Capítulo 14 Planes
Cassie Queen
Jadeo cuando sale de mi interior para quitarse el condón.
¡Maldita sea!
¿Qué estoy haciendo?
A pesar de mi agotamiento corporal, me incorporo visualizando la ubicación de cada una de mis prendas.
Tira el condón en el cesto de basura y veo su trasero, su espalda torneada. Él es joven, lo sé, no es que me importe, solo voy a follármelo.
Siento sus ojos sobre mí, me observa a través de los espejos y sonríe de lado.
Es un arrogante.
No pienso permitir que él se crea la gran cosa solo por aguantar unos cuantos rounds en la cama.
Sin caminar no me dejó, porque yo he probado a muchos de su tamaño y me considero afortunada de hasta incluso más.
Aunque no la supieran usar.
Volteo mi vista y bajo de la cama con toda la entereza que poseo; un Novato como él no se llevará el premio de dejarme con las piernas temblando.
—¿Qué haces?
Junto mi falda y comienzo a ponérmela.
—Me marcho.
Chasquea la lengua, lo siento moverse; seguro a buscar su bóxer.
—Ya se cansó la reina.
Lanzo una corta risa sarcástica.
—Me aburrí, lo siento, la próxima deberías pensar cómo mantener mi atención en ti por más tiempo.
Tomo mi brasier y colocándomelo, pongo mi vista en él, que se encuentra sentado sobre la cama, muy relajado con su bóxer puesto.
—Qué mal, hubiera jurado que cuando te corrías y gritabas, estabas entretenida, me habré equivocado o tú estás mintiendo y como no me equivoco nunca, de seguro…
—Lo siento, no soy una veinteañera que con un par de orgasmos me tendrás conforme.
Abotono mi camisa y no encuentro mi tanga por ningún lado.
—Pero te gusta follar con veinteañeros igual, qué picardía, Reinita, para la próxima tendré que entretenerte mejor o callar esa boca venenosa que tienes con un poco de disciplina.
Arqueo una ceja colocándome los zapatos. Levanto mi vista para ver cómo sonríe con malicia, con sugerencia y perversión.
—Disciplina es lo que a ti te falta, Novato.
Siento la intensidad de su mirada, no logro percibirla por completo por su antifaz.
Mejor así.
Camino a la puerta sin alargar más esto.
—Dejaré la habitación paga —anuncio.
—No hace falta, puedo pagar un hotel, Reinita, la próxima lo haces tú.
Quisiera responder: «no habrá próxima».
No logro que mis cuerdas vocales obedezcan, no cuando las ganas de repetir esto invaden mis pensamientos más profundos.
Abro la puerta sin despedirme, cortando la extensa interacción que tuvimos, mucha charla, demasiada para mi gusto.
Subo a mi auto y salgo del lugar.
Sí, dejé mis bragas, al diablo. Hoy la cagué con mi curiosidad, mi espontaneidad, mis ganas. Dejé que cruzara todos los límites a la primera.
Besos, oral…
¡Sí que soy idiota!
El bue… no, el sexo, simple y común es mi debilidad.
Necesito un amante, Evans ya no está, solo… es su reemplazo, él me usa y yo a él.
Un simple juego, dentro nadie nos ve y fuera él me vale una mierda.
Me detengo en un semáforo y me quito la máscara tirándola en mi asiento trasero.
Todo está bien.
Sigo mi camino, es tarde, debería solo descansar, mañana en la mañana tengo muchas cosas que hacer.
Llego a la mansión y suspiro quedándome un momento recostada contra el respaldo del asiento.
Con tantos asuntos serios y aquí me encuentro, suspirando porque varias partes de mi cuerpo están aún bajo los efectos del calor.
¡Listo!
Camino firme, directo a la puerta de entrada, algo detiene mi avance. Me volteo a ver el jardín y veo cómo una pequeña rama de nomeolvides se ha roto, quizás por el viento. Me acerco para cortarla y que no enferme a la planta la rama rota.
Dejo mi bolso en el suelo y voy a la caja de herramientas que hay en una esquina, donde tomo algunas cosas útiles para la tarea.
—¿Qué ha sucedido aquí?
Resoplo. Odio que se rompan las plantas del jardín, este jardín es como esa pequeña conexión que aún tengo con mis padres. Me gusta cuidarlo, dedicarle tiempo, dicen que las plantas sienten la calidez.
—Ahí quedó, sí que te gusta romperte a ti, te queda el nombre, nunca puedo olvidarme de ti si te sigues deshojando.
Me levanto y suspiro mirando las flores celestes que crecen. Una brisa hace que me dé frío, en especial en mi vagina.
—No traer bragas en el jardín de mis padres, eso es demasiado, prometan no decir nada.
Me alejo, guardo las herramientas y tomo mi bolso para entrar a la mansión. Cuando llego a la puerta volteo al jardín y contemplo cómo las hojas se mueven con la brisa.
Que descansen.
◆◆◆
—Todo está perfecto, señorita Queen, su cuello uterino se encuentra apto, sin problemas podría hacerse una inseminación.
El ruido de los guantes de látex de la doctora mientras se los quita llega a mis oídos. Me incorporo subiendo mis bragas.
—He notado algo de irritación, normal si es sexualmente activa. Lo único que recomendaría es que, si desea realizar una inseminación exitosa, el primer tiempo, hasta que el embrión se implante, evite las relaciones sexuales.
Me bajo de la camilla acomodando mi falda.
—Aún no determino cuándo lo haré, estoy viendo mi agenda para fijar una fecha, en seis meses o tres, quizás.
