Adicto al fracaso 38 Nombre de pianista
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38 Nombre de pianista

NOMbrE DE PIANISTA

Por suerte para mí, la abuela de Ori comió sola en la terraza, no le gustaban las multitudes.

Ni siquiera de su propia familia… Curioso, como poco.

Por mi parte, me alegré de no tener que seguir escuchando sus barbaridades durante más tiempo.

Tras la caótica y multitudinaria comida, en la que me esforcé por integrarme en todas las conversaciones que pude, subimos a la antigua habitación de Ori para descansar un poco antes de la cena.

El dormitorio era amplio y parecía conservado tan cual él lo hubiera dejado al marcharse.

Tenía ese punto de refugio adolescente de otra época, pero combinado con el santuario de un artista.

Anticuados muebles de madera oscura, una enorme mesa de dibujo, una cama nido que alguien había sacado y preparado para nuestra llegada, un televisor con vídeo VHS integrado…

Y películas, libros y discos como habría tenido casi cualquier chaval de familia de pasta, imagino, porque no fue mi caso.

—Así que aquí se mataba a pajas el Oriol adolescente… —murmuré.

Él se rio entre dientes antes de asentir.

—Bueno, solo en vacaciones. De normal vivíamos en un piso en el centro, pero allí compartía habitación con Bernat y Jaume, claro…

Busca un piso en la ciudad con trece habitaciones.

—Se rio—. Que me llevo bien con ellos, no me interpretes mal.

Y soy el mayor de los pequeños, que eso siempre da autoridad.

Pero me encantaba venir aquí porque era el único lugar en el que tenía un espacio propio.

—Claro —asentí.

—Esta era la casa de mis abuelos y, bueno, ya la has conocido, ella siempre supo que yo era especial… No habría consentido verme compartir espacio. Entendió mejor que nadie que yo necesitaba mi lugar.

—Dime que no es verdad lo que ha dicho…

—¿El qué?

—Lo de que no sería tu amigo si no tuviese talento. Dime que está equivocada contigo y no eres tan esnob…

—A veeer —sonrió y alargó la sílaba un poco más de lo necesario para dotar a sus palabras de un matiz de condescendencia, o eso me pareció—, es cierto que de la gente sin talento me aburro pronto. Alguien tiene que estimularme intelectualmente para querer pasar tiempo con él…

—¿Eres consciente de lo imbécil que pareces al decir eso?

—Pero no te preocupes, porque tú me estimulas muchísimo. —Se acercó a besarme y se lo permití, pero me aparté enseguida.

—Ese no es el tema… Es que me cuesta creer que seas tan elitista.

—A ver, Milo, cada uno elige de quién se rodea.

Y puestos a elegir, prefiero tener cerca a gente que tenga algo que aportar.

Es normal, todos lo hacemos sin darnos cuenta…

Tú te rodeas de gente que te hace sentir bien, y yo también…

La única diferencia es que lo que me hace sentir bien a mí es una conversación interesante.

Es como si yo te reprochara que los músicos de tu grupo son todos buenos… ¡Es normal que quieras que sean buenos!

—Sí, ¡para montar un grupo! —Levanté una mano frustrado porque no me creía que no viera la diferencia—. Pero no para ser amigo mío. Yo puedo ser amigo de un músico mediocre. Incluso puedo ser íntimo de un músico malo… Una cosa no tiene que ver con la otra.

—No le des más importancia, Milo. Cada uno elige de quién se rodea… y no todos mis amigos son artistas, ni mucho menos. —Chasqueó la lengua.

—¿Y lo otro que ha dicho? ¿Lo de haber tirado su vida a la basura por amor? ¿Es por eso el rollo aquel que me soltaste de que tú no te enamoras? ¿Te comió el coco desde pequeño con esa mierda?

—Eh, no hables así de mi abuela. —Se puso serio—.

Comparto su punto de vista, sí. Considero que la «vida en pareja» y la familia son construcciones sociales que anulan la libertad y la creatividad.

Eso está bien para mucha gente, pero no para mí…

No quiero una vida con hipoteca, hijos y un trabajo de ocho horas. ¿Tú sí?

—A mí me parece bonita la idea de compartir mi vida con alguien, sí. Y no creo que por eso fuera a dejar de tocar.

—Si te rindes a eso, acabas en la rueda del sistema…

Y dejarías de aspirar a lo más alto a cambio de la versión práctica de tu arte que te resultara rentable, estoy seguro…

Pero, en cualquier caso, ¿qué más te da lo que yo piense?

No es conmigo con quien tienes esos planes, ¿no? Tú no estás enamorado de mí…

—No —mentí.

Sí, a esas alturas ya ni siquiera me engañaba a mí mismo con ese tema.

—Pues ya está, Milo. Disfrutemos de esto una temporada y ya encontrarás al amor de tu vida.

—Claro —se me atascó la palabra en la garganta.

—¿Echamos una siesta? —Se dejó caer sobre una de las camas.

—No, yo creo que voy a irme dar una vuelta. Me apetece que me dé el aire.

—Como quieras. Si te pierdes, da un grito, alguien te escuchará seguro. —Se rio.

Paseé un rato por el inmenso jardín y terminé sentado en unas escaleras de piedra que conducían a algún lugar al que no me quise aventurar.

Me encendí un cigarro y miré, desde la altura que me proporcionaban los escalones, la extensión de los viñedos que había más allá y que parecían no acabar nunca.

Llevaba un rato ahí cuando apareció una cría empujando un carrito de bebé con un muñeco dentro.

—Hola, ¿qué haces? —me preguntó.

—Nada, tomar el aire.

