Adicto al fracaso 26 Acepta mis disculpas
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26 Acepta mis disculpas

ACEPTA MIS DISCULPAS

Tras releerla por cuarta vez, llamé al teléfono que venía en el membrete del papel de carta.

—Sociedad General de Autores y Editores, ¿en qué puedo ayudarle? —me respondió una chica al tercer tono.

—Hola, mira, es que acabo de recibir una carta del departamento de liquidaciones y tengo algunas dudas… ¿Puedo hablar con alguien que me las aclare?

—Le paso con liquidaciones, que tenga una buena tarde.

Y no me dio tiempo ni a despedirme antes de que el teléfono volviera a dar tono.

—Liquidaciones —dijo con pocas ganas otra mujer.

—Hola, verás, acabo de recibir una carta de vuestro departamento y estoy flipando un poco, por si me puedes aclarar algunas…

—¿Nombre?

—¿El mío? Milo…, perdón, Camilo Vergara.

—Ajá —dijo ella—. ¿El pianista?

Chasqueé la lengua y cerré los ojos.

—No, eh, ese es mi padre, Camilo Vergara Muñoz… Yo soy Camilo Vergara Andersson, con dos eses.

—Ajá, dame un minuto… —Me tuvo a la espera durante bastante más de sesenta segundos antes de volver—. Vale, sí, aquí lo tengo, te corresponde una liquidación de dos millones cuatrocientas mil pesetas, ¿hay algún problema?

—Ehm, no lo sé, es que no sé de qué es eso… ¿Es dinero que me van a pagar? ¿De qué? ¿Me lo puedes explicar?

—De los derechos de fabricación del soporte físico, del CD.

—Ya, pero ¿puede tratarse de un error? Yo no llegué a firmar con la discográfica. Íbamos a hacerlo, pero el contrato se canceló… ¿Puede ser que se haya traspapelado y eso en realidad no me corresponda?

—No —respondió con rotundidad—. Esto se liquida cuando el disco ya está en fábrica.

Y con los plazos habituales, es posible que el disco lleve un par de meses grabado y empaquetado, incluso seguramente lo tenga ya la distribuidora.

Según esto, la mitad de los derechos son para NorthStar Music, el sello editorial de Horizon Records, ¿seguro que no firmaste con ellos un contrato editorial por los derechos de las canciones?

Porque si no firmaste nada de nada igual sí tienes un problema.

—Mierda, sí —recordé de pronto—. Sí firmé el contrato de las canciones y el A&R me dijo que intentaría colocarlas…

—Pues ya está claro. Parece que ha cumplido su palabra y las ha «colocado».

—Entonces, ¿otro grupo que no sé ni quiénes son van a cantar nuestras canciones?

—Eso parece, sí.

—¿Y no deberían haberme pedido permiso? Son mis temas, digo yo que debería tener un poco de decisión sobre quién los va a cantar…

—Eso ya depende del contrato que firmaras y las cláusulas que tuviera.

Tú sabrás lo que has cedido… En cualquier caso, deberías sentirte afortunado, Camilo, dos millones y medio de pesetas no se cobran todos los días.

Una primera tirada de 30.000 ejemplares es una apuesta fuerte, seguramente se trate de algún artista ya consolidado…

—Ya, supongo —mascullé.

—¿Puedo ayudarte en algo más?

—No, gracias, eso es todo.

Colgué el teléfono y me quedé con cara de tonto. Luego busqué en mi cartera la tarjeta que me había dado el A&R cantamañanas, que al fin y al cabo era quien me había hecho firmar el contrato, y marqué el único número de teléfono que venía impreso.

—Horizon Records, dígame.

—Hola, ¿puedo hablar con Jorge Trillo, por favor?

—El señor Trillo está reunido, ¿quiere que le deje algún recado?

—Sí, dígale que me llame, por favor. Soy Milo Vergara. Es urgente.

—Entendido, señor Vergara, le daré el recado.

—Gracias.

Pero no se lo dio. O el muy gilipollas decidió no llamarme. Busqué en la guía el teléfono de la delegación de Valencia, que era el local donde habíamos firmado, y allí tampoco pudieron o quisieron darme más explicación. Se limitaron a decirme que sería un proyecto de Madrid y que no sabían nada.

Un par de horas después, sentí que no tenía nada que perder y me dediqué a llamar al puñetero Jorge Trillo cada diez minutos, a ver si aunque fuera por librarse de mí la secretaria al final me lo pasaba.

Pero no hubo suerte. Estaba tan cegado por mi mosqueo que solo me di cuenta de la hora que era cuando vi a Ori aparecer por la puerta.

Me pilló colgando el teléfono con tan mala hostia que hasta el auricular se quejó con un desagradable crack cuando lo golpeé contra la base.

—Vaya, te he traído un regalo… Pero igual hubiera sido mejor un teléfono nuevo —dijo Ori y se me quedó mirando—. Hola, Milo.

—Hola —murmuré y toda la vergüenza por la última vez que estuvimos juntos me sacudió de golpe.

Y si a esa le sumaba la que me acababa de provocar que hubiera sido testigo de mi ridículo ataque de ira, llegué a plantearme fingir una embolia o algo que me llevara a urgencias pero salvara mi dignidad.

Aunque como tampoco tenía claros los síntomas de una embolia, corría el riesgo de fingir mal y resultar más patético aún.

—¿Todo bien?

—Es una larga historia. —Hice un gesto con la mano para quitarle importancia—. ¿Has dicho que me has traído un regalo? ¿A mí? ¿Por qué? —pregunté confundido de verdad.

