Capítulo 10 Me gusta jugar
Cassie Queen
Yasí es como acabo de hacer algo meramente guiada por mi propia ilógica obsesión.
Son la misma persona. El idiota que juega al póker y el idiota hijo de Bruno Duarte.
¡Genial! Esto es jodidamente genial.
Puta suerte de mierda. No puedo tenerlo aquí, no luego de lo que pasó, de lo que hice. Subestimar su inteligencia sería un grave error, pensar que no puede saber quién soy, sería confiarme de más y ahí yace el problema.
Quiero saber cuánto puede tardar en descubrir mi identidad, si su audacia es tal que me logra desenmascarar, solo una gran capacidad sería capaz de hacer que me descubra. ¿La tiene? ¿Importa si la tiene?
Me importa. Necesito saber qué más tiene para ofrecer, si su jodido andar es solo vanidad o tiene con qué validar lo que su boca dice, lo que su actuar emana, lo que su arrogancia promete.
Para follar sí es funcional, eso lo comprobé.
Para negociar, para jugar.
Miro la puerta por la que acaba de marcharse y una sonrisa ladina se dibuja en mis labios.
Esto es tan emocionante, un arrogante que cree conmigo puede ganar, puede jugar sin salir completamente calcinado.
No sé qué es lo que me gusta más; si saber que el maldito juega al póker y sabe apostar, si que quiera hacer negocios conmigo o lo mucho que lo desquicio de solo mirarlo. Probablemente, todo, dado lo excitante que se me figura cada jodido encuentro que tengo con ambos y que sean el mismo…
Una personalidad completamente…
Llama mi atención, eso es molesto, emocionante y frustrante.
Nadie llama mi atención y él sí lo hace.
Quizás fue el sexo que me gustó, la carne es débil y soy una mujer muy sexual.
Solo tengo la certeza de que tengo muchas ganas de jugar con él y cuando deseo algo, lo tengo, siempre. Con él no será distinto.
Jugaré a este juego, me regocijaré al verlo volverse loco, en el casino, en mi empresa, en cada uno de mis territorios. Al final algo bueno sacaremos ambos de esto, él consigue el proyecto, mientras yo, me divierto un momento.
No está nada mal. ¿Verdad?
—Con permiso. —Veo a Genna entrar—. Ya revisé todo el proyecto nuevamente como me dijiste, también estuve buscando las candidatas para el área de producción para reemplazar a Xia. —Genna me mira y sonríe—. ¿Te sientes bien, tía Cas?
Asiento muy relajada.
—Sí. ¿Tengo algo malo?
Niega con una sonrisa divertida.
—No, solo… parece que tramas algo, sonríes así, tan divertida.
Frunzo el ceño porque no había notado tal acción.
—No había notado que exterioricé tanto lo que estaba imaginando.
Deja sobre mi escritorio las cosas que trajo.
—Tranquila, los extranjeros tienen algo muy atrayente, es que a mí me gusta mucho como hablan.
Arqueo una ceja.
—¿Lo dices por Duarte?
Frunzo el ceño.
—Ese te lo dejo a ti, tranquila, tía Cass, me gustan más… ingenieros. —Se carcajea—. Solo digo que, hablan como la tía Cati, me encanta ese acento, creo que es hasta sexy. ¿Qué opinas tú?
Niego frunciendo el ceño.
—Nada, que debemos trabajar, Genna, no estás aquí para distraerte con personas que no conoces.
Rueda los ojos.
—Mejor seguiré trabajando, fingiré que no acabas de decir que no hay que hablarle a extraños, a tu sobrina de dieciocho años, como si no follara con extraños cuando salgo de fiesta.
Se carcajea y suspiro. Ella es peor que Jane cuando tenía su edad, aunque tiene ese lado centrado que la hace ser una asistente excepcional.
Trabajo, eso es lo que me importa ahora.
Una joven agraciada que ocupe el puesto de Xia, suena malvado contratar a alguien que no durará. Si hubiera otra forma de medir la fidelidad de alguien, lo haría, no la hay.
◆◆◆
Entro al ascensor y veo a Genna correr para alcanzarlo, apoyo mi pie en la puerta para que la misma no se cierre.
—Gracias, señorita Queen.
Sonrío. Me encanta cómo ella sabe comportarse, da una buena imagen, es lista, respetuosa. El ejemplo le da valor a su puesto y sube los estándares de cualquiera que aspire a ser mi asistente.
Amo a mi sobrina. Esa es la pura verdad.
Las puertas se cierran y ella suspira, hoy en la mañana llegó sobre la hora, lo que me dice que algo le sucedió a su auto.
—¿Vas para la casa? —Asiente con un sonido—. ¿Te llevo?
Me mira y se carcajea.
—¿Cómo supiste que mi auto se descompuso?
Me encojo de hombros.
—Llegaste algo retrasada en la mañana, siempre llego y ya tienes el café, me esperas en el piso de la oficina y hoy al llegar estabas entrando por la puerta.
Suspira.
—Eres muy observadora, tía Cass, si me llevas me haces el favor, no quise que papá viniera a buscarme, él aún no entiende que no soy una niña. —La miro con obviedad—. Papi es muy intenso, debería mudarme, lo sé, pero…
—El hogar es lindo.
Asiente. Bajamos al subsuelo donde caminamos a mi auto.
—Tía Cass, sé que esto no debería preguntarlo, es que… soy tu asistente.
Subimos al auto y enciendo el motor.
—Si sabes que no debes preguntarlo, ¿por qué preguntarás?
Trato de pensar qué es lo que ella va a decirme.
