Adicto al fracaso 42 Miedo al éxito
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42 Miedo al éxito

MIEDO AL ÉXITO

El subidón de adrenalina no se me había pasado del todo cuando entré tras él en su piso y cerré la puerta. No le di tiempo ni a girarse, lo arrinconé por la espalda contra la pared de la entrada. Se le escapó la risa entre los dientes junto con un gemido de sorpresa.

—Joder, Milo, te voy a buscar un concierto cada noche —murmuró—. O no —gimió—, porque has sido un puto incordio… Te has pasado todo el bolo mirándome.

Metí las manos bajo su camiseta y las deslicé hacia arriba hasta sacársela por la cabeza.

—Tus ganas —murmuré antes de morderle el hombro.

—No he dicho que no las tuviera —jadeó y se apoyó contra la pared—. Pero ha sido agotador aguantar tu cara de guapo, tu pose canalla y tu voz sexi… Y sin quitarme ojo de encima…

—Es mi trabajo —susurré contra su garganta y él gimió más fuerte.

—Pues trabajas muy bien, deberían subirte el sueldo.

—No hables tanto… —Una de mis manos subió hasta su cuello y la otra se coló por dentro de su pantalón.

—Qué mandón estás hoy, a ver si es que el escenario te convierte en un divo… —bromeó justo antes de que le rodeara la polla con la mano—. Joder —farfulló—, Milo…

—Y tú qué pesado eres…

—Me callo —comenzó a mover la pelvis contra mi mano—, me callo…, ya me callo…

—No has estado callado en tu puñetera vida…

Se dio la vuelta de golpe y me arrinconó él a mí contra la pared de enfrente.

—Igual es que tengo mucho que decir —murmuró antes de quitarme la camiseta.

—O igual solo es que te encanta oírte. —Sonreí y él me pasó la lengua despacio por la clavícula y subió lentamente hasta la oreja.

—Ori —murmuré y casi pude escuchar su sonrisa.

Él tiró de mí y me arrastró hasta hacerme caer en el sofá. Luego se me subió encima. Me fue dando pequeños mordiscos en el pecho a medida que bajaba por mi cuerpo.

—Oh, joder, Ori —jadeé y cerré los ojos. Mi sangre latía descontrolada por todo el cuerpo todavía cargada con parte de la adrenalina del concierto—. Podría hacer esto cada noche… Podría seguir así toda la vida. —Mi respiración se volvió más pesada—. Dime que seguiremos así toda la v…

Él paró lo que estaba haciendo y subió de golpe para taparme la boca con la mano.

—No lo digas, Milo, por favor —me interrumpió.

—¿El qué? —Aparté su mano de mi cara.

—Lo que estabas a punto de decir —murmuró y negó con la cabeza.

—¿El qué? —insistí—. Que quiero pasar mi vida contigo… ¿Tan malo sería? ¿No puedo ni decirlo? —Dejé caer la cabeza contra el respaldo del sofá y me tapé la cara un instante.

—Milo, joder —se quejó y se incorporó de golpe, como si cualquier contacto conmigo en ese momento le resultara violento—. Acabas de cargártelo todo.

—Pues vaya mierda era ese «todo» si me lo puedo cargar con una frase…

—Teníamos un trato, Milo, sabías lo que había… No podemos seguir igual después de esto…

—¿Vas en serio?

—Ya lo sabías, Milo.

—Que te jodan, Ori. —Me incorporé yo también. Apoyé los codos en la rodillas y me pasé una mano por la cara.

—Milo, no me culpes a mí… Fui claro desde el principio…

Bufé y me puse de pie. Eché un vistazo a mi alrededor y comprobé que algunas de sus cosas estaban empaquetadas.

—¿Te mudas?

—Al piso de Rebeca, sí, durante unos meses. Es más barato que este. Desde que se fue Aixa, me sobra piso y me falta pasta…

—¿Por qué no me habías dicho que te mudabas?

—Porque no tiene nada que ver contigo…

—¡Dime la verdad, Ori, joder!

—Ya lo sabes…

—Dímelo.

—Porque no quería que sugirieras que nos fuéramos a vivir juntos —confesó en un murmullo.

Me senté en el brazo de la butaca que había frente al sofá donde estaba él.

—¿Tan malo sería? Pasamos juntos prácticamente todas las noches desde hace meses. Es absurdo pagar dos alquileres…

—¿Lo ves? —Dejó caer la cabeza contra el respaldo—. Sabía que dirías algo así.

—¡Es que es lo más lógico!

—Pero tú y yo no somos lógicos, Milo. ¡Somos artistas! Tú y yo hablamos de arte, de música, de sexo… Pero no del alquiler, de la factura de la luz o de a quién le toca poner la lavadora.

