Adictos a lo prohibido Capítulo 2 Víctima a la vista
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Capítulo 2 Víctima a la vista

Cassie Queen

Aparto mi vista, restándole importancia a la intriga que acaba de generarme.

Observo mi entorno, veo a Randall sonriendo en una esquina, achico mis ojos aprovechando que con esta máscara mis expresiones no se notan.

Mi vista va directo hacia el barajador; muevo mis ojos siguiendo el movimiento de sus dedos, cerciorándome de que no haya ninguna jugada extraña.

¿Qué le sucede que me mira? ¿No tiene nada mejor que hacer? ¡Imbécil!

Odio cuando en la mesa termina algún idiota que no puede dejar de mirarme.

Aunque hoy podría no ser tan desfavorable para mí.

Sigámosle el juego.

Comienzan a repartir las cartas, tres para cada jugador. Se determina la apuesta inicial, los dos consiguientes hacia el lado izquierdo de quien es mano hacen su obligatoria apuesta y el resto tenemos que decidir si seguir o no.

Miro mis cartas, nunca miro a mis oponentes. Sé que es una buena táctica, no la uso, yo solo tengo la certeza de que podré armar la jugada ganadora sin necesidad de esto.

As de trébol, diez de trébol y mi carta, la reina de trébol.

El juego comienza y los jugadores se empiezan a retirar. Las primeras dos cartas develadas en la mesa son un as de picas y un cuatro, también de picas.

—¿Algo malo tiene la mesa? —comenta casual el misterioso que llegó a lo último, al ver cómo pasamos de ser diez a solo ser cuatro—. Parece que huyen de algo y me gustaría saber de qué.

Muevo mi mano para que quien sirve las bebidas me traiga una, lo que siempre bebo.

—Probablemente de mí —aseguro, apoyando los codos sobre la mesa, en una muestra de poder y seguridad.

—¿De ti? ¿Te temen a ti? Eso no tiene mucha lógica. ¿Eres algo así como una asesina? Si no lo eres, jugar al póker no asusta a nadie.

Un Novato, ya lo veo. Lo observo, solo porque necesito saber qué está haciendo aquí.

—No hace falta asesinar o cometer actos violentos para impartir miedo en otros, tú lo dices porque es la primera vez que juegas conmigo.

Se encoge de hombros. Se hace visible la tercera carta, que es una j de trébol.

—Queen, ¿verdad?

No es posible. ¿Quién mierda es?

—¿La carta? No llego a comprender, Novato.

Una risa socarrona sale de sus labios.

—Error, Su Majestad, tú eres Queen. —No tiene sentido que él sepa quién soy—. La Reina de Hielo, eso dicen por aquí; altanera, creída, con complejo de reina. Huyen de su mesa, en especial los Novatos.

Por supuesto, él vino a esta mesa para conocerme.

Un Novato buscando no sirve para jugar, mas sí podría usarlo para otro tipo de actividades.

La forma en la que se mueve con tanta seguridad habla con arrogancia disfrazada de diversión.

Entra completamente en mi prospecto, cabello castaño claro, entre rubio y rojizo, contextura mediana y firme, su camisa me deja ver que al menos sus brazos están bien trabajados.

—Te faltó decir: «no pierdo nunca», y luego huir.

Chasquea la lengua.

Vuelve a abandonar la mesa un jugador más y solo quedamos tres en total. Cada vez que uno abandona la mesa, se vuelve a apostar y, por supuesto, subo la apuesta.

—¿Cuáles serían mis motivos para huir?

Destapan una carta más, un nueve de corazones. El otro jugador que nos acompañaba resopla y tira sus cartas sobre la mesa. El Novato mira las cartas del contrincante al instante, no es un Novato.

—Que eres un Novato —afirmo a sabiendas de que puedo equivocarme.

Una risa ronca resuena, apoya sus codos sobre la mesa sosteniendo sus cartas entre sus manos, me observa directo a los ojos. No me intimida, a pesar de que puedo notar el desafío en su mirada; al igual que su excesiva arrogancia, ahora es cuando la muestra con total libertad.

—¿Te gustan los Novatos? Si es así, soy uno.

—Ríe burlón—. No, lo siento, ni así sería uno —presume.

No apuesto, dejo que él decida qué hacer—.

