Adicto al fracaso 34 El puto colacao
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34 El puto colacao

EL PUTO COLACAO

Me hubiera quedado más días con Ori en Madrid.

En aquel hotel. En aquella ciudad. Con gayumbos de Atlético de Madrid y camisetas para guiris incluidos.

Pero después de visitar una tienda legendaria de guitarras de la que había oído hablar desde hacía años y de probar casi la totalidad de las que tenían y decidir a por cuál volvería cuando cobrara mis más de dos millones de pesetas, pocas cosas me quedaban por hacer en la capital.

Volvimos escuchando los discos que él tenía en su coche.

En parte porque no quería oír el disco de la traición sin Raúl y en parte también por conocer un poco más a Ori.

Siempre me ha dicho mucho sobre una persona el tipo de música que escucha.

No me sorprendió que, en su caso, se tratase de discos poco conocidos y nada comerciales, con un punto pretencioso e intelectual de pose…

Más o menos como él. Pero hasta eso de él me encantaba.

La nota desafinada de mi vida que me hacía sentir que por fin todo encajaba en el sitio. Mi puta blue note.

El estruendo de alguien trasteando en la cocina y la luz del día parecían pelearse por ver quién me despertaba primero.

Los rayos de sol que se colaban por la ventana de mi habitación llegaban hasta la cama, lo que implicaba que eran más de las diez.

Ori se desperezaba a mi lado. Habíamos llegado de madrugada la noche anterior y se había quedado a dormir conmigo.

En su momento me pareció lo más lógico, pero a plena luz del día y en una mañana de domingo, quizá no había sido la mejor de las ideas.

—Parece que hay alguien levantado —susurró Ori—.

¿Quieres que me vaya sin que me vean? —añadió como si me hubiera leído la mente y yo me sentí un miserable por haberlo pensado siquiera.

No tenía intención de hacer público lo que fuera que habíamos empezado, pero tampoco quería que tuviera que salir de mi casa a escondidas, eso me parecía humillante.

—¡No! —exclamé con más intención que volumen—. A ver, creo que no estoy preparado todavía para contarle a nadie esto… Aún lo estoy asimilando yo…

—Lo entiendo, no te preocupes. No pasa nada.

—Pero tampoco quiero que te escondas —aclaré—. Vamos a desayunar y, si nos encontramos a alguno de mis compañeros, decimos que volvimos anoche tarde de Madrid y que te quedaste a dormir. Y ya, ¿no? Eso es algo que podría haber pasado antes de… ya sabes.

—Mmm, me encanta ese «ya sabes» —murmuró y me dio un beso rápido—. Vale, pues vamos a por un café.

Cuando salimos de la cama, el espejo de mi habitación nos devolvió la imagen de ambos con los terribles calzoncillos del Atlético de Madrid.

—Vale, esto igual sí da un cante raro. Pilla lo que quieras del armario.

Me hizo caso y se puso una de mis sudaderas y un pantalón vaquero. Yo hice lo mismo.

El culpable de los ruidos que salían de mi cocina no era ninguno de mis compañeros de piso. Era un rubio que estaba abriendo y cerrando todos los armarios a su alcance. Y su alcance era considerable, porque nos sacaba a Ori y a mí mínimo media cabeza.

—Hola —lo saludé al entrar—. ¿Puedo preguntar quién eres y qué haces en mi casa?

Se giró a mirarnos y nos tendió la mano.

—Hola, yo he… dormido con Tania.

—¿Y yo puedo preguntar qué edad tienes y si es legal lo que suponemos que has hecho con Tania? —añadió Ori y los dos le estrechamos la mano mientras intentábamos no reírnos del chaval.

—Tengo dieciocho —aseguró y, aunque tenía tamaño para eso y más, la cara de crío no la podía esconder—. Me ha dicho que podía desayunar antes de irme… ¿Tenéis colacao?

—Tómate un café —le sugirió Ori—, que Tania piense que eres adulto.

