40 Casi dos años tarde
CASI DOS AÑOS TARDE
Las semanas siguieron pasando y apenas nos dimos cuenta.
Ori seguía con las mañanas ocupadas con el proyecto de grabado, pero ya había terminado los dibujos y dedicaba las tardes a la escritura del que quería que fuera su próximo cortometraje.
De igual modo, pasaba las tardes en la tienda, decía que el local le inspiraba.
Se metía en la trastienda a trabajar, aunque lo cierto era que casi salía más a descansar de lo que curraba.
Una tarde del mes de mayo, mientras él seguía escribiendo sentado en aquel sofá donde ya bastantes meses antes me había hecho la entrevista, yo remoloneaba a su lado porque no me apetecía estar de plantón en el mostrador.
Vale, quizá no era él el único que buscaba excusas para descansar y para estar juntos…
La campanilla de la tienda me avisó de que había llegado mi momento de salir. Resoplé algo frustrado y me mentalicé para hacerlo. Un carraspeo me dejó claro que no se trataba solo de un mirón.
—¡Voooy! —exclamé antes de levantarme y dirigirme hacia allí.
El recién llegado se había quedado junto a la puerta y, por la disposición de la tienda, no pude verlo hasta que lo tuve a un par de metros de mí.
—Hola, Milo —dijo Sergio en apenas un murmullo.
Me quedé congelado en el sitio al momento, porque puede que fuera la última persona que esperara ver allí. Bueno, Michael Jackson igual era menos probable, pero tenía mis dudas. Me sostuvo la mirada, y demostró así un valor del que había carecido en el último año y medio largo. Luego respiró hondo.
—¿No vas a decir nada?
Yo abrí mucho los ojos y me llevé las manos a la cara.
—¡Oh, dios mío! —dije por fin—. ¡Pero si es el batería de Latidos de cristal!
—Venga, Milo, en serio… ¿Podemos hablar?
—¿Me firmas un autógrafo? —Pasé detrás del mostrador y cogí un boli—. Nada de papel, mejor me firmas en la piel, que me lo quiero tatuar… No sé si en la cara o en el culo, ¿qué me recomiendas? Mira, mejor en la espalda, justo donde me diste la puñalada… Es poético.
—Milo, para, por favor.
—¿Qué pasa? —Le aguanté la mirada—. ¿He dicho alguna mentira?
—Milo, lo siento.
—Es un poco tarde para eso.
—De verdad que no quería hacerte daño.
—Pues te salió fatal…
—Me enamoré, tío. Nos enamoramos. ¿Qué hubieras hecho tú en mi lugar?
—Joderme.
—No hubiera sido justo para nadie —argumentó—. Sé que lo hice mal, pero ¿qué hubieras querido que hiciera? No había una forma buena de hacerlo.
—Para empezar, deberías haber hablado conmigo primero.
Antes de que pasara nada con ella. Éramos amigos antes de que Madi apareciera.
Te consideraba familia. Y tendrías que haber venido el día de la firma, tenías que haber dado la cara.
—Me crucé de brazos—. Nos lo debías a mí y a Raúl.
Y, desde luego, no deberías haber grabado el disco con otro grupo.
Has llegado a un punto de bajeza moral en el que no te reconozco.
Y no me puedo creer que en algún momento estuviera tan equivocado contigo.
—Fuimos amigos, Milo. Eso fue de verdad.
—Vete a la mierda.
—Lo hice mal, y lo siento. De verdad que eras como un hermano para mí…
—Mira, me pillas de buen rollo, te voy a dar un consejo de amigo: cuidado con tu novia, te puede dejar tirado en cualquier momento por el primer gilipollas que encuentre. A mí me lo hizo.
—Desahógate, lo entiendo. Y lo merezco. Dime todo lo que quieras decirme.
Me apoyé contra el mueble que tenía tras el mostrador.
—Es que ni siquiera me apetece. —Negué con la cabeza muy despacio al decirlo.
Él abrió la boca para contestar algo.
—¡Hostia! —el casi grito de Ori al aparecer de repente le interrumpió—. ¡El batería de Latidos de cristal!
Y yo me reí abiertamente porque me hizo gracia el nivel de compenetración que ya teníamos Ori y yo.
Sergio desvió la mirada de uno a otro varias veces.
—Ori, ¿qué haces aquí? —preguntó por fin—. No sabía que erais amigos. —Se giró hacia mí—. ¿Ahora les haces tú las músicas? Seguro que son mejores que las mías.
—Lo serían, no hay duda —afirmé—, pero no. Me lo propusieron, pero no acepté.
