Adictos a lo prohibido Capítulo 10 Me gusta jugar #2
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Capítulo 10 Me gusta jugar #2

Se sienta en la mesa frente a mí, no lo miro, aunque deseo hacerlo. Su mirada eriza los pelos de mi nuca, es esa arrogancia que emana, como una molestia.

Reparten las cartas; miro mi posible jugada, aún no tengo nada, sé que lo tendré, así que continúo.

—No sé si será que de donde vengo no somos tan callados, pero ¿cómo hacen para jugar con un témpano sobre una mesa tan fúnebre?

Comienza a parlotear mientras se hace el descarte de jugadores.

—Pensamos en la jugada, la mayoría no quiere perder su dinero, no todos tienen la suerte de poder malgastar.

Ríe, le vale todo y se ríe de lo que digo.

—¿Qué te hace pensar que no me importa perder mi dinero, Reinita?

Deja sus cartas en la mesa porque no tiene buena mano para jugar, pero como ya se sentó, el lugar le pertenece y apuesta para ver.

—Suposiciones, te gusta hablar, desconcentrarte, eso muestra poca seriedad.

Una sonrisa ladina, acompañada de un asentimiento ronco que me obliga involuntariamente a pasar saliva, es lo que responde ante mi ataque.

—O quizás jugar al póker para mí es como respirar, como para ti, ¿verdad?

Arqueo una ceja, la cual no se puede ver, en un vago intento de no demostrar nada con mi boca.

—Si jugar al póker no es fácil como respirar, mejor no jugar.

Asiente. Se comienzan a destapar las cartas, se van retirando y es de nuevo lo mismo, aburrido, en comparación con lo divertido que es molestar a este hombre.

—Si juegas y solo vas a ganar cada vez, también se vuelve aburrido.

Lo ignoro. Eso solo lo dice alguien que no ganó todas las veces que lo he hecho yo. Miro mis cartas, sigo la jugada y vuelvo a ganar.

—Sí, ya te vuelves aburrida.

Se levanta de la mesa y se marcha cuando ve que he ganado.

Si piensa que así me va a molestar, está equivocado.

Pensé que él se quedaría más, que buscaría represalias por lo que le hice, todavía su boca sigue lastimada de lo que lo mordí y solo se va.

¿Me equivoqué? ¿Entonces no es lo que pensé?

Bueno, de vez en cuando me toca equivocarme, parece ser.

Un poco aburrida, he de admitir, camino por el lugar meditando qué haré, si me follaré a algún idiota que pase por aquí o volveré a la casa.

Me jode que se haya ido así.

Camino por el pasillo solo para pagar un reservado y encerrarme a fumar, a tomar o…

—¿Me buscas, Reinita?

Me volteo a un lado donde lo veo apoyado en la puerta de un reservado que trae sus vidrios completamente oscuros.

—No. ¿Por qué te buscaría?

Toca con su pulgar su labio inferior, que es el que aún tiene la cortada.

—Porque sabes que me las pagarás…

Me permito reír.

—Estás soñando demasiado, Novato, para que tú puedas cobrarte algo de mí…

—¿Qué?

El tono que usa de nuevo me hace tragar en seco. Tiene una voz que no puedo evitar me ponga caliente, como si de repente quien mandara fuera mi cuerpo y no mi cerebro, qué acción involuntaria tan molesta.

—Tendría que poder ejercer poder sobre ti y eso nunca pasará porque eres la jefa, ¿verdad?

Se baja y camina solo un paso para estar frente a mí. El pasillo es estrecho, así que lo ocupamos todo los dos parados aquí.

—Nadie me manda a mí, Novato, nadie se cobra algo de mí, ni nadie me obliga a hacer nada que yo no quiera, tú no serás la jodida…

Me toma del brazo metiéndome dentro de su reservado, donde me pega contra la puerta con rudeza.

—¿Excepción? —Su pecho está pegado al mío—.

Me muerdes como una perra y debo tratarte como reina, qué jodida eres, Reinita.

Supones de mí y debo soportarlo, te ríes de mí y debo hacer la vista gorda, también soportando.

¿No piensas que he tenido mucha piedad? —Su boca se acerca a la mía y me mantengo lo más estoica que puedo—.

No sabes cómo me pone que no pongas siquiera una sonrisa de burla.

Sus manos aprietan mi cadera.

—Si no me sueltas ahora…

—¿Me volverás a morder? ¿Te vas a enojar? ¿Me va a ejecutar, Su Majestad?

Sin aviso su boca va a mi cuello y juro que intento no sentir nada, pero besa mi cuello luego pasando su lengua por él obligándome a jadear.

—Te voy a matar por insolente.

Se pega más a mí, haciéndome sentir lo dura que la tiene solo con esa acción.

—Eso está por verse, si te gusta no creo que me quieras matar, Reinita —susurra en mi oído.

Una de sus manos es ágil metiéndose por debajo de mi vestido hasta mi muslo, el cual pellizca haciendo que gima.

¡Maldita sea!

—¿Y si no me gusta? ¿Te dejarás ejecutar, Novato?

Presiona sus dedos en mi piel, acercándose a mi centro que ya comenzó a mojarse desde que besó mi cuello. ¡Maldito! Levanta mi pierna pegando más su dureza a mi centro cubierto por mi tanga.

—Créeme, Reinita, tú a mí me buscarás por más y te daré todo lo que quieras sin parar, para que aprendas a dejar de subestimar.

Con su pulgar se entromete dentro de mi tanga, acariciando mis pliegues empapados.

—Yo no te voy a buscar, yo ya sé que no tienes lo que se necesita.

Aprieta mi clítoris con fuerza, de una manera tan deliciosa que termino gimiendo por lo bien que se siente.

—Te vas a retractar.

Con su mano libre me toma de la nuca agarrando mi cabello y me besa sin mi permiso. Quiero negarme, pero cuando su pulgar comienza a moverse con agilidad en mi centro no me puedo negar.

Solo es un beso.

Me lo repito mientras disfruto de sus labios y de su mano dándome placer, es rápido, conciso y sabe justo dónde tocarme.

—¡Maldito! —me quejo cuando ese delicioso cosquilleo se instala en mi vientre, acompañado del placentero orgasmo.

—Oh, así mismo me gusta, Reinita, que gimas como una puta reina. —Mis piernas tiemblan y jadeo sobre sus labios—. Eres un jodido problema, Reinita de hielo, te equivocas al subestimarme. —Se aparta de mí y pongo todo de mí para recobrar mi semblante.

Inhalo y me acomodo la ropa, el cabello.

—No estoy tan segura, no me equivoco contigo, te gusta jugar, eres un problemático y eso se te ve en la cara. —Salgo de allí como si mis piernas no se sintieran raras, como si mi cuerpo aún no tuviera vestigios del orgasmo que él me propició con sus dedos.

¡Maldición!

No sé cómo haré para no volvérmelo a follar.