Capítulo 9 La jefa
Gregor Bruno Duarte
Azoto la puerta del auto y bajo el espejo para verme.
Pero qué hija de puta, mira cómo me dejó.
Ella es una maldita loca, jodida de mierda y qué buena está.
¡La puta madre! La textura de su pelo se quedó en la yema de mis dedos, el sabor de su boca.
Ella tiene un no sé qué y que me besara, me descolocó, me tomó por sorpresa, una sorpresa que supe manejar muy bien, no pensaba perder la oportunidad de probar la boca de esa maldita.
No quiero siquiera pensar lo que hubiera sido cogérmela besando esa boca.
¡Ella tiene una boca que ahora quiero ver rodeando mi verga!
Me las va a pagar, ella me besa y cuando le correspondo a lo que era evidente ella deseaba sucediera, me muerde.
Una perra. Y si le gusta morder como perra, así la voy a tratar.
No sé si estoy molesto porque me haya mordido o estoy completamente caliente por su actuar y porque esa dura personalidad me pone como la mierda. Me pone tan duro como tiene tanto poder, que le vale una mierda arrastrarme a un jodido baño para tratarme a su antojo.
Esta vez se la dejaré pasar, la próxima quien hará lo que le venga en gana seré yo, Su Majestad.
Así voy a descubrir su identidad, me la volveré a coger, las veces que sea necesario, la voy a doblegar, la voy a azotar, la voy a… ¡Dios mío! Esta mujer me tiene en serios problemas.
Mi teléfono comienza a sonar y es un número privado.
Randall, no puede ser nadie más.
—Randall, ¿qué quieres? No estoy en un buen momento.
Se carcajea.
—¿Crees que eso me importa? Lo único que quiero saber es cómo vas con la identidad de la Reina de Hielo. Dicen que los vieron juntos, quiero pensar que estás cerca y no que eres un inútil. —Resoplo—. Sería triste que un hombre con la habilidad que portas no pueda volver a jugar en su vida.
Ruedo los ojos.
—Estoy en progreso, supongo que la conseguiré pronto, al igual que cómo ganarle.
—Cómo ganarle no me parece lo más complicado, lo que me interesa es que me digas quién diablos está detrás de esa máscara, Duarte, y de ser posible, que no sea en un año, agiliza, tan listo que eres.
Suspiro.
—Cuando lo sepa te diré el jodido nombre y me dejas de fastidiar.
Se carcajea.
—Eso es lo que quiero, muchacho.
Corta la llamada.
—¡Pelotudo! —escupo molesto.
Me quito el antifaz de mierda que traigo, quiero concentrarme en lo que debo, ella no me deja, como si se me hubiera metido en la cabeza a invadir mi paz mental.
Como una hechicera o como la maldita perra que es.
Me encantan las perras, me vuelven loco y ella está desquiciándome de una forma que nunca nadie lo ha hecho.
No es momento para esto, no estoy aquí para esto. ¡Objetivos! En eso me debo enfocar.
Conduzco de nuevo al departamento, necesito dormir, ponerme hielo en la boca porque ya siento cómo se me hinchará. La zona donde tengo la lesión late y se siente caliente.
Si su idea era que la recordara, sí que lo voy a hacer.
Entro al departamento y Ty duerme, me tiro en la cama suspirando solo un momento. Me ducharé, buscaré el hielo, solo necesito relajarme un momento.
El sonido del teléfono me hace abrir solo un poco los ojos. Ya es de día.
Qué pelotudo, me dormí.
Froto mi rostro y mi teléfono sigue sonando en mi bolsillo, lo busco, miro el identificador y no es un número conocido.
¿Quién me llama? Son la seis de la mañana.
—Hola…
Mi voz sale áspera.
—Buenos días, habla la asistente de la señorita Queen, Genna Müller. ¿Me comunico con Trevor Bruno Duarte?
Ruedo los ojos.
—Es Gregor, señorita Müller.
