31 Necesito el tuyo
NECESITO EL TUYO
Las tres estrellas junto al nombre del alojamiento me tranquilizaron, aunque, llegados a ese punto, habría subido con él a la habitación más cochambrosa de un hostal de mala muerte o habría pagado sin pensármelo el desorbitado precio de una suite de lujo en un hotel de máxima categoría.
Sí, ese era el nivel. Por eso me vino genial que el destino se hubiera encargado de poner en mi camino un más que acertado término medio.
Accedimos al amplio hall y, antes de llegar al mostrador, me giré hacia Ori.
—¿Pido una habitación o dos? —le pregunté en un susurro.
Él me miró con el gesto más neutro que le había visto nunca y pestañeó un par de veces.
—¿Es una pregunta con truco? —quiso saber.
—No.
—¿Vas en serio?
—Sí, no… A ver… —intenté explicarme—. Que no sé si para lo que es dormir y ducharte y tal necesitas tener tu espacio…
—Ahora mismo no necesito mi espacio, Milo, necesito el tuyo.
—Vale —fue lo único que conseguí decir tras su réplica.
El aire entre nosotros se había vuelto espeso y parecía cargado de algún tipo de sustancia inflamable que podía hacer que, al mínimo roce, todo volara por los aires.
Creo que, en un acuerdo tácito, ambos evitamos tocarnos, porque la chispa que solía provocar el contacto de su piel contra la mía lo habría precipitado todo de un modo muy inoportuno en público.
Mantuvimos una distancia de seguridad más que prudencial mientras nos tomaban nota de nuestros datos personales.
Los trámites burocráticos nunca me habían parecido tan molestos como en aquel momento.
También permanecimos alejados todo lo que nos permitieron las reducidas dimensiones del ascensor durante los cuatro pisos de ascenso que hicimos acompañados de otros huéspedes.
Ori entró delante de mí en la habitación y yo lo hice inmediatamente después.
Cerré la puerta y me apoyé sobre ella. Estiré el brazo y lo agarré del jersey blanco de lana que llevaba.
Lo atraje hacia mí y él se limitó a dejar caer al suelo la cazadora y las bolsas que traía en las manos.
Me sostuvo la mirada cuando me colé bajo su camiseta y se la quité junto con el suéter.
A continuación, y sin decir nada, entre los dos nos pusimos de acuerdo para hacer lo mismo con el mío.
Respiré hondo cuando me pasó las manos por el pecho ya desnudo.
Incliné la cabeza sobre su hombro y aspiré su olor como deseaba desde hacía semanas.
Llevaba tanto tiempo contenido y negándome a mí mismo lo que de verdad quería que me encontré en un punto en el que ya no me sentía capaz de luchar contra mis instintos.
Y me daba igual que fuera un tío, eso ya había quedado en un segundo plano carente de importancia.
Al menos de momento. Lamí todo su cuello, desde la clavícula hasta ese punto sensible detrás de la oreja, y Ori se estremeció por completo y soltó unos gemidos que me encendieron más si era posible.
Mis dientes recorrieron el camino inverso al que había trazado mi lengua y el descenso solo avivó los pequeños gruñidos que salían de su garganta.
Me clavó los dedos en la espalda con tanta determinación que me hizo estar casi seguro de que eso iba a dejar marca, pero no me quejé, me limité a exhalar con la fuerza que necesitaron mis pulmones para vaciarse.
Mis dientes se deslizaron por su mandíbula mientras él abría la boca para alcanzar el aire que comenzaba a faltarnos a ambos.
Nos hice girar lo justo para apoyarlo contra la pared y acoplar por completo mi cuerpo al suyo.
Su respiración se aceleró al ritmo de la mía y su lengua buscó mi boca para reclamar los besos que ambos parecíamos necesitar con urgencia.
—Milo —jadeó contra mis labios en un suspiro que me hizo arder como si fuera la primera vez que alguien decía mi nombre en ese tono. Quizá incluso lo era, porque me dio la impresión de que, en una situación así, nunca me habían nombrado con tanta necesidad.
La piel desnuda de mi pecho pareció fundirse al contacto con la suya y él me agarró del culo con tanta intención que parecía que fuese a conseguir hacer desaparecer nuestros pantalones antes incluso de que nos los quitáramos.
Me detuve un instante, apoyé las manos en la pared, a ambos lados de su cabeza, y lo miré. Quería tomar algo de aire y también ver el efecto que había provocado en él: su pelo revuelto, su cara colorada, los labios hinchados…
—Ori, joder —murmuré con la respiración entrecortada.
—No pares esto, Milo, por favor —suplicó entre jadeos en un tono tan demandante que, si hubiera albergado la más mínima intención de detenerme, que no era el caso, habría logrado disuadirme.
