27 Yo te llevo
YO TE LLEVO
El piso de Ori era amplio y antiguo, muy parecido al nuestro, pero el sentimiento que me transmitía era el de estar algo desangelado.
—¿Dónde dejo esto? —pregunté todavía cargado con sus trastos.
—Mi habitación es aquella de allí —respondió en un susurro—. Habla bajo, que mi compañera de piso estará dormida.
—Claro, perdona —susurré yo también.
Fue para allá y yo lo seguí.
Su dormitorio era, sin lugar a dudas, el de un artista.
Dejé los bultos en el suelo y eché un vistazo a mi alrededor.
El escritorio estaba lleno de dibujos y fotografías de gente desnuda.
A ver, para ser honesto, no se veía ninguna cabeza, parecía más algo artístico que pornográfico.
Parecían ejercicios de algo, ya que se repetían una y otra vez.
Me quedé mirando las imágenes quizá más de la cuenta y tan absorto que me sobresalté cuando habló a mi espalda, casi en mi oído.
—¿Estás pensando en posar para mí?
Di un respingo y me apresuré a aclarar.
—¡No!
Él se rio entre dientes y apoyó una mano en mi espalda.
—Era coña, Milo, tranquilo.
Un cosquilleo me recorrió todo el cuerpo desde el punto en el que me había tocado, aun encima de la ropa.
—¿Quieres tomar algo o prefieres que te lleve ya a casa?
Y entonces tuve claro lo que tenía que hacer para quitarme de encima la inquietud que me había estado atormentando toda la tarde.
Haberle contado a Ori la última parte de mi historia con el grupo me había devuelto la confianza que había perdido durante el último año y pico.
Debía dejar de ser espectador de mi propia vida y dar un golpe en la mesa. Metafórico, claro.
—¿Tienes teléfono? ¿Puedo hacer una llamada?
—Claro, está al lado del sofá. —Señaló la puerta de la habitación y yo fui hasta donde me había indicado.
Marqué el número de mi casa y Lucía contestó al segundo tono.
—Hola, Luci, soy Milo. ¿Puedes abrir la tienda mañana? Todo el día, y puede que pasado también, yo te aviso.
—Claro, sin problema. ¿Todo bien? —contestó.
—No lo sé. —Suspiré—. Ya te contaré.
—Vale, cariño, para lo que necesites.
—Gracias, Luci.
Colgué el teléfono y me giré a mirar a Ori, que me observaba con una ceja más alta que otra.
—¿Te quedas a dormir? No voy a fingir que no me encanta la iniciativa…
—No. —Me pasé la mano por la cara—. En vez de a mi casa, ¿me puedes acercar a la estación de autobuses?
—Mmm, sí, pero ¿puedo preguntar para qué? Ahí a estas horas solo hay yonkis y prostitutas…
—Quiero ver cuándo sale el próximo bus a Madrid. Ha pasado algo y creo que necesito plantarme allí para ver de qué va el rollo… —expliqué.
—¿Qué ha pasado? —preguntó con las cejas muy juntas de repente.
Me saqué la carta de la SGAE del bolsillo trasero del pantalón y se la entregué.
—La he recibido esta tarde.
Él la leyó a toda velocidad y luego levantó la vista de golpe para mirarme.
—¡Te van a pagar casi dos millones y medio! Pero ¿de qué?
—Pues ese es el tema. —Volví a frotarme la cara—.
Que no me lo dicen. Todo lo que he conseguido averiguar es que la discográfica ha fabricado treinta mil copias de un disco con mis temas.
Y el capullo con el que firmé el contrato de las canciones no se pone al teléfono.
Y nadie me da una puta explicación ni nada.
Y treinta mil copias implican que sea un cantante conocidísimo o una gran apuesta de la discográfica, como un grupo fórmula tipo New kids on the block a la española…
Yo qué sé. Me estoy poniendo malo y necesito plantarme allí y pedirle explicaciones al subnormal ese a la cara.
—Lo entiendo perfectamente, yo también me plantaría allí… Yo te llevo, ¿quieres?
—Sí, acércame a la estación, gracias.
—No, te llevo a Madrid.
—¿Perdona? —pregunté muy sorprendido.
—A saber a qué hora sale el próximo bus, y tarda como seis horas en llegar a Madrid… Mira, yo mañana no tengo nada que hacer… Dormimos unas horas y salimos a eso de las seis de la mañana. Sobre las diez podemos estar en la discográfica.
—Pero me sabe mal, tío, es una paliza…
—Me he ofrecido yo. Me apetece. Considéralo una compensación por haberte prestado a la entrevista, si te hace sentir mejor… Y tú pagas la gasolina y la comida, que vas a cobrar dos millones y medio —añadió con un guiño—. Y así tampoco haces el viaje solo.
—Pues —dudé un momento—, venga, vale… Gracias, Ori.
—Ni me las des. —Hizo un gesto con la mano para quitarle importancia—. Ven, duerme en la antigua habitación de Rebeca, que ahora no es de nadie.
Poco después de las seis de la mañana, estábamos de camino a Madrid. Era todavía de noche y yo estaba medio adormilado, no había sido la noche de mi vida en la que más había descansado, la verdad. Ori también tenía cara de sueño.
—¿Vas bien para conducir? —pregunté—. Porque yo tengo carnet, pero no ejerzo; no puedo hacerte el relevo. Mi madre se empeñó en que me lo sacara, pero no he vuelto a coger un coche desde el examen.
—Sí, voy bien, tranquilo. —Sonrió—. Duérmete un rato si quieres.
