Adicto al fracaso 33 Desalmado
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33 Desalmado

DESALMADO

Estaba tumbado bocabajo en la cama y Ori de costado junto a mí. Me acariciaba la espalda de modo descuidado. Llevábamos un rato sin hablar, y ni siquiera hacía falta. Yo tenía los ojos cerrados, pero no estaba dormido.

—¿Estás bien con esto, Milo?

—Ajá —confirmé.

Noté que se movía y que se acercaba más. Me lo confirmó cuando lo escuché hablar en susurros casi al lado de mi oído.

—Te has acostado con un tío… Qué fuerte.

Se me escapó la risa, pero no me molesté en abrir los ojos.

—Siempre hay una primera vez —murmuré.

—Para mí también ha sido la primera vez con un millonario… Me he acostado con un millonario, qué fuerte…

—¿Con quién…? Ah, joder —me reí de nuevo—, mis dos millones. Qué capullo eres.

—¿Eres o no eres millonario?

—Mmm, no sé, ¿a partir de cuánto se considera millonario?

—De uno, entiendo. Con un millón, ya eres millonario, ¿no?

—Puede ser. —Sonreí—. Entonces sí, soy millonario… Pero no pienses ni por un momento que voy a financiar tus cortometrajes o esa mierda de arte que no hay quien lo entienda… Así que, si me has llevado a la cama con esa idea, vas listo.

Lo escuché chasquear la lengua de modo exagerado.

—Mierda, entonces, ¿todo ha sido para nada?

—Me temo que sí. —Sonreí—. No te voy a dar ni un duro.

—Maldición, ¿me va a tocar esperar a que te hagas famoso de verdad para vender la exclusiva de que te desvirgué el culo?

Ahí consiguió que abriera los ojos.

—Joder, no lo digas así. —Me reí y los volví a cerrar.

—¿Y cómo quieres que lo diga? —Me besó el cuello.

—No lo digas y punto. —Sonreí—. Los dos sabemos lo que ha pasado, no hace falta verbalizarlo.

—Vale, vamos a hablar ahora en serio de esto… ¿Qué esperas de mí? De «nosotros», si prefieres decirlo así…

—Mmm, no lo he pensado mucho —confesé—. Espero que tires el teléfono de Patrick y, a partir de ahí…, no sé.

—Vale, entiendo entonces que no quieres que esto se quede aquí…

Abrí los ojos y lo miré.

—¿Tú sí?

—No. Yo quiero seguir viéndote y tener una tórrida y larga aventura contigo. —Hizo un movimiento rápido con las cejas que consiguió sacarme una risa—. Pero ya te conté que yo no me enamoro, y necesito saber que estás bien con eso antes de que nos planteemos nada…

Dejé escapar un bufido.

—¿En serio me estás hablando de amor después de un primer polvo? ¿Quién crees que soy? ¿Una cría de quince años?

—Vale, no, solo quería dejar claro eso… Me gusta ir de frente y que todo esté hablado desde el principio.

—Pues tranquilo, Oriol Tusquets, que no estoy enamorado de ti ni de tu ego… Me gustas y ya.

Él se rio con ganas y me besó.

—Bien, ¿entonces…?

—Uf, qué pesado eres —me quejé.

—Milo, para mí es importante.

—Está bien, ¿qué?

—¿Quieres exclusividad? Entiendo, por lo que has dicho de Patrick y por cómo te has puesto cada vez que ha salido en una conversación, que sí, pero necesito saberlo con seguridad.

—Sí. Si estoy follando con alguien, no me gusta la idea de que vaya por ahí haciéndolo con más gente. No sé… ¿A ti sí?

—Bueno, lo hacías con Tania y con ella no tenías exclusividad.

—Ya. —Me reí—. Pedirle eso a ella habría sido como, no sé, intentar encerrar un huracán… Con Tania estuvo todo claro desde el principio, y los dos estábamos de acuerdo en no hacerlo más de una vez a la semana para evitar confusiones.

—Qué organizados…

—Pues ya ves. —Sonreí—. Pero nunca tuve la necesidad de tener algo exclusivo con ella. Yo estaba en el fondo del pozo y Tania se limitaba a bajar allí conmigo de vez en cuando. No hubiéramos podido tener nada aunque hubiera querido alguno de los dos.

