Adicto al fracaso 32 Joder
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32 Joder

JODER

A juzgar por la escasa luz que entraba por el ventanal cuando abrí los ojos, había dormido mínimo un par de horas, y tan profundamente que no me había enterado de cuándo se había metido Ori en la cama.

Me rodeaba uno de sus brazos, sus piernas estaban enredadas con las mías y notaba su respiración calmada a mi espalda.

Me giré con cuidado de no despertarlo. Nunca lo había visto tan relajado y no me había podido fijar en sus rasgos con el detalle que me permitían en ese momento la proximidad y su letargo. Me quedé un rato observando su cara y concluí que me gustaba.

Joder, me gustaba muchísimo.

Un cosquilleo me recorrió el pecho por dentro y fui demasiado consciente de que estaba desnudo en la cama con un tío.

Los momentos que habíamos compartido antes de la siesta habían estado mejor que bien, pero quizá la situación al despertar me resultaba un poquito más violenta.

Al pensarlo, sentí pánico de que se despertara y me pillara en bolas a su lado mirándolo dormir.

Me deslicé con cuidado, pero apenas me había movido unos centímetros cuando él estiró el brazo y me agarró de la muñeca.

—Ni de coña te vas de aquí. —Nada en su voz parecía indicar que hubiera estado dormido.

—¿Estabas despierto? —Me subió el calor y el color a la cara solo de pensar que sabía que lo estaba mirando.

—Sí. —Sonrió—. Quería ver qué hacías… Me preocupaba que te sintieras incómodo nada más despertar… ¿Adónde ibas?

—A ponerme algo de ropa.

Él dejó escapar una carcajada grave que se tragó todo el aire a nuestro alrededor.

—Ni lo pienses. Ni de coña te dejo irte de la cama para ponerte ropa… Nada de poner, solo quitar…

—No me queda nada que me pueda quitar. —Me reí algo nervioso.

Él soltó un gruñido desde el fondo de la garganta antes de hablar.

—Deberías agradecerme que te permita conservar la sábana…

—¿«Me permitas»? ¿Acaso crees que soy tu esclavo o algo así? —Fingí ofenderme, pero en realidad me hacía gracia.

A él se le escapó otro gruñidito de esos a los que me podía volver adicto.

—Joder, no, más bien soy yo el tuyo… Soy tu esclavo sexual, Milo Vergara, haz conmigo lo que quieras…

No pude evitar reírme. Luego él tiró de mi muñeca con tanta fuerza que hizo que todo mi cuerpo acabara pegado y medio encima del suyo.

No había sido tanto una cuestión de potencia como que yo no es que hubiera opuesto resistencia alguna.

Se me escapó un jadeo al sentir toda mi piel en contacto con la suya.

Él me rodeó con los brazos después de obligarme a hacer lo mismo con los míos en torno a su torso.

Después deslizó la nariz por mi mandíbula y me susurró al oído.

—¿Estás bien con esto? A ver, lo duro que estás me da pistas, pero no sé si tu cabeza lo tiene tan claro como tu polla.

A mí se me escapó la risa y escondí la cara en el hueco de su cuello. Ori acarició mi espalda y bajó una de las manos hasta mi cadera mientras esperaba una respuesta.

—¿Y bien? ¿Estás cómodo con esto, Milo? Porque yo estoy en la puta gloria…

Me quedé un momento en silencio, con la cara escondida todavía en su cuello, mientras sus manos seguían recorriendo mi piel con movimientos perezosos.

Levanté la cabeza lo justo para mirarlo, y ese movimiento hizo que mi cuerpo se acoplara más al de él, lo que nos provocó un breve gemido a ambos durante un instante.

—Por un lado, estoy demasiado cómodo; pero, por otro, si lo pienso, todavía me resulta un poco raro.

—Vale —aceptó—, entonces el rollo está en no pensar.

—Mmm, qué fácil —bromeé—. ¿Cómo no se me había ocurrido?

—Podemos ir tan poco a poco como lo necesites, ¿vale? No hay prisa…

—Vale —acepté y me moví para frotar todo mi cuerpo contra el suyo.

—Oh, joder, igual un poco de prisa sí…

Me reí y tuve el reflejo de besarlo, pero dudé un momento porque de pronto me pareció algo muy íntimo…

Sí, frotándome desnudo contra él como estaba, un beso me pareció íntimo, qué cosas…

Debió de darse cuenta, porque fue él quien recorrió el resto del espacio que separaba nuestros labios.

Me lamió despacio primero y me atrapó con los dientes a continuación.

Lento. Con el calor de su aliento como todo aire a mi alcance.

Mis latidos se aceleraron a un ritmo que no encajaba con el tempo natural de esa extraña canción que parecíamos estar componiendo entre los dos.

Nuestros movimientos eran lentos, pero el compás que marcaba nuestro pulso, al menos el mío, era más una sucesión de semicorcheas frenética y sin sentido.

Sus manos se aferraron a mí con más fuerza mientras me seguía mordiendo la boca con devoción.

Los ruiditos que escapaban de su garganta no hacían sino provocar unos similares en la mía.

—Milo, joder, ponme límites —farfulló—. Necesito saber hasta dónde puedo llegar…

—No lo sé, esto es muy nuevo para mí, ni yo mismo sé dónde están mis límites… —confesé—. Nunca he tenido mucho problema, lo cierto es que en el sexo puedo ser bastante cerdo cuando me lo propongo…

Él gimió tras mis palabras.