Solo debo hacerlo y ya.
—En caso de que sea en tres meses yo le recomendaría unas pastillas que le recetaré, es para regular su ciclo, que todo esté en orden y al momento de la inseminación el ambiente sea óptimo.
Asiento segura de esto.
—Hagamos eso, doctora.
Lee mi historia clínica.
—Creo que es todo, su irregularidad en cuanto al periodo con estas pastillas es bastante probable que se solucione.
Me extiende una caja de pastillas.
Mi fertilidad es una porquería, puedo estar meses sin mi periodo y sin liberar ningún maldito óvulo, soy joven, pero tal parece no soy nada fértil, menos mal soy prevenida.
—Una cada día, como si fueran anticonceptivos, puede que tenga algunos efectos adversos, nada muy grave. —Mi teléfono suena en un mensaje que seguramente es mi cita de ahora—. Quizás aumento exponencial del libi…
Miro el mensaje que me ha llegado y sí, efectivamente, la señora Philips.
Helen: Llegaré justo para la hora, lamento la tardanza, William y Darcy no se despertaban.
Yo: Descuida, aún no llego, los espero en una mesa. ¿Café cortado con crema sin azúcar? Y chocolate caliente para los niños, ¿verdad?
Helen: Me agrada encontrarme contigo, sabes cómo ser una buena anfitriona, te veo a la hora acordada, lamento la tardanza.
—¿Alguna duda más?
No oí lo que dijo. No sería relevante, o la hubiera oído.
—Ninguna, doctora, gracias por todo, me estaré comunicando para el momento del procedimiento.
Estrecho mi mano con ella. Salgo del consultorio. Helen es una buena amiga y colega, clienta, incluso hasta parte de la familia.
Mejor amiga de mi hermano mayor, prima de mi cuñada, esposa de Oliver Philips, un gran cliente de Industrias Queen; ella maneja la empresa con su esposo, así que también es una gran empresaria.
Digamos que supimos hacer química, yo un día la encontré en el banco de óvulos, ella es mayor que yo y cuando yo tenía veinticinco años ella estaba buscando hacer lo que yo, aunque más complicado.
Ella usó un vientre alquilado para tener a sus mellizos.
Arriesgado, valiente y muy Helen.
Imaginen que se disculpa por llegar a horario, sin esos cinco minutos antes que siempre mantiene al llegar.
Una mujer meticulosa, organizada, estructurada, que me hace sentir muy cómoda, antes de que Genna supiera, ella era la única que sabía acerca de los óvulos congelados.
Llego a la cafetería donde quedamos, pido para ambas un café y dos chocolates calientes pequeños para sus hijos.
Miro el reloj y es la hora en punto para la cual quedamos cuando entra por la puerta de la cafetería con ambos niños, el pequeño William y la pequeña Darcy.
Esos niños son soñados, ambos educados, obedecen a su madre sin que ella levante la voz, la forma en que se sientan como dos pequeños adultos. Soñados, ellos solo hacen que desee con más fervor una miniversión mía.
—Buenos días, Cassie.
Ella solo mira a los pequeños de apenas cuatro años.
—Bonos día, señodita Cassie.
Las vocecitas aún suenan aniñadas y como las de un bebé, es que aún lo son. Recuerdo a mis sobrinos cuando tenían su edad.
—Siéntense un momento. —Ella los ayuda solo un poco, se acerca a mí besando mi mejilla—. Ayer a las ocho de la noche estaban durmiendo, no sé por qué no despertaban.
Suspira.
—Tienen cuatro años, necesitan dormir para tener energía y están creciendo.
Asiente y justo llegan los cafés junto a los chocolates.
—Por favor, cuidado que está caliente, no se ensucien. —Observo a los pequeños y veo cómo son sus pequeñas bocas, soplan la taza y con la cuchara prueban un poco—. Yo pienso que es eso. Cuando me enviaste un mensaje, supe que teníamos que reunirnos. ¿Lo harás?
Asiento.
—Lo estuve posponiendo un poco, pienso que ya es momento.
Asiente.
—No es que crea que es mala idea, Cassie, solo que… me suena raro que alguien como tú, ya sabes, embarazada, hormonas, barriga, antojos, parto…
—No me asusta, me siento muy lista para eso, me preocupa lo del donante, he elegido los mejores prospectos, aun así, espero que sea más Queen que lo demás.
Se carcajea.
—Sabes que eso no puedes elegirlo, solo concéntrate en lo que pasarás y… ¿Qué le dirás a la prensa? Me da un poco de duda, tú eres muy…
—Muy rica, poderosa y conocida en Seattle. —Asiente bebiendo su café—. No sé aún, quizás me mantenga en el anonimato, eso será algo improvisado, no digas nada. —Ya puedo ver su cara de horror—. No es mi estilo, por eso quiero hacerlo así, a veces salirse del esquema es bueno.
Mueve la cabeza a los lados.
—Yo mejor sigo en mi esquema porque podría darme algo.
Sonrío.
—Ellos son muy buenos —remarco al ver que no pelean siquiera.
—Eso porque están conmigo, con Oliver… —Suspira—. Es un excelente padre, compensa mi falta de amor.
Ruedo los ojos.
—Tú sí les das amor, a tu modo, Helen.
Se encoge de hombros.
—Mami… yo no quero más —dice el pequeño William.
—No pasa nada, cielo, solo déjalo ahí, toma.
Ella saca de su cartera una especie de formas enlazadas que el niño comienza a querer separar, como esos juegos de ingenio que estimulan el cerebro.