La sonrisa me brotó sola y murmuré un «ni de puta coña» involuntario antes de agarrarlo con tanta fuerza del culo que él dejó de hacer pie en el suelo y enroscó sus piernas en mi cintura.
Comencé entonces un movimiento frenético de mi cadera contra la suya cada vez más firme y violento.
Era urgencia, deseo y necesidad por encima de todo.
Me cegué. Embestí contra él con fuerza en un intento desesperado de lograr algo de alivio.
Sentía bullir la sangre por todo el cuerpo y mi piel desintegrarse por donde él me iba tocando.
Atrapé su boca, ya totalmente desatado, y me tragué cada uno de los gemidos que no pudo controlar.
Su respiración se volvió errática y empezaba a costarle mantener los ojos abiertos.
Le fallaron las piernas y volvió a bajarlas al suelo.
Tuve que retenerlo entre mi cuerpo y la pared porque me daba la impresión de que podía caerse al suelo en cualquier momento.
Se pasó la lengua por los labios, no en un gesto lascivo, sino más bien como para devolverles algo de vida antes de hablar.
—Milo —fue lo único que consiguió farfullar.
Me separé de él lo justo para mirarlo, pese al deseo de mi boca de seguir explorando cada rincón de su cuello.
—¿Estás bien? —pregunté mientras mis manos recorrían sus costados por decisión propia.
—Ss-sí —balbuceó y se acarició a sí mismo con manos torpes por encima del pantalón—. Estoy… mu-muy al límite… Necesito correrme —consiguió decir entre jadeos.
Tardé décimas de segundo en desabrocharle el pantalón y meter la mano dentro.
Era la primera vez que tenía en la mano una polla que no era la mía, y ni siquiera me planteé si me resultaba raro.
Mi prioridad era darle el alivio que necesitaba.
Él emitió un pequeño gruñido y yo saqué la mano de su pantalón y me quité en un momento la venda con los dientes.
Ya con la mano desnuda, volví a por él, a darle lo que pedía.
Podría haberlo torturado un poquito y alargado el momento, pero me sentía casi tan al límite como él.
Pareció adivinarlo, porque sus dedos se movieron temblorosos hasta mi bragueta.
Luchó sin éxito contra los botones y fui yo mismo quien los desabrochó para ponérselo fácil.
Y ahí sí, ambos comenzamos a dar alivio al otro como mejor podíamos.
Me clavó los dedos de su otra mano con fuerza en el hombro, como si necesitara aferrarse a algo para no caerse, y yo lo rodeé por la cintura con el brazo que me quedaba libre porque de verdad parecía que sus piernas iban a dejar de responder.
Apreté la mandíbula y me concentré en nosotros, en nuestros movimientos, mientras las respiraciones dejaron de ser rítmicas y se volvieron puro instinto.
No terminé de reconocerme en los gruñidos viscerales que emitía, pero tampoco podía controlarlos.
Los jadeos de él casi se convertían en gritos al cruzar sus labios.
Subí la mano hasta su cuello y atrapé su mandíbula.
Lo sostuve contra la pared y pareció gustarle, porque farfulló un par de «sí, Milo, así» antes de tensar todo su cuerpo.
—Mírame, Ori —le pedí.
Y él abrió los ojos, pero ni siquiera estoy seguro de si me vio o si de su mirada me atravesó.
De lo que sí tuve certeza fue del orgasmo que le sobrevino en ese momento.
Las sacudidas de todo su cuerpo y el grito de su garganta lo liberaron del todo.
Se corrió en mi mano y yo lo agarré fuerte y apreté para darle hasta el último instante posible del placer más puro.
—Milo —farfulló en el último tirón y ahí fui yo el que me abandoné a él.
El orgasmo me nació en la base de la espalda y recorrió todo mi cuerpo a latigazos.
Él movió su mano con mucha más pericia que yo y me llevó donde quiso en cuestión de segundos.
Le mordí la boca, le lamí los labios y lo besé mientras me corría en su mano.
Luego apoyé la frente en la suya y permanecí así el tiempo suficiente para que se calmaran nuestras respiraciones.
Cuando por fin nos tranquilizamos y separé mi cabeza de la suya, lo arrastré hasta el baño para eliminar las pruebas y no empeorar el potencial desastre. Nos limpiamos un poco en el lavabo, pero yo enseguida comencé a desnudarme.
—Mi prioridad eran una ducha y una siesta, te lo recuerdo —le reproché como si yo no hubiera tenido tanta culpa como él.
Fui hasta la bañera y abrí el grifo. Apenas terminé de quitarme la ropa, sentí cómo se abrazaba a mi espalda y me acariciaba el pecho.
