Adicto al fracaso 24 Mi puta blue note #3
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24 Mi puta blue note #3

—No escucho mucho jazz, la verdad. Me encantaría apreciarlo, pero la verdad es que no le pillo el punto.

—¿No? Pues es curioso, porque el jazz es… como tú.

—¿Cómo yo? —Noté la sonrisa en su voz—. Explícame eso.

—Pues es pretencioso, complicado y con un punto enigmático. Pero también puede ser divertido, refrescante y estimulante… Me gusta, me vuelve loco y me obsesiona…, pero no sé tocarlo.

Noté el cambio en su respiración.

—Joder, Milo. No sé si es lo más bonito o lo más raro que me han dicho nunca…

—Pues el raro eres tú, que lo sepas…

—¿Yo soy el raro? —fingió ofenderse—. Será que tú eres muy normal…

Nos detuvimos y nos quedamos un segundo en silencio frente a mi portal.

—Hemos llegado —dije por fin.

Busqué en todos mis bolsillos hasta que localicé las llaves. Justo cuando iba a meterlas en la cerradura, se me cayeron al suelo y él se agachó a recogerlas.

—Te acompaño arriba. Me quedo más tranquilo si compruebo que llegas a la casa y la habitación correctas.

Me reí entre dientes, pero no protesté. Él abrió la puerta y lo seguí hasta el ascensor.

Una vez dentro, me quedé mirando el reflejo de ambos en el espejo, yo detrás de él.

Y por un momento nada parecía tan raro. Él estiró el brazo para pulsar el botón y yo aproveché para rodearle la cintura con las manos.

Quise haberlo hecho por debajo de la camiseta, pero me faltó valor.

Él cerró los ojos y dejó escapar un jadeo.

—Milo —murmuró.

Pegué todo mi cuerpo al suyo y enterré la cara en su espalda. El ascensor se detuvo en mi piso, pero a los dos nos dio igual. Él dejó salir todo el aire que estaba reteniendo. Me acarició los brazos, todavía con los ojos cerrados.

Un pensamiento de lo más inapropiado cruzó mi etílica mente y murmuré:

—Yo no soy gay.

Él resopló y en un momento se había soltado de mi abrazo y me había hecho algún tipo de llave que me había dejado con la cara estampada contra la pared mientras me tenía inmovilizado por la espalda.

—Mira, Milo, como vuelvas a decir eso una vez más, te juro que te doy un pollazo en la boca que te salto los dientes…

—Casi no pudo terminar de decirlo, porque le entró un ataque de risa tremendo mientras hablaba—.

Eres muy pesado, tío. No me vuelvas a tocar si no quieres, pero no me lo digas más, que eres muy cansino.

Yo me reí también, porque realmente era tan ridícula mi situación como mi postura al respecto.

—Vale —dije tratando de ponerme serio sin éxito—. No te flipes, no te voy a tocar. Nunca.

Llevé mi mano hasta su muslo, que era la única zona a la que podía acceder desde esa posición. Él me soltó y se quedó quieto, supongo que con curiosidad de ver qué iba a hacer yo.

—No te voy a tocar nunca —insistí al subir la mano hasta notar lo empalmado que estaba.

Era la primera vez que tocaba una polla que no era la mía y lo estaba haciendo por fuera del pantalón, pero no fue lo incómodo o violento que había pensado que sería, ni muchísimo menos—.

No sueñes con que te toque, porque no va a ocurrir.

Nunca —añadí moviendo mi mano como me gustaría que hubiera estado haciendo él conmigo si yo me encontrara en esa situación.

Por desgracia o por fortuna, la cantidad de alcohol en sangre me hacía estar solo a medio gas.

—Vale. —Cerró los ojos y jadeó mientras movía las caderas al ritmo de mi mano—. No me toques nunca… Y creo que tampoco deberías besarme.

—Jamás —murmuré antes de pasar la lengua por su labio inferior.

Él ahogó un gemido y me mordió el mío antes de que me alejara.

Y en cuanto su lengua salió a buscar la mía nos unimos en un beso lleno de todo lo que llevábamos días cargando.

Pese a las horas y el alcohol, no fue un beso torpe o improvisado, fue más bien como si lo hubiéramos estado ensayando durante días.

Quizá ambos lo habíamos hecho mentalmente muchas veces. O quizá simplemente lo recuerdo así.

Se separó de mí un segundo.

—Esto no es buena idea —murmuró.

—Es una idea horrible —confirmé con una sonrisa.

—Joder, cállate. —Se rio y volvió a besarme.

Su mano subió hasta mi cuello y con la otra me cogió el culo y me apretó contra él. Mi respiración se volvió irregular y comenzó a faltarme el aire de verdad. Volvió a parar y apoyó su frente en la mía.

—No podemos. No así.

—¿Así cómo?

—Así como estás. —Suspiró—. Mañana me odiarás. Y te odiarás.

—No —aseguré.

—Habla el alcohol —murmuró antes de salir del ascensor y sostenerme la puerta para que saliera yo.

Me sentí muy solo y desubicado.

—Ori, yo…

—Shhh, no digas nada más. Hablamos mañana.

Abrió la puerta de mi piso. La casa entera dormía. Me acompañó hasta mi habitación y yo me quité la chaqueta, las zapatillas y los pantalones antes de dejarme caer sobre el colchón. Luego me metí bajo el edredón que había hecho una bola en medio de la cama.

—¿Te vas a quedar conmigo? —pregunté.

—¿Es lo que quieres?

—Sí.

—Vale, pues me quedo. —Se sentó en el borde del colchón.

—Te hago sitio, espera.

—No te preocupes, ahora me tumbo. Que quiero ir al baño primero.

Echó un vistazo a mi habitación hasta que localizó mi papelera y la puso junto a la cama.

—¿Cuántos años tienes, Milo?

—Veintiséis —contesté como si esa pregunta en aquel momento fuera lo más normal del mundo—. ¿Por qué?

—Guay, no hay peligro de que entres en el club de los veintisiete por ahogarte con tu propio vómito, pero ponte de lado por si acaso y, si ves que te sientes mal, tienes ahí la papelera, ¿vale?

—Vale —acepté.

—Cierra los ojos un momento y descansa la vista, Milo.

Obedecí y noté cómo me quitaba el pelo de la cara y me daba un beso en la frente.

Cuando me desperté a media mañana, estaba solo en mi habitación y el cuaderno que suelo tener en la mesilla para componer estaba sobre mi almohada, abierto por una página nueva y escrito con una letra que no era la mía. Pestañeé un par de veces para enfocar la vista y lo leí.

Buenos días, Milo:

Espero que la resaca no sea muy bestia. No sé si recordarás que nos encontramos en La Fuga y que luego te acompañé a casa.

Tranquilo, no pasó nada. O nada de lo que debas preocuparte, al menos.

Tal como quedamos, me pasaré una tarde esta semana para terminar la entrevista.

Vamos a intentar hacerlo en una única sesión para que esto no se alargue demasiado.

Después de eso, podrás librarte de mí y ya no tendremos que volver a vernos.

Pasa un día tranquilo y bebe mucha agua.

Nos vemos esta semana.

Ori.