30 Y menos aquí
Y MENOS AQUÍ
La modorra me iba ganando terreno en cuestión de minutos. El cansancio acumulado, el sol de la tarde y la comida eran una combinación peligrosa para mi consciencia.
—Por aquí —dijo Ori y yo lo seguí—. Espabila, Milo, que parece que te vayas a dormir de pie.
—No lo descarto —murmuré—, estoy hecho polvo…
Él se rio entre dientes y puso una mano en mi espalda para animarme a avanzar. Yo me tensé de forma involuntaria ante el contacto y eché un vistazo a nuestro alrededor, supongo que para comprobar que no nos había visto nadie.
—Relájate, que nadie te está mirando. ¿También te pones así cuando es un amigo, como Raúl, el que te toca?
—Raúl no me toca así.
—¿Así cómo? —Se rio.
—Como si al retirar la mano, se quedara ahí en plan miembro fantasma…
—Joder, Milo…
—¿Qué?
—Que podrías meter esa frase en una canción. Me encanta cómo piensas… A veces me gustaría estar dentro de tu cabeza.
—Pfff, ¿lo ves?
—¿Qué? —Se rio.
—Que eres un liante y siempre buscas la manera de hacerme sentir especial.
—Eres especial, Milo.
—Cállate, Ori, joder. —Bufé—. Bueno, ¿dónde vamos?
—Vamos a pasar un momento por el coche, que hemos dejado allí la crema y la venda, así te lo cambio luego cuando te duches.
—Vale.
Llegamos hasta el lugar donde habíamos aparcado y él abrió la puerta y entró. Yo ni me molesté, me quedé de pie junto al vehículo y lo esperé. Lo vi coger la bolsa con las cosas de la farmacia y meter dentro también el bote de vaselina que ya sabía que llevaba en el coche. Oh, joder.
No dije nada cuando él terminó y reemprendimos el camino, pero yo tenía la impresión de que podía ver el bote de vaselina a través del papel de la bolsa de farmacia que llevaba en la mano.
Como si estuviera gritando desde ahí dentro para que todo el que se cruzara con nosotros se quedara con su presencia.
Ori me arrastró al interior de una tienda de souvenirs bastante grande.
—¿Y esto? ¿Quieres un recuerdo? —Cogí una montera de torero y se la puse—. Divino, deberías comprártela y ponértela en tu próxima reunión de culturetas…
Se rio y la pasó de su cabeza a la mía.
—Mejor póntela tú en uno de tus conciertos… Directo al estrellato, seguro.
Me reí y me la quité.
—Si este es el precio, prefiero el fracaso… En serio, ¿qué hacemos aquí? ¿Qué quieres comprar?
—Algo de ropa para cambiarnos después de la ducha. Mira entre esas camisetas de ahí y elige un par… Yo voy a buscar por aquella zona.
—Vale —acepté.
Eché un vistazo por encima a las prendas y no encontré ni una sola con la que no diera vergüenza ajena (o propia) salir a la calle, pero alguna tendría que valer si quería darme una ducha y quitarme la ropa que llevaba desde ayer.
Escogí un par de color liso en las que solo ponía «Madrid» en pequeño y unas sudaderas del mismo rollo.
—Milo —me llamó Ori desde otro punto de la tienda—, ¿qué partido fue el que viniste a ver con Sergio?
—Una final de liga, creo… ¿Por qué?
—¿Qué equipos?
—Madrid-Barça.
—¿De qué equipo era Sergio? —preguntó mientras se acercaba cargando varias prendas que no identifiqué a simple vista.
—Del Real Madrid, ¿por qué?
—Vale. —Dejó parte de lo que llevaba en la mano sobre un expositor de abanicos—. Porque paso de ponernos gayumbos de su equipo. Pillo los del Atlético.
—¿Vas a dejar los calzoncillos ahí? ¿Donde los abanicos?
—Si nos llaman la atención, te haces el sueco… Bueno, eres medio sueco, ¿no? No tienes que fingir mucho…
—Tío, déjalos donde los has cogido…
—Venga ya, Milo, que no pasa nada. Mira, he cogido calcetines también, vamos a ser colchoneros por un día… Mmm… me mola lo de ser colchonero contigo. —Hizo un movimiento sugerente con las cejas—. Son colchoneros, ¿no?
—¿De qué hablas?
—De los hinchas del Atlético de Madrid, los llaman colchoneros, ¿no? Es que no tengo ni idea de fútbol.
—Pues yo menos. —Bufé.
—Venga, dame lo que has pillado, voy a pagar.
—Lo pago yo, que tú has pagado la comida —me ofrecí.
—Pero tú vas a pagar el hotel.
—Y tú me has traído hasta Madrid —argumenté con hastío y le cogí de un tirón lo que llevaba entre manos—.
Así que déjate de mierdas y no me hagas discutir, que estoy muy cansado.
Devuelve eso donde estaba —señalé los gayumbos del Real Madrid que seguían donde no les correspondía— mientras yo pago todo esto.
