Adictos a lo prohibido Capítulo 8 Una mordida
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Capítulo 8 Una mordida

Cassie Queen

—Tía Cass!

Bajo las escaleras y me encuentro con Ashley; mi sobrina, la hija de mi abogado Marchetti.

—¡Ash! Preciosa.

Me da un gran abrazo que correspondo.

—¿Cómo descongelar un témpano? Hay que ser Ashley Queen o cualquier sobrino —bromea Lizzie, mi hermana.

—Liz, qué gusto verte. ¿Viniste con las maletas? Al fin dejarás a Marchetti, te presentaré a alguien que te quitará el polvo.

Un carraspeo me hace sonreír divertida.

—¡Qué bonito, Reinita de Hielo!

Me carcajeo.

—Oh, Marchetti, estás aquí. —Me acerco a saludarlo—. Veo que hablaste y recapacitaste.

Rueda los ojos.

—¿A quién planeas presentarle a mi esposa?

Esos celos de macho alfa. Tan cavernícola me salió mi cuñado.

—A mi abogado. Ah, no, ya eres tú, qué cosas.

Mi hermana se mata de risa.

—Ya, Esteban. Sabes que está bromeando —consuela Liz. Le guiño un ojo—. ¿Salías, Cass?

La verdad planeaba ir a jugar hoy, pero dado que ellos llegaron, no los echaré. Iré más tarde o no iré, no me queda de otra.

—Algo así, pero puedo hacerlo más tarde. Pediré sushi, comemos y hablamos del novio de Ash.

—¡MAMÁ! Te dije que no le contaras a nadie —reclama mi sobrina.

—Fue tu papá, a mí no me culpes —se escuda Liz.

—Además, ese novio no durará —agrega Marchetti, como todo padre posesivo.

—Oh, sí, ese novio durará y yo voy a ayudar a Ash, porque soy su tía preferida, ¿o no?

Miro a Ash apretar los labios.

—Sí, eres mi favorita, lo juro…

Catalina Beltrán, ¿cómo competir contra mi cuñada?

—Ya sé, Catalina da mejores consejos de sexo que yo.

Suspiro y Esteban nos mira horrorizado. Mi cuñado es un caso especial.

—Catalina, ya verá, cuando venga aquí, se las verá conmigo.

Liz rueda los ojos.

—Pareces un viejo loco, amor.

Mi cuñado mira a mi hermana, y abre la boca con asombro.

—Ya, papi, cálmate. A la tía Cas solo le gusta molestarte, aún no se olvida cuando le diste un sedante en navidad.

Se carcajea.

—Tengo un video, eso fue… —calla. Abro mis ojos como una advertencia—. Mejor ya hoy hagamos la paz.

Sonrío.

—Pediré la comida.

Tomo mi teléfono.

—Segura, Cas, ¿no tienes nada importante que hacer? Vinimos de sorpresa, no quiero cambiar tus planes.

Niego y agito la mano restando importancia. Siempre tengo tiempo para mi familia, son los únicos que podrían valer más que mi empresa.

Pedimos sushi, los escucho debatiendo cosas simples, contarme acerca de sus planes de vacaciones.

Al verlos me siento bien sabiendo que son felices, que mi hermana ha encontrado un amor muy lindo en el cavernícola de Marchetti.

Él puede ser un tonto a veces, pero la forma que la mira; como si nada en el lugar o a su alrededor fuera más importante o valioso.

Siempre lo he dicho, si alguien no me mira como si fuera lo mejor del mundo, no quiero nada.

Si no me miran como mi hermano mira a su esposa y como los esposos de mis hermanas las miran a ellas, mejor me quedaré sola por siempre.

Creo en el amor, no soy una cínica, pienso que el amor es algo único e irreproducible y que no se da con facilidad, pero cuando se da, tiene que ser el sentimiento más increíble de todos y quien te ame tiene que realmente hacerte sentir como una reina en todo sentido.

Por eso, no me permito sentir nada por nadie sin antes comprobar si me puede traicionar.

Si solo pasaran esa estúpida prueba, yo me daría una oportunidad.

A esta altura de mi vida ya es como un juego, sé que es posible que nunca me pueda enamorar, estoy conforme con eso.

Mi padre y mi madre tuvieron el amor más hermoso que alguna vez vi en mi vida y ahí supe que si no tenía algo así, no tendría nada.

Que mis hermanos lo tengan me hace inmensamente feliz, en mi vida tengo más cosas de las que encargarme que encontrar el amor.

Ser lo que ahora soy, también es amor, amor por mí, por el poder.

Soy el amor de mi vida y eso se siente bien.

Al menos hasta donde sé.

—¿No contarás nada de ti? —Liz me interroga y me encojo de hombros sin saber qué decir.

—Trabajo, estamos con todo lo del nuevo sistema de seguridad.

Asiente, aunque no sabe de qué estoy hablando.

