Adicto al fracaso 25 Es un temazo
61%

25 Es un temazo

ES UN TEMAZO

La incertidumbre de cuándo aparecería Ori por la tienda me acompañaba desde hacía días.

Ese «nos vemos esta semana» había resultado tan impreciso como los detalles de lo que había pasado la última noche.

A ver, lo recordaba casi todo, pero estaba seguro de que se me escapaban algunos matices.

Llevaba tres noches sin apenas dormir, porque mi mente parecía empeñada en dar vueltas a lo mismo una y otra vez.

Pese al cansancio y la falta de sueño, el lunes había sido el único día que me había tomado libre.

Todos los demás acudí como un campeón a ocuparme de mi negocio.

Quizá mi economía hubiera soportado unas pequeñas vacaciones, pero la posibilidad de que apareciera Ori cualquiera de esas tardes me obligaba a ser yo quien estuviera en la tienda.

La perspectiva de ese momento me generaba sentimientos encontrados, que navegaban entre la expectativa y la vergüenza.

Tenía ganas de verlo y de pasar tiempo con él, había algo adictivo en su compañía, pero a la vez me resultaba bochornoso el recuerdo de la última noche que habíamos compartido.

En cualquier caso, de lo que no había duda era de que me gustaba.

Sí, me gustaba un tío y ya no me sentía capaz de negármelo a mí mismo.

¿Quería que pasara algo con él? No, no estaba preparado para algo así.

¿Me gustaba la idea de que él saliera, como la otra noche, a buscar a cualquiera con quien echar un polvo?

Pues tampoco, la verdad, porque el hecho de que yo no estuviera preparado para hacer algo al respecto no hacía que me gustara menos.

Y la simple idea de imaginarlo con otro me producía náuseas.

Casi las mismas que imaginarme a mí mismo con un tío que no fuera él.

Porque era él y solo él quien me gustaba.

No me había vuelto de repente gay total e iba por ahí buscando pollas, ni muchísimo menos.

La campanilla sobre la puerta tintineó y me tensé por inercia, aunque sabía de sobra que Ori no iba a aparecer por la mañana.

El día que lo hiciera, sería justo antes del cierre, como siempre.

En lugar del objeto de mis sueños y pesadillas más recientes, quien entró fue Charo, la cartera del barrio.

Una mujer de poca estatura y gran corazón.

No sé si tenía hijos ni cuántos, pero sí tengo claro que su instinto maternal se preocupaba por el pobre chaval de la tienda de discos como si fuera parte de su descendencia.

Era un hecho que todo el mundo en el barrio conocía mi historia, al fin y al cabo, esto había sido durante años la mercería de mi madre.

Y todos habían sido testigos de cómo la transformamos cuando ella enfermó.

Aunque la clientela de ambos negocios era diametralmente opuesta, las antiguas asiduas venían de vez en cuando a ver cómo estaba el niño de la Astrid, pues me habían visto crecer en esta tienda y estoy casi seguro de que le hicieron algún tipo de promesa a mi madre moribunda y le aseguraron que cuidarían de mí por ella.

Y Charo, la cartera, era una de esas mujeres que se habían convertido en mis «madres honorarias».

—Buenos días, Milo, corazón, qué mala cara tienes. ¿Qué te pasa, perla?

—Nada, Charo, no te preocupes. —Sonreí—. Solo estoy durmiendo mal, eso es todo.

—Ay, cariño, tienes que comer mejor, estás muy delgado. Mira, el domingo voy a hacer puchero, haré cuenta de más y el lunes te traigo un poco.

—Gracias, guapa, pero no hace falta.

—Chsss, a callar. ¿Cuánto hace que no comes de cuchara?

Dejé escapar la risa entre los dientes y asentí.

—Ni me acuerdo —confesé.

—Lo que yo decía… No se hable más, el lunes te traigo algo decente para que al menos te alimentes bien.

—Como quieras —suspiré—, pero de verdad que no hace falta… Estoy bien.