—Oh, sí, propóntelo, por favor, insisto.

Su voz, casi una octava más grave de lo que era normal en él, me hizo hormiguear los oídos y envió un cosquilleo por todo mi cuerpo. Tragué saliva al notar que ese hormigueo se estaba convirtiendo en algo más espeso y difícil de gestionar.

—No me tientes —murmuré, aunque mi cuerpo parecía pedir justo lo contrario.

Él sonrió en mi boca y se separó lo justo para susurrar:

—Esa petición llega tarde… Llevo tentándote desde que nos conocimos.

—Lo sé. —Resoplé algo parecido a una risa, pero se quedó a medias cuando Ori volvió a besarme y se la tragó.

—¿Puedo hacerte una pregunta bastante íntima? —pidió al separarse apenas unos centímetros.

—¿Más íntima que tu polla frotándose contra mí? —Me reí.

—Oh, joder, si dices esas cosas, no me puedo concentrar.

—Yo las digo, pero tú las haces. —Sonreí—. Venga, ¿cuál es la pregunta?

—¿Lo has hecho alguna vez con una chica… por detrás?

—Mmm, sí que es bastante personal… Y nunca he sido de hablar de estas cosas por respeto a la intimidad de la otra persona, pero entiendo por qué lo preguntas y sí, lo he hecho —confesé y noté que me subía la sangre a la cara.

—Vale —murmuró—. No me refiero a la postura, sino a…

—A «por el culo» —lo corté porque de repente parecía más prudente que yo y no le pegaba nada—, lo he pillado, la respuesta sigue siendo sí.

—Ah, joder, pues va a ser cierto lo de que puedes ser bastante cerdo. —Gimió y se frotó un momento contra mi cuerpo—. ¿Y ella a ti?

—No. —Me reí—. No creo que tenga que darte lecciones de anatomía femenina, pero le faltaba una parte importante para eso.

—Bueno, tenía dedos, ¿no? Y existen juguetes, objetos… Muchas cosas —murmuró y luego pasó la lengua por mis labios.

—Ya, pero no, mi culo sigue virgen.

—Vale —jadeó—, eso es algo a lo que podemos poner remedio… —Me besó—. No tiene por qué ser hoy… Y lo otro, si te apetece repetirlo… Sí que estaría muy bien que fuera hoy… Ahora… Ya mismo…

Me moví tan rápido que lo pillé por sorpresa al colocarme sobre él con todo mi cuerpo pegado al suyo. Sus palabras, al sugerir que fuéramos hacia un terreno conocido para mí, parecían haberme cargado de valor.

—¿Me estás pidiendo que te folle, Oriol Tusquets?

—Oh, joder, sí… —Gimió—. Con todas las letras, y si quieres te lo pido por escrito…

Dejé escapar una risa que se tragó en un beso antes de que saliera del todo. La urgencia había sustituido a la calma de hacía un momento y había algo insistente y demandante en el modo en el que su boca se abría al contacto con la mía, en el que su lengua me buscaba con auténtica necesidad.

Sus manos dejaron de moverse sin rumbo y comenzaron a hacerlo con intención.

Me recorrió la espalda, bajó hasta la cadera y me apretó el culo como si pretendiera fusionar mi piel con la suya.

Cogí sus manos y las retuve por encima de su cabeza, atrapadas entre las mías contra el colchón, mientras mi cuerpo comenzaba a moverse más fuerte contra el suyo.

Él gimió y farfulló algo que no entendí.

—Ori —murmuré para reclamar su atención—, ¿dónde está el bote de vaselina que has pillado del coche?

Él señaló con la cabeza la mesilla de noche. Y ahí estaba, junto a una caja de condones. No se había preocupado ni de dejarlos en la bolsa o meterlos en un cajón para disimular… Me arrancó una risa que no tenía prevista.

—Un día te tengo que presentar a mi amiga la sutileza… —susurré.

—La conozco —respondió en el mismo tono—, y me cae fatal, lo complica todo mucho.

Me incorporé y me senté sobre los talones.

Por suerte, ya casi había anochecido y nos envolvía una cómoda penumbra en la que no era tan evidente lo expuestos que nos había dejado a ambos con mi movimiento.

Me estiré para alcanzar el bote y él sacó uno de los preservativos y lo dejó a nuestro alcance.

Quité la tapa y me quedé mirando el interior.

—Vale —murmuré y respiré hondo—. Esto no lo he usado nunca, espero hacerlo bien…

—Seguro que sí, es muy fácil, mira…

Antes de que me diera tiempo a reaccionar, metió un par de dedos en el recipiente y luego coló la mano entre mis piernas.

—¡Joder! —se me escapó cuando sentí la húmeda caricia en mi entrada.

—Mira, así, ¿ves? Tocarte por fuera sí te lo habían hecho alguna vez, ¿no?

Abrí la boca para contestar, pero solo conseguí emitir un gemido ahogado.

Así que me limité a asentir con la cabeza, sin poder juntar los labios por miedo a quedarme sin aire.

Él siguió trazando círculos que resbalaban por mi piel.

Se parecía remotamente a cuando Madi me había acariciado ahí cuando estábamos follando para acelerar mi orgasmo.

Incluso puede que Tania también me lo hubiera hecho alguna vez.

Pero lo que estaba haciendo Ori, dedicándole tanta atención y de un modo tan…

lubricado, me provocaba sensaciones mucho más intensas.