—Es que no me gusta…

En ese momento, apareció Andrés con su chica, algo que no era muy habitual, pero, por lo visto, solo hacía falta que una mañana quisieras pasar desapercibido para que se congregase una improvisada reunión multitudinaria en la cocina.

Ori se sentó en la encimera, justo donde me había besado a traición la primera vez, mientras yo hacía café.

—Buenos días, cuánta gente —saludó mi compañero.

—Buenos días —lo secundó su chica.

—¿Estás haciendo para todos, Milo?

—No, pero voy a hacer la cafetera grande, que parece que hoy aquí hay overbooking…

—Yo prefiero colacao, si hay —insistió el rubio.

—¿Y tú eres…? —le preguntó Andrés.

—Samuel —contestó Tania por él desde la puerta.

—Samu —la corrigió su imberbe invitado.

—Buenos días a todos —siguió ella—. Hola, Susi, cuánto tiempo sin verte. Casi tanto como a Milo, que está desaparecid… —se interrumpió ella misma—. Ori, ¿qué haces aquí?

—Fuimos a Madrid a una movida —me adelanté—, llegamos anoche tarde y… pues ya se quedó.

Ori se limitó a asentir con la cabeza con una expresión de lo más neutra y convincente.

—¿Por qué suena tan falso? —Tania nos miró con los ojos entrecerrados y consiguió que todas las cabezas se giraran hacia nosotros.

—Pues no sé. —Ori se encogió de hombros—. Porque fue justo como ha dicho Milo…

Tania alternó la vista de uno a otro varias veces y ninguno de los presentes dijo nada.

—¿Qué pasa? —preguntó el rubio por fin—. ¿Cuál es el problema?

—Que los conozco mucho a los dos, y sé que me están mintiendo, pero no entiendo por qué…

—¿No fuisteis a Madrid? —nos preguntó él.

—Sí —asentimos Ori y yo a la vez.

—No es eso… —añadió ella y casi podía oír la velocidad de sus pensamientos desde donde estaba—. Ori, ¿por qué llevas ropa de Milo?

—Porque fue una cosa improvisada y llevo dos días sin pasar por casa —contestó como si tal cosa.

—¿Cómo va ese café? —preguntó Andrés, intuí que para desviar la atención, porque el ambiente se estaba poniendo raro.

—Pero entonces, ¿hay o no hay colacao?

Susi se acercó a uno de los armarios que nunca abría nadie y sacó un bote que yo no sabía ni que teníamos. Luego se lo dio al chaval, intuyo que para que dejara de dar por saco con el puto colacao.

Tania se acercó a Ori en un par de zancadas y, sin previo aviso, le apartó un poco el cuello de la sudadera para dejar a la vista la puta marca en la clavícula que yo no sabía ni cuándo coño se la había hecho.

—Oh, joder, ¡Milo! —me gritó—. ¡Pero ¿a ti qué coño te pasa?!

—Me caí —aseguró Ori con un fracaso estrepitoso en su intento de resultar creíble.

—Mierda —murmuré.

—Eso parece más un chupetón que una caída —puntualizó el crío, por si a alguien no le había quedado claro.

—Bueno, Tania —siguió Andrés—, igual no es asunto nuestro…

—No será tuyo, pero a mí no me mola que me mientan o que me traten como si fuera imbécil. —Se giró hacia nosotros—. ¿Estáis liados?

Justo en ese momento, como máxima expresión del surrealismo, entró Raúl en mi cocina seguido de Lucía. Vale, el que faltaba. ¿Qué cojones hacía Raúl en mi casa un domingo por la mañana?

—Que alguno me conteste, ¿estáis liados? ¿Ahora sois gais? Que no tendría ningún problema con eso, solo quiero saber…

Ori me miraba con expresión neutra, entendí que para dejar en mis manos la decisión. Raúl paseó la vista entre todos los presentes con la mirada un poco desencajada.

