38 Nombre de pianista #2
—No me van las pelirrojas —aseguré.
—No gustar en ese sentido, idiota. —Me pasó los brazos por los hombros y me besó—.
Pero con respecto a lo que hablábamos antes, mi amiga Rebe no es artista, ni nada que se le parezca.
Ahora está estudiando una carrera de ciencias, que no puede haber nada más contrario al arte, pero antes ni siquiera estudiaba nada.
Tiene nulo talento artístico, pero la quiero con locura y es mi persona preferida de la vida…
¿Qué te parece? ¿Ves como no soy un esnob? ¿No estás orgulloso de mí?
Me reí entre dientes.
—Muy orgulloso —bromeé y él me mordió el labio—. A lo mejor aún hay esperanza para ti…
Él se rio muy fuerte y me empujó con todo su peso hasta hacerme caer sobre la cama y tumbarse encima de mí.
Yo me reí mientras él me besaba el cuello y comenzaba a meterme mano.
La risa me supo amarga al pensar que podría acostumbrarme a eso, a él, pero que Ori nunca sentiría lo mismo.
Esa relación estaba abocada a convertirse en un fracaso más que añadir a mi lista.
Y no estaba en mi mano hacer nada para evitarlo.
Durante la cena, reprimí mi verdadera naturaleza y le di cordial conversación a la matriarca de la familia.
Porque Astrid Andersson no había criado a un maleducado y yo sabía comportarme en cualquier situación.
Charlé con Bernat y Jaume, los hermanos pequeños de Ori, a los que por su condición de benjamines habían relegado a esa parte de la mesa que no quería ocupar nadie.
Desde la mesa de los niños, mi amiga Asunta me saludó con la mano y me mostró el elegante vestido que se había puesto para la ocasión.
Al terminar la cena, incluidos los postres, pasamos todos a una sala enorme en la que había varios sofás y sillones.
La abuela se sentó en la butaca más imponente de la habitación y los padres y los hermanos mayores de Ori, con sus parejas, lo hicieron en el resto.
Los demás nos acomodamos en el suelo, sobre las alfombras, orientados hacia una parte del enorme salón que habían dejado libre.
En él había un piano y un montón de niños esperando tras él con papeles o instrumentos, según el caso.
Fueron pasando todos los críos frente a su familia a deleitarnos con actuaciones.
Algunos leyeron poesías, otros interpretaron una escena de teatro, un pequeño que apenas levantaba dos palmos del suelo se marcó un solo de violín impresionante para su edad…
Cuando llegó el turno de la única niña con la que yo había intercambiado unas palabras, la vi sentarse con elegancia ante el piano.
En cuanto tocó las dos primeras notas, reconocí la melodía.
Yo mismo la había tocado en innumerables ocasiones a su edad.
Era una pieza de dificultad elevada para su extrema juventud, que solía reservarse para los niños que despuntaban de verdad.
Había un cambio especialmente difícil que me había costado meses conseguir, porque requería un movimiento que las pequeñas manos de un niño no podían ejecutar a la velocidad que requería la composición.
Finalmente encontré la manera de hacer un giro de muñeca que supliera esa carencia, pero me había supuesto una larga temporada de frustración llegar hasta ahí.
Cuando Asunta llegó a esa parte, le pasó lo que me había ocurrido a mí tantas veces y la música se cortó de golpe.
Ella murmuró un «perdón» y resopló antes de volverlo a intentar.
Cada vez trataba de mover la mano más deprisa, como sin duda le habían enseñado, pero obtenía el mismo resultado.
Al tercer intento, apretó la mano en un puño y yo no pude empatizar más con ella.
Me levanté sin pensarlo y fui hasta allí.
Me agaché junto a ella y le cogí la muñeca para enseñarle cómo había conseguido hacerlo yo a su edad.
—A ver, hazlo tu primero —me pidió, y no pude negarme.
Hacía doce años que mis dedos no rozaban la tecla de un piano, pero cuando ejecuté el movimiento y escuché el acorde brotar de las cuerdas, me sentí como si estuviera de vuelta en aquellos años en los que ese maldito instrumento se había tragado mi infancia.
Abrí la boca para advertirle a Asunta que no se tomara el piano demasiado en serio, porque me dio mucha lástima pensar que fuera a cometer el mismo error que yo…
Pero la volví a cerrar al darme cuenta de que hacer eso me convertiría en alguien parecido a la abuela de Ori.
La niña era libre de tomar sus decisiones y cometer sus propios errores, y lo que no había funcionado para mí no tenía por qué no hacerlo para ella.
—Inténtalo así —murmuré consciente de que éramos el centro de atención de toda esa reunión.
Ella lo hizo y lo consiguió a la primera. Se giró a mirarme con cara de entusiasmo y toda su familia aplaudió.
—Si es que tienes hasta nombre de pianista, Camilo —dijo alguien y yo me tensé por inercia.
—Claro, como ese tan famoso… —dijo otro—, Camilo Bengala, ¿no?
—Magara —dijo alguna chica.
—Vergara —solté—. Camilo Vergara. —Se me escapó un suspiro—. Es mi padre.
—Por el amor de dios, Oriol —se quejó la abuela—. ¿Cómo no me has dicho que habías traído al hijo de Camilo Vergara? Milo, dile a tu padre que está invitado cuando su apretada agenda se lo permita. Me encantará conocerlo.
—Claro —mentí sin ninguna intención de ponerme en contacto con él para nada en absoluto, y muchísimo menos para cumplir los deseos de esa odiosa anciana.
Cuando todo terminó y volvimos a la habitación, me sentía abrumado por la sobredosis de sentimientos que había ido acumulando a lo largo del día. Ori sugirió ver una película y yo acepté, con la esperanza de que meterme en la vida de unos personajes me alejara un poco de la mía.
Me tumbé en la cama y él se recostó sobre mí. Le había dejado elegir a él la película.
—¿De qué va? —pregunté cuando el rótulo de Cinema Paradiso apareció en pantalla.
—Shhh, ya lo verás. Te va a flipar la historia… y la música ya ni te digo…
Tenía toda la razón. Pensé que me dormiría, pero no lo hice. En lugar de eso, nos encontramos a las tres de la mañana los dos llorando como imbéciles cuando salió el cartelito de «Fin».