—Tienes muy mala cara… ¿Es por una chica? Mira, si no sabe apreciar lo buen chico que eres, no te vale la pena. Aunque a lo mejor si te cortas el pelo…

Con ese comentario consiguió que me riera abiertamente, porque era un hecho que las mujeres de su generación tenían como máxima prioridad en un hombre un buen corte de pelo para estar más «masculino» y «aseado».

—Te sorprenderías de lo mucho que les gusta a algunas chicas el pelo largo —aseguré.

—Ay, mira, no sé. Yo es que a esta juventud de hoy en día no os entiendo nada…

—Eh, yo a veces tampoco nos entiendo —bromeé y ella me sonrió.

—Bueno, corazón, sigo con mi ruta. —Abrió el carrito de correos y sacó un taco de sobres que dejó sobre el mostrador—. Toma, cariño, hoy tienes faena. Así no te aburres…

—Gracias, Charo. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

La campanilla volvió a tintinear cuando se marchó, y esa vez sonó quizá más triste, porque cuando esas mujeres desplegaban en mí su instinto maternal, me hacían involuntariamente recordar a quien me hubiera encantado que siguiera ejerciendo, pero ya no podía.

Miré los sobres. Había más de diez seguro.

Eché un vistazo a los primeros del montón: cartas del banco, de los proveedores…

Nada nuevo. Postergué lo de revisar el resto porque no me apetecía en ese momento.

Era mejor estar entretenido por la tarde, cuando cada vez que sonara la campanilla, la expectativa de que fuera Ori iba a hacer que se me detuviera el corazón.

La puerta se abrió cinco minutos antes del cierre del mediodía, pero esa vez no me sobresalté, porque había quedado con el grupo para comer en la tienda.

Raúl y las chicas llegaron con bolsas de una conocida hamburguesería y discutiendo si los bajistas eran músicos de verdad.

Claramente le estaban tomando el pelo a Raúl, pero él había entrado al trapo, como siempre.

—¿Tú qué dices, Milo? —Fanny me guiñó un ojo sin que Raúl lo viera—. Los bajistas ¿son o no son músicos de verdad?

—Eso es como si me preguntas si los niños de preescolar son estudiantes de verdad… —le seguí la broma—. Oficialmente sí, pero en realidad… es cuestionable.

Fanny ahogó una carcajada.

—Pero ¿de qué vais? —se indignó mi amigo.

—A ver —siguió Lena—, que lo único que hace el bajista es poner cara de estreñido y dejar la mano flácida… Así.

Comenzó a fingir que tocaba un bajo imaginario y a Fanny y a mí nos dio la risa porque perfectamente podría estar imitando a todos los bajistas del mundo. Pero solo el nuestro estaba ofendido.

—Pues ¿cómo tocarías tú? —se defendió él.

—Mira, así.

Mantuvo el movimiento de la mano, pero cambió la expresión seria por una enorme sonrisa y un cabeceo de un lado a otro que la hacía parecer un dibujo animado.

—Con esa cara parecería un imbécil —protestó Raúl.

—Es coña, tío —dije por fin—. No les hagas caso, te están tomando el pelo.

Ellas se rieron abiertamente y Fanny hasta se acercó a darle un abrazo.

—Sois gilipollas —protestó Raúl, pero ni rechazó el contacto ni parecía enfadado de verdad.

Yo cerré la tienda y todos pasamos al cuartito de atrás. La cámara de Ori seguí allí, donde la había dejado la última vez.

—¿Aún no habéis acabado con eso? —La señaló Fanny—. Qué coñazo.

—Esta semana —aseguré—. En principio, vendrá una tarde de esta semana, y ya terminaremos y se la llevará.

—Pues guay, ¿no? Un marrón menos.

—Claro. —Sonreí, pero no tenía muy claro que quisiera que se acabase.

Por un lado, me gustaba lo de tener una excusa para seguir viéndolo, pero, por otro, quizá lo mejor era que dejáramos de coincidir y mi vida volviera a la normalidad previa a haberlo conocido.

Lena dispuso la comida en la mesa de centro y ella y yo nos sentamos en el sofá.

Raúl y Fanny lo hicieron en el suelo. El bajista al otro lado de la mesa y Fanny se apoyó en el sofá, entre las piernas de su chica.

