazaneas en horas de trabajo, Trevor?

Como si de un instinto se tratara, cuando lanza una ronca risa corta, no puedo evitar recordar lo que me hizo cuando dije su nombre anoche.

—Yo he llegado a horario, no como ciertas personas.

Me volteo arqueando una ceja.

—¿Me controlas?

Este Novato tonto se está tomando muchas atribuciones.

—Solo quería devolverte algo que olvidaste, a menos que me la hayas dejado de recuerdo.

Saca de su bolsillo el fino encaje color crema y frunzo el ceño.

—¿Eres idiota?

Lo tomo del brazo para meterlo a mi oficina.

—Cuidado, siempre me maltratas, un poco de cuidado, señorita Queen —reprocha, le quiero quitar mis bragas de su mano—. Tranquila, esto es mío.

Se aleja y levanto ambas cejas con asombro.

—¿Vienes a traérmelas o solo a fastidiar? No te confundas, Duarte. Aquí tú solo eres el joven Duarte. No te conozco, no tengo trato contigo.

Rueda los ojos.

—Cierto, el juego. —Resopla—. No me has dado tu número y, como según he entendido bien, lo que pasó se repetirá.

Me pongo en mi semblante frío e inexpresivo.

—En dado caso, yo te informaré.

Arquea una ceja.

—Ah, okay. Cogemos cuando tú quieres, te equivocas, aquí es todo por igual.

Mueve mi ropa interior en su dedo mientras clava sus ojos en mí que se ven particularmente de color miel.

—¿Puedes darme mi ropa interior, Trevor?

Arquea una ceja y mira a los lados.

—No sé a quién le habla, señorita Queen.

Mantengo la calma.

No es posible que este idiota arrogante esté actuando así de bobo.

—Duarte, compórtate, dame eso o guárdalo y sal de mi oficina.

Niega.

—A ti te gusta tener el control, a mí igual, tengo que acomodar mi agenda, saber qué noches tengo libres, ya sabes, soy muy solicitado.

Interesante.

No tiene idea de con quién se metió y su ingenuidad me causa gracia.

—Entonces, ten todas las noches libres, Trevor, a mí no vendrás a controlar, ni mucho menos a poner condiciones. ¡Sal de mi oficina!

Se ríe y un ronquido de esos que salen solos cuando te has reído mucho llega a mis oídos.

Trago grueso y ese molesto cosquilleo en mi espina vuelve.

Me molesta demasiado que esto suceda.

—Si salgo no vuelvo, y si no vuelvo…

—Oh, se supone que voy a morir por eso.

Me carcajeo divertida.

Sus ojos se tornan serios, puedo ver ese estúpido ego lastimándose. Guarda mi ropa interior, sonríe ladino y camina hacia mí, firme, seguro e intimidante.

No me inmuto, a mí nadie me intimida.

—No sabes cómo voy a disfrutar la próxima vez que te vuelva a tener gritando, Reinita, porque tú serás la que lo pida.

Apoyo mis manos en mi cintura como muestra de poder.

—Espero que no sufras esperando que yo te pida algo a ti.

La guerra que luchan nuestros ojos es tan feroz y excitante.

¡Maldita sea, es excitante en extremo!

—¿Y crees que yo te lo voy a pedir a ti?

Cree que su ego me va a ganar y no podría estar más equivocado.

—Rogarás, suplicarás por solo un minuto cerca de mí, Novato.

Inhala y pienso que hará algo, solo que la puerta abriéndose hace que nos separemos abruptamente.

—Lo siento.

Genna jadea.

—Eso es todo, Duarte, por favor, vuelva a su puesto de trabajo.

Sonríe fingiendo amabilidad y sale de mi oficina.

—Adiós, señorita Queen, señorita Müller.

Genna nos mira y aprieta los labios.

—Lo siento, no estaba el seguro puesto, yo…

—¿Por qué lo sientes? Él quería saber otra vez mi respuesta.

Voy a mi escritorio y me siento en mi trono.

Mi centro late, por la tensión del momento. Odio la reacción natural de mi cuerpo a esto que sucede.

—Voy a creerte y dejaré las carpetas en el escritorio. —Apoya las carpetas donde indicó lo haría y no deja de verme—. Por cierto, buen día, Tía, mejor me voy.

Esa sonrisa que tiene en sus labios no me gusta nada.

Sin embargo, no digo nada, decir lo que sea o escudarme sería malo, sospechoso. Y yo no tengo nada que ocultar ni nada que escudar.