35 Cierra ya
CIERRA YA
El lunes por la mañana, se me hizo un mundo ir hasta la tienda para volver a mi rutina.
Ori se había marchado de mi casa el domingo a media tarde y nos habíamos despedido con un impreciso «nos vemos esta semana» que a mí me había sabido a poco.
Pero no quería parecer ansioso si él no lo estaba.
No esperaba verlo como pronto hasta el jueves, que era el plazo mínimo que había dejado las semanas previas, cuando nos reuníamos para el documental.
Suponía que tenía sus obligaciones de lunes a jueves, pero no tenía muy claro cuáles eran.
La campanilla tintineó a los pocos minutos de estar allí, cuando apenas había terminado de encender las luces y aún estaba echando un vistazo a las cuentas de mis días de ausencia.
Al levantar la cabeza, en lugar de a Oriol, a la que encontré fue a Lucía.
No la había vuelto a ver desde el encuentro en la cocina en aquel momento de afluencia máxima.
Cuando salimos Raúl y yo de mi habitación después de escuchar el disco, ella ya no estaba en casa.
Y esa mañana se me habían pegado las sábanas y había salido tan de culo que no me crucé con nadie en el piso.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté—. ¿Venías a currar? Di por hecho que sabías que hoy estaría yo…
—Sí, sí, lo suponía. No es por eso. Vengo a cobrar, si puedes, me vendría bien la pasta.
—Claro, sin problema —aseguré y abrí el cajón donde dejábamos la recaudación después de cada cierre.
Calculé lo que le correspondía y se lo di. Ella se lo guardó y se quedó ahí plantada en silencio.
—Vale, ¿de verdad venías a cobrar o solo era una excusa para algo más? —me atreví a preguntar, porque era la primera vez de todas las que había trabajado para mí que acudía adrede a la tienda a por dinero.
Ni el maquillaje ese que se ponía para empalidecer su cara pudo esconder el color que le subió a las mejillas.
Me miró a través del flequillo tan negro como su sombra de ojos antes de apartárselo a un lado.
Parecía que iba a decir algo, pero en el último momento se mordió el labio en lugar de hablar.
—¿Lo dices tú o lo digo yo? —me adelanté para intentar ponérselo fácil.
—¿Te lo ha contado? —preguntó con un hilo de voz.
—Sí.
—¿Todo?
—Imagino que sí, porque lo que me contó lo deja en tan mal lugar que dudo que se haya guardado cualquier otra cosa con la que, sin duda, quedaría mejor… —Me apoyé contra la cajonera que teníamos tras el mostrador—. Ven aquí, anda. —Hice un gesto con la mano para animarla.
Ella acudió a mi lado en esa zona reservada para empleados y se apoyó junto a mí.
Le pasé un brazo sobre los hombros en un gesto puede que más paternal de lo que pretendía, pero es que Luci era muy menuda y yo le sacaba casi una cabeza, así que cualquier ademán dirigido a su persona daba un poco esa impresión.
Aunque, pese a su tamaño, era ella normalmente la que me trataba así, en esa ocasión parecíamos haber intercambiado los papeles.
—¿Te gusta? —pregunté.
—¿El qué?
—Raúl. —Me reí—. ¿De qué estamos hablando?
—Ya… No sé. Supongo que sí, un poco, me gustaba, no lo sé… Es un rarito… ¿Quién es virgen a los veintiséis?
—Raúl. —Sonreí—. A ver, tiene sus rarezas, pero es un tío de puta madre y muy buena gente.
—Y es muy divertido.
—Sí, también es muy divertido —asentí.
—¿Dirías que está bueno?
—¿Cómo quieres que yo lo sepa?
—¿No estás ahora con un tío? ¿No eres gay?
—Joder. —Me rasqué la nuca—. No sé ni lo que soy. Pero lo que sí sé es que a Raúl lo veo más como un hermano, sigo sin poder contestarte a eso.