—Eran muchas las ganas —murmuró contra mi piel y, aunque no podía verlo, escuché la sonrisa entre sus palabras—, pero te aseguro que puedo hacerlo bastante mejor que esto… No me juzgues tan rápido —bromeó.
Yo me reí y me di la vuelta para verle la cara.
—¿Me has oído quejarme? —le pregunté y luego le di un beso breve en los labios—. Ha sido algo rápido y un poco cerdo, nos han podido las prisas, pero no tengo dudas de que podemos hacerlo mejor… los dos. —Sonreí para quitarle importancia—. Eso sí, yo antes necesito una ducha.
—Vale, claro —asintió y me sostuvo la mirada un momento—. ¿Todo bien, Milo?
—Sí, todo bien. —Me forcé a sonreír para tranquilizarlo, pero creo que lo conseguí a medias.
—No tiene por qué pasar nada que no quieras… Lo sabes, ¿no?
Respiré hondo y luego le di otro beso rápido.
—Lo sé. Voy a ducharme.
«Nada que no quieras»… Sus palabras deambulaban por mi cabeza mientras me enjabonaba y me quitaba todo rastro de ese día tan extraño.
«Nada que no quieras», pero ¿quería? Había pensado mucho en ello; de entrada había rechazado la idea y después, con el tiempo, me había ido acomodando a ella tan poco a poco que había acabado resultándome natural.
Había fantaseado con eso y lo había visualizado de mil formas diferentes, pero tener el momento tan cerca era algo muy distinto.
Imponía, joder. Yo no era ningún remilgado, de hecho, en la cama podía ser bastante cerdo y solía tener la mente abierta a probar cosas nuevas, pero siempre había sido mi polla la única invitada a la fiesta.
Y eso era demasiado nuevo como para obviarlo.
—Estoy aquí, no te asustes —escuché a Ori a través de la mampara en cuanto cerré el grifo del agua.
Me sequé un poco por encima y me até la toalla alrededor de la cintura antes de salir.
—Puedo escuchar el ruido de tus pensamientos dentro de tu cabeza desde aquí —dijo en cuanto me vio.
—¿Sí? —quise sonar relajado—. ¿Y qué dicen mis pensamientos?
Se había sentado sobre la encimera del baño, vestido todavía únicamente con el pantalón vaquero.
—No lo sé con exactitud, pero que estás agobiado, supongo.
—¿Y por qué iba a estar agobiado? —pregunté al acercarme hasta donde estaba.
—Ven, voy a arreglarte la mano. —Me mostró la crema y la venda y abrió las piernas, entendí que para que me colocara entre ellas.
Lo hice, no solo porque fuera lo más cómodo para que me curara, sino porque de verdad quería estar cerca de él, aunque al mismo tiempo la idea de ir un paso más allá todavía me diera vértigo.
El golpe tenía mejor aspecto que esa mañana, pero la piel de los nudillos se había teñido de un amarillo nada natural.
—Al menos no está morado —murmuró como si me hubiera leído el pensamiento—. Esto en un par de días ni se nota.
Me puso la crema con mucho cuidado de no hacerme daño y luego me la vendó con calma.
Cuando terminó, levantó la vista y me miró un momento.
Yo me incliné despacio y lo besé, sin más intención que la de darle las gracias por el gesto.
Me devolvió el beso y lo sentí como algo casi más íntimo que lo que habíamos compartido hacía un rato.
—Voy a darme una ducha yo ahora, ¿vale? —sugirió.
—Vale.
—Así te doy tiempo a que te hagas a la habitación, a que sigas dándole vueltas en la cabeza a todo lo que consideres o a que te duermas un rato, lo que prefieras.
Me limité a asentir con la cabeza porque ni yo mismo sabía qué era lo que quería.
—En la bolsa que hemos traído tienes los gayumbos supersexis del Atlético de Madrid. —Hizo un gesto sugerente con las cejas y yo me reí—. Pero si prefieres quedarte en bolas tienes todo mi apoyo…
No pude evitar reírme con el comentario y él aprovechó para besarme.
—Menos mal, pensé que igual no tenía permiso —bromeé.
—Tienes permiso para lo que quieras. —Bajó de la encimera de un salto y fue hacia la ducha—. De hecho, podrías convertirme en tu esclavo sexual si fuera tu deseo. —Me lanzó una mirada entre sexi y divertida.
—Pfff… No me ibas a durar nada —bromeé.
Él puso cara de fingida indignación, pero el rubor que le subió a las mejillas fue real.
—No me desafíes, Milo Vergara, que en unos minutos puedo ir a por todas otra vez.
Yo entrecerré los ojos y lo miré a través de las pestañas.
—Me parece que eres un fantasma, Oriol Tusquets. —Sonreí y lo besé una vez más—. Dúchate, te espero fuera.