37 Una lección que aprender
UNA LECCIÓN QUE APRENDER
Pese a la recién descubierta faceta gótica de Raúl, Lucía no volvió a quedar con él.
Mi amigo fingió que no le importaba, y siguió intentándolo con otras chicas, muy en su línea.
Pero hubo algo en su historia con mi siniestra y dulce compañera que lo había dejado más tocado de lo habitual.
Y no creí que fuera por lo cerca que había estado de llegar al final y no haberlo conseguido.
Yo sentía que había algo más. Quizá el modo en el que fingió indiferencia en lugar de hacer su drama habitual fue lo que me dio la pista de que Luci le gustaba de verdad.
Me habría encantado que ella le hubiera dado bola, pero eso era algo que no se podía forzar y, por una vez, Raúl decidió aceptar el rechazo con entereza y dignidad.
Los días pasaron y se convirtieron en semanas.
Al contrario que Raúl, yo sí me sentía de putísima madre.
Ori y yo habíamos establecido una nueva rutina que consistía en estar prácticamente todo el tiempo juntos.
Él por las mañanas acostumbraba a hacer sus cosas, su «arte».
Pero las tardes solía pasarlas en la tienda conmigo.
En mayor o menor medida, según lo ocupado que estuviera, pero ya empezaba a ser raro el día que no se pasaba por allí aunque fuera a la hora del cierre.
Eso me ayudó mucho a normalizar nuestra situación y ya se me antojaba lo más normal del mundo el hecho de estar con él, pese a que fuera un tío. Esa barrera mental ya estaba más que superada.
Mantuvo la promesa que me había hecho en nuestro primer día de grabación de llevarme a pasar las Navidades con su familia, y yo acepté porque si no lo hacía me veía solo y borracho como el año anterior. Y porque me apetecía pasar esos días con él, la verdad.
El día de Nochebuena, cogimos su coche a eso de las nueve de la mañana rumbo a Tarragona, al hogar donde había crecido él. O eso di por hecho.
—Saben que voy, ¿no? Saben que llevas a alguien, me refiero… —pregunté cuando llevábamos un rato de camino.
Asintió con la cabeza y me miró a través de sus gafas de sol. Llevaba el pelo recogido y un jersey de lana gris claro que le hacía parecer un poco más serio de lo que era, pero estaba guapísimo con la cara despejada.
—Les vas a encantar —aseguró.
—¿Quién les has dicho que soy? Que qué les has dicho de nosotros, quiero decir…
—Un amigo que iba a pasar las fiestas solo. —Se encogió de hombros.
—Amigo, vale —asentí.
—Milo. —Me puso una mano en el muslo—. Oficialmente no he salido del armario en casa.
No por nada, es que me da bastante igual, no suelo contarles mucho de mi vida.
Son mi familia, pero me siento muy ajeno a ellos.
Además, es posible que hicieran una montaña de algo así, y no me apetece que sea durante las fiestas y mucho menos ser el centro de atención…
Cuando estoy allí, intento mantener un perfil bajo para que mi padre no se acuerde de que soy la oveja negra de la familia…
—Vale, claro, no pasa nada…
—Además —sonrió—, era la única manera de que nos dejaran compartir habitación. Con los amigos es lo normal, pero las parejas duermen en cuartos separados.
—Eso me gusta —confesé con una sonrisa.
—Qué ganas tengo de que conozcas a mi abuela, la vas a adorar —aseguró—. Es mi persona favorita en el mundo. Bueno, ella y mi amiga Rebe, no sé cuál de las dos sería la número uno…
En ese momento, sentí algo parecido a un pinchazo en el corazón.
Sé que no debería haber sido así, porque yo sabía lo que había, él siempre fue muy claro con eso, pero no pude evitar plantearme qué puesto ocuparía yo en ese ranking.
Desde luego, Ori había conseguido colarse en el primero del mío, pero también era cierto que yo no tenía un círculo social y familiar tan amplio como el suyo.
Esperaba al menos estar por encima de la gran mayoría de esa ingente cantidad de hermanos y sobrinos que tenía y a los que no nombraba nunca, porque de lo contrario me veía relegado a ser alguien insignificante que pasaba por su vida sin relevancia alguna.
Algo efímero que desaparecería sin dejar huella.
Quizá siempre fui eso para él.
La autopista dio paso a una carretera nacional, de la que salimos para acceder a una comarcal, la cual terminamos dejando atrás también para circular por caminos sin asfaltar entre campos de vides.
Bajó las ventanillas e inspiró fuerte.
—Ya huele a infancia. —Sonrió.
Lo imité antes de preguntar:
—¿Así olía tu infancia?
Asintió.
—Las vacaciones, al menos… ¿Y la tuya?
—¿Mi infancia? No sé, supongo que olía a los hilos de la tienda de mi madre y a bocadillos de atún. —Me encogí de hombros.
—Es bonito también…
—Supongo.
—¿Seguro que es este el camino? —pregunté tras un rato circulando entre viñedos sin una sola edificación a la vista—. Estamos en medio de la nada.
—Sí. —Se rio—. Tras ese cambio de rasante, ya se verá la casa. No sé quién fue el iluminado que puso la casa ahí en lugar de al principio de los campos, cerca de la carretera principal.