—Ya. Y ¿qué tal con ese chico? ¿Te gusta?
—Mucho —confesé—. No me iba a cambiar de acera por un tío que no me gustara. —Me reí.
—Claro.
Compartimos durante un rato un silencio cómodo, en el que lo único que se escuchaba era el sonido de nuestras respiraciones.
—¿Eres feliz, Milo?
—No lo sé. —Le besé la cabeza y suspiré—. Comparado con los últimos meses, supongo que sí. Pero, como sentimiento aislado…, no te sabría decir.
—Ya.
—¿Y tú? Ah, calla, que los góticos no podéis ni queréis ser felices… —bromeé y conseguí sacarle una risa—. ¿Qué vas a hacer con Raúl? ¿Vas a darle otra oportunidad?
—No lo sé. —Suspiró.
El timbrazo del teléfono de la tienda nos dio un susto de muerte en ese momento. Me incorporé un poco para alcanzar el auricular.
—Discos Cara B —contesté.
—¡Milo, soy Fanny, pon la radio! —gritó mi batería preferida—. ¡Los Cuarenta Principales!, la noventa y cuatro punto dos, que seguro que no la tienes ni sintonizada.
—Voy —conseguí contestar pese a lo aturdido que me sentía por su interrupción.
—¡Corre, corre!
Encendí el transistor que tenía sobre el mostrador y sintonicé el dial que me había dicho. La voz de Madi con uno de los temas del disco nuevo inundó la tienda. Lucía, al escucharlo, me miró con los ojos muy abiertos.
—¿Lo sabías? ¡¿No te parece muy fuerte?! —preguntó Fanny a gritos al otro lado del teléfono.
—Sí, lo sabía —confesé—. Me enteré el viernes, pero no sabía que fuera a ser tan inminente.
—Ha dicho el locutor que sale a la venta el día veintiuno, que esto es el single que han lanzado de avanzadilla…
—Ya —fue lo único que contesté.
Nos quedamos unos segundos en silencio.
—Milo —dijo ella por fin.
—Dime.
—Las canciones nuevas le dan mil vueltas… Y como grupo molamos mucho más…
—Ya. —Me reí.
—En serio.
—Gracias, Fanny.
—Bueno, te dejo, que tengo que acompañar a mi chica a una movida… Nos vemos esta noche en el ensayo. Te enseñaré lo nuevo que se me ha ocurrido para la de «Mi puta blue note», a ver qué te parece. Me tiene obsesionada ese tema, tío, creo que hasta sueño con él.
Me reí con ganas.
—Buena señal.
—Buenísima, nano. Venga, nos vemos esta noche, que la parienta está a punto de sacarme el rodillo.
—Adiós Fanny, hasta esta noche.
Colgué el teléfono.
Ya había ocurrido. Ya era real.
—Qué fuerte, ¿no? —comentó Luci.
—Bueno, no me pilla de sorpresa. Yo me enteré el viernes. —Apagué la radio porque el presentador había empezado a comentar lo muchísimo que molaba y las ganas que tenía de escuchar el disco entero.
—¿A eso fuiste a Madrid?
—Sí.
—Bueno, te habrías enterado hoy igual. Te podías haber ahorrado el viaje.
—Supongo que sí. —Suspiré.
Pero me quedé pensando que si no hubiera ido a la capital, Ori y yo habríamos terminado la grabación el jueves y seguramente no nos hubiéramos vuelto a ver. Quizá hasta tenía algo que agradecerles a esa pandilla de cabrones.
Lucía se marchó a eso de las once, y yo dediqué el resto de la mañana y toda la tarde a ordenar facturas y albaranes que tenía pendientes. El reloj parecía avanzar más despacio de lo normal, algo que solía ocurrir cuando la tienda estaba vacía y yo tenía que ocuparme de papeleos.
—Vale, no me juzgues. —La voz de Ori se mezcló con el tintineo de la campanilla de la puerta y alcé la vista de inmediato.