Se encogió de hombros.

—Siento que necesito pedirte disculpas…

—¿Disculpas? —Mi cabeza iba a mil por hora intentando adivinar por qué iba a tener que disculparse él, si el que había actuado de un modo vergonzoso la última vez que nos vimos había sido yo.

Pero, en cualquier caso, mejor para mi orgullo que fuera él quien sintiera que debía justificarse.

Intenté con todas mis fuerzas centrarme en eso y olvidar de momento el tema que me llevaba agobiando toda la tarde—. ¿Tú a mí?

—¿Qué recuerdas de la otra noche? —preguntó.

—Mi dignidad me pide que mienta y diga que no me acuerdo de nada —confesé—. Pero creo que, para mi vergüenza, lo recuerdo todo. Supongo que igual debería disculparme yo. —Me rasqué la frente.

—Mira, Milo, creo que debemos hablarlo. Supongo que hoy prefieres fingir que no pasó nada, pero como la otra noche me reprochaste que yo fingiera que lo otro no había pasado… No lo voy a decir para que no te avergüences, pero ya sabes de lo que estoy hablando.

Asentí con la cara más roja que había sentido puede que en mi puta vida.

—¿Me das un minuto? Voy a cerrar la tienda.

—Claro.

Me encaminé hacia la cancela, con el rostro ardiendo y las manos temblorosas.

Me demoré más que nunca en cerrar la reja, porque él había insinuado que quería hablar de la mamada, ¿no?

Y a mí ese tema sin alcohol de por medio me iba a resultar muy difícil.

Y mejor así, porque volver a beber estando con él era una idea peor todavía.

Volví al interior del local cuando ya no había modo verosímil de alargar el cierre.

Él se había sentado sobre el mostrador y yo me apoyé contra el mueble de discos que había delante.

Quedábamos a poco más de un metro de distancia, porque el local no era muy grande y todo estaba un poco demasiado cerca, pero ese espacio tenía que ser más que suficiente.

Respiré hondo y me crucé de brazos, con la idea principal de ocultar mis manos, que seguían temblando, y le sostuve la mirada un par de segundos.

—Pues tú dirás…

—A ver, Milo, siento mucho cómo me he comportado contigo. Si te soy sincero, esto lo he hecho ya bastantes veces…

—¿El qué? —quise asegurarme de a qué se refería y no dar nada por sentado.

—Lo de picar a un hetero que me gusta —confesó.

—Ya —murmuré, pero no pude evitar la pequeña taquicardia con la que me obsequió mi corazón al escuchar abiertamente que le gustaba.

—A ver, yo soy muy libre, muy sincero, muy abierto… Bueno, ya lo has visto… El caso es que voy de frente y lo dejo claro. Y cuando me cruzo con un heterazo como tú me…

—Como yo —murmuré.

—Ya. —Chasqueó la lengua—. No quería decirlo así.

Es cierto que tu caso es distinto, por eso me estoy justificando…

A ver si consigo explicarme sin quedar fatal.

—Se rio entre dientes y se rascó la nuca—.

Cuando me gusta un hetero muy hetero, me encanta vacilarle y tantearle.

A veces la cosa me sale bien y es más la curiosidad del chico que el rechazo, pero otras me llevo una hostia…

—Vale, en cuanto a eso…

—No, no, no te justifiques, Milo, ahí te estaba provocando, quería llevarte al límite…

En fin, que lo de despertar la curiosidad en un heterazo me pone mucho, la verdad, pero hasta la otra noche no me planteé hasta qué punto te estaba afectando esto a ti…

Me gustas, Milo, me encanta pasar tiempo contigo y me pones muchísimo.

Quería echar un polvo contigo y quizá incluso tener una aventura tórrida e intensa que se alargara durante meses…

He fantaseado mucho con eso, pero para nada quería provocarte una crisis de identidad como la que estás teniendo…

Yo me limité a agachar la cabeza y mirar al suelo algo avergonzado. Él bajó del mostrador de un salto y se plantó frente a mí. Me levantó la barbilla con un dedo y me miró a los ojos. Yo me tensé de manera involuntaria al notar su contacto. Dio un paso atrás y levantó las manos.

—No te toco, tranquilo. Solo quería decirte que no tienes de qué avergonzarte… ¿Recuerdas lo que pasó la otra noche en el ascensor?

—Sí. —Asentí y tragué saliva.

—¿Crees que podrías repetirlo sin haber bebido?

—No.

Él suspiró y me dedicó una sonrisa triste.

—A eso me refiero, Milo. Y siento muchísimo haberte hecho llegar a ese punto. Esto te está haciendo polvo y yo me siento fatal. Vamos a terminar la entrevista y después de esta noche ya no tendremos por qué volver a vernos…

—Vale —acepté porque mi maltrecha dignidad no iba a soportar que reconociera que no quería dejar de verlo. Porque no quería, pero tampoco me veía capaz de ir un paso más allá estando sobrio.

—Toma. —Me tendió una caja pequeña, como para contener una taza o algo de tamaño similar—. Acepta mis disculpas.

La abrí y me eché a reír al encontrar la bola de billar que me faltaba.

—¿Cómo la has conseguido suelta? Yo pregunté en varios sitios y tenía que comprar el juego entero…

—Fue muy fácil, hay máquinas expendedoras en muchos garitos… Metes una moneda de cien pesetas y te cae el set completo, yo cogí solo la que necesitaba.