—¿Eso es lo que te preocupa? —Bufé—. Yo me hago cargo de las facturas y pongo todas las putas lavadoras, asunto resuelto.

—Eso es solo un ejemplo, Milo, no es lo que quiero…

—Y ¿qué es lo que quieres?

—Libertad.

—¿Conmigo no tienes libertad? —Me llevé una mano al pecho y dejé que mi cara expresara mi sorpresa por mí.

—Ahora mismo sí, pero me limitas…

—¡¿Te limito?!

—Sí, el otro día estuve fantaseando con irme con Rebeca a vivir a Londres, después de que se mude, pero me frenaba la idea de dejarte aquí… No puedo permitir que algo así me condicione…

—¡Pues me voy al puto Londres contigo, joder! Tengo dinero, ¿dónde está el problema?

—Justo ese es el problema, Milo. Tu proyecto está aquí. Tu grupo, tu música… No quiero que condiciones tu vida a la mía ni yo a la tuya…

—¿Y si quiero hacerlo?

—Ese sigue siendo el problema, que yo no quiero que lo hagas. Tú y yo estamos destinados a hacer grandes cosas. Llevamos el arte en las venas, Milo, pero eso no ocurrirá si nos aburguesamos como cualquier otra pareja… El amor romántico no existe. La vida en pareja se lo carga todo…

—Mira, el arte me come los cojones… Pero el tuyo y el mío, los dos… Y tu abuela, también. Todo esto es por ella y por la mierda que te ha metido en la cabeza desde crío.

—Eh, un respeto —protestó—. Y no me hagas sentir mal, porque fui claro contigo desde el principio.

Te dije que yo no me enamoraba, te dije muy claro lo que había.

Pero parece que eso es lo que te pone, que las cosas te salgan mal para luego poder lamentarte.

No es culpa mía que seas un puto adicto al fracaso que se lanza de cabeza al fondo del pozo en cuanto tiene ocasión.

Tensé la mandíbula con fuerza y apreté los puños hasta que me clavé las uñas en la palma. Le aguanté la mirada en silencio durante un momento.

—Yo me arriesgo, Ori —escupí cada palabra—.

Y cuando te arriesgas, a veces sale bien y otras veces mal…

Pero tú… Tú te escudas en esa teoría de mierda porque en el fondo eres un cobarde que tiene miedo al éxito, a que algo le salga bien de verdad.

Y eso se aplica a todo, incluso a «tu arte».

—Hice un gesto teatral con las manos—. Hablas mucho, dices mucho, pero haces poco…

Te quedas a medio camino, en las relaciones y en todo lo demás.

Fui hasta la entrada, que estaba a solo unos pasos, y recogí nuestras camisetas del suelo. Me puse la mía y le lancé la suya.

—Yo he aprendido a gestionar el fracaso, Ori.

¿Sabrías tú hacerlo con el éxito que se supone que buscas?

Creo que en el fondo tienes miedo de que las cosas te vayan bien de verdad y tener que enfrentarte a eso, porque igual no es lo que esperabas.

Igual ser un artista reconocido no es tan maravilloso como lo imaginas, y lo mismo tener una relación que funciona y te hace feliz no es lo peor que te puede pasar…

No sé por qué me he enamorado de ti, si eres un gilipollas.

—Se me quebró un poco la voz y una lágrima se escapó por su cuenta contra mi voluntad.

Me la sequé con el dorso de la mano en cuanto apareció.

—Milo. —Se puso de pie y vino hacia mí.

—Ni me toques. —Levanté las manos—. Si vas a decirme tu mierda de siempre, te la puedes ahorrar.

—¿Qué quieres que te diga?

—Dime que no te has enamorado de mí.

Respiró hondo y me aguantó la mirada.

—Milo, te quiero mucho, pero no me he enamorado de ti —dijo por fin, y yo quise creer que mentía, aunque su expresión parecía de lo más sincera.

—Vale, pues no hay más que hablar. Me das mucha pena, Ori, estás muerto por dentro…

—Milo, de verdad creo que ha llegado el momento de dar un paso atrás y ser solo amigos.

—¿Amigos? —Bufé una especie de risa amarga que me raspó la nariz al salir—.

Yo no quiero ser tu amigo. Lo último que quiero es tenerte en mi vida y ver cómo esto no ha significado nada para ti…

y cómo mañana mismo estás follando a lo loco otra vez con cualquiera.

—Me palpé los bolsillos del pantalón para comprobar que lo llevaba todo—. Me largo.

—¿Nos vamos a despedir así? ¿Te vas a ir enfadado?

—Ni siquiera sé si es enfado. —Suspiré—. Puede que solo sea… decepción. Que sí, no me lo repitas más, que sabía lo que había… Pero de verdad pensaba que en el fondo no eras tan imbécil…

—Estás destinado a hacer cosas grandes, Milo.

