Capítulo 3 Algo de una vez
Cassie Queen
—No lo repetiré otra vez, ¿sí o no?
Su mirada se clava en la mía, escanea mi cuerpo.
—Sí, acepto.
No titubea, eso me agrada.
No quiero a un cobarde que se intimide por mí.
Abro la puerta y señalo con mi mano para que pase, parece que dudará, me saca de mi error metiéndose a mi reservado.
Vuelvo a entrar y cierro la puerta con el seguro, camino hasta donde está el control y oscurezco los cristales.
—Entonces, llamé la atención de la reina.
Me carcajeo.
—En absoluto, así como pasaste tú, si tu respuesta era un no, sería el siguiente que se detuviera a verme.
Se ríe irónico.
—Tú sí sabes hacer sentir bien a los demás, en específico manejas bien lo de hacer sentir especial al otro.
Su tono sarcástico me divierte.
—Si quieres sentirte especial, no aceptas la propuesta sexual de una desconocida. ¿Estás en el lugar equivocado, Novato? Aquí vamos a follar y nada más.
Dejo claro eso.
Lo observo con detenimiento.
—Tengo un nombre y no es Novato, yo soy…
—No me interesa.
Me acerco a él dando pequeños pero certeros pasos, su mirada va a mi cuerpo al instante, no es un santo. Aunque no logre ver bien su rostro, sus ojos se mueven por mis curvas de forma intensa.
—Eres directa, me agrada.
Termino parada frente a él y, con tacones, soy de su misma altura; es alto.
Extiende su mano con la intención de tocar mi hombro y lo sostengo de la muñeca.
—Qué agresiva, Reinita. ¿Qué sucede? —Aflojo mi agarre y dejo que con sus dedos toque mi piel—. Aunque solo sea follarte sin pensar en nada más, necesito saber si… tú me puedes provocar algo.
Respiro tranquila mientras él pasea sus dedos por mis hombros, va al borde de mi escote y lo recorre hasta la cima de mis senos.
Lo tomo de la camisa y lo empujo para que caiga en un largo sillón que hay en el lugar.
—Te gusta rudo, Reinita.
Su voz ronca hace cosas extrañas en mi cuerpo. Extrañas y posiblemente placenteras.
—Quítate la ropa —ordeno. Sus manos van a su máscara—. No te la quites, no necesitamos saber quiénes somos para pasarla bien. —Se detiene incorporándose.
—Directa, misteriosa y mandona, las órdenes que me des se te revertirán, Reinita.
Se levanta del sillón desabotonando su camisa y en un movimiento su mano me aprieta desde la espalda baja acercándome a su cuerpo. Jadeo con suavidad y de gusto, puedo ser una maldita insensible, hasta que quiero follar y solo ahí me dejo ser.
—¿Piensas que vas a intimidarme con amenazas vacías por darte órdenes?
Sube su mano por mi espalda y me toma de la nuca con fuerza inclinando mi cabeza hacia atrás.
—Escúchame bien, Reinita, tú serás la que se arrepienta de haberme pedido que te folle, no tienes la menor idea de lo que acabas de hacer, porque aquí, cada cosa que creas que me haces, te la devolveré por dos; para tu suerte, prometo que te va a gustar.
Abro mi boca en un jadeo casi inaudible.
—No hables y hazlo; dicen por ahí que el que mucho habla… —Gimo cuando me muerde, su máscara solo cubre sus ojos y su nariz, por lo que su boca libre ataca mi cuello—. Si me dejas marcas será lo último que hagas.
Jadeo, no le importa y sigue mordiéndome. Me empuja haciendo que mi cuerpo golpee una de las paredes de cristal.
—No te cansas de mandar, ¡la puta madre, me calientan las mandonas!
Su marcado acento me hace notar que él no es de aquí. Su lengua se pasea por mi cuello bajando a mi escote, el cual tironea para liberar mis tetas.
—Las marcas…
Gimo cuando las muerde.
—No andas por la vida mostrando tus lindas tetas, así que te aguantas, Reinita.
Su lengua va a mis pezones y me inclino viciosa por esa atención. Mi centro se humedece de solo escuchar el tono de su voz, ni decir al sentir su lengua jugando con mis tetas sin hartarse.
Lo tomo del cabello porque quiero follar ahora, no estoy para jueguitos.
