Adicto al fracaso 37 Una lección que aprender #2
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37 Una lección que aprender #2

—¡Por supuesto que sí! No serías amigo de mi nieto de lo contrario. Él no trabaría amistad con un mediocre. Mi Oriol solo se relaciona con gente con tanto talento como él mismo.

Lejos de halagarme, sus palabras me produjeron cierto rechazo. Miré a Ori, que se limitó a sonreír y guiñarme un ojo.

—Vosotros llegaréis lejos, estoy segura. —Nos cogió una mano a cada uno—. Siempre que seáis más inteligentes que yo y no equivoquéis vuestras prioridades. No caigáis en la trampa de buscar la felicidad, eso no dura… Dedicad la vida a vuestro arte…

Se quedó callada un momento y nos soltó las manos. Luego se recostó en el asiento.

—¿Te lleno la copa? —le preguntó Ori.

Ella asintió y él fue hasta la barra y trajo una botella y dos copas más. Sirvió vino para los tres y dimos un primer trago.

—Este año el vino está mejor que el pasado —comentó ella un poco absorta—. Más redondo, con más cuerpo…

—Eso dice mi hermano Guillem cada vez que abre una botella. —Ori se rio—. Creo que nunca, jamás, nadie en esta familia ha dicho que un vino está malo. Ni siquiera regulín…

—Tus hermanos no distinguen un vino bueno de uno mediocre —replicó ella con la convicción de quien se cree en plena posesión de la verdad.

—Eso no se lo digas a mi padre o le dará un infarto —bromeó Ori.

—Oh, por favor. —Ella chasqueó la lengua—.

A tu padre este negocio le queda grande.

Cayó aquí de rebote y ha aprendido a fingir que sabe lo que hace, pero no lo ha mamado desde crío y eso se nota.

El vino era cosa de tu abuelo, tu padre solo aprovechó la oportunidad…

Él memoriza datos, pero no aprecia matices.

—Pues a mí siempre me ha parecido que le iba la vida en ello —dijo Ori.

—Y tanto. —La anciana sonrió—. Es más de lo que alguien como él habría podido soñar… Normal que haya querido aferrarse a ello como si fuera su tabla de salvación… Pero eso no quiere decir que sepa lo que hace.

—A ver, yaya, son muchos años ya… Digo yo que algo habrá aprendido.

—No digo que no, pero no estaba en su naturaleza, le llegó heredado.

—Giró la copa entre sus dedos y se abstrajo mirando el líquido—.

Hay gente que no se cuestiona la vida que se supone que les corresponde.

Y luego están los que aprovechan cada situación para escapar de la suya por algo mejor, como fue el caso de tu padre cuando conoció a tu madre…

El viento meció en silencio las ramas de los árboles cercanos y se llevó el suspiro que se le escapó a la mujer.

—Aquí todo funciona igual desde hace décadas —continuó ella, parecía que más para sí misma que para nosotros—. Las mismas comidas, idénticas conversaciones, a veces cambian las parejas, a veces se mantienen… La gente confunde estabilidad con felicidad, y eso es algo lamentable…

—Ya está la yaya poniéndose existencialista en Navidad —bromeó Ori y le besó la mejilla.

Ella siguió mirando el vino, ajena al gesto cariñoso de su nieto.

—Mucha gente cree que la felicidad consiste en construir algo estable y duradero: una familia, una rutina, una vida tranquila y predecible…

Y quizá para la inmensa mayoría funcione, pero para otros no es más que una forma elegante de ir apagándose poco a poco…

Renunciar a lo que de verdad te importa a cambio de lo que se supone que debes desear…

—Levantó la vista y la alternó de Ori a mí—.

No cometáis el error de renunciar a eso por nadie.

Yo lo hice, y no pasa un solo día en que no me arrepienta.

—Chasqueó la lengua y cerró los ojos—. Yo tenía talento…

Mucho más del que llegué a demostrar. Pintaba, viajaba… Formé parte de algo grande.

Ori dio otro trago a su copa y la miró con algo parecido a la compasión. Ella volvió a abrir los ojos y fijó la mirada en algún punto lejano.

—Lo cambié todo por ¿amor? Ni siquiera sé qué es eso…

No caigáis en esa trampa, el amor romántico no existe.

Eso dura apenas unos años y, cuando se termina, porque siempre se acaba, pese a que la relación se mantenga, te despiertas condenada a una vida que no es la que soñabas.

Y solo entonces eres consciente de todo a lo que renunciaste, de todo lo que perdiste…

—Quizá no sea una pérdida, sino una elección —aventuré.

Ella negó con la cabeza en silencio antes de volver a hablar.

—Al acercarme al final de mi vida, me duele pensar que me conformé con lo correcto, lo cómodo, lo mediocre.

Sé que es el sueño de muchas mujeres, pero yo podría haber hecho grandes cosas.

Y lo que perduraría tras mi marcha sería mi obra, no mi descendencia…

—Se giró hacia Ori y le dio una palmadita en la mano—.

Esa vida está muy bien para tus hermanos, pero no para ti, querido.

Tú eres como yo, siempre te lo he dicho.

No busques la felicidad, porque no pervive y obliga a grandes sacrificios.

Vive, experimenta, arriésgate… El mejor arte nace del dolor, de la pérdida, de la soledad. Solo los necios son felices.

Me horrorizaron sus palabras. Y la odié al momento por haberle metido esas ideas en la cabeza a su nieto desde pequeño. Él la miraba fascinado. Luego se giró hacia mí y me guiñó un ojo.

—¿No te encanta? Me pasaría horas escuchándola, es la más sabia. —Le besó la mejilla de nuevo.

—No estoy de acuerdo —me atreví a decir.

Los dos se giraron a mirarme como si me hubiera salido una segunda cabeza.

—Yo he estado enamorado —argumenté—, y mis canciones que más han triunfado las escribí en esa época… Es cierto que se terminó, pero a mí la soledad y el dolor solo me trajeron un bloqueo creativo…

—Pues esa es una lección que todavía debes aprender. —La anciana posó su mano sobre la mía y me forcé a mantenerla ahí por educación, pero solo quería apartarla—. La próxima vez que te sientas así, debes canalizar todo eso en tu arte, verás como compones algo mucho mejor…

Di otro trago a mi copa para no discutir, pero para nada estaba de acuerdo con ella.

Primero porque deseaba no volver a sentirme en la vida como lo había hecho tras el abandono y la traición de Madi y Sergio.

Segundo, porque no estaba en absoluto de acuerdo con su opinión sobre el amor y las relaciones.

Yo sí creía en el amor romántico y en que podías ser feliz con una persona para siempre.

Y tercero, por considerar la suya una vida mediocre cuando era evidente que había estado colmada de una serie de privilegios con los que la mayoría de la gente no se atreve ni a soñar.

Sus palabras me sonaban como un insulto hacia las mujeres que, como mi madre, habían pasado dificultades de verdad.

Que habían tenido realmente una vida de puta mierda, hablando claro.

Y esta señora llorando entre viñedos porque pintar ya no le fluía igual que cuando era soltera…

Por respeto a Ori y a su familia, me callé lo que pensaba. Era un invitado y no quería ponerme a discutir en un día tan señalado. No era el momento ni el lugar.

Desde la casa nos llamaron a comer y yo agradecí enormemente que la conversación se terminara por fin, porque Ori la adoraba, pero yo, sin apenas conocerla, ya la odiaba.