—Vete a la mierda, Ori. No quiero volver a verte.

—Yo a ti tampoco, pero quiero oír hablar de ti.

—Oh, mira, que te jodan. No te pongas profundo conmigo con la frase de una película. Vi Cinema Paradiso contigo, te lo recuerdo. Y esas palabras te quedan grandes. Todo lo que requiera un mínimo de sensibilidad te queda grande.

—Estás siendo injusto.

—¿Injusto? Más injusto me parece a mí que me apartes de tu vida por haberme enamorado de ti… —Respiré hondo y se me escapó un suspiro—. Adiós, Ori. Cásate con tu puto arte y sé feliz.

No le di tiempo a responder nada. Salí de allí al momento sin mirar atrás.

La noche era fría para ser junio. Se me erizó la piel al contacto con el aire, y no tuve muy claro si de verdad era por la temperatura o quizá por el escalofrío que me recorría cada vez que pensaba que no lo iba a volver a ver.

Se me formó un nudo en el pecho que se fue expandiendo por todo el cuerpo.

Apreté el paso y los pies me llevaron hasta la tienda sin darme cuenta. Mejor así, no me apetecía ir a casa.

Cerré la reja a mi espalda y entré en mi local. Y solo entonces me permití llorar. Dejé las lágrimas salir un rato, como despedida de todo lo que él me había hecho sentir. Como una catarsis que me depurara y me preparara para lo siguiente. Esta vez no me hundiría, no iba a darle ese poder.

Oriol Tusquets me había ayudado a salir del pozo solo para luego hacerme caer desde más alto. Pero no me hacía ni puta falta para volver a levantarme.

Fui hasta la trastienda y cogí la guitarra. Cerré los ojos y canalicé todo lo que estaba sintiendo. Todo lo que dolía.

—Eras solo otro cobarde —canturreé—, que buscaba la salida. Me di cuenta y ya era tarde, ya cruzabas la avenida.

Cogí el cuaderno que tenía más a mano y lo escribí en una página en blanco.

—Pusiste rumbo al olvido…, te perdiste en el ayer… Dime, ¿cómo hubiera sido… aquello que pudo ser?

Una lágrima cayó sobre el papel y emborronó un poco la tinta.

La limpié con la mano antes de secarme la cara.

Le di unas cuantas vueltas a esas dos primeras estrofas, y fui probando nuevas ideas para el puente y el estribillo.

Para cuando los primeros rayos del amanecer se colaban por el ventanuco del patio de luces, tenía casi un tema entero que me dolía en cada acorde.

—Yo soy de apurar el vaso… de la vida sin dudar…, y soy adicto al fracaso… si es el precio por jugar.

Carraspeé antes del puente.

—Tú eres de medir los pasos… por temor a tropezar… No te arriesgas por si acaso… y así no puedes ganar.

Me temblaron los dedos y tuve que abrir y cerrar las manos un par de veces antes del estribillo.

—Pusiste rumbo al olvido…, el éxito te dio miedo…. Diste todo por perdido… antes de salir al ruedo.

Me pasé todo el fin de semana solo en aquella trastienda.

Dormí poco y comí menos. Pero toqué mucho.

Me obsesioné con la melodía y canalicé en ella todos los sentimientos que no me permitían casi ni respirar.

Pulí cada frase, cada nota, cada acorde…

y la convertí en la que sin duda era la mejor canción que había compuesto.

Eras solo otro cobarde

que buscaba la salida.

Me di cuenta y ya era tarde,

ya cruzabas la avenida.

Pusiste rumbo al olvido,

te perdiste en el ayer.

Dime, ¿cómo hubiera sido

aquello que pudo ser?

Yo soy de apurar el vaso

de la vida sin dudar

y soy adicto al fracaso

si es el precio por jugar.

Tú eres de medir los pasos

por temor a tropezar.

No te arriesgas por si acaso

y así no puedes ganar.

Ya se encienden las bombillas

que iluminan el paseo.

Hace frío en esta orilla,

frente al mar de tu deseo.

Pusiste rumbo al olvido,

el éxito te dio miedo.

Diste todo por perdido

antes de salir al ruedo.

Yo soy de apurar el vaso

de la vida sin dudar

y soy adicto al fracaso

si es el precio por jugar.

Tú eres de medir los pasos

por temor a tropezar.

No te arriesgas por si acaso

y así no puedes ganar.

Cuando por fin la di por concluida, la toqué cientos de veces, a solas y a oscuras. Y la sentí sangrar en cada nota.

Me aplastó la certeza de que mi mejor canción había nacido del dolor y la soledad, tal como dijo la abuela de Ori. Y eso fue casi lo que más me jodió de todo.