—Qué agresiva resultaste, me quieres dejar sin cabello.
Lo miro a los ojos sin poder verlos bien por la tenue luz que hay.
—Deja de jugar conmigo, prometiste que me gustaría y aún no me estás matando.
Con su cuerpo me empuja pegándome más al cristal. Una de sus manos va a la abertura que tiene al costado de mi pierna el vestido que traigo y no duda en pellizcar mi piel acercándose a mis muslos.
—Tú lo quieres sin que siquiera te tenga piedad, y luego, para tu desgracia, te arrepentirás de no saber quién soy, Reinita.
Con su boca va a mi cuello queriendo encontrar la mía, no es posible, con la máscara no podrá besarme. Eso es mejor, no beso a nadie, no me gusta y me parece estúpido.
—Esa estúpida máscara me está estorbando.
Levanta una de mis piernas para pegar su verga, que está muy dura, contra mi entrepierna, donde solo nuestras ropas son lo que estorban.
—No necesitas hacer nada con lo que oculta mi máscara, no actúes como un Novato.
Aprieta mi cadera y me atrae a él para empujarme contra el sillón boca abajo. No me deja incorporarme que ya subió mi vestido dejando mi trasero al descubierto, me da un golpe fuerte con la palma de su mano.
¡Maldito!
—Vamos, mandoncita, levanta ese jodido trasero para mí.
Una puta orden, se atreve a darme una.
—A mí nadie me va a hacer obedecer, maldito…
Me toma de las caderas y, apretando mi ingle con sus pulgares, me hace tirarme hacia atrás. Su verga se siente grande y eso que no la ha sacado de sus pantalones aún.
—¿Debo pedirlo por favor? No, Reinita, error, aquí la única que pedirá por favor eres tú y será cuando no quieras que pare.
Me aprieta más fuerte de las caderas y termino jodidamente recostada con mi trasero bien empinado listo para que me folle.
—Solo hablas y no ejecutas, comienzas a…
Me da un golpe en mi centro sobre la tela de mi tanga y gimo. ¡Mierda! Eso me gusta.
—También impaciente, ¿cuántas cosas más descubriré de ti, Reinita?
Volteo mi vista y un nuevo golpe me hace volver mi vista al frente.
—¡Maldito! Deja de… ¡Aahh!
Otro golpe más me hace sentir más empapada.
—¿No te gusta? No quiero que voltees, quizás te enamoras por verme la verga.
Me volteo.
—No te creas, idiota, necesito ver que te pongas un jodido condón.
A mí no me va a venir a arruinar la genética un idiota que acabo de conocer. Lo observo en esta posición totalmente expuesta, mas no avergonzada, no me da pena follar como una puta, me gusta sentirme así, si no lo seré follando… ¿Cuándo?
Saca de su bolsillo un condón mientras desabrocha sus pantalones, los cuales deja caer, baja sus bóxeres y la vista que me ofrece es realmente muy ardiente.
Su camisa desabrochada, su verga dura, gruesa, mientras se pone el condón.
Maldigo la hora que este idiota se me cruzó y solo espero no sea un nefasto que no logre hacerme venir.
—¿Conforme, Su Majestad? —Mueve su mano sobre su pene y no puedo dejar de mirarlo—. Te lo dije, si me la ves, te enamoras.
Volteo mi vista hacia el frente.
—No digas estupideces y haz tu jodido trabajo.
Gimo cuando su mano toma mi cabello halándolo. Siento cómo su pene caliente se apoya sobre mi centro, que aún está cubierto por mi tanga; ya a este punto empapada.
Su aliento choca con mi oreja mientras se inclina apoyando su cuerpo en mi retaguardia.
—Mentirosa, mandona, misteriosa, directa, mañosa y una reina. ¿Qué más, Su Majestad? ¿Gritas como reina o como puta? Ambas me gustan. ¿Será que eres una combinación y yo seré el que no querrá parar al final solo por escucharte gritar, Reinita?
Muerde el lóbulo de mi oreja y gimo sin poder evitarlo.
—Hasta que no me la metas, no lo sabrás.
Jala mi cabello hacia atrás y no me quejo, me encanta.
—Lindo cabello, Reinita.
Se acerca a mi tanga y la rompe el desgraciado.
—Aah…
No puedo evitar gemir y quiero replicar o quejarme.
