26 Acepta mis disculpas #3
—Llegó un día en que llenamos el garito de mala muerte en el que tocábamos y un montón de gente se quedó fuera…
Fue algo loquísimo. Entonces nos llamó un colega de un colega que tenía mano en el Radio City y nos propuso tocar allí.
Claro, fue un subidón que no veas, pero teníamos pánico a que la gente que se había quedado fuera no volviera y tuviéramos un local como ese vacío…
Pero de nuevo llenamos y se quedó fuera un montón de peña.
Yo creo que ahí fue cuando nos empezamos a dar cuenta de la magnitud de la situación.
Antes no éramos conscientes de lo que había pasado.
Pero ahí ya sí, ahí era evidente que todo el mundo se había copiado nuestra maqueta y se sabía las canciones.
—Tiene que ser algo muy emocionante.
Asentí y respiré hondo.
—Es una de las mejores cosas que me han pasado…
—¿Y qué hicisteis después?
—Pues nos marcamos un órdago y hablamos con Arena.
Era una apuesta arriesgadísima, porque es una sala muy grande y ellos, lógicamente, no confiaban en nosotros porque no nos conocían y no teníamos una discográfica detrás.
Así que nos dijeron que vendiéramos las entradas anticipadas, y que si conseguíamos vender la mitad del aforo, nos dejaban tocar allí.
—No te voy a preguntar si lo conseguisteis porque yo estuve en ese concierto. —Sonrió—. Pero quiero que me lo cuentes.
—Lo conseguimos, sí. —Sonreí yo también—.
El aforo era de cuatro mil personas, teníamos que vender dos mil entradas.
Las primeras mil prácticamente se vendieron solas, todos nuestros amigos se implicaron tanto como nosotros.
Las siguientes mil costaron un poquito más, pero sé que vino gente de pueblos de los alrededores, de Castellón, de Cuenca…
Muy loco todo. Hicimos carteles cutrísimos con fotocopias para anunciarlo y todo.
—Me reí con ganas al recordarlo—. Al final, el día del concierto se habían vendido unas dos mil cuatrocientas, más setecientas que se vendieron en taquilla, nos quedamos a unas novecientas entradas de colgar el «sold out».
Llenamos más del 75 % de Arena, eso es una triunfada tan grande que no te la puedo ni explicar.
Que yo había visto allí en concierto a Loquillo, que ahí se grabó el directo de Radio Futura…
—Lo sé. —Se rio—. Me encanta cómo lo vives al recordarlo.
—Fue grandioso. —Suspiré.
—Fue uno de los mejores conciertos a los que he ido —confirmó—. No teníais el despliegue de medios de otros, pero lo compensabais con actitud. Os comíais el mundo…
—Nos íbamos a comer el mundo, sí. —Me apoyé en el borde de la mesa de billar, porque estaba claro que habíamos pasado de la partida.
—¿Qué pasó luego?
—Lo de siempre, alguien conocía a alguien que tenía un amigo en una sala de no sé dónde y antes de darnos cuenta habíamos hecho lo mismo por toda España.
Era increíble cómo había rulado la maqueta, todo dios la tenía, todo el mundo se sabía las canciones.
Es rarísimo lo de oír a tantísima gente desconocida cantar algo que has escrito tú.
Y que eso pase en ciudades ajenas ya es la hostia.
—Me reí—. Tocamos en Madrid, en Bilbao, en Barcelona, Zaragoza, Sevilla…
Y no tardó en hacerse eco de eso una discográfica que quiso ficharnos… Y el resto ya lo sabes. —Suspiré.
Apagó la cámara antes de venir a apoyarse a mi lado en el billar.
—Estoy seguro de que fue para bien —dijo—. Que si no salió lo de la discográfica y pasó lo que pasó es porque no era lo tuyo. Estás destinado a algo más grande, no tengo dudas…
—¿Más grande? —Dejé escapar algo a medio camino entre una carcajada y un bufido—. Para alguien en mi situación, no había nada más grande que eso.
—Bueno, pero tu situación ahora es otra. Tu futuro es otro, y será mejor, no tengo dudas.
—¿Por qué? —Lo miré entrecerrando los ojos.
—Porque tienes más talento que nadie que yo haya conocido.
—Aunque fuera cierto, que no lo es, tampoco garantiza nada.
—Ahí llevas razón —asintió—, pero me da buenas vibraciones…
Nos quedamos los dos callados un momento.
—Pues ya está, ¿no? Ya hemos acabado —dije por fin.
—Supongo que sí —aceptó—. No ha sido para tanto, ¿no?
—No —confirmé—. En realidad, lo podríamos haber grabado todo del tirón, no hacían falta tres días.
Él echó la cabeza hacia atrás y se rio muy fuerte.
—Lo sé —confesó.
—No lo entiendo.
—Ya está, Milo. —Suspiró—. Me gusta pasar tiempo contigo y lo alargué más de la cuenta con esa idea. No sabía que te iba a afectar tanto y ya te he pedido disculpas por eso, ¿vale? ¿Buen rollo?
—Claro —aseguré—. Buen rollo.
—Gracias por todo, Milo. Te lo enseñaré cuando lo tenga editado. Me ha encantado grabar contigo, de verdad.
—Yo me lo he pasado bien también —murmuré—. En los ratos de grabación y en los demás.
—Lo mismo digo.
—Bueno, pues ya está. ¿Te ayudo a recoger?
—Claro, gracias.
Me indicó cómo tenía que hacerlo y entre ambos lo fuimos guardando todo. Parecía que ninguno de los dos tenía prisa por terminar, pero llegó un momento en que ya no había más excusas para seguir allí.
—No puedo cargar con todo a la vez —dijo—. ¿Me acompañas a llevarlo hasta el coche? No quiero hacer dos viajes y dejar la mitad allí sin vigilancia.
—Claro —acepté empezando a pillar las bolsas—. ¿Cómo harás luego para subirlo a tu casa?
—Mmm, ¿me acompañas, me ayudas y luego te acerco a la tuya?
—Sin problema.