Adicto al fracaso 29 Latidos…
72%

29 Latidos…

LATIDOS…

Me sentía algo mareado y me temblaban las manos cuando me senté de nuevo en el coche. Ori no decía nada, se limitaba a mirarme con prudencia. Supongo que no estaba seguro de por dónde iba a salir yo en esta ocasión. Y tampoco podía culparlo por ello.

—Son casi las dos, deberíamos ir a comer algo —propuso al arrancar el motor—. Llevamos en pie desde las cinco y media y no hemos tomado más que los cafés de antes de salir y tu cocacola del camino.

—Ya… —Le di la razón porque estaba demasiado nervioso hasta para pensar por mí mismo—. Yo aquí no conozco nada. Nunca he estado en Madrid… Bueno, una vez con Sergio hace unos años, pero lo único que vimos fue un partido de fútbol…

—No te hacía futbolero… —Sonrió.

—No lo soy —aclaré—, pero él sí. Solo lo acompañé, porque siempre he sido así de gilipollas, supongo…

—Más gilipollas me parece él, la verdad. Pues, a ver, si quieres, vamos al centro, comemos por allí y damos una vuelta, así por lo menos habrás hecho algo de turismo.

—Claro. —Sonreí, creo que un poco tenso, y él se puso en marcha.

Fue llenando el camino con conversación inofensiva, y yo tampoco saqué el tema de lo que había pasado en la sala de la destrucción.

Lo cierto era que sin el alcohol de por medio del finde anterior y sin el calentón de hacía un momento, ya no me sentía tan valiente.

Había besado a un tío, y me moría de ganas de hablar del tema casi tanto como de hacerme muy pequeño y esconderme debajo de una piedra.

Él no había cambiado su actitud para nada, como si no hubiera ocurrido.

Igual yo lo había hecho tan mal que Ori prefería fingir que no había pasado nada.

¿Y si los tíos no se besaban así? ¿Y si había algún código o algo diferente que yo desconocía?

Definitivamente, mi cabeza necesitaba un respiro.

Por lo visto, encontrar aparcamiento en pleno centro de Madrid era la mayor de las fortunas a la que podíamos aspirar, y Ori dijo que eso era una señal de que algo bueno, mágico y místico nos estaba esperando.

Di por hecho que me estaba vacilando, aunque lo seguí sin dudar durante un par de calles hasta el restaurante mexicano al que me llevó.

Nos acomodaron en un reservado al fondo de aquel local infrailuminado en el que apenas había ocupadas un par de mesas más.

Olía a desinfectante y a especias poco frecuentes en mi alimentación habitual.

El camarero nos dejó las cartas, tomó nota de la bebida y desapareció.

Cogí la mía y comencé a pasar hojas con más inercia que interés.

—¿Has estado aquí antes? —pregunté.

—Sí —respondió sin levantar la vista de su menú.

—Vale, y ¿qué me recomiendas?

—Que dejes de temblar, para empezar.

Levanté la vista de golpe y él hizo lo mismo, pero mucho más despacio.

—A ver, Milo. —Se inclinó sobre la mesa y bajó la voz—: Una cosa cada vez. Ahora toca pedir la comida. Después de que nos tomen nota, podemos hablar de lo que quieras… O no, si lo que prefieres es fingir que no ha pasado nada. Tú mandas.

—¿Yo mando?

Chasqueó los dedos delante de mi cara y luego señaló la carta que sostenía entre mis manos.

—La comida, Milo. Céntrate.

—Es que me da igual. —Cerré el folleto—. Pide tú, que yo de comida mexicana no sé nada.

—¿Te gusta el picante? —preguntó de nuevo atento a su menú.

—Depende —confesé—. En general, no soy muy valiente.

—No creo que tu problema sea de valor… —murmuró con una media sonrisa—. Creo que lo que te cuesta es tener claro lo que quieres… ¿Lo sabes ya?

—¿Todavía estamos hablando de la comida?