Juro que había olvidado a esta mujer.
—Lo siento, habré oído mal. —No lo creo, la señorita Queen le habrá dicho esto a propósito—. Me comunico con usted para proponerle una reunión en… dos horas, con la señorita Queen, para hablar acerca de su propuesta.
Esas son muy buenas noticias.
—En dos horas estaré ahí, gracias, señorita Müller.
Corto la llamada y sonrío. Y yo ya estaba pensando que Cassandra era otra perra más. Me encanta cuando las cosas marchan bien.
—¡Ty! —Le doy un almohadazo a mi ingeniero estrella—. ¡Tyler! Levántate que tenemos trabajo.
Se mueve en la cama.
—¿Ahora qué pasó?
Me tiro en la cama con él para molestarlo.
—Adivina quién llamó.
Comienzo a sacudirlo.
—¿Quién? Todavía no me despierto, ten piedad, Greg.
Comienzo a despeinar su cabello.
—¡La bruja rubia Queen!
Abre sus ojos.
—No me digas que ella aceptó.
Ruedo los ojos.
—No, quiere una reunión, pero eso quiere decir que hay una oportunidad.
Se incorpora.
—Es genial, hay que prepararnos entonces. —Me levanto y asiento—. ¿Qué te pasó en la boca? ¿Te dieron una piña o qué?
Cierro los ojos y suspiro.
—¡Mierda!
Me toco y me arde, lo que no es tan grave como lo hinchado de mi labio.
—Te encanta meterte en problemas, Greg.
Ruedo los ojos.
—Me mordió alguien, deja de especular.
Camino hasta la pequeña cocina que tenemos, saco del refrigerador hielo y lo envuelvo en una servilleta para ponerlo sobre mi labio.
—¿Te mordieron? Noche intensa parece, no sé cómo haces para siempre encontrar ligues.
Me carcajeo.
Si él supiera lo que sucedió.
—Soy carismático, no sé, Ty. Se me da bien el chamuyo, ya sabes.
Se ríe.
—A mí no se me da nada bien, creo que aburro a las chicas con lo que a mí me gusta.
Ruedo los ojos.
—Tú miras películas de amor, eso es lo que pasa —agrego.
Se carcajea.
—Me gustan, no tiene nada de malo. No sé, creo que necesito conocer a alguien para tener sexo, no puedo hacerlo con desconocidas, aunque cuando las conozco, luego… no sé, ellas no me llaman —lamenta. Palmeo su espalda.
—Ya tendrás suerte, quizás eres más romántico, solo tienes que encontrar una que te guste mucho y pues te lanzas —consuelo. Encoge sus hombros.
—No tengo apuro.
Tiene treinta y un años y no tiene apuro. Qué raro es Ty, es un buen tipo, eso es lo que sucede. Muchas mujeres no buscan nada serio y él siempre involucra sentimientos terminando mal.
—Tú y tu hermana son un poco extraños.
Me hace burla.
—Taylor es una loca despistada, no puedes compararme con ella —regaña. Me carcajeo.
—Vamos, es tu melliza, algo se parecen.
Me empuja con su cuerpo.
—Ya, tenemos mucho que hacer.
Él tiene razón.
Hoy siento que será mi día.
◆◆◆
Entramos a Industrias Queen, la cantidad de sistemas y escáneres que hay que pasar antes de poder estar dentro es increíble.
No por nada son los mejores, al llegar a la recepción, solo nos anunciamos y no tarda en aparecer frente a nosotros la jovencita rubia que es la asistente de la señorita Queen.
—Hola, soy la asistente de la señorita Queen.
—Genna Müller, ¿verdad?
Tyler es como un libro, solo tuve que anotar el nombre entre los papeles para que él ya se lo supiera.
—Sí, esa soy, ¿cómo lo recuerda, señor Andrade?
Ella es muy amable y le da a Ty una sonrisa muy simpática.