Me autodenominaría como un buen perdedor y mejor ganador aún.

—Coloca todas sus fichas con mucha confianza—.

Iba a decir primero las damas, me pareció anticuado.

Las mujeres de hoy ya no quieren un caballero que las salve, mucho menos querrás tener ventaja por ser mujer.

Coloca sus tres cartas en una sola mano y con la otra se apoya sobre la mesa, golpeando sus dedos tamborileando.

—Lo único no idiota que has dicho.

No me importa con la seguridad que apuesta, lo hago igual. Pongo todo en el pozo común y destapan la última carta. La k de trébol, lo dije, pase lo que pase, siempre tendré una buena jugada. Es un don.

Él se ve tranquilo, como si no le preocupara perder todo ese dinero.

Un rico que no es un Novato, eso es una real novedad.

Llega el momento de mostrar nuestras jugadas, miro atenta la suya, observo con curiosidad, con mucha arrogancia y una sonrisa ladina coloca, debajo del as de picas que hay sobre la mesa, un dos de picas, luego un tres de picas.

«Desgraciado, no es un estúpido Novato».

El cuatro de picas ya estaba en la mesa y termina con su última carta, cinco de picas. Una buena jugada, escalera color. Puedo notar el triunfo en su mirada, es bueno, no lo niego, yo soy mejor, la suerte está de mi lado.

—¿Sabes por qué me temen, No-va-to? —invado, soberbia. Tiro en la mesa el as de trébol arriba de la k de trébol—. Saben lo que soy. —Va la reina de trébol—. Saben lo que puedo hacerles y que, pase lo que pase, siempre pierden.

Debajo de la j de trébol pongo el diez de trébol y comienza a reírse.

—La Reina de Hielo, ya lo veo, una escalera real, Su Majestad, solo eso puedo decir.

Quien controla la mesa toma todo el botín y lo mueve a mi lado.

—Prepárenlo que luego me lo llevaré.

Me levanto, no lo miro, solo me alejo. Él va a seguirme, tiene que hacerlo.

Camino entre las mesas para irme a un reservado que siempre me espera; no solo vengo a llenarme de dinero, cuando se me acaba la constancia de los idiotas traidores vengo aquí buscando una víctima para saciar mis deseos, mis necesidades.

Puede ser cualquiera, únicamente debe cumplir con unos mínimos requisitos y, por cómo se mueve, él los cumple sin dudas.

Me meto dentro del reservado que es de vidrio.

Un vidrio que posee un control, el cual me permite oscurecerlo apretando un botón para que no se vea hacia el interior si quiero privacidad.

Lo dejo a la vista de quienes pasen, busco que me vean, pasan diversos hombres que se detienen a verme, me pido un vaso de whisky y lo bebo con parsimonia.

Cruzo mis piernas en una posición relajada y paciente, esperando ver a alguien que llame mi maldita atención.

Nadie, ni físicamente, ni tampoco en la forma que caminan.

Suena extraño, pero depende de cómo camina la persona, puedo saber cuán bueno puede ser nuestro encuentro.

Me prendo un cigarrillo, al cual no llego a darle ni la primera calada, termino apagándolo cuando lo veo pasar y detenerse a verme.

Lo reconozco por la máscara que trae puesta.

Se detiene a verme más de un segundo y esa es la señal que necesito.

Me levanto con calma, no desesperada, si él se queda esperando para ver qué es lo que haré, es el elegido de hoy.

Este hombre no vendrá otra vez, no luego de cómo lo dejaré.

Alguien como él no querrá una mujer como yo, demasiado poder para su arrogancia y eso es lo que busco, alguien que no vuelva a ver, que ni siquiera sepa mi nombre ni reconozca mi rostro.

Llego a la puerta y la abro con calma, está parado alejado con mucha relajación, pero sin perder su porte que no es nada banal.

—La Reina del Hielo, qué casualidad verla de nuevo, Su Majestad.

Su tono es divertido y sarcástico.

—Tengamos sexo —escupo sin preámbulos.

No me gusta irme con rodeos.

—¿Qué? —Sorpresa absoluta, eso es lo que expresa su voz.

—No lo repetiré otra vez, ¿sí o no? —Su mirada se clava en la mía, escanea mi cuerpo.

—Sí, acepto.