Desde que nos habíamos enterado de lo suyo y habíamos hablado con ellas del tema, habían dejado de disimular y ahora se comportaban en nuestra presencia como una pareja con todas las letras.

Se dedicaban gestos, besos y muestras de cariño a cada momento.

Yo intentaba no parecer un mirón perturbado, pero lo cierto era que me fascinaba ver la naturalidad con la que lo llevaban.

Y me moría por hacerles mil preguntas al respecto.

Por supuesto, no les hice ninguna, pero cada vez que se besaban, mi mente volvía al recuerdo de esa última noche con Ori y a la sensación de mis labios sobre los suyos.

Me moría por volver a hacerlo, de experimentar eso mismo sin alcohol en las venas.

Pero, al mismo tiempo, no me veía capaz de hacer algo así sin el componente etílico.

Era una auténtica mierda que no sabía cómo resolver.

—Necesitamos un nombre para el grupo —dijo Lena con la boca llena de comida.

—Sí, para empezar a buscar bolos —aseveró Raúl—, ahora que ya tenemos repertorio…

—A ver, tenemos una canción —terció Fanny—, eso todavía no es repertorio. No nos vengamos tan arriba…

—Dos —murmuré.

—¿Cómo? —preguntó Lena y los tres se giraron a mirarme.

—He compuesto otra. —Me rasqué la nuca—. Me gusta mucho, pero no soy objetivo, lo mismo no es buena.

Sin decir ni media palabra, Raúl se puso de pie y fue hasta la guitarra que siempre tenía en la trastienda y me la tendió.

—Dale, tócala.

—¿Ahora?

—¡Sí! —gritaron los tres cargados de expectativas.

—No os hagáis muchas ilusiones, la letra la terminé la otra noche borracho en servilletas de bar.

—Esto promete. —Fanny se frotó las manos y Lena se inclinó a darle un beso.

Yo dejé mi hamburguesa a medias y comencé a tocar. Raúl se reclinó en el suelo, apoyado en los codos; y Fanny hizo lo mismo sobre Lena, que comenzó a acariciarle el pelo de modo distraído.

—De nuevo ruido bajo mi piel, de una manera diferente esta vez. Es un zumbido que me quema por dentro, un chasquido que sonó sin quererlo.

Fanny no lo pudo soportar y cogió un boli que había sobre la mesa y empezó a marcar un ritmo sobre el tablero.

—No es solo ruido, es tu risa en mi cabeza, que descoloca desde dentro cada pieza…

Vi de reojo a la guitarrista darle un apretón en el hombro a su chica. Raúl me miraba absorto con una sonrisa enorme en la cara.

—«No es deseo», me digo, «es otra cosa», pero me tiembla todo si me rozas…

Fanny soltó algo parecido a un aullido y cambió el ritmo; y yo no necesité más para venirme arriba en el estribillo.

—Eres mi puta blue note, la mancha en medio del trazo, lo que me lo cambia todo… y me hace ver que no encajo… Eres mi puta blue note, el fallo que no corrijo, sé que debería hacerlo, pero en el fondo lo elijo… En el fondo te elijo… En el fondo te elijo…

Casi no había terminado de tocarla cuando los tres se pusieron a aplaudir como locos.

—¡Es un temazo! —gritó Raúl.

—¡Es la hostia! —se entusiasmó Lena.

—Le da mil vueltas a las de la maqueta —aseguró Fanny—. Es un puto single que podría sonar en cualquier radio, y si una discográfica no ve eso es que tienen la cabeza metida en el culo.

—Bueno, tampoco la he mandado a ninguna discográfica… De momento es algo nuestro…

—¡Argh, joder! —Raúl, en su intensidad, se tiró del pelo—. Deberíamos haber quedado en el local… ¡Tenemos que tocarla todos! ¡Va a ser la hostia!

—¡Sí! —chillaron las chicas y entre los tres consiguieron contagiarme su entusiasmo.