—Está aquí anotado. —Ty señala en la carpeta que trae—. En su gafete igual.
La cara de decepción de la chica la puedo notar.
—Oh, cierto, yo…
Su semblante pasa al serio y profesional que tenía al llegar. No me digas que a ella le gustó Ty y mi amigo es más lento que ni siquiera notó que la chiquilla esa le echó el ojo.
—Señor Duarte, lamento la distracción, les decía que la señorita Queen está esperándolos —continua.
Asiento.
—Subamos entonces.
Vamos los tres al ascensor. Tyler va muy concentrado leyendo unos documentos, yo observo toda la situación, con mucho disimulo ella observa de reojo a Tyler, el rubio no es fácil de ignorar, solo le hace falta ser más atento con lo que pasa a su alrededor.
Bajamos en el mismo piso que la otra vez, nos acercamos a la oficina principal, pero la muchacha nos detiene.
—Esperen un momento, le avisaré a la señorita Queen que ya están aquí.
Entra a la oficina y codeo a Ty.
—¿No viste cómo te echó el ojo la chiquita esa? —insinúo.
Tyler arquea una ceja.
—No, para nada, seguro te equivocaste, además, ella es muy joven para mí, por favor.
Ruedo los ojos.
—Ni siquiera te estoy diciendo ponte serio, menso, ella te miró con ganas, una buena aventura de tu viaje no está mal —propongo.
Niega.
—No me parece y segundo, lo repito, ella es muy joven.
Chasqueo la lengua, Ty es todo un caso.
—Debe tener como veintitrés años, quizás veinticinco y parece más joven, eso pasa —remarco.
—¿Tú crees? No, no, ella no miraría a alguien como yo, mejor deja de meterme ideas en la cabeza, Greg.
Me encojo de hombros.
—Solo decía, olvídalo.
La joven sale de nuevo.
—Señor Duarte, puede pasar, la señorita Queen dijo que los negocios los arreglará con usted y nadie más —informa. Miro a Ty—. Lo lamento, señor Andrade, deberá esperar aquí, le puedo traer un café si quiere mientras espera.
Los observo.
—No… no hace falta, gracias de todos modos, señorita Müller.
Ni siquiera la mira. Qué problema tenemos con Ty. Ahora, en vez de prestarle atención, se cohibió porque seguro pensó algo indebido con ella.
—Pase, señor Duarte, la señorita Queen lo espera.
Asiento y abro la puerta para entrar a esa impoluta oficina.
Ordenada cada milímetro, huele bien, a éxito diría. Y ahí está la jefa, sentada en su escritorio revisando unos papeles, ni siquiera levanta la vista, solo hace una señal para que me siente frente ella.
—Buenos días, Cassandra.
No me limito a molestarla porque no olvido que le dijo a su asistente que me llamaba Trevor.
—Trevor, gracias por la puntualidad y por asistir esta vez, pensé que su vuelo se volvería a retrasar.
Qué graciosa es.
—Me da mucho gusto que… —Levanta su vista, me mira a los ojos y luego mis labios—. ¿Ha tenido un accidente? ¿Le han dado un puñetazo? —cuestiona arqueando una ceja.
Olvidé lo de mi labio.
—Oh, eso… qué pena me da, me he lastimado, no fue un puñetazo, soy un hombre tranquilo.
Arquea una ceja.
—Seguro, tan tranquilo que finge esa voz amable porque cree que así voy a aceptar el proyecto.
Me muerdo la lengua porque precisamente eso pienso, que debo ser lo más amable que pueda con ella, aunque no sea lo que me sale por naturaleza.
—Solo estoy siendo educado, señorita Queen. No puedo decir lo mismo de usted.
Sonríe de lado.
—¿Qué le sucedió en la boca, Trevor? —pregunta de nuevo.
Me carcajeo con ironía.
—Me mordió una perra —escupo fastidiado.
—Qué interesante, ¿es usted un mal hablado que se refiere así a una mujer?