—No, estoy bien.
—Como quieras.
Él puso la radio, un programa de culturetas que hablaba sobre algo de arte. Y yo, pese a mis palabras, creo que no tardé demasiado en quedarme dormido.
Cuando abrí los ojos, ya había salido el sol.
—Perdona. —Me froté la cara—. Al final parece que sí me he dormido.
—Eso parece, sí. —Sonrió—. ¿Has descansado?
—La verdad es que sí. —Me estiré como pude, porque el coche no era demasiado grande.
Eché un vistazo al interior del automóvil, pues, aunque ya llevaba un rato en él y ya había subido la noche anterior, era la primera vez que lo veía con luz.
Era un espacio tan caótico como su dueño.
Estaba lleno de cosas en cada uno de los recovecos que suelen tener este tipo de vehículos: caramelos, una goma del pelo, un mechero, un bote de vaselina…
Oh, joder. No pude evitar ponerme rojo, como si tuviera algo que ver conmigo, y desvié la mirada hacia otro lado.
En otro de los rincones del salpicadero, vi trozos de papel.
Identifiqué una de las servilletas de La Cueva, como las que había utilizado yo para escribir la canción, y la desplegué convencido de que le había pasado como a mí y había anotado ahí una gran idea.
Pero lo que encontré ahí garabateado fue simplemente «Patrick» sobre una serie de cifras que, sin ninguna duda, componían un número de teléfono.
Se me revolvió el estómago al momento y sentí que se me iba a salir por la boca.
—Me estoy mareando —conseguí decir.
—Mierda, aguanta, voy a parar en la próxima gasolinera.
No tardó en aparecer una salida y él tomó el desvío. Detuvo el coche y me acompañó fuera. El aire frío de la mañana me alivió un poco. Pese a eso, él entró a comprarme una cocacola.
—Toma, te sentará bien. —Me la tendió y, al abrir la mano para cogerla, se me cayó la servilleta que no me había dado cuenta de que seguía sosteniendo.
—Se te ha caído est… —empezó a decir al recogerla, hasta que se dio cuenta de lo que era—. ¿Qué haces con esto? ¿El mareo es otro ataque de celos como el del otro día?
—No. —Le di un trago a la cocacola para evitar hablar.
—Pues lo parece.
—No entiendo por qué me mentiste y me dijiste que no ibas a volver a quedar con él —dije con fingida indiferencia, pero creo que mi tono me delató.
—No te dije eso. Me preguntaste si había quedado con él más tarde esa noche y te dije que no. Pero tampoco sé por qué te estoy dando explicaciones. —De repente parecía molesto de verdad—. ¿Conoces a Lope de Vega, Milo? ¿Has leído El perro del hortelano? Porque tú eres el puto perro del hortelano…
Me apoyé en el coche y cerré los ojos. Pero la imagen de Ori con el puto irlandés que no conocía vino a mi mente y me volvió a dar angustia. Me llevé una mano al estómago y respiré hondo.
—No me encuentro bien. —Di otro trago al refresco.
Ori resopló, pero luego respiró hondo antes de apoyarse a mi lado en el coche.
—Vale, perdona, no quería enfadarme contigo —dijo por fin—. ¿Es por el coche? ¿Te mareas viajando?
—No.
—Entonces, ha sido por esto. —Levantó la mano para mostrarme la servilleta que todavía mantenía entre los dedos.
—Tampoco —aseguré.
—Milo…
—Que me he mareado y ya está, no le des tanta importancia.
—Ya. —Chasqueó la lengua.
Ninguno de los dos dijo nada durante un momento.
—¿Por eso no te pasaste por la tienda hasta el jueves? ¿Quedaste con él?
—A ver, Milo —resopló frustrado y se pasó una mano por el pelo—, no tengo por qué darte explicaciones… Pero tampoco voy a fingir que no me afecta verte así…
—¿Así cómo?
—Como si te importara con quién me acuesto.
—¿A mí? Para nada.
—Ya, claro —soltó con una risa seca.
—¿Qué pasa? ¿No te lo crees?
—Ni un poco —aseguró.
—Pues es tu problema.
—No, es el tuyo, Milo. —Volvió a resoplar—. Mira, es justo lo que te decía ayer. Esto te está afectando mucho y lo llevas fatal. No quieres nada conmigo, pero tampoco soportas la idea de que esté con otro.
—A mí me da igual —aseguré.
—Eso es mentira.
—Es tu opinión.
—Vale, ¿te hablo de él?
—No me interesa. —Me encogí de hombros.
—¿No te interesa o no lo soportas?
—Pfff, me da igual, como tú veas…
—Vale, pues es irlandés, rubio, me saca media cabeza y tiene la espalda más ancha que tú y yo juntos. Y tiene una polla…
—¡Cállate, joder! —lo interrumpí y me tapé la boca para contener una arcada que no pude disimular.
Tras unos segundos que necesité para recomponerme, me bebí el resto de la cocacola de un trago y luego apreté la lata entre los dedos.
—¿Estás mejor? —preguntó con cautela.
—Sí —aseguré—. ¿Seguimos?
—Claro.
Volvimos al coche y reanudamos el camino a Madrid.
No volví a dormirme y le estuve dando conversación, pero me limité a temas seguros con nula implicación emocional.
Intenté alejar de mi cabeza la imagen mental que me había hecho del tal Patrick y no pensar en la idea de Ori con ningún otro tipo, porque mi imaginación siempre ha sido muy vívida y no quería acabar vomitando de verdad.