Un grito desde el fondo de mi garganta me deja sin aliento cuando, sin aviso y de una vez, se entierra en mi coño húmedo y necesitado. Aun y con todas mis ganas, su intromisión es jodidamente dolorosa y eso me gusta por demás.
¡Maldita sea!
—¡La puta madre! ¿Cómo carajos me aprietas tanto y gritas como una puta reina? ¡Mierda!
Se mueve y vuelvo a gritar de gusto. No me da pudor hacerlo, mis gemidos son sinceros, no lo volveré a ver en mi puta vida, no me importa si se va sabiendo que el condenado tiene una verga que me llena y me hace gritar de puro placer.
—¡Dios mío!
Se vuelve a mover y no puedo evitar gemir.
—No, Reinita, Dios ni una mierda, mi verga es la que te hace gritar así. —No deja de estirar mi cabello—. Eres el fetiche completo, maldita.
Aprieta mi cadera con su mano libre, mientras comienza a darme unas salvajes embestidas. Siento mi rostro sudar por la máscara que traigo, no pienso quitármela, no me importa llenarme de sudor mientras me quedo sin voz ante tremenda follada que me está dando.
Con su mano libre deja mi cadera y mete su mano por mi vientre llegando a mi centro.
—Te quiero viniéndote, quiero que me la estrangules mientras te corres, maldita Reinita de hielo. —Comienza a golpear con sus dedos mi clítoris arrancándome gemidos—. De hielo no tienes nada, pareces jodida lava.
No dejo de gemir al ritmo de sus golpes sobre mi punto de placer.
—Maldito arrogante, imb… ¡Aah!
Pellizca mi clítoris justo cuando me corro y una ola de placer que no deja siquiera que mi voz salga, es como si me quedara muda.
—¡Vamos! Quiero escucharte pedir más.
Suelta mi cabello para tomarme con las dos manos de mis muslos y levanta mis piernas embistiéndome con tal brutalidad que sí deseo más.
—Por favor, así, no te detengas.
Comienzo irracionalmente a rogar por más, cuando lo tengo metido hasta el fondo.
No existe ese más, él me complace, es más rudo, más rápido y mi orgasmo parece jodidamente infinito. Magnífico.
Vuelve a agarrar mi cabello y debo volver a afirmar mis rodillas sobre el sillón, esta vez estira mi cabello con sus dos manos. Gimo por la fuerza con la que golpea mi centro y mi cuerpo.
—Así, justo así me encanta que giman.
Lo siento hincharse, está llenando el condón. La fuerza de sus latidos me dice que se corrió en abundancia.
Si eso pasara en mi boca me ahoga.
¡Mierda!
¿Qué diablos estoy pensando?
Su agarre se afloja y solo me sostiene de las caderas con sus pulgares en mis nalgas.
—La definición de buena en todo, eso eres, Reinita presumida. —Me incorporo empujando mi trasero hacia atrás, hundiendo su verga más en mí—. Jodidamente codiciosa.
Me lo follaría más, sería un error, lo sé.
—No tengo codicia, ambos terminamos, es eso.
Jadeo agitada. Sale de mi interior, dejándome un vacío muy notorio.
—Gracias por la invitación, no puedo decir que no estuvo bien —expresa mientras se quita el condón, que tira a un cesto de basura que hay en el lugar y se sube los pantalones.
Me incorporo acomodando mi vestido como si nada hubiera pasado, ocultando los estragos que en mi cuerpo quedaron.
—Diría que podríamos repetir, pero sería peligroso —afirma, y estoy muy de acuerdo con eso.
Esto… fue muy bueno, pero repetir sería peligroso, muy peligroso.
—Entonces ya vete —ordeno.
Se carcajea.
—Déjame vestirme al menos, despiadada. Es lo único que te falta, Reinita, humanidad, no puedo decir que está mal, ya que yo estoy muy falto de ella.
Termina de abotonar su camisa y me levanto para abrir la puerta.
—Buen servicio, Novato —remarco cuando quito el seguro de la puerta para que se marche.
—Buen servicio de parte de la Reina de Hielo.
No acoto nada, solo arqueo mis cejas, lo cual él no puede ver. Solo sale de mi reservado y cierro la puerta. Dejo los vidrios oscuros, puedo ver hacia afuera, lo veo negar y cómo la esquina de sus labios se curva.
Un arrogante peligroso, eso fue.