—¿Qué pasa, Tania? —preguntó Luci—. ¿Por qué esos gritos?

—Por esto. —Le apartó de nuevo el tejido a Ori y mi gótica compañera abrió mucho los ojos antes de mirarme.

Empecé con una risita nerviosa que se fue acentuando. Todo el mundo estaba pendiente de nosotros, pero yo no sabía ni qué decir. Ori se inclinó hasta apoyar la frente en mi hombro y murmuró un «lo hemos intentado» que solo consiguió darme más ganas de reír.

—¿Nos lo vais a explicar? —Tania se cruzó de brazos.

—¿A explicar? —Ori la miró y levantó una ceja—. Aquí cada uno hace lo que le da la gana… ¿Nos vas a explicar tú cómo es que ahora vas a ligar a las guarderías?

—Eh —protestó el chaval—. Que tengo dieciocho…

Mi mirada se cruzó entonces con la de Raúl, que me observaba más serio de lo que lo había visto nunca.

—¿Puedo hablar contigo un momento, Milo? —preguntó en un tono de voz que no parecía ni el suyo, y me cogió del brazo.

Tiró de mí y agradecí mentalmente que me sacara de esa cocina, pero me dio un poco de palo la idea de tener esa conversación a solas con él.

Su aspecto era demasiado severo. No lo tenía por un tipo homófobo, así que era probable que su mosqueo se debiera a que no le había contado algo tan importante.

Yo estaba pensando en la mejor manera de comenzar a justificarme cuando llegamos a mi habitación y él cerró la puerta tras nosotros.

—A ver, Raúl, lo de Ori… Ha sido todo muy…

—Vale —me cortó—, ¿podemos no hablar de ti por una vez? ¿Estás con un tío? Guay. Si es lo que quieres, estupendo. Si eso significa que has superado lo de Madi, maravilloso, nos hacía falta a todos. Pero ahora, ¿podemos hablar de mi problema?

—Ehm, ss-sí, claro… ¿Qué te pasa? ¿Y qué haces en mi casa, por cierto?

—Pues eso. —Resopló y se sentó en el borde de mi cama—. Anoche me lie con Lucía. He dormido con ella.

—Oh, joder. —Me senté a su lado—. Entonces, ¿eso quiere decir que ya no eres virgen? —Le pasé un brazo alrededor de los hombros—. Enhorabuena, chaval.

—¡No, coño! No pasó eso… —Resopló y se calló un momento, como buscando las palabras—. Qué puta mierda todo. Me corrí, tío… Qué vergüenza, joder. Nos estábamos besando, todo bien, y nos empezamos a desnudar. Ella se quitó el sujetador… y yo me corrí. Ni siquiera me estaba tocando, qué palo, tío.

A mí se me escapó una carcajada que no pude contener por más que lo intenté.

—Mierda, Raúl… —Me llevé una mano a la cara—. ¿Y no pudiste arreglarlo luego, después de un rato? ¿No te puedes correr dos veces en una noche?

—Pues después de esa humillación aquello ya ni se volvió a levantar ni nada… —Resopló—. No he pasado más vergüenza en mi puta vida…

—Venga ya, tío, seguro que no es para tanto… Si Luci es todo amor, seguro que no te lo tiene en cuenta… ¿Cómo coño te liaste con ella, por cierto? No sabía que teníais relación entre vosotros.

—Pues es que si te piras sin avisar y la dejas en la tienda, ¿qué esperas? Me pasé a buscarte varios días y siempre estaba ella… Al final, una cosa llevó a la otra… y acabé haciendo el ridículo más bochornoso del puto mundo.

—Va, ya será menos. Eres el más rápido del oeste, chaval… ¿Te puedo llamar Eyaculator?

—¿Y yo a ti comepollas? —Me dio un empujón—. Imbécil.