—Ah. —Me mira sin decir más—. Cas, quiero saber de tu vida personal ¡Dios! Tú vives por el trabajo, saliste en internet, dicen que terminaste con tu último novio, pero como tú nunca sales a decir nada, solo sé lo que dicen las noticias.

Arqueo mis cejas de forma relajada.

—No sé qué puedo decirte al respecto, me engañó, lo dejé, fin. Otra vez pasó lo mismo porque… el 99.97 % de los hombres son iguales.

Ese pequeño margen son mis cuñados y mi hermano. De mis sobrinos no puedo meter las manos en el fuego, porque no sé qué clase de hombres serán, si son unos malditos, seré la primera en tomar represalias.

—Cass…

—No lo sientas, yo no lo siento, ya pasó, la vida es así. Yo estoy muy bien, más motivada que nunca.

Sé que Liz ni nadie me entiende, no lo harán nunca probablemente.

—No tienes remedio, hermanita, la mujer más exitosa de Estados Unidos es una desalmada, eso dicen.

Me encojo de hombros.

—Eso es genial, me gusta como los tabloides encuentran muchos apodos que darme.

Se ríen de cómo me tomo lo que para ellos es algo malo.

—Creo que te vamos a dejar a que vayas a donde ibas cuando llegamos, es tarde y mañana debo trabajar. —Mi hermana se me acerca—. Me dio gusto verte, Cassie, también ver que ese helado corazón sigue bien, te amo.

Besa mi mejilla y sonrío.

—También te amo, Liz.

Me despido de Ash, de Marchetti y se marchan.

Suspiro, observo la hora y no es tan tarde, quizás puedo ir a jugar una partida.

Tomo mi abrigo donde ya mi máscara me espera. Me gusta mucho ir a jugar y no lo hago una sola vez a la semana, a veces voy casi a diario, podría considerarse una adicción. Adicta a ganar, a destacar y a ver al resto fracasar de formas frustrantes.

◆◆◆

—Buenas noches, Su Majestad.

Asiento y entro al lugar.

Repito lo mismo que cada vez, soy alguien de esquemas, de costumbres, me gusta sorprenderme, pero a veces pienso que tener certezas de lo que haré me da mucha paz mental.

Compro fichas y observo el lugar, buscando una mesa donde pueda ubicarme para jugar. Veo una y solo me siento como dueña de la misma, solo basta con que lo haga para que la mesa se comience a llenar de jugadores, no negaré que ser el centro de atención me gusta.

La mesa se llena muy rápido, por un momento, solo un pequeño segundo, lo recordé. A ambos, el enmascarado arrogante y el joven Bruno Duarte, que también es un arrogante.

Sé que dije que necesitaba descubrir si son el mismo, parece que me volví demente, es que, la vibra que me dio, fue muy similar, no estoy loca. Aborté esa idea porque pienso que fue algo absurda, no vi más al enmascarado, lo cual era lo que esperaba, no volver a encontrarlo en mi vida.

—Pago por ver.

Mi nuca cosquillea y puedo sentir cómo mi piel se eriza de forma exagerada.

Es él.

¿Cuál de los dos?

Esa es la cuestión.

Tengo la memoria suficiente para saber que yo loca no estoy y que la voz de esa persona es igual a la de dos individuos o quizás no son dos.

No me muevo, no hago ningún gesto, me mantengo estoica, fría y firme. Mi boca no se mueve ni siquiera para estar más seria ni tampoco sonriente, evito cualquier gesto que pueda mostrar algo de mí. Soy la Reina de Hielo y no es por nada.

Al único que le dirijo la vista es al barajador, es al único que me interesa ver en la mesa cuando juego, al resto mirarlos es en vano, eso no me hará ganar, concentrarme en mi jugada es lo que sirve.

Reparten las cartas y es lo de siempre, a la primera muchos se retiran para no perder nada, otros se quedan.

Estoy concentrada, enfocada, que su mirada parece que estuviera a solo milésimas de mi piel no me desconcentra, mas sí, me genera un cosquilleo constante en todo el cuerpo. Eso no me gusta nada.

¿No tiene nada mejor que hacer que mirarme a mí?

Por supuesto que no, todos aquí me miran, la mirada de él no debería afectarme.

Su mirada no me afecta. Necesito mirarlo solo para poder sacar más información de su persona y descartar de una vez la teoría que se formó en mi cabeza.

Yo no me confundo a las personas, sé leerlas bien, solo necesito saber que no me equivoqué o si lo hice, también necesito saberlo.

Más jugadores se retiran y sigo analizando mi jugada sin dejar de sentir su jodida presencia de mierda. ¿Quién diablos es?

Cuando únicamente quedamos dos en la mesa, no aparto la vista de mis cartas al sentir movimiento, de los que están viéndonos jugar.

—Fría como el hielo.

Su maldita voz, grave, varonil, con ese tono arrogante, es como si me diera un golpe en la médula.