—Vale, entonces, entre nosotros, relación monógama… Pero yo con una vez a la semana no tengo ni para empezar.

Se me escapó una carcajada y lo besé.

—Ningún problema con eso.

—Bien, entonces ya solo queda una última pregunta con respecto a esto: Milo Vergara, ¿quieres salir conmigo sin enamorarte de mí?

—Mira, te voy a decir que sí solo por cansino.

—Eso sienta un mal precedente. Ahora ya sé que cuando quiera algo de ti solo necesito ponerme pesadísimo…

—Siempre eres pesadísimo —murmuré y cerré los ojos con su risa como sonido de fondo.

—Vale, pues ahora que estamos saliendo oficialmente, que te lo he pedido y todo, como si estuviéramos otra vez en el instituto…

Me reí entre dientes sin abrir los ojos.

—Qué pavo eres.

—Shhh, lo que decía, que ahora que estamos saliendo, ¿puedo hacerte una pregunta personal?

—¿Otra más? —bromeé.

—Sí, pero esta es fuera de cámara… y es sobre tu padre.

Abrí los ojos al momento y lo miré ya sin rastro de diversión.

—¿Qué pasa con él? ¿Qué quieres saber?

—A ver, en la entrevista me contaste que tocabas el piano, pero lo dejaste a los catorce o así.

Y por cosas que dijiste, me dio la impresión de que tenía algo que ver con tu padre…

¿Es así? —Me dio un beso en el hombro—. Pienso en eso desde que lo comentaste, pero al ver cómo has reventado el cuadrito ese que tenían en las oficinas con un disco de él…

Ahí hay más de lo que me has contado, estoy seguro, y me gustaría saberlo. ¿Me lo cuentas?

Cerré los ojos un momento y respiré hondo. Luego me giré un poco para quedar de costado, de cara a él.

—Joder, la cosa se ha puesto seria de repente.

—Quiero conocerte de verdad, Milo. Quiero que me lo cuentes todo… Pero no para el documental…, para mí.

Suspiré de un modo demasiado sonoro para lo cerca que estábamos el uno del otro.

—Me da hasta un poco de vergüenza —confesé.

—Vergüenza debería haberme dado a mí lo poco que he durado en el magreo de antes de la ducha, pero ya ves, estoy tan tranquilo. —Se rio, pero volvió a ponerse serio enseguida—. Cuéntamelo, Milo.

Suspiré, pero asentí.

—Pues, a ver, yo tocaba el piano desde niño. Supongo que por sentirme vinculado a mi padre de algún modo. O por inercia, no lo sé. A él apenas lo veía, porque era un hombre muy ocupado al que insignificancias como la paternidad no podían quitarle tiempo para lo verdaderamente importante: él.

—Por supuesto —murmuró.

—Mi madre siempre me ponía sus conciertos y entrevistas cuando salía por la tele, supongo que era su manera de que lo tuviera presente, me imagino que quería que yo viera que de verdad estaba ocupado, para que no pensara que simplemente yo le importaba una mierda, como era el caso…

Supongo que ninguna madre quiere que su hijo sienta que su padre no lo quiere…

El caso es que, a los diez años, más o menos, decidí tomarme el piano en serio.

Pensé que si llegaba a ser alguien importante, como él, querría pasar tiempo conmigo… Qué infantil, lo sé.

—Tenías diez años —replicó—, ser infantil era lo que tocaba, ¿no? Y tampoco me parece algo descabellado…

—No sé. —Me encogí de hombros con indiferencia—.

En fin, que de los diez a los catorce, aproximadamente, mi vida fue el puto piano.

Le dediqué horas. Pero una cantidad infame de horas para un crío de esa edad.

Todas las tardes al volver del colegio y los fines de semana.

Iba a muerte con eso. Fui a clases de solfeo y de piano.

Sentía que necesitaba ser el mejor. Y era bueno. Joder, era muy bueno para mi edad…

—No lo dudo —murmuró Ori.

—No sé si sabes que, aunque la carrera de piano es como cualquier carrera universitaria, que comienza a los dieciocho, a veces hacen excepciones… Hacen audiciones y, si alguien tiene mucho mucho talento, lo admiten aunque no tenga la edad.

—¿Eso te pasó? —Pestañeó un par de veces.

—Sí. No había cumplido los catorce cuando hice la prueba y me admitieron.

