Adicto al fracaso 41 Esta noche follo
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41 Esta noche follo

ESTA NOCHE FOLLO

Llegó junio y con él nuestro primer concierto como Sine ánima. Llevábamos semanas preparándolo y, por esa parte, estábamos tranquilos. Lo que nos inquietaba era no conseguir aforo suficiente en nuestro debut.

—Vale, parece que está bastante lleno —dijo Raúl en cuanto volvió a cerrar la puerta por la que se había asomado a cotillear.

El garito tenía habilitado un cuartucho con pretensiones de camerino, que quedaba junto al escenario y desde el que se podía ver cuánta gente había acudido.

Nos llegaba amortiguada la música que sonaba en la sala y empezaba a ser un poco agobiante estar allí encerrados, en parte por la nula ventilación, pero también por las ganas de tocar que arrastrábamos desde hacía tanto.

—No te asomes, que queda muy poco pro —se quejó Lena.

—Nano, ha venido Lucía —me dijo Raúl ignorando el comentario de nuestra compañera.

—Claro —contesté—, no quería perdérselo. Igual que Tania y Andrés…

—Me tenías que haber avisado, joder —protestó.

—¿Por qué?

—Me habría vestido diferente. —Se giró hacia las chicas—. ¿Tenéis pintador de ojos?

—¿«Pintador» de ojos? —Fanny soltó una carcajada.

—¿Cómo se llama eso? —insistió él—. ¿No es «pintador de ojos»?

—Raúl, coño, sé tú mismo —le dijo Lena—. Y si no le gustas así, no le vas a gustar disfrazado de gótico. Vales más que esa mierda, y a la que no lo vea que le den por el culo… ¿Lo tienes claro?

—¡Eso! —secundó su chica—. ¡Ten un poco de amor propio, hostia! Que eres un tío de putísima madre. ¡Sal ahora a ese escenario y cómete la noche!

—¡Sí! —gritó Raúl, tan fácil de contagiar como siempre—. ¡Vamos a hacer rock!

—Además, seguro que hoy pillas algo, tío. —Lena le dio una palmada en el hombro—. Lo de la erótica del escenario es real. Y eres el único de los cuatro que puede ligar… ¡Deja el pabellón bien alto!

—¡Sí! —se entusiasmó él y dio una palmada en el aire.

La música fuera del local se cortó de golpe. Era la hora. Escuchamos a través de los altavoces al dueño del local hacer su presentación y los cuatro nos miramos entre risas nerviosas.

—Va a ir genial —aseguró Lena y extendió la mano.

—Es el comienzo de algo grande —añadió Fanny y puso la suya sobre la de su chica.

—El primero de muchos —aventuré al colocar la mía encima.

—¡Esta noche follo! —gritó Raúl antes de hacer lo mismo y con esas tres palabras hizo que los nervios se nos escaparan en forma de carcajadas, las suyas las más fuertes.

Por primera vez en mi vida y por decisión unánime de ellos, subí el último al escenario.

Supongo que daban por hecho que, al ser mías las canciones y ser el vocalista (a esas alturas ya era consciente de que me habían hecho el lío y la etiqueta de «provisional» había desaparecido) era lo más parecido al líder de la banda.

La luz del foco me golpeó en la cara en cuanto crucé la mugrienta cortina que daba acceso al escenario.

Durante un instante, me cegó tanto que no logré distinguir nada.

Tuve que hacer una estimación de público basándome solo en el aplauso de la gente.

No tuve muy claro si el local estaba abarrotado o si eran pocos pero lo suplían con grandes dosis de entusiasmo.

No, el escaso eco que devolvían las palmadas dejaba claro que el local no estaba vacío.

Tampoco lleno hasta los topes, las cosas como son.

Cogí la guitarra, que había dejado descansando en su soporte tras la prueba, y me la colgué.

El zumbido de los monitores de sonido fue haciéndose más patente conforme los aplausos cesaron.

Me acerqué al micro y puse una mano sobre mis ojos para amortiguar un poco la luz y poder comprobar que había venido bastante gente.

No se acercaba ni por asomo a la multitud que nos había acompañado en los últimos bolos de Póstumo, pero habíamos elegido un local de tamaño medio, algo quizá demasiado ambicioso para un primer concierto de un grupo nuevo, y habíamos conseguido llenarlo en un ochenta por cierto aproximadamente, por lo que yo podía distinguir desde arriba.

No estaba nada mal, había superado mis expectativas más ambiciosas.

Distinguí a mis compañeros de piso en un extremo de la pista.