—Molesto como un mosquito —escupo sin medirme y sin siquiera advertirlo.

¿Qué mierda fue eso, estúpida?

Su carcajada llega a mis oídos.

—¿Te chupo la sangre, Reinita?

No muestro expresión alguna con mi boca, ya que al estar libre de mi máscara me delataría.

Sigo concentrada en mis cartas.

—¿Te dio miedo perder dinero y ahora miras para ver cómo ganarme, Novato?

Chasquea la lengua.

—No creo que sea posible aprender a ganarte viéndote jugar, me gusta ver las reacciones de los demás al perder y me gusta hacer apuestas seguras, todo a que gana la Reina de Hielo.

Apuesta sus fichas como todos los demás.

—Ya veo, ganas a costa de que destroce a otros, qué bien aprovechas que no sabes jugar al póker.

Una risa irónica sale de sus labios.

—Un cubo de hielo con mucha autoestima. —Muestro mi última jugada y quien estaba conmigo se levanta muy molesto tirando las cartas sobre la mesa—. Eres imposible de vencer.

Lo observo porque esta duda está carcomiendo mi cerebro.

Detallo su cuerpo de forma veloz, su sonrisa ladina, su forma de pararse, sus manos, si pudiera ver sus ojos, si el color es el mismo.

Estoy comenzando a actuar raro.

—Preparen mi dinero, me lo llevaré al salir.

No lo seguiré viendo. ¡Ya basta! Me levanto de mi asiento para irme por ahí a tomarme un trago. Camino un poco alejándome de la mesa.

—Sabía que no me habías olvidado, Reinita. —No me volteo—. ¿Qué te gusta más, ganar o follarte a los que les ganas?

Me volteo e intento mirar sus ojos. Ese tono burlón y arrogante, de autosuficiente, como si tuviera la seguridad de que va a conseguir lo que quiere. Igual que el de Duarte. Además, su acento, uno muy marcado que no es tan común.

—No lo sé, debería ir a follarme al que le acabo de ganar, es que está muy enojado no creo que acepte —expreso como si nada.

—Qué raros fetiches tiene Su Majestad.

No dejo de mirarlo, pero la luz aquí no me deja ver el color de sus ojos.

Miel verdosos, así son, si él los tiene iguales…

¿Qué ganaría?

Nada y ahí está la falla en mis actos, no tienen justificación, pero sí mucha determinación e ímpetu.

—¿Te dejé sin palabras?

No, idiota, es mucho peor. Lo tomo de la chaqueta que trae puesta y lo llevo a donde la luz le dará bien, un baño. No se queja, no le doy mucho tiempo, él no se esperaba esta reacción de mi parte, ni yo.

Entro al baño de mujeres y las chicas que están en él se quedan viendo cuando lo pego a una pared con brusquedad.

—¡Afuera!

Salen espantadas.

Tengo fama de demente y eso es genial.

—¡Woow! ¿Qué pasó, Reinita? ¿Acaso quieres requerir mis atenciones nuevamente? Te dije, no te enamores de mi verga, pero ya veo que…

Apoyo mis manos con fuerza en su pecho para que me mire.

Miel verdosos.

¡Maldita sea!

Los mismos ojos, la misma voz, la misma arrogancia.

No me pude haber follado al hijo del dueño de una empresa que me conviene mucho hacer negocios.

—¿Por qué miras mis ojos así, Reinita? ¿No me digas que tanto te gusté?

Me río sarcástica.

—¿Tú gustarme a mí? Por favor, estoy comprobando que te encanta que te maltraten, Novato.

Sonríe soberbio.

—Te estás confundiendo porque aquí el que manda soy…

Lo beso, me pego a sus labios con brusquedad.

¿Qué estoy haciendo?

Mi idea solo es besarlo, un error porque no contaba con lo que él haría, enterrar su mano en mi cabello pellizcando de él para seguirme el beso con una intensidad arrolladora, lujuriosa y excitante.

Sus labios me toman con poder, uno que nunca nadie había sido capaz de ejercer conmigo jamás y ahí veo mi oportunidad.

Lo muerdo, fuerte, el sabor salado de su sangre llega a mí y lo aparto al igual que él.

—¡Loca de mierda! —maldice en español.

Observo cómo su labio sangra porque lo he cortado, me mira y en sus ojos puedo ver que está molesto.

—Te lo dije, te gusta rudo, Novato.

Quiero alejarme, pero me toma del brazo con fuerza pegándome a él.

—Acabas de cortar mi labio y lo único que quiero hacer es tenerte de rodillas, maldita.

Sonrío, lo hago porque es gracioso que él crea que soy tan fácil.

—Sigue soñando. Novato, esto es lo máximo que tendrás de mí.

Me zafo y salgo del baño. Ahora quiero verte mañana, Joven Bruno Duarte, si son la misma persona esa cortada no se puede disimular.

Yo sé cómo jugar a esto.