No hubo más discusión, él renegó un poco, pero hizo lo que le pedí y yo cumplí mi parte.
Ya en la calle, me dejé guiar por donde quiso llevarme.
Al girar una esquina, accedimos a una zona bastante transitada y yo me quedé clavado en el suelo al ver los carteles que atestaban una de las paredes.
«Latidos de cristal». Sí, en todo su esplendor.
La imagen del cedé, en el que se veía a Madi en primer plano y al fondo Sergio y otros cuatro tipos.
Supuse que al guitarrista y al bajista por los que nos habían reemplazado habrían añadido un segundo guitarra y un teclista, seguramente.
Bajo la imagen del cedé, habían tenido la desfachatez de escribir: «la esencia de Póstumo en vida».
—Joder —murmuró Ori y puso una mano en mi espalda—. No te alteres, Milo, no vale la pena.
—Vamos a arrancar uno —murmuré—, se lo quiero enseñar a Raúl…
—Me temo que no tardarán en llegar a Valencia.
—Se lo tengo que contar en cuanto volvamos. Y quiero que lo vea.
—Vale, no te enfades conmigo, pero se lo puedes enseñar… Me he llevado esto. —Metió la mano en el bolsillo interior de su cazadora y sacó el puto cedé.
—¿De dónde lo has sacado? Ahí pone que sale a la venta el día veintiuno, faltan casi dos semanas… —Lo cogí y le di la vuelta para comprobar que era el de verdad.
—De la discográfica. —Se encogió de hombros—. Cuando has tirado toda la caja al suelo de una patada y has salido de allí hecho una furia, me he agachado a por uno. Se lo he enseñado al pijo trajeado ese y me ha dicho que sí con la cabeza, así que me ha dado permiso para cogerlo.
—¡¿Por qué lo has hecho?! —grité bastante mosqueado.
—Porque igual en algún momento quieres oírlo y saber qué han hecho con tus canciones… Y por muchos millones que tengas, me niego a que emplees una sola peseta en comprarlo y aumentarles las ventas…
Me quedé mirándolo serio durante un momento mientras mi respiración se calmaba.
—Gracias —dije por fin—. Sí que quiero oírlo.
—Lo suponía —murmuró.
—Y quiero oírlo con Raúl.
—Claro, quédatelo. Ya lo escucharás con él… o lo que sea.
—Vale, sí, gracias. —Se lo tendí de nuevo y él lo cogió con la duda reflejada en la cara—. Guárdalo tú, no sea que me de un brote y lo reviente a pisotones.
—Claro. —Me sonrió y volvió a meterlo donde lo había llevado todo el rato.
Caminamos un poco más. Lo seguí por las calles de la capital sin importarme demasiado a dónde nos dirigíamos. Yo no tenía ni idea de adónde ir y, aunque la hubiera tenido, mi cabeza presentaba tal nivel de ebullición que el destino al que nos estábamos dirigiendo no era una de mis preocupaciones.
—Vamos a tomarnos un café aquí —propuso ante una cafetería que encontramos en una plaza peatonal.
—Claro.
Nos sentamos a una de las mesas de la terraza y él entró a pedir.
Cerré los ojos y me quedé así un momento.
Luego levanté la cara para que el sol de aquella tarde de noviembre la acariciara.
Pero el que lo hizo fue Ori y yo me giré a mirarlo sobresaltado y todavía con el cosquilleo del roce de sus dedos en la mandíbula.
—¿Qué haces? —mascullé entre dientes.
—Perdona. —Se rio—. A veces cuesta no tocarte… Tienes un perfil tan perfecto que se me ha ido la mano sola… Serán tus genes suecos…
—Pues córtate un poco, ¿no? —Miré hacia los lados para ver si alguien nos había visto, pero las pocas personas que teníamos cerca parecían estar a su rollo.
—Nadie está pendiente de nosotros, Milo; y menos aquí.
—¿Por qué «y menos aquí»? —quise saber—. ¿Dónde estamos?
—En Chueca —respondió y yo me tensé, porque había oído hablar de ese barrio de Madrid. Sí, hasta Valencia había llegado la fama.
—¿Me has traído al barrio gay? —pregunté entre dientes y él sonrió—. ¿Un beso y ya soy gay?
Él dejó escapar la risa entre los dientes.
—No, no por un beso… También los roces del otro día cuando estabas borracho, la mamada, los celos cada vez que sale Patrick en la conversación…
Y no digo que seas gay… Creo que estás luchando una batalla en tu interior desde hace unas semanas y pensé que ver cómo hay quien vive algo parecido con normalidad te ayudaría. —Se encogió de hombros.
Justo en ese momento, nos interrumpió la camarera, que era claramente un hombre vestido de mujer, y nos dejó los cafés sobre la mesa.
—¿Algo más, guapísimos? —preguntó y yo me tensé.