Tania había traído a varias amigas tan bakalaeras como ella.

Dudaba mucho que les fuera a gustar nuestra música, pero se agradecía muchísimo el apoyo.

Lo mismo con Luci y sus colegas góticos.

Eso era amistad, sí señor. Ella me saludó con la mano y luego la cerró en un puño como para infundirme fuerza.

Andrés había traído a sus amigos culturetas, entre los que estaba Ori.

Creí percibir algo parecido a orgullo en su mirada.

O quizá era lo que yo proyectaba. Ni siquiera puedo estar seguro.

Me incliné sobre el micrófono, dispuesto al romper el silencio que había dejado el aplauso al terminar.

—Buenas noches a todos —dije por fin. Se escucharon gritos, silbidos y un «guapo» de Tania por encima del resto. Consiguieron sacarme una sonrisa antes de empezar—. Muchas gracias por venir a ciegas. Sois unos valientes.

Oí a mi espalda el sonido que hacía Fanny cuando golpeaba las baquetas por encima de su cabeza y me reí entre dientes.

—Vamos allá —me limité a añadir.

—¡Un…, dos…, tres… y…! —contó Fanny con las baquetas y todos entraron a tiempo.

Quizá yo me retrasé un poco, pero nadie pareció notarlo.

Era la primera vez en mi vida que iba a cantar en un concierto, no solo en una jam improvisada, y me daba bastante respeto.

En cuanto abrí la boca y dejé escapar la melodía, me sentí incluso mejor que las otras veces.

La letra fluía a través de mí y me hacía sentir cada palabra más incluso que el día que las había escrito.

La gente me miraba en silencio, me escuchaban.

Y yo busqué a Ori. Porque la canción hablaba de él, como todas las que llevábamos en el repertorio.

En mayor o menor medida, Ori se había colado en cada una de ellas.

Me aguantó la mirada, con ese gesto tan suyo de levantar más un lado de la sonrisa que el otro.

Llegados a ese punto, yo creía haber aprendido a descifrarlo, y se me antojó una promesa muda de lo que iba a ocurrir cuando nos quedáramos a solas tras el bolo.

Mi voz se fue volviendo más firme conforme avanzaba la canción.

Las manos dejaron de temblarme. Me invadió la familiar sensación de euforia que me ha provocado siempre el escenario.

Miré a mis compañeros para comprobar que todos compartíamos subidón.

Las chicas se sonreían y parecían estar teniendo una conversación sin hablar.

Raúl daba la impresión de ir a echar a volar en cualquier momento y temí tener que atarlo de algún modo.

Tenía la vista clavada en el público. Por la dirección de su mirada, estaba convencido de que estaba fija en Lucía.

Pero su mente parecía encontrarse a años luz de allí, aunque no fallara una puta nota el muy cabrón.

Tocamos un tema tras otro y conseguimos llevar al público donde quisimos. Les hice cantar algunos estribillos y hubo hasta quien se arrancó a bailar.

Fue una noche mágica. Realmente fue el comienzo de algo. Raúl y yo ya teníamos el culo pelado de tocar juntos, pero hacerlo con las chicas fue una nueva experiencia que supe que los cuatro queríamos repetir sin necesidad de hablarlo. Todo encajaba, eran mi grupo. Eran mi gente.

Al terminar el último tema, nos pidieron los bises de rigor. Y no dejaron de aplaudir y pedir hasta que repetimos algunas de las que habíamos tocado, porque no teníamos más preparadas.

Cuando nos rendimos por fin y bajamos del escenario, se nos acercaron un grupo de chicas a hablar con nosotros.

Esa siempre ha sido la parte preferida de Raúl en los conciertos, pero esa noche pasó de largo de ellas.

Lo seguí con la mirada hasta que alcanzó a Lucía, que se había retirado a un lado a esperarnos.

Le dijo algo que no llegué a escuchar y la besó.

O se besaron, no sé, fue confuso. Pero Tania, Ori, Lena, Fanny y yo les aplaudimos como si fuera el final de una comedia romántica.

El subidón que yo llevaba no era normal, como si la adrenalina hubiera sustituido por completo a mi sangre. Quería gritar, quería saltar, quería besar a Ori… Pero era 1999 y todavía no se veía demasiado bien que dos tíos se besaran en público.

Él me miró con la misma intención y me tendió su cerveza. Al cogerla, sus dedos rozaron los míos mucho más de lo necesario.

—Cuando quieras nos vamos a mi casa —propuso en un susurro.

Y yo me limité a devolverle una sonrisa.