Adictos a lo prohibido Capítulo 4 Una corta llamada
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Capítulo 4 Una corta llamada

Cassie Queen

Ingresando a Industrias Queen, al instante puedo ver a la recepcionista acomodar su ropa, su cabello y ocultar seguro su teléfono, el cual ha estado usando, como si no pudiera revisar las cámaras de seguridad.

A diario me cuestiono si el personal olvida que soy la dueña y jefa de la empresa de seguridad más influyente a nivel mundial.

Puedo revisar desde mi propio teléfono si están trabajando.

Paso el escáner de metales, el facial y, por último, mi tarjeta. Soy la dueña, no es necesario, eso dicen, yo siempre lo hago, se predica con el ejemplo.

Me encamino al ascensor y la recepcionista me saluda como cada día que la ignoro.

—Buenos días, señorita Queen.

Le sonrío.

—Buenos días, señorita Preston.

Ella jadea asombrada. Esa es la estima que me tienen; hoy tengo buen humor, como si el día de ayer no hubiera existido y no hubiera tenido que soportar estupideces.

Ni tampoco el sexo con el Novato.

Me siento de un humor tan favorable como para hacer negocios, llamar al banco de óvulos y… sé que tengo en la agenda algo más.

El ascensor se abre y los empleados de mi piso hacen silencio de la nada, intentando ocultar el cotilleo constante que hay aquí cuando no estoy.

—Buenos días, señorita Queen, su café con crema y edulcorante, también un emparedado simple con jamón, tostado solo de un lado, tibio, no caliente, con un poco de pimienta.

Tomo mis cosas y camino a la oficina, mientras Genna, mi sobrina mayor, camina apresurada detrás de mí.

Ella es mi asistente desde hace unos meses, la única que estuvo a la altura.

Tenía que ser una Queen para ser tan competente.

Apenas tiene dieciocho años y me pareció bueno que se familiarice con la empresa, aunque ya me ha dicho que no quiere dirigirla.

Mi segunda opción es Kyle o Ashley, mis otros sobrinos, los cuales tampoco parecen querer esta vida.

—Y eso es todo lo que tenemos hoy. No parece demasiado, aunque sí lo es, ya que cada ítem puede llevar más de lo esperado.

—Repítelo, no estaba escuchando.

Entro a la oficina y sé que ella odia eso. No es adrede, mi cerebro piensa mucho constantemente; el mal de una mente ágil.

—Tienes que revisar que el nuevo escáner biométrico esté en regla, revisar el proyecto del área tecnológica, aquí dice, «asunto personal, llamar al banco». —Eso puedo manejarlo—. La cita de ayer, supongo, se pasó para hoy. La verdad, no sé por qué no se concretó.

Esa no es la pregunta, lo que no entiendo es cómo yo no me di cuenta de que ayer tenía una reunión y me plantaron.

—¿Cuál reunión?

Frunzo el ceño.

—Los de la empresa cosmética y su nueva central en Seattle quieren ver qué sistema de seguridad usar, ya que abrirán un laboratorio y quieren resguardar sus fórmulas secretas y patentadas. —Asiento—. Ayer, se suponía, venían a verla.

Chasqueo la lengua.

—Irresponsables, ya sé quiénes son, luego me encargo de ello. Puedes irte, Genna. —Ella asiente—. Antes me saludas, ¿no?

Sonríe y se acerca.

—Lo siento, tía, estaba en modo empleada.

Me saluda besando mi mejilla.

—Come algo, desayuna bien, por favor.

Asiente.

—Me compré algo cuando te busqué tu café, iré a comerlo ahora mientras hago papeleo.

Las Queen son eficientes.

—Eres muy buena asistente, ya vete antes de que alguien venga y se dé cuenta de que puedo no ser una maldita desgraciada.

Se carcajea.

—Siempre lo eres, descuida, así te queremos, tía Cas.

Ruedo los ojos y sale de mi oficina. Me siento en el sillón para ponerme a trabajar y mi puerta se abre sin previo aviso.

—Pero… —Levanto la vista.

—¿Cómo está la Reinita de hielo?

Ruedo los ojos.

—Marchetti, primero, se golpea; segundo, deja de decirme así, no seas pesado. Cassie, ¡maldición! O te acepto niña Queen, no me digas por ese apodo tonto.