—Aún duele el rechazo. —Ori se llevó la mano al corazón en un gesto dramático y pasó a mi lado tras el mostrador.
—Ya me descolocó veros juntos en Madrid, pero pensé que era casualidad… ¿Cuándo os habéis hecho tan amigos?
—Sergio, ¿qué coño quieres? —insistí—. No voy a contarte nada de mi vida como si fuéramos colegas. Dime a qué cojones has venido y lárgate.
—Sí, he venido a decirte algo… ¿Podemos hablar un momento los dos solos?
Resoplé y lo miré durante unos segundos.
—No —dije por fin—. Lo que quieras decirme, puedes hacerlo delante de Ori.
—No sabes lo que te voy a decir.
—Me da igual. —Me encogí de hombros—. Si quieres decir algo, hazlo. Si no, lárgate.
—Vale… Pues, a ver… Supongo que sabes que el disco está siendo un éxito —dijo con la boca pequeña.
—Lo imaginaba, sí —asentí—. Las canciones lo merecen; la interpretación, no tanto.
Ori ahogó una risa.
—Bueno, pues eso, que van a hacer una segunda tirada y vamos a empezar a cobrar…
—¿Cómo que vais a empezar a cobrar?
—Sí —aclaró—, por contrato, empezaremos a cobrar cuando se cubra la inversión que hizo la compañía con la grabación y la promoción inicial y tal…
—¿No habéis cobrado nada todavía? —No es que me apeteciera darle conversación o que me interesara su vida, pero la curiosidad por si la discográfica los había estafado era real.
—No —contestó como si fuera lo más normal del mundo y yo traté de que mi sonrisa no fuera muy evidente, pero Ori le dio la espalda, me miró y puso una cara divertidísima—.
Bueno, lo que venía a decirte… Que sé que estuvo fatal que aceptáramos el trato de la compañía sin ti, pero sabíamos que no querrías hacer esto con nosotros…
Y la que les interesaba era Madi, todos los demás éramos prescindibles…
—Al grano, Sergio.
—Bueno, lo que te decía… Que ahora vamos a empezar a cobrar de verdad y… Bueno, Madi y yo hemos estado hablando…
—¿También habláis? Qué relación tan especial…
Ori ahogó una risa, pero Sergio ignoró el comentario.
—Sabemos que lo hicimos mal, que las canciones son tuyas y que deberías haber estado en el proyecto… —Se humedeció los labios y tragó saliva—. Ya no podemos arreglar lo que hicimos, pero nos gustaría ser justos a partir de ahora.
Ori cogió el cuaderno que yo tenía sobre el mostrador y un boli y volvió a apoyarse a mi lado mientras buscaba una página en blanco. En cuanto la encontró, garabateó un rápido «¿quieres que le dé una patada en el culo?» que me hizo sonreír, pero me limité a negar con la cabeza.
—¿A qué te refieres con ser justos? —pregunté—. ¿De verdad piensas que podéis arreglar lo que hicisteis?
—Podemos intentarlo… A ver, el contrato es una mierda, y con esto no se gana tanto como pensábamos. El grupo se lleva solo el 6 % de los beneficios, y nos han metido a cuatro tipos, que tocan muy bien, pero tenemos que repartir con ellos, con lo que cada uno nos llevamos un 1 %…
Vi a Ori volver a escribir y miré de reojo. Había anotado un «tú?? %???» que me sacó otra sonrisa. Me tendió el boli y yo le contesté con un silencioso «4 %» que le sacó una carcajada. Contuve la risa para que Sergio se picara un poco más.
—¿Has venido a restregarme vuestra fortuna? —quise saber.
—No. —Él negó con la cabeza—. Madi y yo hemos estado hablando, y queremos darte la mitad de lo nuestro… Creemos que es lo justo…
—¡¿Lo justo?! —dejé escapar una risa amarga—. ¿De verdad eso te parece «lo justo»? ¿Algo de lo que habéis hecho os lo parece?
—No, ya sé que no, pero queremos intentar arreglarlo, ¿vale? Tenemos que cobrar en breve la segunda tirada…
—¿Cuántos discos van a fabricar esta vez? —lo interrumpió Ori.
—Otros treinta mil —contestó Sergio.
«¡¡¡¡¿Otros dos millones y medio?!!!!!», escribió el artista en el papel y a continuación: «llévame a Nueva York y te la chupo en el Empire State».
A mí se me escapó una carcajada en cuanto lo leí.
Sergio nos miró confuso. Supongo que no entendió la risa, pero no tenía ninguna intención de mostrarle el comentario de Ori.