—Nada, gracias —respondió Ori con una sonrisa y, cuando se marchó, volvió a prestarme toda su atención.
Yo miré hacia los edificios de la plaza y vi un par de banderas arcoíris en los balcones.
En otro de ellos, una chica con el pelo casi rapado se fumaba un cigarro…
o alguna otra cosa, era difícil decirlo desde esa distancia.
En el otro extremo de la explanada, dos chicos caminaban cogidos de la mano.
—No pasa nada por estar aquí, Milo. No te vas a volver marica por tomarte un café en Chueca… Pero sí es una zona segura para el colectivo y aquí la gente se siente más libre. Pensé que te gustaría verlo. Es todo.
—¿Te parezco parte del colectivo?
Él aguantó un momento la risa antes de hablar.
—¿Tengo que contestar a eso? —fue la respuesta del muy mamón.
—Mírame, Ori, joder. —Me señalé con ambas manos para que se fijara bien en mi aspecto descuidado—. Yo no encajo aquí, soy más Kurt Cobain que Elton John.
—Ahí llevas razón —asintió—. Porque Kurt Cobain era bisexual.
—No es verdad.
Él se rio con ganas.
—Es todo un referente. Dijo en una entrevista, en el 92 o por ahí, que si no estuviera con Courtney Love sería bisexual… Lo cual quiere decir que claramente lo era…
—¿Vas en serio?
—Te lo juro. Te buscaré la entrevista si quieres, tengo un colega que guarda ese tipo de datos.
Me recliné sobre el respaldo un poco conmocionado por la noticia.
Que en realidad no debería ser tan importante, pero para mí lo era.
Los dedos de Ori acariciaron mi mano, pero no me aparté.
Me giré a mirarlo despacio, y no sé lo que vio en mis ojos que le hizo sonreír.
Se inclinó hacia mí hasta que su nariz rozó mi mejilla.
Quería apartarme, pero era más lo que me estaba gustando tenerlo tan cerca, notar el roce de su piel en la mano y en la cara y sentirme invadido por ese olor suyo que me ponía tanto.
Cerré los ojos para engañarme a mí mismo, supongo, y no pensar que estábamos en la calle.
Decidí disfrutar ese momento en un lugar donde nadie iba a juzgarnos, o eso aseguraba él.
Su lengua acarició muy despacio la comisura de mi boca, que se abrió sola en un jadeo que no fui capaz de contener.
Lamió despacio mi labio inferior y yo me estremecí desde los dedos de los pies hasta el último pelo de mi cabeza.
Lo dejé torturarme con esa calma infinita y él me mordió con poca fuerza pero mucha intención.
Luego su boca cubrió por completo la mía y se tragó el gemido que me provocó.
No era un beso urgente o impulsivo como había sido el mío, era algo consciente y deliberado, en el que ambos parecíamos estar intentando aprendernos la boca del otro de memoria.
Su mano, caliente y firme, subió hasta mi cuello y yo sentí que su caricia estaba en realidad bajo mi piel.
Llevé mis dedos a su pelo y los enredé entre sus rizos.
Di un pequeño tirón para separarnos apenas unos milímetros que nos permitieran respirar.
—Milo —jadeó contra mis labios y ese sonido fue suficiente para hacerme fundir de nuevo mi boca con la suya con la misma calma, pero más deseo, si eso era posible.
Me separé de él de golpe y me puse de pie de un modo tan brusco que a punto estuvo mi silla de caer de espaldas.
Él me miró con los ojos entrecerrados y los labios abiertos, hinchados y tan sugerentes que parecían estar pidiendo a gritos que volviera a por ellos.
Dejé unas monedas sobre la mesa y luego cogí la mano de Ori y tiré de él.
Me siguió sin decir nada. Crucé la plaza sin soltarlo y, cuando estaba llegando al otro extremo, me detuve en seco y me giré a mirarlo.
—No sé a dónde vamos —confesé.
Él, en lugar de descojonarse de mí, me dedicó una mirada oscura y luego se lanzó de nuevo contra mis labios.
Y a mí me dio completamente igual que estuviéramos en plena calle.
Me tragué su beso con un deseo que ya era imposible esconder y ni siquiera me parecía necesario intentarlo.
Lo abracé tan fuerte que lo levanté unos centímetros del suelo y él gimió sin separarse de mi boca.
Bajó sus manos hasta mi culo y me apretó contra él hasta que nuestras erecciones chocaron y me arrancaron un gruñido que arañó mi garganta y murió en su boca.
—¡Buscaos un hotel, guapos! —nos soltó un chico muerto de risa al pasar junto a nosotros.
Ori separó sus labios de golpe y se giró hacia él.
—¡¿Dónde?! —le preguntó.
El chaval nos dedicó una sonrisa gamberra y señaló una de las calles que salían de la plaza.
—Por ahí. A un par de manzanas, tenéis un NH.
Ori murmuró un «gracias» cuando yo ya estaba tirando de él hacia donde nos había indicado el amable peatón.