Adicto al fracaso 39 ¿Boda o embarazo?
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39 ¿Boda o embarazo?

¿BODA O EMBARAZO?

El regusto agridulce de las Navidades me duró poco.

En cuanto nos alejamos de su familia (y con «familia» estoy empleando un eufemismo para referirme a su insoportable abuela), Ori volvió a ser el de siempre.

Se embarcó en un proyecto relacionado con el arte, pero que tenía más de clásico que de moderno.

No se trataba de una de esas performances con las que tanto me gustaba tomarle el pelo, sino de una serie de grabados que tenía que realizar para una academia como soporte visual para los talleres en los que impartían esa modalidad.

Como consecuencia de eso, tenía mucho que hacer con diferentes técnicas, y yo estuve escuchándolo hablar de litografías y linóleos durante semanas.

Lo cierto es que eso no hizo que nos viéramos menos, porque decidió que haría los dibujos interpretando carátulas de discos, y se pasó todas las tardes en la tienda copiando las portadas.

Quise creer que era una excusa para pasar el tiempo conmigo, pero nunca lo dijo abiertamente.

Así transcurrieron un par de meses de una nueva rutina mucho mejor que la anterior. Pasaba las mañanas solo en la tienda y las tardes en su compañía. Por las noches dormíamos en su casa o en la mía, y así un día tras otro hasta que nos vimos, casi sin darnos cuenta, al comienzo de la primavera.

Una noche de finales de marzo, me pidió que lo acompañara a cenar a casa de Rebeca y su novio, que por lo visto habían organizado una velada para todos los amigos porque tenían algo que contarles. Acepté, por supuesto.

—¿Qué dices, Ori? ¿Boda o embarazo? —preguntó uno de sus colegas, con el que nos acabábamos de encontrar en el portal, antes de llamar al ascensor—. ¿Qué crees que es lo que nos van a contar?

—Si esas son las opciones, creo que prefiero boda —contestó él.

—¿Por qué? —quise saber.

Ori se encogió de hombros con despreocupación, pero su respuesta parecía ensayada. O quizá solo previamente meditada.

—Porque una boda puedes ignorarla, o incluso deshacerla, pero un bebé es para siempre.

Las puertas se abrieron con un golpe seco y entramos. El otro chico se rio y yo me quedé mirando el reflejo de Ori en el espejo.

—Pero sería suyo —argumenté—, no tuyo.

—Por supuesto. —Se rio—. Pero la gente deja de quedar cuando tiene hijos. Desaparece. Se vuelve aburrida…

—Ya —fue lo único que pude decir, pero no pude evitar pensar que ese argumento debía de ser muy similar al de mi padre.

—Y Rebe hace poco que ha vuelto a estudiar. No creo que eso, con un bebé, lo fuese a compaginar bien.

El ascensor se detuvo en el cuarto piso y todos bajamos. El olor a comida se colaba en el rellano y una sonriente Rebeca nos abrió la puerta antes incluso de que llamáramos al timbre. Saludó con abrazos a sus amigos, que pasaron dentro, y luego me dio un par de besos a mí.

—Hola, Milo, me alegro de verte —me dijo con ese tono que empleaba siempre para hablar conmigo, algo a medio camino entre el afecto y la lástima.

Supongo que ese era el sentimiento que le despertaba.

Ella conocía lo suficiente a su amigo como para saber lo que implicaba estar con él.

En el tiempo que llevaba yo en la vida de Ori, nos habíamos visto media docena de veces.

Tiempo suficiente para que me sintiera cómodo en su compañía, pero no podía considerar que lo que había entre nosotros fuera amistad.

—Hola, Milo, ¿qué tal? —Su novio había aparecido detrás de ella y me estrechó la mano.

Cerraron la puerta a mi espalda y los tres nos dirigimos hacia la sala, donde ya estaban todos los demás.

Ori me esperaba de pie junto a la butaca que compartíamos siempre.

