Adictos a lo prohibido Capítulo 13 Solo jugar
20%

Capítulo 13 Solo jugar

Gregor Bruno Duarte

Salgo de su oficina con una sonrisa en mi rostro, toda su atención, eso tuve y se sintió jodidamente bien.

Ahora solo resta esperar, comprobar cuánto le gusta jugar, a cuánto llegará por este juego de poder tan divertido y excitante.

Digamos que estoy exponiendo una parte de mí muy privada, aunque determino que estamos en igualdad de condiciones, yo sé de ella lo mismo que ella sabe de mí, no estamos en desventajas, tenemos una igualdad de exposición. Lo que busco es que desatemos esa ira que nos consume, en nuestros cuerpos.

¿Eso es avaricia? ¿Codicia o puro deseo que no puedo controlar? No deja de parecerme la mujer más despiadada de todas, desalmada y fría como un hielo.

Y qué manera de quemar tiene el hielo, cada mirada sin sentimiento me hace desear darle una nalgada, cada vez que me dice «Trevor», me la imagino arrodillada frente a mí y esos labios con los que lanza su veneno, rodeando mi hombría.

Suspiro y llego al área de empaquetado.

Por supuesto, imagino que eso le gusta, yo sé que a ella le gustaría todo lo que me imagino le haría. Tengo esa certeza.

—Oh, al fin llegas, no te vi en el almuerzo.

Sonrío con diversión. Me siento de buen humor.

—Estaba haciendo algunas cosas, ¿conocías al personal del lugar?

El cual no tardará en querer cogérsela. Ella tiene el perfil perfecto de la muchacha que todo mundo se coge sobre un escritorio, tiene unas tetas enormes para el cuerpo delgado y pequeño que tiene, al igual que su culo.

Carita angelical, de esas que se ven muy bien mientras te la maman.

Ya he tenido muchas así, ahora no quiero nada de eso, quiero esa mirada helada nublada por el placer.

—Todos han sido muy amables, solo que nadie me ha agradado.

Arqueo una ceja. Seguro yo sí le agrado mucho o la idea de cómo tengo la verga le da curiosidad, si va en compás con mi aspecto. El imán Bruno Duarte. Lo tiene mi viejo, mi tío y su hijo.

Mujeres jamás nos podrían faltar, no me quejo, me gusta esa atención.

—No como tú.

Cuando alguien es tan predecible, normalmente las veo como presa fácil y es a donde apunto.

Lo malo de cazar a un león es que luego no quieres a una simple liebre, no si posees el ego que poseo yo, siempre quiero lo mejor, soy el mejor y obtengo lo mejor.

¿Por qué ahora sería la excepción?

—¡Qué gusto! Tenemos que trabajar.

Voy a mi estación de trabajo.

—¿No crees que salimos muy tarde? Ayer noté que no hay nadie en la empresa cuando nos vamos, da miedo.

Chasqueo la lengua.

—Es mejor, se trabaja en paz, nadie molesta…

—Podrías gritar y nadie te escucharía.

Sonrío de lado.

—Qué miedo, no te preocupes, Bella, este lugar es muy seguro.

Suspira.

—Esperemos, ayer me dio mucho miedo esperar el taxi afuera, una chica sola en la noche, es muy peligroso.

Ahora es cuando le debo decir: «yo puedo llevarte».

—Te llevaría, pero tengo muchas cosas que hacer al salir.

Solo digo eso mientras activo la máquina.

—Oh, qué amable, otro día será.

Me pongo los audífonos en señal de que voy a trabajar.

Cuento los minutos para irnos, una jodida ansiedad por saber si ella aparecerá. El hecho de que lo haga, significaría que buscamos lo mismo.

Siendo honesto, esto no tiene nada que ver con el proyecto ni con el póker, solo busco un poco de adrenalina, esa descarga que me satisfaga.

El turno llega a su fin y Bella no tarda en tomar sus cosas para marcharse.

—¿No sales? —indaga con curiosidad.

Miro las cámaras y asiento.

—Sí, ya saldré.

Ella va hacia la salida y yo me dirijo al ascensor.

Curioso, al subsuelo solamente se llega por ascensor. Que no ocurra un corte de electricidad o todos nos quedamos sin vehículo.

Al llegar al estacionamiento subterráneo de nuevo, como cada día, solo está su auto y el mío.

Voy a mi auto donde busco mi antifaz, ese accesorio que logró llamar su atención. Debo darte crédito, Randall, un poco la conoces. Cuando me dijo que con esto ella me daría un poco de atención, se sentía estúpido. Ahora es como saber un secreto magistral.

Me apoyo en el capó del auto y espero, ella no viene. Chasqueo la lengua fastidiado.

No fue lo suficiente tentadora mi propuesta, ella de verdad es un témpano o simplemente no le interesa lo que yo le pueda ofrecer.

¡La puta madre!

¿Cómo carajos voy a sacarme todas estas ganas que tengo por esa maldita rubia?

Esa es la gran incógnita, estaré meses aquí. Meses viéndola, meses que fantasearé con todo lo que podría hacer.

¡Carajos! Se acabó, idiota, es solo una mujer, una perra maldita que le gusta morder.

Una maldita que…

El sonido del ascensor me hace voltear. Sí vino.

Ella sí quiere jugar.

El ascensor se abre, pero ella no baja, lo cual me hace dudar, me acerco a ver y la veo asomarse, la escaneo de pies a cabeza, donde en su rostro me encuentro con esa media máscara que usó las últimas veces que la vi.

Sonrío de lado.

—Su Majestad, ya veo que optó por seguir la curiosidad.

Se acerca a paso lento y seguro.

—Jugar es tentador. ¿No lo crees, Novato?