Lo cierto es que valoraba mucho su opinión musical, ya que todos tocaban de putísima madre. Y el hecho de verlos tan entusiasmados me hacía confiar en que la canción era buena, algo de lo que acostumbraba a dudar cada cierto tiempo de forma cíclica.

—Eres mi puta blue note, la mancha en medio del trazo, lo que me lo cambia todo…

y me hace ver que no encajo… —iba canturreando Fanny de camino a la salida cuando yo estaba a punto de abrir la tienda de nuevo—.

Es superpegadiza, cabrón… ¡Me encanta! Eres mi puta blue note, el fallo que no corrijo, sé que debería hacerlo, pero en el fondo lo elijo…

En el fondo te elijo… En el fondo te elijo…

—añadió antes de darle un beso a su chica, que correspondió con una risita.

—Qué asco dais —refunfuñó Raúl—. Puto asco me dan las parejas felices.

—Ay, Raulito —Lena lo abrazó desde un costado—, encontrarás a una chica, seguro. Solo tienes que esperar tu momento…

—Pfff —bufó él nada convencido.

—En fin, Milo, te dejamos currar y nos llevamos al agonías este a comer un helado, a ver si conseguimos que se ponga de buen humor —me dijo Fanny.

—Vale, nos vemos en el ensayo del domingo.

Los tres se marcharon y yo me quedé canturreando la canción.

Me trajo recuerdos de la noche con Ori, de cantársela desde el escenario, de caminar apoyado en él hasta mi casa, del roce de sus labios en el ascensor…

Agité la cabeza para no pensar en eso y cogí las cartas que me había dejado Charo esa mañana.

Las fui separando entre las del banco, las de proveedores y las de publicidad, pues a eso se reducía básicamente mi correspondencia.

Pero esa tarde una llamó mi atención. Llevaba el sello de la SGAE, y me extrañó muchísimo porque no había vuelto a tener noticias de ellos desde que registré las canciones de la maqueta.

Lo que me recordó que en algún momento tenía que ir a registrar las dos nuevas que había compuesto.

La abrí con más curiosidad que preocupación, pues no tenía ni idea de lo que podía querer decirme la Sociedad General de Autores a mí, aunque, con la racha que llevaba, dudaba mucho que fuera algo bueno.

SOCIEDAD GENERAL DE AUTORES Y EDITORES (SGAE)

Departamento de Liquidaciones

Madrid, 2 de noviembre de 1998

Sr. Camilo Vergara Andersson

Estimado socio:

Por la presente le comunicamos que, en el marco del reparto correspondiente al tercer trimestre de 1998, se ha procedido a la liquidación de los derechos de autor generados por las obras de su titularidad.

A continuación, se detallan los importes correspondientes a derechos de reproducción mecánica derivados de la fabricación de soportes fonográficos:

ObrAS LIQUIDADAS:⁠1

–«Tu nombre en mi piel»

–«Todo lo que no sabes de mí»

–«Menorca»

–«Dos años para aprenderte»

–«Como si siempre fuera verano»

–«Un puente entre dos mundos»

–«Si volviera a tener dieciséis»

–«Como gatos al sol»

–«Más alto que el miedo»

–«El final que nos merecemos»

SOPORTE: Fonograma (CD)

UNIDADES DECLARADAS: 30.000

IMPORTE brUTO: 4.800.000 ptas

DERECHOS DE EXPLOTACIÓN:

*50 % CAMILO VERGARA ANDERSSON

IMPORTE NETO A PERCIBIR: 2.400.000 ptas

*50 % NORTHSTAR MUSIC

IMPORTE NETO A PERCIBIR: 2.400.000 ptas

El importe indicado será abonado mediante transferencia bancaria en la cuenta asociada a su ficha de socio en un plazo aproximado de 15 días.

Le recordamos que esta liquidación corresponde exclusivamente a derechos de reproducción mecánica, pudiendo generarse nuevos importes en futuros repartos por otros conceptos (comunicación pública, radiodifusión, etc.).

Sin otro particular, reciba un cordial saludo.

D. Ignacio Ibáñez Mencía

SGAE Departamento de Liquidaciones

Releí la carta tres veces.

—Pero ¿qué cojones…?