—Vale, van a duplicar la tirada, ¿y qué? —quise saber en cuanto me calmé.
—Unas cuatrocientas mil pesetas vamos a cobrar cada uno, por lo visto, pero se prevé que habrá una tercera tirada. El caso es que Madi y yo queremos darte la mitad de lo que nos corresponde.
Dejé escapar un silbido largo.
—Qué pastón —solté por fin.
—No te estoy vacilando, Milo.
—Yo a ti un poquito sí, la verdad.
—Es en serio —insistió—. Queremos hacer lo correcto.
Nos quedamos en silencio un momento y yo no le quité ojo.
—Estáis a años luz de hacer lo correcto, pero es un gesto bonito, supongo —dije por fin y él asintió—. No me termina de cuadrar con vosotros.
—Joder, Milo, queremos hacer las cosas bien…
—Llegáis casi dos años tarde para eso.
Él chasqueó la lengua.
—Hemos dejado pasar tiempo suficiente… Creo que podríamos arreglarlo.
Entiendo que no quieras ser amigo nuestro —vaciló un momento antes de seguir—, pero igual podríamos volver a currar juntos.
Hacíamos buen equipo, Milo. Si no quieres formar parte del grupo, lo entiendo, pero podrías ser parte del proceso creativo.
La gente seguiría cantando tus temas, eso tiene que ser un subidón…
Dejé escapar una carcajada tan grande que rebotó en cada uno de los vinilos que nos rodeaban.
—Vale, lo pillo. Lo que pasa es que la discográfica os ha propuesto grabar un segundo disco y me necesitáis porque no tenéis canciones… —Lo miré directamente a los ojos—. ¿Me equivoco?
Él tragó saliva y miró al suelo.
—Sí, pero no es por eso —aseguró—. Queremos arreglar las cosas igualmente. Y estamos dispuestos a darte la mitad aunque no aceptes hacernos más canciones.
Ori soltó un carraspeo y, al momento, le dio un ataque de tos.
—Perdón —consiguió decir cuando dejó de toser—, soy muy impresionable y me he atragantado con tanta nobleza flotando en el ambiente.
Yo deje escapar la risa entre los dientes y le di un pequeño empujón con el hombro.
—No te pases, Ori, que yo a ti no te he hecho nada —dijo Sergio a la defensiva.
—Con saber lo que le hiciste a Milo, me sobra para tener claro la basura humana que eres…
—Bueno, solo conoces su versión —argumentó y yo bufé.
—¿Te follaste a su novia? —preguntó Ori.
—Me enamoré de ella…
—¡¿Te follaste a su novia?! —insistió Ori mucho más alto.
—Sí —dijo él con un hilo de voz.
—¿Lo dejaste tirado en el momento de firmar en la discográfica sin avisar?
—Sí. —Sergio miró al suelo.
—¿Y luego firmaste un contrato con esa misma gente sin él?
—Sí.
—Pues creo que sé todo lo que tengo que saber… Pero ahora cuéntame tu versión si quieres.
—Da igual —murmuró.
Los tres nos quedamos callados durante unos segundos. El ambiente estaba tan espeso que daba la impresión de que el chispazo de un mechero podría hacer que todo saltara por los aires. Fue Sergio el que no lo pudo soportar más tiempo.
—¿Qué dices, Milo, de lo que te he propuesto?
Yo dejé escapar un suspiro antes de hablar.
—Paso —solté por fin.
—¿Ni siquiera te lo vas a pensar?
—No.
—Sería bueno para ti también… Pero lo entiendo. Y te vamos a dar la mitad de lo nuestro igual.
—Mira, Sergio, os reconozco el gesto, pero no necesito vuestro dinero.
Él parpadeó algo confuso.
—¿En serio? ¿Tanto te da la tienda ahora?
—La tienda no, la SGAE —confesé—. Yo he cobrado por ese disco desde la primera copia. Cobro por cada unidad que se fabrica, por cada concierto que dais o cada vez que suena un tema por la radio. No sufráis por mí, que estoy ganando bastante más que vosotros…
—Ah —murmuró él—, no lo sabía.
—Pues ya lo sabes.
—¿Y cuánto cobras tú?
—No te lo voy a decir, Sergio, no somos amigos.
—Vale —asintió—. Pues ya está. Supongo que ya no nos queda nada más que hablar.
—Supones bien —confirmé.
—Pues me marcho.
—Adiós —dijo Ori.
—Adiós, Milo. Ojalá pudiera arreglarlo de algún modo.
—Adiós, Sergio.