Él dejó escapar la risa entre los dientes.

—Por supuesto, pero ve pensando la respuesta a esa misma pregunta para lo otro que te atormenta. —Me sonrió de medio lado.

Yo deslicé mi carta hacia el centro de la mesa.

—De verdad que me da igual. Elige lo que quieras.

Ori le hizo un gesto al camarero y, cuando este se acercó, le pidió un montón de cosas. Nos retiró los menús y volvió a dejarnos solos.

—Bueno, Milo, ¿cuál es el plan?

—¿De qué?

—De este «viaje» o como lo quieras llamar… ¿Qué idea llevas?

—No llevo ninguna. —Me rasqué la nuca—. ¿Tú qué piensas?

—Yo estoy cansado y no me apetece conducir de vuelta esta tarde, pero si tú tienes que volver hoy o quieres hacerlo, sin problema…

—Nn-no —se me atragantó un poco la voz—. No tengo por qué volver hoy.

—Y ¿qué es lo que quieres hacer esta tarde, Milo?

—¿Con sinceridad? —pregunté y él asintió—. Pues después de la sudada que me he pegado, lo que más me apetece es darme una ducha y cambiarme de ropa, que llevo esto desde ayer y no me lo quité ni para dormir… Y echarme una siesta, eso también, que estoy reventado y apenas descansé anoche…

—Vaaale —alargó la sílaba y sonrió—. Es un plan.

—¿Te parece bien? —tanteé.

—Me parece perfecto. A mí también me vendrían genial una ducha y una siesta. Tenemos el coche bien aparcado, podemos buscar un hostal por aquí. ¿Por qué pones esa cara? —Se rio.

—Porque oigo «hostal» y vienen a mi cabeza imágenes de pulgas y hongos…

—Muy probablemente. —Se volvió a reír.

—Pues, tío, un hotel… Para una vez que voy a algún lado y que puedo permitirme no ir en plan cutre…

Él chasqueó la lengua y sonrió.

—Es verdad, tus dos millones… Al final te los vas a gastar antes de cobrarlos.

—¡Sí, claro! —Me reí—. Dos millones en viajes a Madrid son muchos viajes…

—Ahí llevas razón… Por cierto, ¿cómo está tu mano?

—Pues parece que se está despertando un poco, es molesto. —La abrí y cerré un par de veces para confirmarlo.

—Vale, luego te pongo la pomada y te cambio el vendaje como ha dicho la farmacéutica.

—Guay.

El camarero trajo la comida y nos centramos en eso durante un rato.

—Bueno —interrumpió Ori el silencio—, a Sergio ya lo conocía, pero intuyo que ella era Madi. Solo la vi en aquel concierto y no le presté demasiada atención. Buen golpe, por cierto.

—Intuyes bien —asentí con una sonrisa que no quise contener. No puedo decir que estuviera orgulloso de haberle pegado a alguien, pero un poco sí.

—¿Qué hacen aquí? ¿No estaban en Boston?

—Sé lo mismo que tú. —Me encogí de hombros.

—¿Podemos hablar ya del nombre tan ridículo del grupo?

Arrugué las cejas mientras daba un bocado a un taco.

—¿Qué nombre? —pregunté cuando había tragado apenas una parte.

—El del grupo… El que ponía en el cedé y en el póster que has partido de una patada.

—No lo he partido, solo lo he doblado…

—Ese pequeño matiz no deja de convertirlo en un deshecho.

—Ya lo era antes de mi patada.

—Bien visto, pero, en serio, ¿el nombre?

—No me he fijado. ¿Cuál era? —quise saber.

—¿No lo has visto? Pues no sé si estás preparado para escucharlo… —me vaciló.

—Venga, dímelo. —Sonreí.

—¿Estás seguro? Tu vida no volverá a ser la misma, te lo aseguro…

Me reí abiertamente.

—Venga, payaso… ¿Cómo es?

—¿Preparado?