—Tomar el humo —puntualizó ella al ver mi cigarrillo.

Yo me reí y lo apagué.

—¿Y tú? ¿No deberías estar con tus hermanos o tus primos?

—Me canso de ellos. —Suspiró de un modo teatral y yo contuve la risa.

—Claro, son muchos —dije para apoyar su queja.

—Muchos muchos —confirmó.

Luego cogió a su bebé del carro y vino a sentarse a mi lado.

—Eres el amigo del tío Ori, ¿verdad?

—Verdad —asentí.

—Y te llamas Camilo.

—Milo, prefiero Milo. ¿Tú cómo te llamas?

—María Asunción.

No pude evitar que se me escapara la risa. Ella me miró sin cambiar el gesto.

—¿Por qué te ríes?

—Por nada, es que me ha sorprendido —me apresuré a aclarar, lo último que quería era ofenderla—. Me parece un nombre muy grande para una persona tan pequeña…

—Ah, vale —asintió como si lo que yo había dicho tuviera mucho sentido—. Todo el mundo me llama Asunta, o Asun, a mí me gusta más.

—A mí también me gusta más —confesé—. ¿Cuántos años tienes?

—Ocho. Mira. —Se apartó el labio para enseñarme un hueco entre sus dientes—. Se me ha caído con la merienda, casi me lo trago.

—Menos mal que no…

—Sí, menos mal…

Nos quedamos en silencio un momento.

—¿Tienes hijos?

—No —Me reí—. Aún es pronto para eso. No soy tan mayor.

—Ah, vale. ¿Y novia?

—Tampoco. —Suspiré sin darme cuenta.

—¿Eso te pone triste?

—Ya no.

Se escuchó en ese momento una campana procedente de la casa y mi pequeña acompañante se puso de pie de inmediato.

—Nos llaman a los niños. Tengo que ponerme guapa para la cena.

—¿Más guapa? —bromeé—. ¿Eso se puede?

—Sí. —Sonrió—. Ya verás.

—Y tendrás que acostar a tu bebé, ¿no? —sugerí señalando con la cabeza al muñeco.

Me miró un momento sin pestañear.

—Es de juguete —me explicó muy seria.

—Ah, vale —asentí.

Lo metió en el carrito y emprendió el camino hacia la casa.

—Adiós, Milo. Nos vemos luego en la cena —se despidió ya desde la distancia agitando la mano.

No tardé en volver a la casa y fui directo a la cocina para ofrecerme a echarles una mano a la madre de Ori y varias de sus hermanas.

Luego descubrí que un par de ellas no eran hermanas como tal, sino mujeres de algún hermano, pero era humanamente imposible seguirles la pista a todos.

En cualquier caso, era reconfortante estar con ellas y se respiraba un ambiente de familia que yo no había sentido nunca.

No con esa intensidad al menos. Al poco rato de estar allí, ya me sentía uno más.

Pau, uno de los hermanos de Ori, se unió a nosotros y entre todos terminamos de emplatar los aperitivos y de colocar las cosas en la mesa del modo que quería la madre de Ori.

El resultado fue impresionante, yo nunca había visto una mesa tan elegante más que en la tele.

—¿Quién va en la cabecera? —preguntó Pau.

—Tu abuela —suspiró Merce, la madre de Ori.

—Qué honor que nos honre con su compañía —dijo Montse, una de las hermanas, en tono de burla y se llevó una mirada reprobatoria de su madre.

—Vale, pues si la yaya va ahí… —Pau señaló con el dedo el asiento mencionado y luego comenzó a caminar en dirección contraria hasta llegar casi al otro extremo de la larguísima mesa—, yo iré por aquí.

—Yo a tu lado —dijo Montse y una de las cuñadas dejó escapar una risita, pero no se atrevió a hacer ningún comentario al respecto.

—¿A quién le dejamos el marrón entonces? —preguntó Anna, otra de las hermanas.

—Ori —dijeron todos a la vez.

Luego se giraron a mirarme y se oyeron un par de «mierda» susurrados.

—Ellos se entienden —se justificó Montse y yo me limité a asentir.

—La has conocido, ¿no? —me preguntó Pau y yo asentí de nuevo—. ¿Quieres que te hagamos un sitio a este lado? Buscamos una excusa para que no te sientes con ellos… A menos que… ¿Eres artista, como Oriol?

—Qué va, soy músico.

—Ah, chaval —Pau negó con la cabeza—, eso cuenta como arte. Te jodes y te toca con ellos.

Me reí y suspiré.

—Asumo mi destino.

Él me puso una mano en el hombro y apretó.

—Gracias, soldado, tu sacrificio te honra.

Cuando me aseguré de que ya no quedaba nada en lo que pudiera ayudar y todos subieron a sus habitaciones a cambiarse, me fui de nuevo a la nuestra. Ori estaba tirado en la cama dibujando.

—¡¿Dónde estabas?! —me preguntó algo desesperado cuando entré.

—Echando una mano con la cena y la mesa.

—Qué coñazo. No tenías por qué hacerlo…

—Me lo he pasado bien. —Me encogí de hombros.

Luego fui hasta su cama y me senté.

—Me cuesta creerlo. —Se incorporó para abrazarme por la espalda y comenzó a besarme el cuello—. Si te hubieras quedado aquí, habríamos hecho cosas más interesantes.

—Tu familia es interesante… Pau es divertido.

—Sí, bueno… A veces es un poco capullo. Pero no quiero hablar de ninguno de mis hermanos. —Me rodeó y se sentó a horcajadas sobre mí—. He estado pensando en algo que te va a gustar: mi amiga Rebe.