—Vale, esa me la he ganado. —Me pasé la mano por la cara—. Ahora en serio, tío, de verdad que estoy seguro de que Luci lo entendió y no se va a reír de ti ni a contárselo a nadie… ¿Qué te dijo cuando pasó?

—Que no me preocupara, que le podía pasar a cualquiera…

—¿Ves? Seguro que ella no le ha dado más importancia.

—Pfff, qué palo, joder. Es que no puedo pensar en otra cosa, no se me va de la cabeza…

—¿Quieres pensar en otra cosa? Yo te puedo ayudar con eso… Pero es algo que no te va a gustar.

Arrugó las cejas y me miró serio. Luego me señaló con el dedo.

—No me voy a liar contigo —me advirtió.

A mí se me escapó de nuevo una carcajada.

—No va por ahí la cosa.

Fui hasta la silla donde Ori había abandonado su cazadora y saqué el cedé del bolsillo interior.

—No sé si estás preparado para ver esto. —Se lo tendí y él lo cogió.

—Pero ¿qué cojones…? —Le echó un vistazo a la portada y sus cejas se arrugaron más, pero al darle la vuelta y leer el listado de las canciones, soltó un grito que ni siquiera se molestó en intentar contener—. ¡¿Qué?! ¡Pero ¿qué me estás contando? ¿Cómo se puede ser tan hijo de puta?!

—Ya ves. —Me encogí de hombros.

—¿De dónde lo has sacado? ¿Lo has escuchado? ¿Esto está a la venta? ¿No estaban en Boston? ¡Tengo demasiadas preguntas!

—A ver, te cuento así por encima. Recibí una carta de la SGAE que decía que me iban a pagar una pasta porque alguien había grabado un disco con mis temas.

Como no me dijeron quién y el cabrón de la discográfica ni siquiera se ponía al teléfono, me hice más de trescientos kilómetros y me planté en las oficinas.

Los pillé en plena reunión, le di un puñetazo a Sergio —levanté la mano para enseñarle el vendaje que todavía llevaba— y Ori pilló uno de los discos. Eso es más o menos todo.

—Hijos de puta —masculló—. No decírtelo a ti… ¡Ni a mí! Es de ser muy mamones.

—Las calles de Madrid están llenas de carteles, no creo que tarden en llegar aquí. —Resoplé—. No habríamos tardado mucho en enterarnos.

—Está sin abrir, ¿no lo has escuchado?

—No, quería esperar a oírlo contigo.

—Pues ya estamos tardando. —Comenzó a desprecintarlo y a mí se me escapó un resoplido. No tenía claro si estaba preparado para ello.

Raúl abrió la caja y lo puso en el reproductor.

Luego se tumbó en mi cama y dio un par de golpes en el colchón para que hiciera lo mismo a su lado.

Lo hice y cogí todo el aire que pude. Cuando la voz de Madi inundó mi habitación, lo dejé escapar despacio.

Una oleada de recuerdos mezclada con ira, frustración y mala hostia en general me inundó, pero me forcé a prestar atención a los arreglos y a la producción que le habían hecho.

—Qué cagada eso que acaba de hacer el bajo —protestó Raúl con toda la razón, su versión era mucho mejor. Puede que menos comercial, es cierto, pero mil veces más potente.

Habían simplificado los arreglos, pero la producción no era mala. Sonaba bien, esa era la verdad.

Unos golpes tímidos en la puerta me hicieron levantar la cabeza justo cuando Ori asomaba la suya por el umbral.

—¿Estáis escuchando el disco? ¿Puedo oírlo con vosotros? —susurró.

—Claro, tío —contestó Raúl.

Yo me acerqué más a mi bajista y di un par de palmadas al otro lado. Ori se tumbó junto a mí para escuchar con nosotros en silencio. Estiré el brazo con intención de que apoyara ahí la cabeza y le rodeé con él los hombros cuando lo hizo. Raúl se incorporó un poco para echar un vistazo y resopló.

—Pfff, qué asco dais —masculló—. Voy a morir solo. Y virgen.