Se carcajea valiéndole un pepino lo que le digo. Más viejo, más molesto se vuelve mi cuñado.

—Está de mal humor la rei…

—No me provoques porque te saldrá caro, Marchetti.

Suspira y se sienta muy relajado frente a mi escritorio.

—Mejor sí, luego me pones cosas en el café, eres una persona muy diabólica y llena de maldad, cuñadita.

Levanto mis cejas.

—Agradece que no quiero pelearme con Lizzie, si no ya te hubiera hecho peores cosas.

Se carcajea.

—¿Ponerme viagra o laxante en el café no te parece malo e incluso ilegal?

Ruedo los ojos.

—Tengo un buen abogado, tranquilo.

Resopla.

—Cada día te vuelves peor, niña Queen.

Lo escaneo. Noto que trae la camisa mal planchada, su corbata puesta a mala gana, el nudo no está perfecto; salió rápido de la casa, o peor, peleó con mi hermana y esta no quiso ayudar a su inútil esposo con el nudo de la corbata.

—¿Qué me traes? Además de los problemas personales que parece tienes.

Abre sus ojos.

—¿Lizzie habló contigo?

¡Eureka! Peleó con mi hermana.

—¿Qué le has hecho? —reclamo sin titubear, y él abre los ojos.

—Yo no le he hecho nada de nada, es ella y Ash, ambas…

—Resopla—. Ash parece que tiene un novio y Lizzie dice que está bien.

¡No! No está bien, yo no quiero que mi hija empiece con eso a los trece años.

¡No señor! Mira si llevaré a la ginecóloga a mi pequeña niña.

¿Condones? No, Lizzie está muy equivocada si cree que yo dejaré que alguien le ponga la mano encima.

Suspiro arqueando mis cejas.

—¿Entonces que se embarace, que contraiga una ETS?

Abre su boca frunciendo el ceño.

—Tiene trece años, no puede comenzar a ser sexualmente activa, si nosotros se lo autorizamos estaríamos incentivando eso. No voy a aceptarlo, y sí, dormiré en el sillón hasta que Lizzie entre en razón.

Ruedo los ojos.

—Eres un idiota, Marchetti. ¿Te acuerdas cuántos años tenías tú cuando te follabas a mi hermana que solo tenía dieciocho años?

Me tiro hacia atrás en mi sillón.

—Cassie, eso… eso ahora…

—Veintiocho años; diez años le llevabas a mi hermanita y ¿Lizzie era mojigata? —Pasa saliva—. ¿Te la mamaba como principiante?

—¡No voy a decir esas cosas!

Me carcajeo.

—¿Por qué crees que mi hermana sabía muy bien lo que le gustaba en la cama? A los dieciséis años ella ya no era virgen. Me gustaría decir que perdió la virginidad con alguien de su edad, pero seguro fue con un universitario.

Se ve horrorizado.

—¡Basta, no quiero saber esas cosas!

Sonrío con malicia.

—Si te pones en contra, Ash irá por ahí buscando experiencias, al igual que Lizzie. Mi papá era muy sobreprotector, por eso hacíamos muchas pendejadas. Me incluyo, aunque era la más coherente.

Suspira.

—¿Qué se supone que debo hacer? Decir: «súper, tienes novio, ve a follar».

Ruedo los ojos.

—Dios mío, Esteban, abre tu mente y deja de lado ese estúpido instinto de macho alfa y sé solo un padre que quiere aconsejar a su hija, que quiere lo mejor para ella y, sobre todo, que la ama.

Aprieta los labios.

—No es divertido que tú me des lecciones a mí.

Me río porque es un tonto.

—Eres viejo, admítelo, estás más cerca de los cincuenta, comienzas a ser un padre viejo y anticuado.

Rueda los ojos.

—No quiero que Ash siga creciendo.

Me encojo de hombros.

—No puedes evitarlo. Se acaba de terminar la terapia, Marchetti, te cobraré la próxima. —Se ríe—. ¿Traes algo de trabajo o es solo esto?

Saca de su maletín unos documentos.

—Evans Gibson firmó lo que me dijiste que preparara la otra vez. ¿Te hizo algo tu novio, Cassie?

Me encojo de hombros restándole importancia.

—No importa, él ya no es mi novio.