Lanzo una risa ronca y corta.

—Jugar es vida, Reinita, y más cuando lo hacemos sin caretas.

Quiero quitarme la máscara y ella niega.

—No arruinemos esto —advierte—. Tú quieres jugar, yo quiero jugar, la pregunta es: ¿a qué vamos a jugar, Novato?

Llega frente a mí, ella huele tan bien.

Su cuello es estilizado y no puedo evitar notar lo claro de su piel, como con mucha facilidad mis dientes se marcarían en ella.

—La pregunta correcta es: ¿cuánto estás dispuesta a apostar?

Extiende su mano acomodando el cuello de mi camisa. Sus ojos azules se clavan en los míos.

—Todo, porque es obvio que aquí soy quien ganará.

Mis ojos van a sus labios que se mantienen sin ninguna expresión.

—No busco nada real, nada formal, ni sentimental.

Un sonido parecido a un asentimiento sale de sus labios, mientras sigue observando mi ropa.

—¿Qué te hace pensar que busco algo real, formal o sentimental? —Acomoda el gancho de mi corbata, sube hasta el nudo—. Yo solo quiero follar, Novato, follar duro y por mucho tiempo. ¿Será que aguantarás?

Aprieta el nudo de mi corbata.

—¿Siempre me vas a subestimar, Reinita? Si es así, no va a funcionar. Si aceptaste venir aquí, es porque ya probaste un poco de lo que puedo dar.

Deja mi corbata en el lugar. Me observa a la cara sin expresión alguna.

—Pero quiero más. ¿Me lo puedes dar? ¿Cuánto estás dispuesto a apostar, Gregor? ¿Podrás demostrar de lo que eres capaz conmigo en una habitación? —Se ríe burlona—. Yo no creo que tú…

La tomo de la cadera sin aviso, presionando mis pulgares contra su ropa para atraerla hacia mí.

—Te lo dije, Reinita, volverías por más y yo te lo iba a dar. Si quieres saber lo que puedo hacer en una habitación, tendrás que entrar conmigo a una.

La tensión de su cuerpo traspasa a través de mis pulgares.

—Me tendrás. No te irás a enamorar, ¿verdad?

Me carcajeo.

—Eso debería preguntárselo a sí misma, Su Majestad. —Se aparta—. Vayamos a jugar, Reinita. ¿Subes o me sigues?

Camino a la puerta de mi auto. Ella se aleja hasta su auto, caminando con esa seguridad digna de una reina.

Ya vi un motel cerca de aquí, así que me encamino a el. Ella va detrás de mí, pero alejada con prudencia.

No sé en qué terminará esto, pero en mi cabeza no dejo de anhelar lo que pasará. No serán muchas veces, eso seguro, solo hasta que me saque esta calentura que tengo.

Se acabará, y cada quien en su lugar.

Me gusta la discreción de los moteles, nadie te pide identificación, ni preguntan nada, ya todos saben que si vas a uno es para coger, no hay nada más.

Entro por la extensa entrada; a través del retrovisor veo su auto entrar detrás del mío.

Llego a la recepción, solo bajo mi ventanilla pidiendo una habitación, a la vez, informo que el auto de atrás viene conmigo.

Levantan la barrera para que entremos al lugar y las habitaciones todas tienen salida individual, al igual que su propio estacionamiento.

Bajo con las llaves en mano, me apoyo en la pared esperando que ella estacione y baje de su vehículo.

Hasta para bajar de su auto tiene clase. Su caminar es hipnótico, la forma en que sus piernas se mueven, acompañando el sonido de sus tacones.

Es que ella es un arma peligrosa.

Llega a mí y observa las llaves en mi mano.

—Reglas —anuncia.

Ruedo los ojos, ella está equivocada si piensa que voy a coger con reglas y normativas.

La ignoro y abro la puerta entrando a la habitación.

—Haremos esto a mi manera y será…

Mientras entra, me volteo y la pego a la puerta.

—Por favor, Reinita, no arruines esto, no apagues el fuego cuando recién está encendiéndose.

Paso mi pulgar por sus labios bajando a su cuello. Sentir cómo su piel se eriza sobre las yemas de mis dedos me pone tan caliente.

—No podemos solo hacerlo sin reglas, sin restricciones.

Acerco mi rostro al suyo.

—Cierto, todo tiene que ser calculado, la Reina de Hielo imponiendo su control.

Aspiro desde su mejilla hasta su cuello, siento como su cuerpo me llama, mas su expresión sigue inerte.

—Necesitamos límites, yo no quiero…

Paso mi lengua por su cuello llegando a su rostro de nuevo. Un jadeo suave y exquisito sale de sus labios.

—Juguemos, Reinita, juguemos a que no existe nada más fuera de aquí y lo único que nos importa es satisfacer al otro. ¿No te parece un juego divertido?

Me pego más a ella para que sienta lo duro que estoy. Con mis manos me paseo sobre su ropa apretando sus pechos.

—Un juego peligroso. —Me acerco a su boca—. ¡No me beses! —ordena.

Una de mis manos sube acariciando su cuello para instalarse en su nuca, donde entierro mis dedos en ese hermoso cabello amarillo como el sol.

—¿No quieres que te bese o tienes miedo de que te bese?

Acerco más mis labios a los suyos rozándolos.

—Trevor…

Con mi otra mano acaricio con firmeza desde su pecho, pasando por su cuello hasta su mentón, el cual rodeo con mis dedos apretando detrás de su oreja.

—Dímelo otra vez, con claridad, que no quieres que te bese, que no quieres que te coja como un maldito animal en celo.

Su cabeza se inclina suavemente hacia atrás, su boca se abre apenas.

—Solo es un juego, no es nada más.