Adicto al fracaso 26 Acepta mis disculpas #2
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26 Acepta mis disculpas #2

—¡¿La has robado del billar de un pub?! —Se me escapó una carcajada.

—¿Sí? Ay, pensaba que estaban ahí para eso —bromeó con tono inocente.

—Qué poca vergüenza…

—Eso me lo dicen mucho. —Me guiñó un ojo—. ¿Te parece que echemos una partida mientras grabamos? Así igual estás menos tenso que sentado en el sofá y con la cámara delante…

—Vale —acepté.

Ya en la trastienda, él recolocó la cámara para que abarcara la mesa de billar. Cuando estuvo contento con el encuadre, me tendió el micro que nos había brindado un par de momentos icónicos en el pasado.

—Toma, póntelo tú esta vez. Será lo mejor.

—Claro —asentí y traté de sonar lo más natural posible porque la conversación anterior había creado una tensión en el ambiente que me moría por matar de algún modo.

Obedecí y me enganché el micro a la camiseta con menos destreza de la esperada, pero cuando te tiemblan las manos del modo en el que lo hacían las mías, hasta algo tan simple como colocar una pinza en el tejido se puedo volver tan complejo como una cirugía cardiovascular, que no tengo ni puta idea de lo difícil que es, pero tiene pinta de que mucho.

—Te tiembla el pulso —observó lo obvio.

—Hace frío —mentí y él dejó escapar una risa grave, tan profunda que no tuve claro si iba conmigo o contra mí.

—Joder, Milo… Qué difícil me lo pones. —Se pasó una mano por la cara y luego agitó un poco la cabeza—. Venga, ¿estamos?

—Sí —confirmé.

—Vale, le doy a grabar. No te preocupes por lo que digas, que luego lo editaré, aunque no tenga continuidad la partida, ¿vale? Lo importante es que suene natural. Habla libremente y luego ya eliminaré lo que no quieras.

—Ok.

—Venga, pues ya está grabando. A ver, nos quedamos el otro día en que la hija de puta de tu ex había llegado a la banda.

Me giré de golpe a mirarlo y no sé qué debió de ver en mi cara, pero le provocó un ataque de risa.

—Era coña —se apresuró a aclarar—. No voy a decir eso. Venga, repetimos… A ver, Milo, te quedaste en la incorporación de la vocalista al grupo. Cuéntame qué pasó luego.

—Pues, a ver —empecé a explicar mientras colocaba las bolas dentro del triángulo, incluida la nueva, que parecía que siempre hubiera formado parte del grupo—, como ya teníamos la formación al completo y contábamos con un repertorio, porque yo ya llevaba un tiempo componiendo…

, empezamos a hacer bolos. Nos hicimos un repertorio con temas propios y alguna versión.

Comenzamos a tocar en garitos de mala muerte a los que en principio solo venían a vernos nuestros amigos.

Quité la pieza de plástico y comprobé que las bolas formaban un triángulo perfecto.

—Rompe tú —dijo Ori.

Asentí con la cabeza y me coloqué en posición, con la sensación de su mirada haciéndome cosquillas en el cuello. Tiré más fuerte de lo esperado y provoqué un gran estruendo.

—Estás violento —murmuró con una sonrisa—. Me gusta.

—Cállate. —Me reí, pero no pude evitar ponerme rojo.

—¿Ves? —Suspiró—. No tengo remedio, no puedo evitarlo… Sigue, por favor.

—Pues, a ver… Poco a poco, empezaron a venir también amigos de amigos y cada vez había más gente que no conocíamos entre el público. Te toca, no ha entrado ninguna —añadí cuando las bolas dejaron de golpearse las unas a las otras.

—Vale, quédate ahí, no te salgas de plano —me pidió y yo asentí. Se colocó en posición antes de preguntar—: ¿Cuánto duró eso? —Golpeó con fuerza la blanca y esta mandó a la tronera una de las lisas—. Uno a cero.

—El billar no funciona así. —Me reí.

—Hoy sí… Y agradece que no te haga quitarte una prenda.

—Eso tendrías que haberlo pensado antes de grabar la partida —advertí crecido de repente. Ahora que sabía que su intención era provocarme, podía entrar al trapo—. No tengo problema con el desnudo, pero sí con protagonizar un vídeo porno.

A él se le escapó un ruido raro y cerró los ojos un momento.

—Joder, Milo… ¿Apago la cámara?

—No. Haberlo pensado antes. —Me reí y luego me coloqué en posición y golpeé con mi taco la bola, que empujó a otra, pero no conseguí que ninguna se colara en un agujero.

—Dos a cero —dijo Ori—. Lo dicho, ¿cuánto duró lo de los conciertos?

—Unos meses, no llegó a un año —empecé a contar mientras él daba un golpe seco y fallaba—.

Entonces nos presentamos a un concurso de grupos noveles a nivel nacional.

El premio era grabar una maqueta en estudio.

Era la primera vez que hacíamos algo así…

y ganamos. —Respiré hondo y algo me sacudió por dentro al recordar la euforia de aquel día.

—Dos a uno, te toca —dijo él—. Así que, así fue como grabasteis la maqueta, ¿no?

—Eso es. —Hice mi tiro y logré salvar algo de dignidad colando una bola por la banda—. Empate a dos. Empezamos a mover la maqueta por discográficas y no nos hicieron ni puto caso. Pero a la gente le gustaba. Se la grabaron todos nuestros amigos y se la fueron pasando a sus colegas.

—¿Y cuándo empezasteis a notar que pasaba algo, que algo había cambiado? —Metió otra bola y me ganó un punto más.

—Pues poco a poco empezó a venir a los conciertos gente que no conocíamos y se sabía las canciones. —Me tembló ligeramente la voz al recordarlo—. No sabes lo que es eso, tío, es una de las mejores sensaciones del mundo.

—Me lo imagino. —Sonrió.