Comenzó a caminar hacia mí mientras me daba su explicación—: Llevo todo el día buscando una excusa convincente para venir a verte y no he encontrado nada que justifique este nervio que tengo desde que nos despedimos ayer.
Sonreí y salí a su encuentro.
—Así que… —siguió—, ¿te vale con un «tenía ganas de verte» y «no he dejado de pensar en ti»?
—Me vale —murmuré antes de dar el par de pasos que nos separaban y besarlo con unas ganas similares a las que traía él.
Nuestras bocas se acoplaron y me tragué el gemido que dejó escapar. Lo alcé a pulso y lo senté sobre el mostrador para seguir explorando su boca como si me fuera la vida en ello.
—¿Esto es lo que les hacías a tus chicas?
¿Subirlas aquí? —murmuró y yo aproveché sus ganas de hablar para darle pequeños besos en el cuello—.
Seguro que se les caían las bragas… No me interpretes mal, a mí también, pero yo no soy tu damisela en apuros y, llegado el momento, te puedo dar tan duro contra el muro como tú a mí.
—Cállate, joder. —Me reí abiertamente y volví a comerle la boca.
Mi lengua se encontró con la suya y mis dientes le mordieron los labios.
Él gimió, jadeó y arqueó la espalda para maximizar el contacto.
Lo atraje fuerte hacia mí y moví las caderas para encontrar el punto de fricción que necesitaba, pero su casi grito me hizo ser consciente de dónde nos encontrábamos.
—La tienda está abierta, puede entrar alguien —murmuré al separarme de él apenas unos centímetros.
—¡Pues cierra! —demandó con una sonrisa.
Miré el reloj de la pared.
—Faltan veinte minutos.
—Oh, joder, te compro dos discos, pero cierra ya.
—¡No funciona así! —Me reí.
—Vale, aguantamos veinte minutos, pero luego lo hacemos aquí mismo. —Dio un par de golpes en el tablero sobre el que estaba sentado—. Y después en ese sofá que tienes allí dentro, y en el billar… Necesito cumplir todas las fantasías que he tenido en este local durante las últimas semanas…
—¿Eso pensabas? —ronroneé y le di un mordisquito en el labio—. Mira que eres guarro…
—Más de lo que te imaginas —aseguró—. Pero de un modo muy respetuoso.
—¿Sí? —Lo miré con desconfianza.
—Qué va, de un modo de lo más sucio y depravado… En veinte minutos te lo demuestro.
—Mierda, no puedo. —Apoyé la frente contra la suya.
—¡¿Por qué?! —soltó hasta un gallo que dejó más clara todavía su indignación.
—Tengo ensayo…
—¿Con el grupo nuevo?
—No tengo otro. —Asentí con la cabeza.
—¿Puedo ir?
—¿Al ensayo? —pregunté divertido—. ¿Para qué?
—Sí. Me pone muchísimo verte tocar… Dime que también cantas…
—También canto —confirmé con una sonrisa.
—Argh, joder, déjame ir. Me voy a poner cachondísimo viéndote tocar la guitarra y luego vamos a mi casa y te dejo que me toques a mí.
—¿Me dejas que te toque? —Me reí—. Qué generoso…
—Venga, si te empeñas, te tocaré yo también a ti… Pero déjame ir, porfaaa… Prometo estarme calladito todo el rato.
Ahí se me escapó una carcajada.
—No has estado calladito en tu puñetera vida, estoy seguro. Me juego lo que sea a que no eres capaz de aguantar ni dos canciones en silencio.
—Mmm, posiblemente no, pero solo abriré la boca en plan groupie fanática para alimentar tu ego, palabrita. —Sacó la lengua y la pasó por mis labios.
A mí se me escapó un gruñido involuntario.
—Vale, puedes venir, pero después quiero todo eso que has dicho.
—Hecho.