Ruedo los ojos.
—Mi vida personal no creo que tenga que ver con los negocios. —Asiente muy relajada—. Solo dígame de una vez si haremos negocios, señorita Queen.
—No, no hay negocios, solo lo llamé para confirmar que no tiene lo que se necesita.
Frunzo el ceño. Esto es una broma. ¿Ella se atreve a decir que yo no tengo lo que necesito?
—Me dice que llamará, nos tiene días a la espera, nos cita y dice que no —reclamo.
Lanzo una risa seca y burlona.
—Eso mismo. ¿Tiene problemas de comprensión que necesita explicar el orden de los hechos?
Respiro profundo.
—Quiero una mejor justificación de por qué no acepta —expreso sin fingir amabilidad y su cuerpo se endereza al escuchar mi voz.
Apoya sus codos sobre la mesa, me clava la mirada, azul muy azul, así se ven sus ojos. Si el diablo tuviera una mirada, sería la de ella.
—No tienes lo que se necesita para hacerte cargo de un proyecto así, y mucho menos para ser mi jefe mientras esto suceda, aunque no es como que vayas a ser mi jefe porque, aunque nosotros le demos servicios a ustedes, la jefa siempre soy yo.
Dudo que la forma en que la miro no demuestre lo enojado que me tiene su actitud y esa estúpida frase.
No tienes lo que se necesita.
—Ya veo, no me conoces.
La miro penetrante.
—No necesito hacerlo para saber cómo es —rebate.
Me harto y apoyo las palmas de mi mano sobre su escritorio, inclinándome un poco hacia ella.
—Tú no tienes idea, yo me gané este lugar.
No porque sea el hijo del dueño no soy capaz de llevar a cabo esto, si evalúas a las personas por suposiciones, es decepcionante que una mujer con tanto poder se guíe por prejuicios o subestimaciones.
¿Cree que no sé que de seguro mi padre la llamó diciéndole que no soy apto para esto?
—Conozco a mi papá de memoria y esto huele a él—.
Pensé que usted era su propia jefa, pero resulta que no.
Apoya sus manos sobre el escritorio imitando mi reacción, poniéndose a mi altura con su rostro muy cerca del mío.
—Yo soy la jefa, eso no cambia, yo pienso que no puedes, Trevor. —¡Es Gregor, maldita!—. ¿Qué propones para convencerme de que puedes hacerlo?
La forma soberbia con la que me observa hace que mi corazón lata con fuerza. Ella está retándome y yo amo los retos, no le tengo miedo a nada.
—Lo que sea, yo puedo hacer lo que sea necesario para demostrar que soy competente, pero si lo demuestro, tú misma serás la que hará todo el trabajo, no un trabajador delegado, tú y solo tú, Cassandra —ordeno. Arquea una ceja con suficiencia—. Descuida que no diré que trabajas para mí.
Aunque juro que a ella… ¡Momento!
—Trato, Trevor… Una semana trabajando aquí y si pasas la prueba, acepto.
Asiento porque en estos momentos algo más ronda mi cabeza.
—De acuerdo.
Me aparto y la vuelvo a ver sentarse en su escritorio, con sus codos sobre la mesa mira el documento en su escritorio como si nada más existiera. Está centrada en sus asuntos sin mirar a su alrededor, como toda una…
Me estoy volviendo loco o…
—Te llamaré cuando vayas a empezar.
Me mira con su rostro completamente libre de expresión.
Su cuerpo se mantiene intacto, en ningún momento ella se muestra afectada por nada, como si no sintiera nada, como si fuera…
—Que no sea dentro de cuatro días, no estoy para perder el tiempo.
Camino a la salida.
¿Qué acabo de hacer?
¿Y ella? ¿Quién diablos es?
Acabo de perder el juicio, porque Cassie Queen me hace cabrear tanto como solo una mujer lo hizo alguna vez y eso… no está bien.