—¿Qué es lo que hizo? Podemos mandarlo a golpear. ¿Es idiota o qué? Tú eres una mujer con mucho poder, con una presencia que él no conseguirá en ningún lado.

Me carcajeo.

—Eso no tienes que decírmelo, ya lo sé, soy lo mejor que ese idiota ha tenido. No te preocupes que yo no estoy afectada en absoluto, incluso ayer me follé a alguien más, para festejar que ese idiota de Evans se fue de mi vida.

Niega.

—No quiero detalles, Niña Queen, así que procura no ser tan específica.

Chasqueo la lengua.

—Entonces no actúes como si fuera tu hija y estuvieras consolándome porque mi novio me dejó. No me dejó, lo dejé y no implica un sufrir en mi vida.

Pone en el escritorio los documentos.

—Tú siempre haces eso, eres más fría que un témpano, estoy seguro de que algo o alguien se llevó el calor de tu cuerpo, hasta un cadáver tiene más calidez, Niña Queen.

Solo sonrío.

—Ya, vete a trabajar o a arreglarte con Liz.

Se levanta y niega caminando a la salida.

—Tú nunca cambias, Reina de Hielo, enójate, por eso el apodo te queda de maravilla. —Yo lo sé, por eso lo uso en el casino—. La despiadada señorita Queen, así te dicen los empleados.

Arqueo una ceja.

—No está mal, que sepan que no es un juego trabajar para mí.

—Aún después de dieciocho años de conocerte, sigo sin saber si realmente no sientes nada, niña.

Resoplo.

—Deja de intentar saber y encárgate de tus asuntos, Marchetti.

Abre la puerta y sale de mi oficina. Miro la hora solo para ver cuánto tiempo estuve hablando con mi cuñado. Tengo que ir a ver el escáner biométrico. Mi teléfono comienza a sonar y veo en la pantalla el nombre del dueño de la empresa cosmética.

Abel Bruno Duarte. El dueño de DUABELLA. Uno de esos familiares de la esposa de mi hermano mayor, el cual él atiende, pero como estarán en Seattle, qué mejor que la central de primera mano atendiéndolos. Lástima que no sean responsables. Tomo la llamada.

—Hola, buenos días, Cassie Queen. ¿En qué puedo ayudarlo, señor Abel Bruno Duarte?

A ver qué explicación tiene para que ayer nadie haya venido.

—Bruno Duarte, nada más, señorita Queen.

Escupo una risa irónica.

—Para exigir, primero debe cumplir, me quedé esperando que ayer vinieran a hablar del tipo de servicio que quieren.

No dudo en hacer mi reclamo, la responsabilidad para mí es importante.

—De eso quiero hablarle, lamento mucho eso, ese error debo ameritárselo a mi hijo, le he asignado esta sede a él.

Verá, señorita Queen, usted comprende lo que es amasar un imperio, yo lo hice desde cero, nació en mí, por lo que mi hijo sería el primero en tomar el mando cuando yo lo decida, solo que no estoy seguro de dárselo, no sé si es capaz y he oído que usted es despiadada.

Arqueo una ceja.

—Lo soy, me confunde, ¿por qué discutimos asuntos personales?

—Porque mi hijo irá hoy sin falta, no quiero que le haga las cosas fáciles, señorita Queen.

Quiero que vea el valor de lo que cuesta manejar algo como lo que él pretende manejar.

Irá con mi arquitecto, espero que ambos hagan esto bien y no tengo dudas de que adquirir sus productos y servicios no es algo a lo que todos pueden acceder.

Frunzo el ceño.

—Entonces pretende que sea yo misma con su hijo y su arquitecto, supongo que no será un problema, señor Bruno Duarte, conmigo nada es fácil, pierda cuidado que no temeré en rechazar el trabajo si no me parece favorable.

—Eso es todo, señorita Queen, le aseguro que hoy estará mi hijo en su oficina.

Ver para creer.

—Eso espero, si no, lo siento, pero no trabajo con irresponsables. Que tenga un buen día, señor Bruno Duarte.

Corto la llamada. Y ahora tendré que lidiar con esto. ¡Qué divertido! Hacerle la vida imposible a un irresponsable que piensa dirigir una compañía. Es obvio que no tiene lo que se necesita.