Salí en varios periódicos y todo. —Me reí, aunque me supo amargo en la boca, como siempre que recordaba aquella época—.

En pequeñito y por dentro, en la sección de cultura, pero ahí estaba, con foto y todo.

Mi madre los compró todos y guardó los recortes.

Los titulares decían cosas como «Un niño prodigio de la música accede al conservatorio cuatro años antes», «El hijo de Camilo Vergara ha heredado su don» y cosas así…

—¿Los conservas?

—No. Mi madre los guardaba como un tesoro, pero yo los tiré cuando ella murió.

—Entiendo…

—Pues eso, que fue algo sonado dentro del mundillo.

Luego, tras el primer año de carrera, me seleccionaron entre todos los alumnos del conservatorio para participar en un recital que se celebraba en Madrid y al que asistían los mejores de cada ciudad.

Era algo muy importante, venían representantes de conservatorios de toda Europa.

Mi padre vivía en la capital, era su excusa para no venir a verme como haría un padre normal, así que pensé que era mi ocasión de mostrarle por fin todo mi talento, que sintiera que lo había heredado de él y que eso creara un vínculo entre nosotros…

Quería que se sintiera orgulloso de mí. —Chasqueé la lengua—.

Me habían seleccionado como el mejor de Valencia y eso que solo estaba en primero y tenía apenas catorce años…

Me pasé semanas ensayando la misma pieza una y otra vez para hacerlo perfecto.

Mi máxima prioridad era que, cuando mi padre me viera tocar, se impresionara como lo hacían todos los pianistas que me habían escuchado.

—¿Y no se impresionó?

Se me escapó un suspiro que me habría encantado contener, pero traté de disimularlo con una risita despreocupada que me raspó la garganta de lo falsa que era.

—Ni siquiera vino.

—¡¿Por qué?!

—Ni idea. —Me encogí de hombros—. Se disculpó después, dijo algo como que le había resultado imposible… Yo qué sé, es un gilipollas.

—Entonces, ¿nunca te vio tocar?

—Oh, sí, me vio. —El resentimiento se coló entre mis palabras—.

El recital al completo se grabó en vídeo y mi madre consiguió una copia y se la hizo llegar.

—Chasqueé la lengua de nuevo y miré un momento hacia el techo antes de volver a prestarle mi atención a él—.

Me escribió una carta para decirme que la había visto y darme su valoración.

La leí mil veces y me aprendí frases enteras de memoria.

Me dijo, y cito textualmente, que «la técnica era correcta aunque mejorable.

Adecuada para alguien de tu edad, pero con mucho trabajo por delante».

—Qué hijo de puta —murmuró Ori.

—Pues eso ni siquiera fue lo peor. Lo que me mató fue cuando puso que «pese a lo correcto de la técnica, a la interpretación le faltaba alma».

—¡No!

—Te lo juro.

—Pero ese tío es un gilipollas.

—Te lo dije. —Me encogí de hombros con una indiferencia que de verdad quería sentir.

—Vamos a volver a la discográfica y buscamos más cuadritos de él. Esos los reventaré yo mismo.

Me reí sin demasiadas ganas.

—Lo he pensado, pero con esa discográfica solo tenía dos, no vale la pena volver allí solo por el que nos queda…

—Cierto. —Sonrió—. Entonces, ¿dejaste la carrera?

—Sí. —Suspiré y cerré los ojos de nuevo—.

Me di cuenta de que nunca iba a impresionarlo, que nunca se iba a sentir orgulloso de mí.

Nunca iba a conseguir de él nada más que indiferencia.

Le cogí el asco que le tengo ahora mismo, a él y a su puto instrumento.

Quería prenderle fuego al piano, pero mi madre lo vendió antes de que lo hiciera.

Con parte de ese dinero, me compró mi primera guitarra.

—Al menos, no dejaste de tocar… —murmuró.

—No, eso no podría —aseguré—. No iba a renunciar a la música por él. Ni de coña. Pero sí me quise alejar de todo lo que él representaba. Cambié el clásico por el rock, y me siento más yo mismo. Aunque me falte alma. —Me forcé a sonreír sin demasiadas ganas—. Aléjate de mí, Ori, soy un desalmado…

Él chasqueó la lengua.

—Todos los millonarios lo sois.