—Lo hago como tu sobrina, llegó una notificación acerca de… del Banco de Óvulos, quieren saber si volverás a pagar para tenerlos congelados más tiempo o si empezarás el tratamiento este año como han acordado.
Ya veo.
Debí prever que ella se enteraría de eso.
No me avergüenza, tampoco es algo que oculte, no es un pecado desear tener hijos.
—¿Qué quieres saber de eso? Yo no le encuentro preguntas al asunto.
Es lo que ella ve, óvulos míos de cuando tenía veinticinco años hasta los treinta, los mejores óvulos en mi mejor etapa reproductiva.
También tengo embriones con un material genético impecable. Los candidatos tenían un alto IQ, por lo que no podría fallar. Lo que sí puede fallar es la implantación del embrión y los óvulos, se supone que debo conseguir nuevos donantes para ellos.
Llevo años posponiéndolo, los negocios y… Este año lo haré a como dé lugar. Necesito quien herede esto que sé, mi habilidad para manejar el imperio que poseo es algo que, aunque se herede, tendré que enseñar, si me tardo más seré muy vieja para hacerlo.
—Yo no pensé que quisieras ser madre, me sorprendió eso, es que… nadie que congele óvulos lo hace porque sí.
Carraspeo.
—Necesito un heredero, sería una pena desperdiciar todo lo que sé. ¿No crees?
Lanza una risita.
—Sin dudas lo creo, tú eres brillante y supongo que quieres alguien que maneje la empresa.
Por supuesto, eso quiero.
—En síntesis, no quiero depender de nadie para hacerlo, por eso tengo mis óvulos congelados. No me detendrá la infertilidad, ni mucho menos no tener un hombre.
No dice nada.
No hay mucho que decir.
—Eres única, tía Cass, te admiro. Aunque no podría llevar la vida que tú llevas, me gusta el placer de ser alguien desconocido, la paz del anonimato.
No la juzgo, ella tiene la posibilidad de llevar una vida tranquila. Mi hermano mayor optó por lo mismo, resistir la presión no es para todos.
—Me gusta mi vida, solo es eso y me gusta el poder, Gen.
Se ríe.
—Y los idiotas.
Bajo la velocidad mientras entramos a las tierras Queen.
—¿Y eso?
Enarco una ceja mirándola en el asiento del copiloto muy risueña.
—¿Crees que no sé que contratas a esas chicas solo para probar a los idiotas que te llaman la atención? —Miro al frente—. ¿Pondrás a Duarte en ese puesto?
Carraspeo.
—Probablemente, no es porque me interese, él es obstinado, quiere que hagamos negocios, yo no trabajaré directamente con personas que no sean de confianza, esta vez no es algo personal y porque…
—Okay, okay, no es porque vaya a pasar algo con él, ya entendí.
Es sarcástica, yo lo puedo notar como también que acabo de mentirle.
No sé lo que pasará, yo no impediré nada ni provocaré nada, si las cosas surgen solo no las detendré y esta acción es pura y exclusivamente algo que maneja mi cuerpo, no yo.
Detengo el auto y Genna se despide de mí bajando.
—Adiós, luego me avisas cuándo empieza Duarte, así lo llamo, quizás… ¿Pones al ingeniero a trabajar también?
Arqueo una ceja.
—Genna —advierto y se carcajea.
—Descuida, yo sola conseguiré que me invite un café o quizás la cena.
Niego porque ella se meterá en problemas así.
—No permito relaciones entre trabajadores.
Agita su mano y me lanza un beso alejándose.
Ella está en una pequeña casa cerca de la mía, donde antes su padre vivía cuando era guardia de seguridad tiempo completo, ahora solo me lo llevo cuando hago viajes.
Vuelvo a tomar la máscara que usé ayer, es igual a la que siempre llevo, solo que esta deja libre mi boca. Me gusta alternar entre una y otra; sin embargo, llevaré esta.
Por si me lo encuentro.
Quiero que pueda ver cómo me río de él. Sí, me gusta cabrearlo, ver cómo se pone loco como un pequeño gallo de pelea que quiere ganar a toda costa.
Aumenta la tensión y la tentación, por supuesto.
Me encamino rumbo al casino. ¿Si no va? Él irá, luego del pésimo día que tuvo, yo que él iría a jugar.
Al llegar, igual que siempre me reciben como la reina que soy, opto por beber antes de jugar, solo dos o tres vasos, no me hacen nada, mi hígado se ha hecho resistente con los años.
Muevo mi vaso mientras desde mi mesa personal observo el lugar. Me gusta jugar a algo muy personal, veo a las personas pasar y analizo su actuar, lamentablemente la mayoría son hombres, las mujeres que asisten aquí, son acompañantes, eso también me hace más peculiar, la única mujer que juega aquí.
Pasa el primero y una sola mirada basta; mediocre. Otro más, inepto, un Novato, cobarde, otro mediocre y… Un arrogante, le gusta seguir jugando con su máscara.
Por supuesto, no necesita que todos sepan que el aspirante a CEO de Duabella juega al póker de forma ilegal.
Al pasar él no me ve, no hay forma de que pueda verme, ya que la mesa está alejada, aun así, se detiene, mira el suelo y niega para volver a caminar.
Ahora ya me dieron ganas de jugar y nada tiene que ver con que sé con certeza que él se sentará a jugar conmigo.
Me levanto del lugar y camino directo a una mesa vacía, mantengo mi semblante frío e inexpresivo. Solo pasan segundos de que me siento y él ya está mirándome.
¡Ay, Gregor Bruno Duarte! Cómo le gusta el poder, como a todos.