—¡¿Todos estos campos son de tu familia?!
—Sí.
—Y te atreves a llamarme a mí millonario… —Me reí.
—Mis padres son más millonarios que tú, no cabe duda. —Sonrió—. Pero yo no.
—Eso explica que no tengas que trabajar y te dediques solo a tus movidas artísticas…
—Bueno, eso es más cosa de mi abuela, pero sí, es parte de la fortuna familiar, supongo. —Se encogió de hombros como si tal cosa.
El coche se elevó por ese pequeño desnivel y, entonces sí, apareció.
No era lo que alguien hubiera esperado al pensar en una casa familiar, se trataba más bien una masía enorme de piedra clara y contraventanas de madera oscura, lo que creaba un contraste casi de cuento de hadas.
A su alrededor, los viñedos se extendían de un modo ordenado hasta donde alcanzaba la vista.
Era la típica construcción que ves a lo lejos al pasar por una carretera y te preguntas quién vivirá ahí y cómo es posible que alguien lleve una vida tan diferente a la tuya.
—Esto es… mucho —murmuré.
—Supongo que sí —suspiró él.
Un par de cipreses flanqueaban la entrada y, nada más atravesarla, perdimos de vista los viñedos, que fueron sustituidos por un amplio jardín con parterres de flores de todo tipo, una fuente de piedra, caminos ornamentados, bancos de forja…
Parecía la fantasía de alguien con mucho dinero que había querido concederse todos sus deseos a la vez.
Llegamos hasta la casa y Ori se desvió hacia una zona techada donde había estacionados varios vehículos más.
—Hemos llegado —anunció.
Ambos bajamos del coche y cogimos las bolsas del maletero. La puerta de la enorme masía se abrió y un montón de niños salieron en tropel a nuestro encuentro.
—¡Es Ori! ¡Es Ori! ¡Es Ori! —chillaban como locos.
—¡Eh, te has comprado un coche, ya eres como los mayores! —le dijo uno de ellos.
—¡Sí! Ya tengo coche, ya puedo ir solo a los sitios —contestó él.
Avanzamos hacia la casa con el séquito infantil escoltándonos. Cuando accedimos al interior, comprobé que un montón de adultos habían acudido a la entrada a recibirnos. Antes de ponerse a dar besos y abrazos a todo el mundo, Ori optó por presentarme.
—Familia, él es… —me miró de reojo y su sonrisilla malvada me dejó claro que estaba tramando hacerme alguna putada— Camilo.
Cabrón.
—Milo —corregí rápidamente antes de fulminarlo con la mirada. Pero ya era tarde, el aire se estaba llenando de «hola, Camilo», «encantada, Camilo», «un placer conocerte, Camilo» y no podía hacer nada para evitarlo.
Me presentó a todo el mundo y yo los saludé con los besos y los apretones de manos correspondientes, pero fui incapaz de memorizar los nombres, eran demasiados para cualquiera.
—Bernat, sube las bolsas de Oriol y su amigo a su habitación —dijo Merce, la madre de Ori—. Vosotros salid al jardín de atrás, que la yaya está deseando verte.
Ori y yo accedimos a la parte trasera por la puerta de la amplia y luminosa cocina en la que parecía estar preparándose un banquete de bodas.
Un camino empedrado nos condujo hasta una terraza con suelo de madera con varias mesas y sillas.
A un lado, una barra de bar y varios armarios de madera bajo un soportal daban a entender que en ese lugar se realizaban reuniones con frecuencia.
La abuela de Ori no tenía el típico aspecto de viejecita desvalida, ni mucho menos.
Aun sentada en una silla, era evidente que era una mujer alta.
O lo había sido. Y flaca. Muy flaca. Eso seguía siéndolo.
Tenía los ojos cerrados y dejaba que el sol le acariciara la cara.
Ya incluso en esa posición, imponía su presencia.
Como si tuviera un radar, o un oído demasiado fino para su edad, abrió los ojos en cuanto nos acercamos.
—Oriol, querido, qué ganas tenía de verte. —La anciana estiró las manos hacia él, que se las estrechó y las besó con cariño—. ¿Quién es tu amigo?
Él la soltó y fue a sentarse en una silla vacía junto a la de ella.
—Milo —me adelanté para evitar otro «Camilo».
—Milo —repitió ella y pareció saborearlo un momento—. Me gusta —confirmó, como si alguien necesitara su aprobación sobre mi nombre—. Tiene personalidad. ¿A qué te dedicas, Milo?
—Es músico —dijo Ori con un punto de entusiasmo—. Toca la guitarra y compone canciones.
—Qué maravilla —respondió ella sin variar un ápice su entonación, pese a lo cual, sonó sincera—.
No hay nada como el arte, en todas sus vertientes.
Yo nunca me atreví con la música, siempre fui más de artes plásticas y visuales, como mi Oriol.
Y un poco de poesía en ocasiones. —Le cogió la mano a su nieto, que le sonrió embobado.
Luego me acarició la cara con la que le quedaba libre, tenía la piel fina y suave propia de las personas de edad tan avanzada—.
Los que conseguís transmitir tanto con una melodía tenéis un don.
—No sé si yo diría tanto de mí…