Cuando estábamos todos, no había asientos suficientes en esa casa para acomodar tantos culos, y Ori solía sentarse encima de mí, pese a que la ventaja física que yo le sacaba era mínima.

Puede que yo estuviera un poco más fuerte que él, pero él era unos centímetros más alto.

No obstante, jamás me quejé. Me gustaba demasiado que nos sentáramos de ese modo.

Me hizo un gesto para que ocupara mi sitio y, en cuanto lo hice, él se arrellanó encima de mí. Pasó un brazo sobre mis hombros y comenzó a hacerme cosquillitas en el cuello de modo distraído, como acostumbraba a hacer cuando estábamos en esa posición.

El anfitrión de la casa se plantó delante de todos y dio una fuerte palmada en el aire.

—A ver, ya estamos todos, ¿no? Venga, prestadme toda vuestra atención.

—¿Qué pasa, tío? Suéltalo ya —dijo uno de los amigos.

—¿Boda o embarazo? —preguntó el que había sugerido lo mismo en el ascensor.

—Ni una cosa ni otra —respondió—. Nos largamos, chavales. Aquí mi chica, que es la más inteligente del mundo, ha conseguido una beca nada más y nada menos que en la Universidad de Cambridge. El curso que viene empieza allí.

El ambiente se volvió ensordecedor. Los vítores y las enhorabuenas se mezclaban con las protestas por el inminente abandono y todos se fueron levantando para abrazar a la protagonista de la noche. Ori el primero.

—Tenemos que hablar con la casera —dijo Rebeca a todos en general—, nos quedaremos aquí hasta julio.

Si a alguno le interesa quedarse este piso cuando nos vayamos, que avise para decírselo cuando hablemos con ella.

Ori, ¿vas a buscar nuevos compañeros cuando se vaya Aixa?

Porque igual te interesa quedártelo a ti, que es más pequeño y podrías vivir solo…

—Mmm, no lo descarto —dijo él—. Me encanta esa terraza, podría acostumbrarme a pintar ahí. Me lo pensaré.

—Hasta junio tienes de plazo.

—Hecho.

No tardamos en sentarnos a cenar. El tema de conversación giró durante un rato en torno a la gran noticia, pero Rebeca tampoco tenía mucho más que contar al respecto y pronto la cosa derivó en historias mucho más absurdas.

Alguien contó que su ex había empezado a salir con un monitor de gimnasio y otro quiso saber si de verdad había alguien que se dedicara a eso a tiempo completo.

Eso a otro alguien le recordó que en el gimnasio al que iba tenían televisores en los que ponían películas sin sonido.

Esa semana habían puesto El muro de Pink Floyd.

Todos se indignaron y coincidieron con él en que esa peli sin la música original era una ofensa al arte, al buen gusto y al mundo entero, así, en general.

Ya íbamos por la quinta botella de vino y se notaba.

Ori se reía con ellos. Brindaba. Comentaba. Sonreía. Me acariciaba la pierna por debajo de la mesa. Me miraba de reojo. Me hacía algún comentario ingenioso al oído. Convertía una charla entre amigos en un momento especial entre nosotros. Y eso era peligroso para nosotros. Para mí.

Mi cabeza me la jugó y me imaginé viviendo en ese piso con él.

Era viejo, pero tanto que tenía encanto.

Y se notaba que lo habían arreglado todo con mucho mimo.

Me imaginé componiendo en la terraza mientras él pintaba.

Me imaginé haciendo la cena mientras Ori se sentaba en la barra que separaba la cocina del comedor.

Me imaginé pintando las paredes para cambiarlas de color.

Me imaginé organizando una cena para esa misma gente.

Me imaginé haciendo lo mismo para mi propia gente.

Podría vivir ahí perfectamente. Podría compartir piso con Ori. Podría perfectamente compartir mi vida con él.

Pero lo que no podía, bajo ningún concepto, era pensar en proponérselo siquiera por miedo a que saliera corriendo.