—Sííí —insistí.

—Allá va —hizo una pausa dramática—: «Latidos de cristal». —Acompañó sus palabras abriendo las manos como si acabara de ejecutar un truco de magia.

—¡No es verdad! —Dejé escapar una carcajada.

—Palabrita. —Ori levantó una mano.

—¡Repítelo!

—Latidos-de-cristal —insistió remarcando y vocalizando cada palabra con una voz como de actriz porno.

—Pero ¿es en serio? —Me reí con ganas.

—Latidos…

—Basta, no lo digas más veces —no podía parar de reír—, que son de cristal, los vas a romper.

—Latidos… —Se aferró a la mesa con ambas manos y agitó la melena.

—Para, en serio —casi grité de la risa.

—Latiditos… —susurró.

Ahí se me escapó una carcajada tan grande que los pocos comensales del local se giraron a mirarme.

—Basta, por favor. —Tuve hasta que recolocarme en el asiento porque corría el riesgo de perder el equilibrio.

—De cristal…: frágil, transparente, etéreo…

—¡Cállate! —Negué con la cabeza intentando dejar ya de reírme—. Es que cuanto más intentas explicarlo, peor suena.

—No, no, yo creo que, cuanto más lo explicas, más sentido tiene.

Quieren parecer intensos, de ahí lo de los latidos, pero cuando rascas un poco, no hay nada detrás, la fachada se les rompe…

como el cristal. Son metafóricos, con la profundidad de un vaso de chupito, pero metafóricos…

Va a ser divertido como tengan que grabar un segundo disco con canciones propias…

Ya estoy viendo los títulos de los temazos, para que encajen con el nombre de la banda: «Suspiros de papel», «sueños de viento», «lágrimas de vapor»…

—No pudo terminar la frase sin descojonarse él mismo.

Nos reímos los dos un rato más hasta que nos fuimos calmando y nos quedamos mirándonos en silencio. Yo me recosté contra el respaldo.

—Gracias por esto —dije por fin.

—¿Por qué exactamente? —Se comió el último nacho que quedaba en la mesa.

—Por saber lo que necesitaba.

—¿Destrozar cosas y reírte de ellos? —Sonrió.

—¿Te parece poco?

—Comparado con lo otro que ha pasado y de lo que no estamos hablando, sí, me parece insignificante.

Clavó su mirada en mí y yo respiré hondo.

—¿Vamos a hacer otra vez como que no ha pasado? —preguntó—. ¿O te vas a volver a enfadar conmigo?

—Esta vez no —murmuré sin apartar la vista.

—Esta vez has sido tú.

—Lo sé.

Estiré las piernas hasta que mi pies se encontraron con los suyos bajo la mesa, pero no los retiré. Y él tampoco.

—¿Quieres hablar del tema? —preguntó y mi vista viajó sin permiso hasta su boca.

—¿Crees que hay algo de lo que hablar?

—Sí, me gustaría dejar claras un par de cosas…

—¿Cómo qué? —Puede que me temblara un poco la voz ya solo con estar hablando de eso.

Él se inclinó sobre la mesa y me habló en apenas un susurro:

—Lo primero que quiero saber es si ya te has arrepentido.

—No —aseguré para sorpresa de mí mismo el primero, más que nada por lo inmediato de mi respuesta.

—Vale, buen comienzo. —Sonrió—. Pero ya no estás tan lanzado como en la sala de destrucción, ¿verdad?

—Verdad, supongo. —Me rasqué la nuca y sentí cómo me subía la sangre a la cara.

—¿Quieres que espere a que te dé otro brote o prefieres que tome yo la iniciativa?

—¿Tengo que decidirlo ahora? —Dejé escapar una risita nerviosa.

—No, no te preocupes. Lo vamos viendo. —Le hizo un gesto al camarero para que nos trajera la cuenta y luego me regaló una sonrisa que supongo que pretendía ser tranquilizadora, pero que funcionó a medias.